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Alberto Loza Nehmad
Alberto Loza Nehmad

Desde la otra esquina:
Traducciones de artículos, entrevistas, etc.

Cómo comenzó ‘Había una vez’

Por Meghan Cox Gourdon
Publicado originalmente como “How Once Upon a Time Began”, The Wall Street Journal”, 2 de julio, 2002 (https://www.wsj.com/articles/two-books-plumb-the-hidden-depths-of-the-fairy-tale).

Traducido por Alberto Loza Nehmad.
 
Reseña de los libros de Nicholas Jubber, The Fairy Tellers: A Journey into the Secret History of Fairy Tales, Nicholas Brealey, 2022 (Los cuentistas de hadas: un viaje hacia la historia secreta de los cuentos de hadas) y de Maria Tatar, The Heroin Win 1,001 Faces, Liveright, 2021, 368 pp. (La heroína de los 1,001 rostros)
 
Había una vez en que los cuentos de hadas eran la locura en París, ciudad siempre a la moda. En los salones literarios y en la corte de Luis XIV, las damas y los caballeros se cautivaban entre ellos con cuentos fantásticos de animales que hablan y maridos-monstruos; de genios y hechiceros; de bellas durmientes y ogros hambrientos. Muchos cuentos tenían su origen en el inescrutable pasado de las narraciones orales, que contenían elementos narrativos que en algunos casos se remontaban a la Edad de Bronce y que no podían ser rastreadas hasta ningún creador. Con el tiempo, empezaron a encontrar su camino hacia la imprenta… y a encontrar autores.
 
En 1697, el escritor francés Charles Perroult publicó el primer volumen de cuentos de hadas europeos, “Cuentos de la Mamá Gansa”. Pocos años después, Antoine Galland entusiasmó a los habitués de salón con su traducción al francés de cuentos folclóricos del Medio Oriente conocidos de varios modos, como “Las mil y una noches” y “Noches de Arabia”. Estos cuentos, brillando con emocionantes detalles y narrados a través del recurso argumental de una princesa determinada a mantener pendiente de sus palabras a un marido homicida, fueron un éxito literario.
 
¿Quién contó primero esas historias? Quién sabe. Como Nicholas Jubber escribe en The Fairy Tellers, “buscar las raíces de los cuentos de hadas es el proceso de enredarse uno mismo en misterios. Uno se sumerge en las fuentes y podemos encontrar, de vez en cuando, el deshilachado cabo de una cuerda, pero siempre hay más nudos que desatar”. Jugar con los malgastados finales de una historia y con los fastidiosos nudos autorales es el asunto de este entusiasta y disfrutable libro, en el que Mr. Jubber, un escritor de viajes británico, explora las vidas y obras de siete narradores de cuentos que son mayormente desconocidos fuera de los círculos académicos. La excepción es Hans Christian Andersen, el fabulista danés del siglo 19 que sigue siendo un personaje famoso gracias a la duradera popularidad de cuentos de hadas originales como “La sirenita”, “La reina de la nieve” y “Las ropas nuevas del emperador”. Aparte de Andersen es poco probable que el lector general haya conocido a los otros sujetos de Mr. Jubber y puede sorprenderse de enterarse del grado en el que estos poco celebrados hombres y mujeres le han dado forma al canon de los cuentos de hadas que disfrutamos hoy.
 
Tengan en cuenta, por ejemplo, “Aladino” y “Alí Babá y los cuarenta ladrones”, sensacionales cuentos sobre riquezas y artimañas que son quizá los más conocidos de todas las ricas delicias de cuentos de “Noches de Arabia”. Como explica Mr. Jubber, ninguno de estos cuentos hizo su aparición en los primeros siete volúmenes de las traducciones de Galland. El francés pudo añadirlos solo después de sus encuentros en 1709 con un narrador de cuentos sirio maronita quien se encontraba en ruta hacia París. La identidad de ese viajero de hace mucho tiempo atrás permaneció oscura –un final deshilachado, podríamos decir—hasta1993, cuando un estudiante de Ph. D. que rebuscaba manuscritos árabes en los archivos del Vaticano se dio con las memorias de ese amigo. El hombre que trajo al mundo la historia de un joven vago embaucado por un mago para robar una lámpara encantada; el narrador de cuentos que por vez primera habló de un jefe de bandidos que usaba la palabra “ábrete ajonjolí” para entrar a una cueva con tesoros – este hombre había sido novicio en un monasterio de Aleppo llamado Abd al-Qari Antoun Youssef Youhenna Dyab. Hanna, como era conocido, le contó 16 historias a Galland, quien luego las tradujo al francés. “Galland hizo mucho para darle color a los detalles”, nota Mr. Jubber, “pero fue Hanna quien ofreció los personajes, los giros del relato, las circunstancias y la resolución”. En una encantadora revelación, se deja saber que este más antiguo conocido narrador de Aladino tomó en préstamo ideas para el maravilloso palacio del personaje de lo que Mr. Jubber llama “el serrallo de cuento de hadas de Versalles”. Así, en efecto los cuentos siempre se adaptan, coleccionando toques de color y cambiando de forma a medida que viajan por el tiempo y el idioma de una persona a otra.
 
Vemos desenvolverse este proceso en las historias contadas por los otros narradores de Mr. Jubber: el italiano del Renacimiento Giambattista Basile, autor de las más tempranas versiones europeas de “Rapunzel” y “Cenicienta”; Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve, cuyo “La Bella y la Bestia” de 1740  fue la primera de su tipo; Dortchen Wild, la amable mujer que le dio “Rumpelstilskin” y “Hansel y Gretel” a los hermanos Grimm para su colección de 1812; Ivan Khudiakov, el folclorista ruso del siglo 19 que amasó cuentos de hadas acerca de príncipes, locos, la bruja Baba Yaga y el mágico Pájaro de fuego; y Somadeva Bhatta, el poeta del siglo 11 de la corte de Cachemira y autor de un tremendo y variado trabajo conocido en inglés como “El Océano de las corrientes del cuento”. Para llevarnos a los reinos de estos hombres y mujeres, Mr. Jubber intercala pasajes de biografías extrañas, historia literaria, anécdota personal y su propia narración de los cuentos de estas personas. Rosie Collins, mientras tanto, entrega muy bonitos dibujos pequeños para iniciar cada capítulo. El resultado es un simpático libro lleno de sorpresa e interés.
 
Hay, por supuesto, la presencia como de un ogro que se cierne sobre los primeros capítulos de “The Fairy Tellers”. El exigente espíritu ideológico de nuestra época parece haber inducido a Mr. Jubber a intentar protegerse de acusaciones de pensamiento incorrecto, y lo hace ofreciendo apaciguamientos preventivos del tipo “estoy contigo”. Aparentemente no ofrece seguridad el simplemente relatar episodios o actitudes del pasado, como alguna vez lo hacían los autores. Uno debe enviar señales de que uno sabe cuáles son las actitudes correctas y dónde se producen las ofensas. Así, Mr. Jubber se cuida cuando discute los escandalosos cuentos de Basile y condena casos de “estereotipos raciales”, “colorismo” y momentos de “misoginia convencional”. Asegura a su audiencia que él sabe que encontrar a damas en Versalles maravillándose ante el tradicional atuendo sirio y bigote de Hanna Dyab ofrece una “lectura incómoda”. Y de la manera más chocante, traduce una observación del uso de Hanna de un anacronismo ideológicamente aprobado que era desconocido hace tres siglos (y por cierto en el rango de la memoria viva). Habiendo visto el espectáculo de una proxeneta siendo flagelada y arrastrada detrás de una carreta de basura, Hanna declaró, nos dicen, “Qué suprema vergüenza para el género femenino”. Quizá el autor es prudente para aplacar a los dioses progresistas al evitar la palabra “sexo”; en cualquier caso, finalmente renuncia al apaciguamiento, lo que incrementa su autoridad al darles a los narradores olvidados el reconocimiento debido.
 
Una de las expertas estadounidenses más distinguidas en los cuentos de hadas y el folclor está en su propia misión de reclamo y recuperación con “La heroína de los 1,001 rostros” (publicado el año pasado pero próxima a salir en rústica en septiembre). En esta obra fluida y que abarca varios géneros, Maria Tatar, profesora de Harvard que se especializa en la cultura alemana, se dispone a iluminar la constelación de heroínas que brillan en el firmamento cultural. Al hacerlo, a propósito, ella ofrece un complemento – y un cumplido – al modelo de heroísmo masculino de Joseph Campbell, tal como lo exploró en su libro de 1949, “El héroe de los mil rostros”.
 
Ms. Tatar trae a la tarea de identificar las cualidades heroicas femeninas (no de las menores, cuidado y compasión) un comando virtuoso del cuento y los personajes, deslizándose con una facilidad impresionante, casi resbaladiza, de la mitología griega a BuzzFeed [“web viral en tiempo real”, dice su publicidad, n. del t.]; de Sheherezade a Clara Barton; de Fern en “Charlotte’s Web” a Starr Carter en “The Hate U Give”. Los héroes, reflexiona ella, “se embarcan en búsquedas y viajes que tienen como meta algo más que regresar a casa”. Las heroínas, en contraste, están “habitualmente inclinadas hacia misiones sociales, intentando rescatar, restaurar o arreglar las cosas, con palabras como sus únicas armas”.
 
Ms. Tatar admite haber estado profundamente conmovida por el movimiento #MeToo, y haber visto en las revelaciones de este las mismas tensiones entre discurso y silencio (y silenciar) que han afectado a las mujeres desde la antigüedad. “Rara vez blandiendo una espada y a menudo desprovistas de un lápiz”, escribe ella, “las mujeres se han valido de las artes domésticas y de sus mismos análogos verbales – hilando cuentos, tejiendo tramas y narrando ovillos – para corregir las cosas, no solo para quedar a la par, sino también para asegurar la justicia social.
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