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Alberto Loza Nehmad
Alberto Loza Nehmad

Desde la otra esquina:
Traducciones de artículos, entrevistas, etc.

Qué pasa cuando un tratamiento psicodélico para el estrés postraumático termina en un mal vuelo
POR MICHAEL POLLACK
 
Originalmente publicado como “What Happens When Psychedelic Treatment for PTSD Turns Into a Bad Trip” en Slate, 2 de febrero de 2022 https://slate.com/technology/2022/02/psychedelic-treatment-ptsd-dangers-mdma-psilocybin-meth-container.html
Traducido por Alberto Loza Nehmad

Estaba acostado de espaldas, sudando copiosamente y con el corazón a mil, en un hotel con una mujer que me acababa de dar una sobredosis.
 
Llamémosla Sara. Aclarando: ninguno de los des estaba ahí para divertirse. Sara, en realidad, era terapeuta, una médica clínica registrada. Fuera de su horario de trabajo, ofrecía a pacientes como yo psilocibina y MDMA (éxtasis), para el trastorno de estrés postraumático (TEPT) y la depresión resistente al tratamiento. Ella hacía esto bajo un gran riesgo extremo para su carrera porque, como decía, creía en eso. Esa fue la segunda vez que yo intentaba un coctel guiado de alta dosis de substancias psicodélicas para tratar mi actual TEPT, resultado de haber supervivido el ataque terrorista contra el Hotel Taj Mahal de Mumbai.
 
La meta de tal experiencia es “ir dentro” de ti mismo, despojarte de los ornamentos del ego y, mediante ese proceso, trascender o aliviar el daño causado por un trauma fundamental. La idea es muy simple: al dejar irte (comúnmente conocido como pérdida del ego o muerte del ego), te haces uno con todo lo demás. En otras palabras, puedes experimentar un sentido de completitud que te trasciende, y esa completitud puede ser muy sanadora. En conversaciones con quienes practican esto por lo bajo, aprendí que eso se lograba tomando una combinación de “medicinas” (por ejemplo: MDMA, el principal ingrediente de a lo que comúnmente se refieren como éxtasis, acompañado con psilocibina, conocida como hongos mágicos). Sin embargo, igualmente importante, dicen ellos, era el apoyo guiado para la experiencia misma, seguida por la integración (el procesar la experiencia) con el mismo guía. Mi primer vuelo había sido positivo y resultado en una sensación de paz y calma con respecto a la particular angustia que había estado experimentando por años. Y en verdad, la reciente investigación científica cada vez más apoya el potencial para que la psicoterapia asistida con MDMA sea “un innovador, eficaz tratamiento para TEPT”.
 
Había solo un problema: mi primera guía no tenía ninguna formación médica ni credenciales psiquiátricas. Esto me había hecho dudar de seguir con ella. Yo venía del mundo de Wall Street, donde los títulos importan (créanme: entonces, la ironía de estar siendo llevado por mi ego en búsqueda de dejar que este desapareciera se me escapaba por completo). Es así que continué con mis búsquedas gracias a un conocido que me había dado una corta lista de quienes practicaban con la psicodelia. Finalmente, hablé con Sara, quien en el papel estaba extremadamente calificada, con grados de grandes universidades. Su tono en el teléfono me hizo sentir la confianza de que ella estaba calificada para hacer esto.
 
Cuando finalmente nos encontramos en el cuarto del hotel, yo estaba listo para continuar con una terapia que aliviara mi TEPT. Luego de una charla algo incómoda, ella me pidió que me sentara en la cama. Miré cómo pesaba unos cristales en una balanza que lucía barata, mientras me explicaba que para mi vuelo ella iba a administrar una dosis de MDMA equivalente a una prueba clínica, junto con la psilocibina. Insertó una cantidad de los cristales en una cápsula de gel, y tragué la píldora con un vaso de agua de caño. Entonces me dio un pequeño queque de chocolate, el cual contenía la psilocibina. Me recosté, y ella me cubrió con una frazada y me entregó una máscara para dormir.
Muy rápidamente me di cuenta de que algo andaba mal. Lo que fuera que yo había tomado me estaba produciendo un ataque de ansiedad. Intenté escuchar la breve meditación guiada de Sara, luego la música ambiental que tocaba, pero no servía de nada. Me arranqué la máscara y la frazada que me cubría y le dije que la cosa no funcionaba. Vi cómo el cuarto parecía encogerse a mi alrededor, y mi corazón palpitante se me hizo cada vez más grande en el pecho. No había ningún “ir hacia dentro”.
 
“Ok”, dijo. “Hablemos”. Pero sus preguntas se sentían invasivas, inapropiadas. Demasiado agresivamente me preguntó por mi niñez, mi matrimonio y mis ansiedades. De repente me sentí vulnerable, y a la defensiva. Discutimos sobre lo que sucedía. Lejos de sentirme seguro, esta “especialista calificada” había creado un entorno peligroso, y todo lo que yo quería era irme. Salvo que no podía. La idea de ir a cualquier lugar en el estado en que me encontraba era casi imposible.
 
Posteriormente, mientras luchaba para salir de los efectos de lo que Sara me hubiera dado (yo estaba en la certeza de que no eran, ni MDMA ni psilocibina), se me hizo claro que ella no tenía un enfoque saludable sobre el usar las substancias psicodélicas como terapia, y ciertamente ella no tenía el conocimiento para prescribirlas a otros. No había ningún plan para ayudarme a superarlas después. De vuelta en casa, a medida que mi insomnio pasó, de una semana a dos, y finalmente a tres, repetidamente intenté contactarme con ella. Ninguna respuesta. Me estaban ignorando. Aún bajo los efectos, con la mente a mil, locamente redacté 35,000 palabras que yo creía me ayudarían a integrar lo que me había sucedido. Todo eso lo sentí penetrante y verdadero, pero a la sobria luz del día, vi que eran tonterías sin sentido. Desesperado, llamé a mi terapeuta de siempre, quien me dijo que tirara esas páginas y me ayudó a retroceder del abismo. Sin él, la experiencia podría haber conducido a un daño irreparable.
 
Este fue, para decir lo menos, un momento de aprendizaje. Era enero de 2019, y el acceso a los tratamientos “no subterráneos” que involucraran cualquier tipo de substancias psicodélicas era extremadamente limitado (ahora esto ha cambiado en alguno de los estados de EE.UU.). Debido a las draconianas leyes de categorización de las drogas, muchas otras prometedoras drogas permanecieron en gran medida inaccesibles (entre ellas, la mescalina, psilocibina, LSD, ayahuasca y MDMA). Por eso, como muchos otros, me puse “subterráneo” para encontrar ayuda, y así es cómo terminé en un cuarto de hotel y fuera de mí.
 
Y no fue ninguna sorpresa. Por último, cuando finalmente logré contactarme con ella, Sara admitió que lo que yo había pensado era una dosis de prueba de MDMA había tenido un poco más de “speed”. En realidad, ella me dijo, los cristales habían resultado ser mayormente metanfetamina, rebajada con un poco de MDMA, lo que en la calle podría haber sido vendido a un muchacho en un rave para estar en pie toda la noche. Había estado tan drogado con “speed” (metanfetamina) que ni había sentido la psilocibina que me había dado. En tal caso, “tratamiento psicodélico legítimo” puede sentirse como una contradicción en los términos. Pero lo subterráneo parece estar por cambiar.
 
Actualmente, la psicoterapia asistida con ketamina sigue siendo el único tratamiento “psicodélico” al que puedes tener acceso en una clínica convencional. Aunque durante años los doctores han estado prescribiéndola como un antidepresivo, la aprobación de la Administración de Drogas y Alimentos [de EE.UU], expedida para una forma de ketamina (llamada esketamina) de aplicación nasal de Johnson & Johnson representó la primera vez que a esta droga se le dio un pase gubernamental específico para que pueda ser prescrita para trastornos de los estados del ánimo. Muchos estudios, incluyendo investigaciones conducidas por el gobierno, sugieren que la ketamina puede ofrecer una rápida disipación de los síntomas en lo que de otro modo son formas de la depresión resistente al tratamiento. Pero como frecuentemente se ha informado, la mayoría de las investigaciones no se ha fijado en los efectos de largo plazo del tratamiento con ketamina, y muchos insisten en que se necesita más estudios. Encima de todo esto, aún queda por determinar si la ketamina (y sus demostrados efectos disociativos o de “fuera del cuerpo”) debería apropiadamente seguir en compañía de otras substancias psicodélicas como el LSD o la psilocibina.
 
Aunque los tratamientos con MDMA y psilocibina están disponibles solamente vía pruebas clínicas, una accesibilidad más amplia puede no estar demasiado lejana, si siguen una trayectoria similar a la de la ketamina. Hasta ahora, docenas (quizá inclusive cientos) de centros de ketamina han aparecido en todo el país. Los tratamientos individuales varían entre los $400 y los $1000 dólares y, típicamente, las clínicas recomiendan hasta seis tratamientos, seguidos a veces de una mantención regular. En apariencia y talante, el estilo de los sitios web de estas empresas comerciales puede exudar una vibra del tipo de los tratamientos de spa. Mientras, el acceso a otras substancias psicodélicas permanece, ya sea subterráneo (en EE.UU.) o como una parte de la industria del turismo psicodélico ahora en auge, una industria que promueve “retiros” psicodélicos en todo el mundo, repitiendo mucho de la jerga del bienestar de la que uno lee con las clínicas de ketamina.
 
Muchos centros y profesionales de la industria de los psicodélicos ofrecen una fachada de calificado conocimiento experto, pero es difícil verificar sus credenciales, así como la seguridad y eficacia de sus prácticas. Grandes inversiones en lo psicodélico han generado una carrera para normalizar su uso en la cultura en general. El éxito de la reciente miniserie de Hulo Nine Perfect Strangers, con Nicole Kidman en el rol estelar como una gurú psicodélica glamorosa, aunque inestable, en última instancia parece sugerir que el turismo psicodélico es algo bueno, que un enfoque instintivo, ad hoc, sobre el tratamiento puede funcionar tan bien como un tratamiento clínico. Pero eso es peligroso. Lo que la mayoría de las conversaciones sobre el uso de psicodélicos como un tratamiento para el trastorno de estrés postraumático (TEPT), depresión o ansiedad dejan de reconocer es que los efectos benéficos vienen de una experiencia con altas dosis. Esto decididamente no es lo mismo que un vuelo recreativo en el desierto con unos cuantos amigos de la universidad. Es algo más. Sus efectos pueden ser duraderos, profundos e impredecibles. Y debe hacerse bien. Eso hace el reciente surgimiento de empresas como Mindbloom y TripSitter, que ofrecen terapia con ketamina, autoadministrada en casa mediante pastillas (junto con acceso en línea a “guías virtuales para procesar la experiencia”), de lo más preocupante.
 
Mientras la fuerza colectiva del mercadeo que prevalece en los EE.UU. promociona el “bienestar psicodélico” y “desatar tu sanador interno”, una pieza crítica del protocolo es a demasiado a menudo pasada por alto: el envase. El “envase” es básicamente todo aquello que rodea tu experiencia psicodélica, para asegurar de que sea beneficiosa, segura y esté integrada en tu vida. El envase no es lo mismo que el dónde y las circunstancias (“set and setting”), una frase común usada en la comunidad psicodélica referida al lugar donde vuelas y con quién vuelas. Tampoco tiene que ver simplemente con tener un guía que te asista y apoye a través de cualesquiera sean los desafíos que el vuelo pueda presentar. Más bien, el envase es una combinación de acuerdos – principalmente contigo mismo, acerca de las intenciones que tienes con tal tratamiento. El envase también incluye a la persona o personas que te acompañan antes, durante y después de tu experiencia, así como al trabajo terapéutico que has hecho para prepararte para tomar una alta dosis de una droga psicodélica, y el trabajo que harás después, para integrarla con tu vida de una manera significativa.
 
Sin el envase apropiado, la gente que busque un tratamiento sustantivo para condiciones de salud mental serias, fácilmente podría encontrarse en un lugar peligroso, sin apoyo, como me pasó. La mejor metáfora para una experiencia psicodélica de alta dosis puede ser la del escalpelo: este atraviesa, cortando directo tu armadura psicológica, llevándote a las experiencias fisiológicas formativas que definen tu sentido del ser. Un escalpelo en las manos de un terapeuta entrenado puede ser resaltantemente sanador, y te ayuda a encontrar un confort trascendente en tus lugares más oscuros. Sin embargo, ese mismo cuchillo puede ser devastador en las manos de un guía mal preparado, inexperimentado e inclusive depredador, en el cual las experiencias de un usuario que está bajo los efectos de la droga no son integradas con su vida real (lo que causa perturbación, disasociación o trauma); o, a veces, aún peor, las experiencias pueden ser utilizadas para desempoderar o explotar vulnerabilidades.
 
Inclusive antes de que la pandemia pusiera un trágico y aterrador reflector sobre nuestro sentido colectivo del aislamiento y la desconexión, parecía como si nuestra sociedad estuviera enfrentando una crisis fundamental de significado. Entre otras cosas, la Internet había fracturado la realidad en una colección infinita de círculos desastrosos y burbujas egoístas. No sorprende que, aún cuando COVID estaba apenas en sus inicios en 2020, 1 de cada 5 estadounidenses adultos informara que experimentaba enfermedades mentales, sumando muy por encima de los 50 millones de personas. Considerando ese entorno, la distribución no regulada, equivocada o descuidada de altas dosis de substancias psicodélicas no necesariamente significa un resultado positivo, especialmente para los más vulnerables.
 
Después de recuperarme de mi encuentro con Sara, he tenido unas pocas experiencias exitosas en el llamado mundo psicodélico subterráneo. Pero ellas sucedieron porque yo era capaz de buscar y establecer el envase correcto. Ya sea por medio de la psicodelia, la terapia tradicional u otros medios, no existen atajos en la sanación. De igual modo, para que el tratamiento psicodélico funcione efectivamente en nuestra sociedad, debe ser capaz de funcionar al interior de un marco más general y efectivo para el tratamiento de la salud mental. Sin eso, una terapia con beneficios potenciales profundos puede perder su oportunidad de verdaderamente emerger del nivel subterráneo. Al final, todo consiste en reconocer la importancia del envase.
 
State of Mind es un trabajo en sociedad entre Slate y Arizona State University que ofrece una mirada práctica hacia nuestro sistema de salud mental – y cómo mejorarlo.
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