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Alberto Loza Nehmad
Alberto Loza Nehmad

Desde la otra esquina:
Traducciones de artículos, entrevistas, etc.

Toda historia es historia revisionista
Desde que Tucídides descartó a Herodoto, los historiadores siempre han diferido acerca del pasado
 
Por James M. Banner Jr.
 
Originalmente publicado como “All History Is Revisionist History”, en HUMANITIES: The Magazine of the National Endowment for the Humanities, Verano 2022 (https://www.neh.gov/article/all-history-revisionist-history). 
Traducido por Alberto Loza Nehmad
 
“La historia revisionista es un fenómeno universal… Donde existe la ortodoxia obligada, ahí subyace el totalitarismo”. El nombre colectivo para referirse a un grupo de escritores es “una discusión”, y por una buena razón. Desde el nacimiento mismo de la indagación histórica en Occidente, los historiadores ya estaban luchando acerca del pasado, atacándose entre ellos, debatiendo sobre los usos del conocimiento histórico, escogiendo diferentes temas que seguir y argumentando acerca de cómo seguirlos. Es decir, en la infancia de su búsqueda intelectual, los historiadores estaban comprometidos en lo que conocemos como “historia revisionista”: escribiendo versiones coexistentes, diversas y a veces discordantes que desafiaban y buscaban alterar lo que se había escrito antes de ellas. Consiguientemente, los historiadores toman como indisputable que las competencias interpretativas son inherentes a todos sus esfuerzos de hacer avanzar la comprensión histórica. Es más, los historiadores tienen la perseverante convicción de que las discusiones robustas y libres acerca de las realidades y el significado del pasado deberían ser apreciadas como un elemento integral de una sociedad abierta como aquella que tratamos de ser. Déjenme explicar.
 
Un aspecto fundamental del pensamiento histórico es la distinción entre el “pasado” y la “historia”. Lo que llamamos “el pasado” es solo eso: es lo que ocurrió en algún momento antes de ahora. Una vez que ocurre, “el pasado” se va para siempre; más allá de toda repetición, más allá de volver a ser vivido, más allá de replicarse; y esa evidencia debe ser interpretada por humanos individuales, principalmente historiadores, pero también arqueólogos, antropólogos y otros, todos los cuales difieren en toda suerte de modo.
 
Distintas del “pasado” son las versiones y los análisis que los historiadores ofrecen acerca de tiempos anteriores. Eso es lo que llamamos “historia”. Historia es lo que la gente piensa del pasado, para siempre ido, a partir de documentos y artefactos supervivientes, el recuerdo humano y objetos tales como fotografías, películas y grabaciones de sonido. Ciertamente, la historia es creada por la aplicación del pensamiento y la imaginación humanos a lo que queda. Y debido a que cada historiador es un ser humano individual —que difiere por sexo y género; origen y nacionalidad, etnicidad y comunidad; crianza, educación y cultura; riqueza y ocupación; política e ideología; mente, disposición, sensibilidad e interés, cada uno viviendo en un tiempo distinto en un lugar distinto—, como comunidad de profesionales vienen a sostener diferentes puntos de vista, tienen diferentes propósitos, crean diferentes interpretaciones, y proponen sus propias y distintivas comprensiones del “pasado”.
 
Un segundo hecho fundamental en relación con el conocimiento histórico, es que aquellos que se dedican profesionalmente a escribir y enseñar la historia son individuos normales que tan solo resulta que son historiadores. Y como el mundo en el que viven cambia, ellos también cambian. Las interpretaciones históricas tienden a crecer y ajustarse en alguna sincronía con los tiempos en los que ha avanzado la existencia humana, de modo que las interpretaciones de los historiadores previos probablemente cederán el paso a algunas más comprensibles, atrayentes y pertinentes para quienes están vivos. Cuando pasa el tiempo, emergen nuevas evidencias y nuevos métodos para examinar las viejas evidencias, y hacen su aparición nuevos temas de investigación histórica. Consecuentemente, las historias de los historiadores cambian. Las obras que no les hablan a los tiempos en los que ellas son creadas probablemente tendrán vidas cortas en los estantes.
 
Es, por tanto, un error pensar que los historiadores pueden separarse completamente del mundo que los rodea, aislándose en una soledad mayestática, objetiva, intelectual. No importa cuánto puedan intentar mantener sus propios puntos de vista y sus esperanzas fuera de lo que escriben¸ los historiadores, como otros, intentan encontrar un significado en el pasado. Y cuando lo encuentran para ellos mismos, desean compartirlo con otros – sus estudiantes, lectores y público. Y si no, ellos fracasan en uno de sus principales objetivos: hacer que el pasado ilumine, profundice y enriquezca el presente.
 
Todas estas realidades ofrecen el contexto general para la existencia de la historia revisionista. Pero, para entender completamente esta historia revisionista, necesitamos elevarnos a 10,000 metros de altura – por encima de las disputas específicas de los historiadores acerca de asuntos específicos – y examinar como un fenómeno distinto aquello a lo que se dedican esos historiadores allá abajo. Cuando, desde esa altura, vemos qué se han comprometido a hacer desde hace tanto tiempo, ¿qué encontramos? ¿Cómo deberíamos entender las cambiantes interpretaciones del pasado?
 
Lo que llamamos historia revisionista apareció al inicio mismo de la historia escrita. No fue, como muchos alegan, producto del revisionismo de los años de la década de 1960, ni brotó de la izquierda política. Más bien, comenzando con Herodoto y Tucídides, los celebrados fundadores de la extendida escritura histórica de Occidente, data de hace 2,500 años. Desde entonces, no ha ocupado ninguna posición establecida en el espectro ideológico y de hecho le ha ganado tantas victorias interpretativas a los argumentos conservadores como a los liberales.
 
Cuando, alrededor del año 430 a.C., Herodoto de Halicarnaso, “el padre de la historia”, escribió su gran obra, titulada simplemente Las historias, acerca de las guerras entre griegos y “bárbaros” no griegos del este, él dio los primeros pasos para distinguir entre la búsqueda histórica y el mito. Ese desplazamiento del énfasis debe ser considerado como la primera revisión en la manera de conceptualizar el pasado. Al evitar deliberadamente las fábulas de los bardos, las más grandes de las cuales fueron los poemas épicos de Homero La Ilíada y La Odisea, Herodoto hizo de la historia un tema de análisis y explicación racionales. Para hacerlo, tuvo que basarse en la evidencia existente y en el análisis de ella. Como hombre omnívoramente curioso que era, recurrió a las fuentes escritas disponibles, a aquello que observaba en sus viajes y a sus entrevistas con quienes participaron en las guerras de las que escribió o quienes las recordaban. También empezó a desterrar a los dioses como agentes causales de los asuntos humanos. Sometió a sus fuentes, incluidos los cuentos homéricos, a una evaluación crítica y dudó de algunas cosas que aprendía durante su investigación. Al buscar explicar las causas y los resultados de las Guerras Pérsicas, él se introdujo en lo que ahora conocemos como historia social y cultural. El resultado fue una vasta, algo arisca, maravillosamente cautivadora historia, la primera de Occidente.
 
Y no pasó mucho para que Herodoto se viera sujeto a ataques. Su contemporáneo Tucídides, más joven, bruscamente desechó la pionera obra de Herodoto calificándola como una “un ensayo ganador para ser oído por el momento… atractivo a expensas de la verdad”. ¿Qué constituía la deficiencia de la obra de esta persona de mayor edad? Tucídides creía que, en vez de ser atractiva por su arte y la capacidad de sus alcances explicativos, la historia debería mantener un foco estrechamente fijo sobre la guerra, el arte de gobernar, el liderazgo y la política. Su principal método era basarse en textos escritos y en las observaciones directas de los participantes, su finalidad era instruir a sus lectores y, solo secundariamente, deleitarlos. Además, pensaba él, debería ser completamente secular; los dioses no servían para propósitos explicativos. Sus diferencias con Herodoto eran filosóficas en el sentido de que ponían en debate lo que los historiadores debían estudiar, por qué debían estudiarlo y los usos a los cuales debían poner lo que aprendían. Veneramos la gran Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides debido a la gravedad y la brillantez de los discursos que hacía dar a sus personajes históricos, como Pericles. Su obra continúa instruyendo a todo aquel que la lee.
 
Lo que aquí es de relieve es que los temas, métodos y fines de Tucídides mantuvieron el campo del estudio histórico, efectivamente, sin oposición por los próximos 2,300 años. La historia inspirada por Tucídides, en las obras de Polibio, Xenofonte, Salustio, Livio, Plutarco y Josefo fue el tipo de historia que los fundadores de los Estados Unidos absorbieron en su juventud. Thomas Jefferson y John Adams discutieron a Tucídides en la correspondencia de toda su vida, pero nunca mencionaron ni una vez a Herodoto. Hasta hace poco, la mayoría de los estadounidenses eran hijos de Tucídides, por cuanto en el colegio y la universidad discutían los temas propios de él. Solo recientemente, a esos temas se les han sumado otros con los que Herodoto se sentía más cómodo, aquellos de la historia social y cultural a través de los cuales se le ha dado una mayor atención a la historia de las mujeres, clases trabajadoras, los afroamericanos, latinos, gays y lesbianas. El surgimiento de todas las personas como temas históricos ha sido una fuente de fricción pública y política. También se encuentra en las raíces del uso negativo del término – de otro modo neutral – “historia revisionista”.
 
Y con todo, hay una ironía en el triunfo de la historia moldeada por Tucídides. Como sostenía Donald Kagan, el fallecido y celebrado historiador tradicionalista del mundo clásico, la claramente trazada distinción entre su propia historia y la de Herodoto, hizo de Tucídides “el primer historiador revisionista”. Esto es, la historia de la guerra, la política y las artes del Estado – la historia tradicionalista, orientada a lo masculino que por largo tiempo fue el centro de la educación occidental – se originó como un quiebre fundamental con el tipo de historia inspirada en Herodoto que la precedió. Además de ser revisionista, la Historia, de Tucídides, fue “conservadora” en tanto que, en el contexto del mundo actual, alejó el pensamiento histórico de una cobertura amplia y lo acercó a un conjunto de temas que, hasta avanzado el siglo XX, fueron considerados como los únicos legítimos y lo suficientemente significativos como para ser examinados y enseñados. Al hacerlo, Tucídides creó una perdurable tensión en los estudios históricos, entre la historia de temas limitados que él escribió y el conjunto de temas más universalista que buscaba Herodoto. Somos, inevitablemente, los herederos de esa tensión, al estar encasilladas nuestras discusiones acerca de cuáles son los temas históricos apropiados, en un molde intelectual de dos y medio milenios de antigüedad. El hecho de que la tensión haya durado tanto sugiere que los tipos de diferencias interpretativas que constituyen las discusiones entre historiadores, son parte de la composición genética imposible de erradicar de la historia.
 
Estas discusiones y esa tensión, sin embargo, no son los únicos elementos constitutivos del ADN histórico. También es su variabilidad – los cambios, crecientemente frecuentes y a veces sísmicos, en la manera en que la historia es concebida y expresada. En Occidente, el cambio historiográfico más transformativo – conceptual, filosófico, religioso y cultural – fue el que trajo la conversión al cristianismo del emperador romano Constantino en 312 d.C. No sorprende que la conversión de Constantino engendrara un ajuste inmediato y revolucionario en el pensamiento histórico, para explicar y justificar el surgimiento de la fe cristiana como el sistema de creencias favorecido por el imperio de Constantino. Fue un ajuste destinado a poner a la defensiva en Occidente a la historiografía clásica pagana, inclusive hasta ahora.
 
El principal autor de las declaraciones históricas del cristianismo fue Eusebio, obispo de Cesárea, cuyo logro histórico mundial fue crear, en su Historia Eclesiástica, una versión, escrita y publicada después de 313 d.C, de la historia del cristianismo y de la Iglesia Cristiana. Nunca ha vuelto a aparecer una concepción revisionista tan transformadora del pasado de Occidente. Trabajando a partir de documentos y peleando con polémico ardor en nombre de lo que pronto se convertiría en ortodoxia teológica, Eusebio proveyó a Occidente de afirmaciones históricas y a la Iglesia Occidental de los puntales a partir de los cuales creció la mayor parte de la compresión que los Occidentales tienen de su mundo. Ni siquiera la visión del mundo marxista y la más reciente introducción de las mujeres en el registro histórico han demostrado ser tan poderosas, extendidas, profundas y durables como lo es el reinado de los conceptos, temas y de la cronología cristianos en la manera en que consideramos el pasado.
 
Aquí, de nuevo, es digno de notarse que, como el éxito de Tucídides para jalar la historiografía en una dirección que duraría como ortodoxia histórica por 2,300 años, igualmente la historia cristiana de Eusebio ha servido como un ancla tradicionalista de la historiografía occidental desde su mismo surgimiento. La incorporación del monoteísmo judío en la fe cristiana, en lugar del politeísmo pagano; la sustitución de la más antigua y fatalista historia circular por la esperanza de una futura liberación; y su afirmación de que la historia tenía un origen rastreable en el tiempo, ya fuera en el Génesis o la Encarnación, fueron innovaciones del pensamiento eusebiano. Desde entonces, ellas han servido como el anclaje seguro para la conciencia histórica de Occidente. Por segunda vez, la historia revisionista se hizo tradicional; lo que una vez fue un desafío a la ortodoxia pagana se convirtió, ella misma, en una ortodoxia.
 
Por supuesto, pocos cambios en las interpretaciones históricas cusan revoluciones tan profundas y duraderas en el entendimiento del pasado como las transformaciones histórico mundiales de las historiográficas cristianas. La mayor parte de la historia revisionista es normal, en el sentido de que está incorporada en las historias que todos los historiadores escriben; a diferencia de la de Eusebio, no crea los cimientos intelectuales de una nueva fe y cultura religiosa. Acordemente, todas las nuevas discusiones y perspectivas deben ser evaluadas en cuanto a su impacto sobre el conocimiento y convicciones existentes y en relación con aquello que traten. Aquí, las consideraciones de escala son esenciales. La reevaluación de, digamos, una batalla menor en una guerra civil puede alterar seriamente la comprensión de ese encuentro sin tener consecuencias amplias ni profundas sobre la comprensión de la guerra civil. Pero otras reinterpretaciones de otros temas pueden traer mucho mayores consecuencias porque afectan asuntos más significativos. Tómese, por ejemplo, el cambio de visión causado por el descubrimiento en 1946 de los Rollos del Mar Muerto, que alteraron drásticamente nuestro conocimiento del judaísmo temprano; o véase la detección en los años de 1960, del sitio arqueológico de L’Anse aux Meadows en Nueva Escocia, que apoyó con fuerza la existencia, hace un milenio, de un asentamiento noruego en el “nuevo” mundo – esto es, antes de que Colón tropezara y “descubriese el hemisferio occidental. Todos esos cambios de interpretación, aunque de impacto menor que el surgimiento de la historia cristiana eusebiana, obligan a una reconsideración del tema con el cual se relacionan.
 
No se requiere, sin embargo, nuevas evidencias para cambiar la comprensión histórica. A veces, una profundización en el conocimiento histórico se origina en la aplicación de nuevos métodos disponibles para examinar materiales por largo tiempo existentes. Tal ha sido el caso reciente en la venerable acusación, aunque largamente suprimida, y que se originó estando él en vida, de que Thomas Jefferson tuvo hijos con su esclava Sally Hemmings. Aunque en la tradición familiar de los Hemmings por largo tiempo la relación entre ambos había existido (y sido ignorada), y pese a que por los análisis (hechos por los historiadores) del tiempo de los embarazos de Hemmings les había dado un nuevo peso circunstancial a algunas de las afirmaciones, solo después de que la información genética pudiera ser entregada por los descendientes lineales vivos de Hemmings, y examinada por genetistas, fue que la relación entre Jefferson y su esclavizada concubina pudo ser firmemente establecida.
 
La fuente más común de pensamientos revisionistas viene de los cambios en perspectiva. El clásico ejemplo estadounidense de cambios repetidos de este tipo tiene que ver con los debates perdurables, complejos y de consecuencias profundas acerca de las causas y consecuencias de la Guerra Civil. Desde 1860, las interpretaciones de esa vasta disputa han mutado en concierto con los cambios en la política, sociedad, las leyes y las actitudes estadounidenses, cambios que se relacionan especialmente con la raza. Similarmente, por el último medio siglo, el surgimiento de la autoridad política, económica, cultural y social de las mujeres, los afroamericanos y otras personas previamente omitidas de la consideración histórica, más el nombramiento de miembros de esos grupos en las facultades universitarias y posiciones de importancia en otras instituciones culturales, han llevado a los investigadores a aprender más acerca de las historias de estos grupos. Los resultados han sido profundos. Los historiadores ahora dan por sentado que es imposible entender cualquier parte del pasado sin tomar en cuenta las realidades de todas las gentes de todo tipo.
 
Los historiadores rutinariamente ponen en cuestión su entendimiento del pasado, tanto el suyo propio como el de otros. No lo hacen por el afán de entretenerse.  Más bien, creen que su responsabilidad es crear una comprensión del pasado que les hable a los vivos. No hay nada nuevo para ellos en discutir, y luego, en llegar a un consenso temporal acerca de todo, desde por qué la Guerra Civil terminó en lo que fue, hasta por qué el Norte ganó todo el conflicto. No hay nada inusual en los debates entre historiadores de las mujeres acerca de cómo encuadrar y entender la histórica supresión del protagonismo de las mujeres en los asuntos humanos. Las discusiones sobre las causas y consecuencias de eventos tan significativos como las revoluciones estadounidense, francesa, rusa y china nunca se abaten. Los historiadores actualmente están en medio de la tarea de reevaluar el poblamiento de las Américas, el resultado de lo cual es dejar en andrajos la historia colonial de los Estados Unidos por tanto tiempo enseñada a los estudiantes de secundaria del país.
 
Es en el contexto de esa reevaluación que recientemente experimentamos un furor acerca de qué fecha asignar al inicio de la historia de los Estados Unidos. No hay muchos candidatos que considerar: remontándose los primeros asentamientos humanos provenientes del Asia hasta al menos 20,000 años en el territorio que ahora comprende los Estados Unidos contiguos; el asentamiento español de 1565 en la actual San Augustin, Florida, el sitio más antiguo continuamente ocupado de habitación europea en los estados del sur; el establecimiento de un puesto de avanzada en tierras del pueblo Tewa cerca a la hoy Santa Fe, New Mexico, en 1598; el asentamiento inglés de 1607 en Jamestown, Virginia; la introducción en 1619 de la esclavitud por raza en esa colonia; y la Declaración de Independencia. Tales debates, que surgen de diferentes perspectivas de la misma evidencia y constituyen ejemplos clásicos de historia revisionista, probablemente nunca se detendrán por completo porque tienen que ver con la historia de origen de los Estados Unidos, con la identidad nacional y con las circunstancias actuales. La historia nunca puede estar amurallada, aislada del presente.
 
Así, no debería causar sorpresa que mucha gente encuentre difícil aceptar tan frecuentes retos a lo que les enseñaron a pensar como verdadero y fijo, ya sea que tenga que ver con el cristianismo, la declinación y caída del Imperio Romano, las causas de la Guerra Civil de los Estados Unidos, el rol de la mujer en el pasado histórico o la fecha de nacimiento de la historia estadounidense. No es sorprendente que pregunten con perplejidad: si el pasado no puede cambiar, ¿cómo puede cambiar su historia? Se ofenden al enterarse de que al menos algo de lo que les enseñaron temprano en su vida como “historia” ya no es completamente aceptado por los historiadores y es más bien enseñado de modos diferentes. Como todos los humanos, las familias y naciones – también como muchos historiadores – quieren creer lo que aprendieron de muy jóvenes, especialmente si les sirvió como un adhesivo de su identidad. ¿Lo que me quieres decir es que la Constitución fue escrita en parte para proteger la esclavitud y no solo por los elevados ideales de independencia, vida, libertad, búsqueda de la felicidad y bienestar general de todos los estadounidenses declarados en ella y en la Declaración de Independencia? ¿Quieres decir que se puede defender un caso histórico contra el uso de bombas atómicas contra ciudades japonesas para terminar una feroz guerra en la que se perdieron cientos de miles de vidas de estadounidenses y quizá un número igual se salvó por esas bombas? Mucha gente está lista para desechar todas las interpretaciones de ese cariz como tan solo “historias revisionistas”, el resultado de la ideología, la política y un negativismo mal concebido.
 
Mucha gente también se resiste a aceptar la simple verdad de que los historiadores, a quienes ellos consideran expertos, estén en desacuerdo en los hechos y qué hacer con ellos. Por supuesto, todos pueden concordar en que la Declaración de Independencia fue aprobada el 2 de julio de 1776, y fue adoptada dos días después. Esos son los hechos. ¿Pero qué significan? ¿Que la independencia fue un acontecimiento de verano? ¿Que llegó de improviso? ¿Que fue la culminación de 11 años de agitación creciente? ¿Qué inauguró cinco años de una brutal guerra? Y así por el estilo. Los meros hechos no tienen significado. Debe dárseles ese significado por medio de los seres humanos. Y esos seres humanos muy bien pueden no estar de acuerdo entre ellos acerca de su propio significado. Pero, para muchos no historiadores, el desacuerdo entre los expertos se ajusta con dificultad a su deseo de certeza. Muchos condenan las cambiantes interpretaciones de los historiadores como evidencia de sesgo político. Y aún otros ven los desafíos a las ortodoxias de los historiadores como amenazas contra los cuentos históricos congruentes con sus objetivos políticos y de ese modo, con su poder. Se preguntan, también, dado que los historiadores mismos a menudo no están de acuerdo acerca del pasado, por qué alguien debería tener confianza en las declaraciones de los historiadores profesionales afirmando que son expertos. ¿Por qué alguien debería cederles autoridad a los historiadores sobre lo que pasó cuando esos historiadores desafiaron lo que por largo tiempo se enseñó como verdad de evangelio? Por supuesto, nada obliga a la gente ceder algo a los historiadores. Pero, así como lo mejor es contratar a un electricista registrado para cablear una casa nueva en lugar de hacerlo uno mismo, o visitar a un cirujano ortopédico experimentado en vez de un carpintero para arreglarte la pierna rota, igual probablemente es preferible dirigirse a un historiador experimentado cuando se requiere una comprensión autorizada actual acerca de un tema particular, así como el conocimiento de los desacuerdos actualmente existentes acerca de este.
 
Los historiadores profesionales ven sus roles y contribuciones bajo una luz diferente a la de los no historiadores. Consideran sus debates, no solo simplemente como ejercicios intelectuales, sino como una contribución al entendimiento y al bienestar de una sociedad abierta. Para ellos, las revisiones del conocimiento del pasado sirven a la sociedad tanto como un giroscopio sirve para ayudar a mantener equilibrado un buque. Están convencidos de que los ajustes hechos al conocimiento existente, ajustes basados tanto en la evidencia conocida como en nuevos pensamientos y perspectivas, permiten el incremento potencial y la profundización del conocimiento de la existencia humana para todos. Los historiadores se toman con calma las diferencias entre ellos, intentan aprender de sus disputas interprofesionales y se dedican a incorporar en sus propias investigaciones lo que tiene más sentido para ellos. Y de manera muy importante, tienen la fuerte convicción de que las batallas por el pasado son inescapables porque están inculcadas muy profundo en la naturaleza y existencia humana. Todo esto significa que rara vez se puede estampar “caso cerrado” sobre un tema histórico.
 
Pero si ningún tema es inmune a la reconsideración, ¿qué hay con la difundida convicción de que la historia puede y debería ser objetiva en el sentido de ser una versión exacta y completa de lo que realmente ocurrió? Probablemente sorprenderá a muchos que los historiadores de la actualidad creen que no puede serlo. ¿Basados en qué creen eso?
 
La primera razón, tanto existencial y epistemológica, nace de la imposibilidad de conocer todo lo que sucedió en el pasado. Además de estar más allá de poder experimentarse de nuevo, ningún evento pasado, sea tan pequeño en escala como un accidente automovilístico o tan vasto como una revolución, puede ser registrado por entero mientras tiene lugar ni puede ser entendido por entero después. Solo alguna, evidencia, nunca toda, de un evento – digamos, informes de testigos, restos materiales, y grabaciones visuales o sonoras – queda detrás, no se deteriora o no es destruida a propósito; y lo que queda es el resultado de factores tales como las preferencias de los coleccionistas, la rapidez e intención de ellos de salvarla y el puro accidente. Lo que falta podría decirnos más, pero no existe como para hacerlo. Así, estamos sujetos a interpretar lo que queda lo mejor que podamos, mediante el uso de toda la evidencia disponible y el sometimiento de esta a un examen, buscando su autenticidad, exactitud y significado. Pero, dado que probablemente haya diferentes maneras de interpretar la evidencia superviviente, los resultados de inclusive los más experimentados historiadores a menudo diferirán. Eso se debe a que cada historiador, y por cierto todas las personas, llevarán distintos intereses, sensibilidades y mentes para cuando examinen la misma evidencia.  Aquí es donde las diferencias sobre interpretación – las oportunidades para la historia revisionista – entran en escena. Ya sea que ellas se originen en disputas sobre la evidencia y lo que esta significa o, como a veces es el caso, o de puntos de vista ideológicos, todas esas diferencia deben estar, como siempre lo están, sujetas a un terco examen por cada uno y por todos quienes ingresan a esas batallas interpretativas sobre el pasado.
 
Tómese, por ejemplo, la toma de la Bastilla en París, el 14 de julio de 1789. Algunas personas la observaron desde fuera de la fortaleza, otras desde dentro. Algunos eran guardianes, algunos prisioneros, algunos liberadores. Puesto que ninguno de ellos pudo observar y registrar todo lo que ocurrió, gran parte de la evidencia fue simplemente destruida. Además, como han demostrado las neurociencias y los estudios de la memoria, gran parte de lo que percibieron los participantes y los mirones fue selectivo; sus ojos y oídos estaban sujetos a la “ceguera por descuido” – la inclinación de nuestros sentidos a asimilar solo aquello en lo que están enfocados, no todo lo que podrían captar. Además, cuanto más distantes estén los testigos de un evento, menos confiable será su memoria de él. El resultado es que, cuanto los historiadores saben de cualquier cosa del pasado es solo una parte de lo que ocurrió, fue atestiguado presencialmente y fue informado; y algo de eso puede ser inexacto. Pero, aun cuando la evidencia de un evento estuviera disponible, nuestro conocimiento de él permanecería siendo disputable.
 
Debido a que estas son las realidades que los historiadores enfrentan en sus tareas cotidianas, han aceptado la proposición general de que es imposible conseguir una historia de cualquier tema que sea completa, cierta, exacta, inalterable, final, eternamente válida, probada más allá de toda disputa y aceptada como tal por todos. Desde que las cosas son así, significa que cada historia de cada tema, sin importar cuán insignificante, diferirá de sus predecesoras en algún respecto -- mediante la adición, substracción, el uso de nueva evidencia, diferencias en puntos de vista o argumentos distintivos. Y, con todo, esto no debería ser causa de desesperación. Cada nueva contribución a un entendimiento más profundo y completo de cualquier cosa, debe ser vista como un acercamiento, pese a que nunca se pueda alcanzar, a un punto de encuentro en el cual los historiadores estarán de acuerdo en que todo lo que puede decirse acerca de un tema ha sido dicho, de modo que se llegue a un consenso duradero acerca de qué es lo que probablemente ocurrió y por qué. Con un compromiso robusto con esa meta, inclusive sin la esperanza de alguna vez alcanzarla, los historiadores bregan con la confianza de que, cuando la evidencia existente sea reevaluada, nueva evidencia sea encontrada, y nuevas mentes sean puestas a trabajar sobre el tema, la brecha entre lo que es conocido y lo que sigue sin ser entendido se estrechará poquito a poco.
 
Deberíamos tener en cuenta, también, que no hay nada nuevo en la variedad interpretativa del conocimiento histórico. Cuando se lo compara, digamos, con las diferentes interpretaciones de obras de estándares clásicos y del jazz, distintas producciones de óperas y obras de teatro, y la multiplicidad de estilos en el arte y la arquitectura, las interpretaciones históricas no parecen muy diferentes.  Ni tampoco las fuentes de tal diversidad (el temperamento de los conductores, los estilos de los instrumentistas, las visiones de los directores de escena, productores de ópera y artistas absorben el mundo que los rodea) parecen diferir mucho de aquellas que entran a tallar en la creación de las obras de historia. Igual que en otras actividades humanas, dos historiadores nunca se enfocarán, ni serán capaces de hacerlo, en un idéntico tema de maneras idénticas por idénticos intereses por propósitos idénticos. Por esa razón, los historiadores viven fácil y calmadamente con el desacuerdo y la argumentación.
 
Al final, puede defenderse con fuerza que el concepto de “historia revisionista” es tan ampliamente aplicado y las realidades detrás de él están tan profundamente embebidas en el pensamiento histórico que es inútil como aspecto distintivo de cualquier obra de historia. Toda historia escrita es – en un respecto u otro, en una escala u otra, y con una u otra consecuencia – revisionista en intención o consecuencia. La historia revisionista es un fenómeno universal. Los debates de los historiadores y los cambiantes puntos de vista sobre sus temas son los principales medios por los que ellos se enfocan, nunca alcanzándola, sobre su meta de entender la extraordinaria complejidad de la vida humana de épocas anteriores a las suyas. En realidad, sus discusiones sobre el pasado y las variadas maneras de abordar su respectivo trabajo deberían ser celebradas como las características distintivas de una cultura democrática. Donde existe la ortodoxia obligada, ahí subyace el totalitarismo.
 
Una cultura democrática, en la cual se permite coexistir y compartir el cartel del foro público del pensamiento a diferentes puntos de vista y diferentes “verdades”, debe también ser vista como un glorioso almacén de ideas, muchas de ellas lanzadas en una era, pero siempre disponibles para ser vueltas a usar en otra. En ningún caso, una nueva manera de ver el pasado aniquila las más antiguas. Por el contrario, las interpretaciones históricas descartadas, como los estratos de la milenaria roca sedimentaria, yacen enterradas una encima de otra, fuera de la vista hasta que son hechas visibles de nuevo para el estudio y para volver a usarlas. Renovadas, reconsideradas y readaptadas, pueden entonces alimentar frescas luchas para entender el pasado. La historia revisionista asegura una interminable renovación del conocimiento de lo que vino al mundo antes de nuestros propios días. Deberíamos celebrar, así como aceptar ese hecho.
 
Acerca del autor
Cofundador del Centro de Historia Nacional de la American Historica Association (AHA). James M. Banner es recientemente autor de The Ever-Changing Past: Why All History Is Revisionist History (Yale University Press, 2021).
 
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