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Alberto Loza Nehmad
Alberto Loza Nehmad

Desde la otra esquina:
Traducciones de artículos, entrevistas, etc.

Leyendo en el pasado: en voz alta y en familia
Por Toby Barnard
 
Originalmente publicado como The Book’s the Ting, Dublin Review of Books, Diciembre de 2017 (http://www.drb.ie/essays/the-book-s-the-thing). Traducido por Alberto Loza Nehmad.
 
Reseña del libro de Abigail Williams, The Social Life of Books: Reading Together in the Eighteenth-Century Home. Yale University Press, 351 pp.
  
Alguna vez, la historia del libro estuvo dominada por el connoisseur y el coleccionista, felices de pagar un alto precio por lo raro y lo exquisito. Los más ilustrados comisionaban a expertos para clasificar y catalogar, tanto lo externo como lo interno de sus tesoros. Pero el tema, aunque no enteramente rendido por tales devotos, desde entonces ha sido tomado por investigadores literarios e historiadores. Florecen ahora el análisis bibliográfico, que comprende la colación paciente y la comparación de textos impresos, y la identificación de los ornamentos distintivos con los cuales los impresores vivificaban espacios que, de otro modo habrían quedado en blanco. Estas indagaciones continúan siendo la piedra basal sobre la cual, en los últimos treinta años o más, se ha erigido una laboriosa superestructura de interpretación. El orgullo local y nacional ha apoyado investigaciones: determinado pueblo o estado específicos son mostrados como la primera vanguardia de la impresión y la producción de libros; sus productos exhiben habilidades superlativas en la calidad del papel y en las fuentes, diseño y encuadernación. Sentimientos de este tipo han inspirado, y a veces atraído, generosas subvenciones para historias del libro en países particulares (por ejemplo en Inglaterra, Escocia y Gales). Tales investigaciones han sido grandemente apoyadas por la refinación de una variedad de recursos electrónicos. Copias grabadas de publicaciones en inglés publicadas antes de 1800 pueden ser rastreadas gracias al English Short Title Catalogue. Además, la mayoría de estos títulos ahora puede ser leída remotamente, vía Eighteenth Century Collections Online y Early English Books Online, lo que nos ahorra una visita a una biblioteca lejana para consultar lo que a veces es un ejemplar único. La enorme subestructura ha hecho fácil hacerles preguntas a las abundantes evidencias. En consecuencia, es posible documentar más exactamente la aparición y creciente popularidad de géneros tales como la novela y las artes literarias (belles-lettres),  y observar una evidente declinación en el número de tratados teológicos. La escasez de impresos en lengua irlandesa antes de 1800 puede ser vista descarnadamente.
 
Un peligro que surge de la facilidad con la que puede examinarse las ediciones virtuales es que las diferencias vitales en tamaño y formato, y por tanto, en precio original y legibilidad, pueden oscurecerse. No hay sustituto para sostener un pesado infolio sobre la mesa o las rodillas, o para descifrar los caracteres borrosos de un pequeño volumen en doceavo en delgado papel de trapo y bajo poca luz. Lo físico del asunto de la lectura se ha alterado de manera que puede hacer difícil resucitar sus formas del siglo 18. Estas posibles pérdidas hacen muy bienvenido el nuevo análisis de Abigail Williams.
 
Con tantas cosas conocidas ahora acerca de lo que se imprimió antes de 1800, el minucioso análisis bibliográfico de antes, aunque no abandonado, ha cedido espacio a la especulación acerca de los contextos y maneras en las que se usaban los libros. Como resultado, el lector así como el autor, impresor y editor, han venido a ser vistos con mayor claridad. También, debido a que numerosos aspectos del consumo y el consumismo están atrayendo la atención de los escritores hacia el siglo 18, los libros, en tanto objetos y artefactos, tienen ahora lugar junto con otros accesorios de la vida doméstica. El estudio de la Dra. Williams favorece este enfoque. Segura y convincentemente, ella vuelve los libros a los escenarios en los que eran disfrutados. Subraya cómo se apreciaba los libros como auxiliares y conductos del refinamiento y el mejoramiento personal. Sin abandonar la noción del lector o lectora solitarios y silenciosos, muestra mediante una abundancia de ejemplos la frecuencia de la lectura en voz alta y en grupo. Gran parte de esta actividad estaba dirigida a divertir y a desterrar el aburrimiento, pero una parte aún mayor buscaba enseñar y mejorar a los oyentes. Se prestaba atención a la habilidad necesaria para la recitación. Proliferaban las guías para realizarla con efectividad; algunas estaban dirigidas a aquellas personas cuyos oficios las obligaban a hablar en público, principalmente clérigos, y también abogados, maestros y funcionarios. Pero, como Williams sostiene, los manuales eran usados mucho más ampliamente. Seguir las instrucciones demasiado servilmente podía cortejar los precipicios del artificio y la teatralidad, las cuales eran ridiculizadas y tenían que ser evitadas. No obstante, la elocuencia, oratoria y retórica eran altamente valoradas, y generaron tratados, incluidos los del actor y empresario Thomas Sheridan. Inclusive para el joven que no buscara una carrera pública, las lecciones de elocución le eran útiles, y lo ayudaban a lograr el éxito en la sociedad cortés y educada. Por el contrario, los regionalismos –especialmente los términos escoceses y el espeso dejo escocés—tenían que ser eliminados, no solo como una barrera para el entendimiento sino como marca de retraso.
 
Casi toda la evidencia de la Dra. Williams es extraída de la Gran Bretaña del siglo XVIII, lo que produce la pregunta sobre cuánto de su argumento se puede aplicar a otros lugares. Hay pocas razones para dudar de que presiones y tendencias similares a las que ella enfatiza puedan ser detectadas en Norteamérica y Europa Occidental, donde la imprenta se hacía más fácilmente disponible, los niveles de alfabetismo se elevaban y las aspiraciones por el refinamiento se fortalecían. Lo mismo puede haber sido cierto para Irlanda, pero allí la situación se complica por la persistencia de hablantes de irlandés y la virtual ausencia de publicaciones en irlandés. Los intentos de comprobar algunas de las conclusiones tentativas se ven dificultadas por la escasez, en Irlanda, del tipo de documentación sobre la cual ella se basa para hacer su estudio. Williams se ha sumergido profundamente en los inventarios, cartas, catálogos, diarios o álbumes (commonplace boks) y los mismos libros impresos. Particularmente iluminadora es la atención que ella pone a la conmemoración de los personajes y actores de la ficción en cerámica, bordados y caricaturas. Se asimilaba lo impreso mediante juegos infantiles, escenificaciones con juguetes y teatro amateur. Fragmentos escogidos eran recortados de periódicos o escritos a mano, para ser luego pegados en álbumes que contenían una mezcla de acertijos, aforismos, chistes y rimas.
 
Siguiendo el impulso de algunas investigaciones recientes, Williams nos recuerda que los libros nuevos eran para los menos. En el curso del siglo 18, inclusive puede que se hubieran hecho más caros, no más baratos, y los niveles de alfabetismo se elevaron con lentitud. La mayoría de los lectores necesariamente se contentaba con los libros antiguos – a veces heredados o comprados de segunda mano y baratos – o con versiones resumidas y digestos. Los ejemplares encuadernados podían ser complementados con periódicos y revistas, lo que otros te podían leer o, más difícil de asegurar, con lo que era resumido y a menudo embrollado verbalmente. A pesar de estas limitaciones, los autores y editores astutos vieron que valía la pena atender las necesidades de las mujeres y los niños, así como las de los apocados, dispuestos a aprender a comportarse en sociedad.
 
Mucho más que en el caso de Inglaterra, los detalles acerca de los hábitos de lectura en Irlanda están limitados a una minúscula minoría usualmente insegura y autocomplaciente. Las circunstancias sociales y económicas, vistas por Williams como las precondiciones para lo que detalla en su historia, ciertamente existían en Irlanda, aunque en menor escala. Además, muchas de las mismas obras populares para la búsqueda del mejoramiento y refinamiento personales estaban disponibles en Irlanda, fuera en ediciones impresas localmente o enviadas desde Inglaterra. Ya se tratara de obras de Shakespeare, completas, truncas o expurgadas, del piadoso libro Los deberes completos del Hombre, Una guía de la lengua inglesa de Thomas Dyche, lo que era valioso en Inglaterra era asumido en Irlanda como la ruta hacia la aceptación y el avance social.
 
Los libros, no gustaban siempre; tampoco cuando se los escuchaba leídos. La prensa estaba dirigida a eliminar el tedio, pero, en ocasiones, un recital pesado podía, por sí mismo, inducir al aburrimiento. Lo lujurioso y escabroso existían junto con lo edificante, y amenazaban corromper más que ilustrar. Los censores no eran lo suficientemente rápidos ni estaban lo bastante alertas como para prevenir que lo indeseable entrara y fuera leído en el círculo familiar.
 
La imprenta alentaba la discusión de los eventos cotidianos, y notablemente la adquisición, expansión y explotación de un imperio. Además, puede haber incubado un sentido de lo inglés o (hacia finales del siglo 18) de lo británico. En Irlanda, los temas se veían complicados por la persistencia del idioma irlandés como idioma mayoritario, y por los tercos bajos niveles de ingreso y alfabetismo. Escoger leer en inglés impreso difícilmente proclamaba alguna lealtad política, dado que había poco para escoger. Con todo, quienes se sumergían en esta abrumadora cultura impresa angloparlante, no solo se diferenciaban de la mayoría que no tenía acceso a la imprenta, sino de aquellos cuya primera lengua era el irlandés, y cuya orientación los inclinaba a cualquier lugar que no fuera la Inglaterra Protestante. Si la imprenta puede haber ampliado las brechas peligrosas al interior de la sociedad irlandesa, al mismo tiempo la cultura predominantemente oral de la mayoría se permeaba de la ubicua imprenta, aunque esto bien podría haber venido de la Europa continental como de Inglaterra.
 
Un capítulo final ve las maneras en que la imprenta se usaba para apoyar las creencias y la observancia religiosa, para enseñar historia y geografía, e introducir las crecientemente complejas maravillas del mundo natural. La popularidad de estos géneros se muestra por su superioridad en números frente a las novelas ligeras. Williams reconoce que había algunas dudas sobre compartir estos descubrimientos. La sexualidad de las plantas era una fuente potencial de sentimientos de vergüenza, especialmente si se la exploraba en compañía doméstica mixta. En lo general, sin embargo, ella enfatiza la naturaleza tranquila y a menudo agradable de las situaciones e intercambios que involucraban lo impreso. No se ofrece evidencias de una discusión ardiente que perturbara la armonía social. El potencial de lo impreso para subvertir las ortodoxias no puede negarse. Inevitablemente, entonces, los asuntos de doctrina e interpretación religiosa así como los retratos de personajes históricos eran altamente contenciosos. Encontramos a un propietario rural católico en Lancashire, discreto al recurrir a las publicaciones e iconografía confesional, temeroso de atraer la hostilidad oficial. La reflexión sobre lo leído conducía, notoriamente, al descontento con las instituciones, notablemente la iglesia del Estado. Los movimientos de reforma y regeneración, que conspicuamente fueron el éxito del metodismo a mediados de ese siglo, reunieron fuerza, gracias en parte a las admoniciones impresas. Las doctrinas heréticas, más peligrosas, inclusive la descreencia, también fueron alimentadas por la imprenta. El espacio para la controversia es sugerido por las referencias a las lecturas, a menudo en compañía, de Mary Delany. Educada y obstinada, la Sra. Delany, habiéndose casado con un dignatario de la Iglesia de Inglaterra, pasó largas temporadas en Dublín y el condado de Down. Se puede percibir su admiración por el primer Duque de Ormond, el Señor Teniente de Irlanda bajo Carlos I y Carlos II, cuando ella lee su extensa biografía, publicada en la década de 1730. Williams sostiene que algunos lectores, incluida Delany, estaban más contentos de adoptar como ejemplos a gente real del pasado, en lugar de elogiar a los personajes de ficción. Un punto adicional que podría sostener es que Ormond siguió siendo una presencia divisiva, asociada con el absolutismo de los Estuardo y la supuesta traición de los intereses irlandeses. Por ancestro y visión del mundo, la Sra. Delany probablemente encontraría al duque y sus posiciones algo simpáticas. Aquí, su lectura podría ser interpretada como reforzando una opinión diferente a la sostenida por la mayoría de sus contemporáneos en Irlanda. Su correspondencia no menciona ninguna reacción divergente en su hogar al momento de las lecturas en voz alta de las virtudes de Ormond. 
Desafortunadamente, dado lo escaso de la evidencia superviviente, inclusive para la actividad lectora, la discusión que esta estimuló entonces ha dejado pocos rastros legibles. El ambiente feliz, lubricado con bebidas y comida, fácilmente puede recuperarse. No así las pasiones provocadas por el asunto de la lectura y cómo se entendía. Así como los pasajes de las Escrituras se aplicaban a una variedad de modos divergentes, así también sucedía con los mensajes del pasado y el comentario sobre el presente. La autora concluye modestamente que ella ha ofrecido, “una serie de viñetas de la lectura y sus prácticas”. Si esto fuera todo, sería de por sí motivo de celebración. Pero mucho más se logra mediante este vivaz y original estudio, ricamente documentado y felizmente libre de jerga. La versión ahora familiar de la imprenta abarcándolo todo en el siglo 18, lejos de descartarse, resulta confirmada y amplificada. Pero, a medida que la cantidad de materiales impresos se incrementaba, también aumentaban las maneras en las que esto se daba. Mediante extractos, resúmenes, digestos, citas, estaba presente en la mayoría de hogares. Las palabras impresas están en las etiquetas pintadas sobre las jarras de cerámica, los rompecabezas de madera, muestrarios de bordados, carteles de tiendas y en una amplia variedad de anuncios de publicidad. Embrollado, mal citado, mal escuchado, poco entendido, es infantil suponer que un texto determinado funcionara invariablemente en un solo sentido. La Dra. Williams, evitando la especulación embriagante o la ofuscación técnica, ha traído a la vida la historia de cómo la imprenta actuó sobre la gente en el pasado.
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