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Alberto Loza Nehmad
Alberto Loza Nehmad

Desde la otra esquina:
Traducciones de artículos, entrevistas, etc.

Victoria en la derrota: la saga de Trotsky
Por Neal Ascherson
 
Originalmente publicado como “Victory in Defeat”, London Review of Books, 2 de diciembre, 2004 (http://www.lrb.co.uk/v26/n23/print/asch01_.html). Traducido por Alberto Loza Nehmad.
 
Reseña de la trilogía de Isaac Deutscher, publicada por Verso (2003):
 
The Prophet Armed: Trotsky 1879-21, Isaac Deutscher , Verso, 497 pp. 
The Prophet Unarmed: Trotsky 1921-29, Isaac Deutscher, Verso, 444 pp.
The Prophet Outcast: Trotsky 1929-40, Isaac Deutscher, Verso, 512 pp.
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Trotsky, de Deutscher, durante dos generaciones —la suya y la que le siguió— fue tomada como una de las grandes obras de biografía. El primer volumen emergió en 1954, poco después de la muerte de Stalin. El último apareció en 1963, en un tiempo en que la Unión Soviética aún parecía fuerte y confiada, y cuando quedaban esperanzas (no solo en la izquierda) de que las reformas conducentes hacia una versión soviética de socialismo democrático, podrían retomarse un día.
 
Los tiempos han cambiado, pero esas generaciones estaban en lo cierto: acerca del libro, aunque no acerca de la Unión Soviética. Reimpresa por Verso en tres volúmenes en rústica, la biografía de Deutscher aún es tremenda. El poder y la emoción de su prosa aún derriban al lector. Su dominio del idioma, inglés victoriano tardío por su libertad y por la ausencia de imágenes de segunda mano, sobrepasa en algunas formas al de su compatriota polaco Joseph Conrad. La investigación es enorme y —dado que los archivos de Moscú le estaban cerrados— exhaustiva. Sobre todo, está el propio entusiasmo de Deutscher, una suerte de urgencia majestuosa. Él creía que su tema importaba. No solo debido a la forma trágica, inclusive mesiánica, de la vida de Trotsky, sino porque Deutscher estaba convencido de que al escribir acerca de este muerto, estaba escribiendo también acerca del futuro. Estaba rescatando y reparando el legado de Lev Davidovich, que un día sería recibido en herencia por los revolucionarios rusos de un nuevo Octubre.
 
Es imposible no sentir esa emoción. ¿Pero cuántos serán ahora capaces de compartirla? Cualquiera que relea este libro dentro de cuarenta años, se verá a sí mismo o a sí misma al otro lado de un abismo de cambios. Es verdad que durante años la trilogía de Deutscher fue el más delicioso regalo para llevar de contrabando a un intelectual europeo oriental (difícil, también; los volúmenes originales pesaban tres kilos y eran difíciles de esconder bajo la camisa). También es verdad que en los años de glasnost que llevaron a 1991, muchos rusos inteligentes fueron inspirados cuando la suprimida verdad acerca de la vida y las ideas de Trotsky comenzaron a llegar hacia ellos. Pero esta era gente que aún tenía esperanzas en una democracia soviética nueva, plural, abierta. Pronto descubrieron que la marea fluía en la dirección opuesta. Pocos episodios han quedado varados en terreno tan alto y seco como la Revolución Bolchevique. Como restos de un naufragio, perdidos en el desierto que alguna vez fue el Mar Aral, Lenin y Trotsky, Bukharin y Zinoeviev, inclusive Khrushchev y Gorbachev, yacen oxidándose y esparcidos sobre las arenas. Solo Stalin, por razones deprimentes, aún tiene algo de agua alrededor de sus pies.
 
Los historiadores se han ido con esa marea. En el tiempo de Deutscher, parecía incontrovertible que el evento más significativo del siglo XX era la Revolución Bolchevique de Octubre de 1917. Ahora eso es altamente controvertible. Trece años después del colapso de la Unión Soviética, es común la opinión de que la Revolución no logró casi ninguna de sus intenciones originales. Como ha escrito Eric Hobsbawm, su único éxito duradero fue la derrota militar de Hitler, hecha posible por la industrialización forzada de Rusia por Stalin. Pero las consecuencias no intencionales de ese éxito derrotaron al experimento soviético mismo. “Los resultados más duraderos de la Revolución de Octubre, cuyo objeto fue el derribamiento global del capitalismo”, escribió Hobsbawm en Age of Extremes, “fue salvar a su antagonista, tanto en la guerra como en la paz; es decir, proveyéndole del incentivo, el temor, para reformarse”.
 
Nuevamente, las interpretaciones de 1917  y de sus resultados han cambiado hasta casi ser irreconocibles. La mayoría de los profesores de historia contemporáneos probablemente están de acuerdo en que la revolución “real” fue la de Febrero de 1917, y que la toma del poder de Octubre por los bolcheviques fue poco más que un golpe de estado oportunista. La historia también se ha hecho una crecientemente desagradable opinión de Lenin. Por muchas décadas, los comunistas de oposición y los líderes post-estalinistas de la Unión Soviética condenaron los abusos del poder describiéndolos como “desviaciones de las normas leninistas”. Ahora, sin embargo, la moda es desechar este enfoque como forraje para el confort intelectual. Lenin, se dice, de ninguna manera ofreció una alternativa al estalinismo. En realidad, fue Lenin quien creó la maquinaria de opresión inhumana, que Stalin tan solo continuó operando —hay que admitirlo, en una escala más grande— del modo en que fue diseñada para operar. Fue Lenin quien estableció el monopolio bolchevique del poder político, quien sentó el precedente de denunciar a todos los críticos de ese monopolio como “contrarrevolucionarios”, quien encerró a los bolcheviques en la fatal afirmación de su título a “sustituir” a una clase obrera que hacia 1921 casi había cesado de existir. Fue Lenin, durante la Guerra Civil, quien dio licencia al Terror Rojo —ejecuciones, toma familiares en rehenes— contra el enemigo de clase.
 
Mi propia impresión es que este enfoque es demasiado crudo para durar. La Revolución Bolchevique fue más “auténtica” y popular de lo que comúnmente admitimos; ver la historia soviética tan solo como homicidio heredado es una excusa para no pensar en ella. Pero mientras duren esas versiones, su aguijón también afectará a Trotsky. Y hay cosas peores: la sugerencia de que Trotsky se ha vuelto irrelevante. Si Lenin hubiese establecido una tradición política que solo pudiera lograr sus fines por la fuerza, ¿habría habido alguna diferencia si Trotsky o Stalin lo hubieran sucedido? Dada la impetuosa naturaleza de Trotsky y su práctica del Terror Rojo durante la Guerra Civil, ¿no podría haber sido él aún más brutal? En términos de la atención pública, los bonos de Trotsky han caído aún más rápidamente que los de Lenin. Después de todo,  si los tres gigantes de la Revolución fueron, según la opinión actual, “igual de malos”, ¿por qué debería ser Trotsky —el que nunca tuvo el liderazgo— de un interés especial?
 
“Igual de malos”. El abismo real que separa a Deutscher de la historiografía moderna es de tipo moral. Actualmente, a un graduado de historia británico se le habrá enseñado a evaluar las revoluciones sobre una escala humanitaria simple. ¿Mataron ellos a mucha gente? Entonces, fueron malos. Mostrar que algunos de los muertos fueron más sangrientos aún que sus asesinos, no es un atenuante. Tampoco lo es la afirmación de que la violencia y la privación, el sacrificio del presente, pueden ser el precio de abrirse paso a un futuro mejor. George Kline, en The Trotsky Reappraisal (1992), descartó esto como “la falacia del valor históricamente diferido... una monstruosidad moral”. Monstruosa o no, es una negociación con el futuro que, como cualquiera mayor de 60 años recordará, los europeos de toda postura política estuvieron alguna vez acostumbrados a hacer. Pero hoy rige el “presentismo”, y los jóvenes leen el “corto siglo XX” como la demostración final de que los malos medios nunca son justificados por los fines nobles.
 
Isaac Deutscher veía la historia diferentemente. Sus estándares no son los de Amnistía Internacional. Más bien, mide todo contra la causa de la Revolución. La trilogía sobre Trotsky tiene una médula espinal de argumentos morales que la recorre y que puede ser reducida a esta pregunta: ¿Ayudó este u otro curso o idea a cumplir la Revolución o a desviarla de su verdadero propósito? En el valor de este último propósito, Deutscher tenía una fe sólida. Trotsky la expresó en muchas ocasiones. En el exilio siberiano, a la edad de 22 años escribió: “¡Mientras tenga aliento habré de luchar por el futuro, ese futuro radiante en el que el hombre, fuerte y hermoso, se convertirá en el amo de la agitada corriente de su historia y la dirigirá hacia un ilimitado horizonte de belleza, alegría y felicidad!”.
 
En manos de Deutscher, la carrera de Trotsky se convierte en la narración épica de la lucha por el alma de la Revolución, la lucha por su promesa para terminar con los tiempos de necesidad y abrir un nuevo milenio de libertad y soberanía humana universal. Y esta lucha, creía Deutscher, continuaría aún después de la caída y muerte de su héroe. Ardería hasta el día en que surgiera una nueva generación para rescatar “Octubre” del pantano de tiranía y explotación al que lo había conducido Stalin. Dado el sabor internacionalista de su propio marxismo, no es sorprendente que Deutscher escribiera de Trotsky como si fuera no solamente un actor del drama político ruso, sino un Prometeo librando batalla por el futuro de la raza humana.
 
Pero Deutscher no era “trotskista”. Era un marxista revolucionario independiente, echado del Partido Comunista Polaco en 1932 por criticar a Stalin (ruptura afortunada; unos pocos años después, Stalin invitó a todo el liderazgo polaco a Moscú, y los mató). Nunca conoció a Trotsky y estaba en desacuerdo con muchas de sus políticas. Pero vio representada en Trotsky su propia fe de que la tiranía estalinista no era la única forma posible de poder que podría tomar el marxismo revolucionario. Y en los deslumbrantes análisis de Trotsky, encontró la expresión de toda su propia rabia y horror ante aquello en que se había convertido la Revolución.
 
Por cierto que considero a Trotsky como uno de los más sobresalientes líderes revolucionarios de todos los tiempos, sobresaliente como luchador, pensador y mártir... He hecho lo mejor que he podido para hacerle justicia al personaje heroico de Trotsky, a quien le encuentro muy pocos semejantes en la historia. Pero también lo he mostrado en sus muchos momentos de irresolución e indecisión: describo al asediado Titán cuando flaquea, y vacila, y aún así sale a encontrarse con su destino.
 
En su mayor parte esta es una afirmación justa acerca de su propio libro. Con todo, hay momentos en los que navega demasiado por lo alto. Hablando del feroz tratamiento de Trotsky para con los enemigos de la Revolución, como líder del Ejército Rojo, Deutscher alega que “inclusive en esta fase, el socialista ‘libertario’ estaba vivo y despierto en él... En sus hechos más brutales y sus palabras más severas aún brillaba una cálida humanidad que lo distinguía de la mayoría de los otros disciplinarios”. ¿Lo distinguía de verdad? Esa humanidad puede no haberle dado calidez a los que enfrentaban los pelotones de fusilamiento.
 
Además de compartir el desprecio de Trotsky por Stalin y sus cómplices, Deutscher compartía ampliamente su análisis de en qué devino la Unión Soviética en la década de 1930. Trotsky continuó considerándola como un “estado de los trabajadores deformado”. En otras palabras, el logro básico de la Revolución —la abolición del poder del capital y el final de la propiedad privada de los medios de producción— permanecía intacto bajo la superestructura de la dictadura burocrática, el terrorismo de estado y la censura. Dos cosas se seguían de esa premisa. Primero, la URSS aún era recuperable para la Revolución, aunque lograrlo aún tomaría una segunda revolución. Segundo, el deber de todos los verdaderos socialistas de defender la Unión Soviética —inclusive la Unión Soviética de Stalin— del ataque de un poder capitalista, permanecía absoluto e incondicional.
 
Deutscher estaba de acuerdo con la definición de “estado de los trabajadores deformado”; permaneció como un revolucionario optimista sobre el futuro de ese estado hasta su muerte, en 1967. Como Trotsky, se rehusaba a creer que el estalinismo fuera simplemente una forma de capitalismo de estado para beneficio de una nueva clase explotadora. Pero Deutscher estaba menos impresionado por la sugerencia del deber incondicional de defender al estado de Stalin, y no era para menos, pues Trotsky finalmente fue aún más allá. Afirmó que las invasiones de territorios extranjeros por Stalin (por ejemplo, Polonia oriental en 1939) deberían ser bienvenidas como liberaciones objetivas, porque los invasores abolían la propiedad privada, aunque la lucha contra el estalinismo dentro de Rusia debiera continuar. Deutscher encontraba retorcidos y absurdos estos razonamientos.
 
Los títulos de los tres volúmenes vienen de Machiavelli, quien observó (inexactamente) que “todos los profetas armados han conquistado, y los desarmados han sido destruidos”. Continuaba: “La naturaleza del pueblo es variable, y mientras es fácil persuadirlo, es difícil fijarlo en esa persuasión. Y así, es necesario tomar medidas tales que, cuando ya no crea, sea posible hacerle creer a la fuerza”. Aquí estaba el dilema moral que enfrentaban los bolcheviques victoriosos y que Trotsky nunca resolvió para él mismo. No se trataba simplemente de los medios y los fines. El pueblo —o la clase trabajadora— no solo tenía que obedecer, sino que creer. Cuando dejaron de creer, su creencia tuvo que ser fabricada en la forma de un Partido que afirmaba sustituir al proletariado, y que podía mantener el control sólo mediante la dictadura.
 
Trotsky fue uno de los primeros revolucionarios que denunció la tentación del “sustitutismo”. Ya en 1904, había advertido que si el Partido sustituía a la clase trabajadora, entonces “la organización del Partido... sustituiría al Partido como un todo; luego el Comité Central sustituiría a la organización; y finalmente un dictador único sustituiría al Comité Central”. Pocas profecías han sido cumplidas con precisión tan aterradora. Pero el mismo Trotsky fue cómplice de ese cumplimiento. Un año más o menos después de la Revolución, adoptó, con entusiasmo típico, el principio de que en una crisis el Partido debe sustituir al proletariado. En 1923, cuando luchaba por la “democracia proletaria” contra el triunvirato conducido por Stalin, cambió nuevamente de opinión, pero para entonces estaba demasiado involucrado como para hablar concluyentemente.
Como escribe Deutscher, ningún lado de la controversia
 
podía decir que estaba condenado a seguir el ideal proletario del socialismo sin el apoyo del proletariado; tal declaración habría sido incompatible con la tradición entera del marxismo y el bolchevismo... Trotsky, aunque buscaba revertir en parte el proceso de sustitución y luchó para hacer pedazos el cada vez más grueso tejido de la nueva mitología, no podía evitar estar enredado en él.
 
Crítico como era, su compromiso con el Partido Bolchevique era total hasta el punto de ser romántico, posiblemente revelando así la fe de converso de un hombre que alguna vez había sido uno de los principales mencheviques. En 1924, durante las disputas que siguieron a la muerte de Lenin, le dijo al 13º Congreso que “Uno puede estar en lo correcto sólo con el Partido y por el Partido, porque la historia no ha creado ninguna otra manera para la realización de la corrección de alguien”. Aquí, una década antes de su tiempo, está el lenguaje usado en la ficción por Arthur Koestler para Víctor Serge, para expresar la autodegradación de los viejos bolcheviques en las Grandes Purgas.
 
El Profeta armado describe el surgimiento y apogeo de Trotsky, desde su nacimiento en una familia de granjeros judíos cerca a Odessa, hasta la cumbre de su poder e influencia a fines de la Guerra Civil, en 1920. De sus inicios como agitador socialista en las ciudades ucranianas se graduó en la prisión y el exilio siberiano, escapando para unirse a Lenin en Londres, para luego, después de fervientes luchas políticas en la emigración, retornar en 1905 a la Rusia revolucionaria, donde se convirtió en el presidente del Consejo de Diputados Obreros: el Soviet de Petersburgo. Una fresca etapa de prisión y exilio; otro escape; otro viaje a Occidente, mayormente en Viena, hasta que el brote de la guerra y luego la Revolución de Febrero lo trajeron de vuelta a la acción. Trotsky, más que Lenin, condujo el Soviet de Petersburgo hacia la segunda insurrección que llevó a los bolcheviques al poder. Como Comisario de Asuntos Externos fue a Brest-Litovsk y sorprendió al mundo clausurando unilateralmente la guerra con Alemania: “Ni guerra ni paz”. Como Comisario de Guerra creó y condujo el Ejército Rojo que, contra todas las adversidades, se enfrentó y luego destrozó a los ejércitos Blancos y a las fuerzas aliadas de intervención.
 
Si Lenin, duro e inquebrantable, fue el eje de la Revolución, Trotsky fue su rugiente rueda. En este periodo heroico reveló un conjunto de talentos que pocos humanos han poseído. Era un organizador vertiginoso que podía traer cualquier caos al orden, un magnífico orador que podía henchir los corazones de miles, un intelectual literario cuyos escritos sobre cultura, historia, filosofía política y tácticas militares son aún frescos y brillantes, un excepcional comandante que combinaba la maestría de la guerra móvil con un carisma que impelía a los soldados exhaustos a morir por él. En cualquier otro país, un hombre con tales talentos y tales victorias habría soñado con “montar el caballo blanco” —de tomar el poder supremo— y habría sido difícil detenerlo.
Pero Trotsky era diferente. No era que solamente considerara a los hombres en caballos blancos como una broma vulgar. Parece que nunca pensó la política en términos de poder personal, y era incrédulo, y luego inmisericorde en su desprecio cuando encontraba que algunos de sus colegas sí pensaban así. A un nivel esto probaba su integridad revolucionaria y su compromiso revolucionario. Pero también revelaba su debilidad. Trotsky tenía todos los dones menos el instinto político. No era que solamente desdeñara la intriga. Estaba genuinamente perplejo ante ella. Todos sus poderes imaginativos parecían apagarse cuando los colegas del partido lo jalaban de la manga y le rogaban que se uniera a tal o cual facción en la lucha para suceder a Lenin.
 
El Profeta armado trata de Trotsky como Coriolano. El Profeta desarmado trata de Trotsky como Hamlet. No era un profeta constante. En asuntos internacionales a menudo era de una asombrosa lucidez, siempre que no dejara que su propio análisis marxista se inmiscuyera muy profundamente. Mucho antes de los acontecimientos anticipó el surgimiento del fascismo europeo, el atractivo potencial del Nacional Socialismo para la clase media, la inevitabilidad de la Segunda Guerra Mundial y el ataque de la Alemania nazi contra la Unión Soviética. Pero estuvo equivocado cuando predijo que la Segunda Guerra Mundial sería seguida, como la Primera, por una ola continental de revoluciones en Europa Occidental tanto como Oriental.  Aquí estuvo mal guiado por su obstinado apego a la teoría de la “revolución permanente”, la hipótesis que hasta estos días se supone que define al “trotskismo”.
 
En los argumentos de la “revolución permanente” Trotsky confrontó las “leyes de hierro del desarrollo histórico” tal como eran expuestas por el marxismo ortodoxo, leyes que establecían que la revolución burguesa debe preceder a la revolución socialista o proletaria. Como Rusia, a diferencia de Francia, Alemania o Gran Bretaña, aún no había experimentado una revolución burguesa, allí una revolución era impensable. Puesto de otro modo, la opinión ortodoxa era que el socialismo podía lograrse solo en una sociedad desarrollada y próspera. En un vasto país campesino y atrasado, con casi nada de clase obrera, el socialismo no tenía una base de clase y ningún recurso que redistribuir, y estaba destinado al fracaso.
 
En los tiempos de Deutscher, los historiadores a la izquierda del centro y los comunistas revisionistas, explicaban la declinación de la Revolución Bolchevique hacia le dictadura precisamente en esos términos. Muchos aún lo hacen. El comunismo falló, dicen, porque los marxistas intentaron construirlo en la nación menos adecuada de Europa. Lenin y Trotsky fueron bien conscientes del problema. Pero Trotsky no podía aguantar renunciar a la perspectiva de un socialismo ruso durante su propia vida. Su teoría de la revolución permanente, expuesta muy crudamente, proponía que en Rusia las dos etapas podían plegarse en una sola. La revolución de la clase media derrocaría a la autocracia, y luego las masas proletarias y su Partido llevarían esto directamente hacia el socialismo por medio de una alianza de trabajadores y campesinos (quienes serían atraídos por la reforma agraria).
 
Pero Trotsky era un marxista ortodoxo de corazón. El vio que este peculiar híbrido ruso no podría sostenerse solo. Sería derrocado por la contrarrevolución, o se convertiría (como lo hizo) en una fortaleza aislada gobernada por el miedo. Podría supervivir, argumentaba, sólo si “la clase obrera internacional” viniera al rescate. En otras palabras, si la revolución socialista conquistaba los estados industriales desarrollados de Europa, sobre todo Alemania, a la manera marxista aprobada. Trotsky se persuadió de que esto estaba por suceder. A veces —en 1917, por ejemplo— él inclusive persuadió a Lenin de que esto estaba por suceder. Y mucho después de que casi todos sus camaradas hubieran renunciado a la esperanza y se hubieran sometido al “socialismo en un solo país” de Stalin, Trotsky en la derrota y el exilio continuaba buscando señales de que la “revolución permanente” pronto se abriría paso por el mundo y rescataría a la Unión Soviética del aislamiento y la dictadura.
 
La teoría era coherente, pero su evaluación de la militancia de la clase obrera europea estaba muy equivocada. Parecía no haber ninguna alternativa al “socialismo en un solo país”, a mediados de la década de 1920; Stalin apretó el puño alrededor del Partido y, con maniobras, Trotsky lentamente fue llevado hacia la oposición. Él era reverenciado, pero como dice Deutscher, un pueblo exhausto ya no estaba de humor para la gran oratoria y la profecía. Y en la política de ese período, jugó sus cartas increíblemente mal.
 
Las oportunidades perdidas se amontonaron. No ultimó a un Stalin en desgracia en 1924, cuando Lenin metafóricamente le entregó la daga. Ofendió a sus aliados al exigir la conscripción del trabajo y presionó a los campesinos para extraer más alimentos. Permaneció en silencio cuando 46 intelectuales del partido exigieron que se levantara la prohibición de los agrupamientos intrapartidarios. En el Comité Central no se opuso a la supresión del testamento de Lenin, con su devastador veredicto sobre Stalin. Cuando el liderazgo “triunviro” se dividió en 1925, cuando Zinoviev y Kamenev intentaban retirar a Stalin, Trotsky fue aparentemente tomado por sorpresa, aunque la revuelta, largamente preparada, estaba basada en sus propios principios. En el 14º Congreso, cuando la amenaza a la democracia partidaria finalmente salió a la luz y fue apasionadamente defendida por primera y última vez, Trotsky se sentó ahí en silencio. En la lucha final contra Stalin, en 1926-27, Trotsky paralizó a sus seguidores de la oposición al prohibir toda alianza con Bukharin contra Stalin, basado en que Bukharin favorecía la propiedad campesina (“locura suicida”, dice Deutscher).
 
Esta pasividad permanece como el misterio de su vida. Después de ese Congreso, su destino y el de la oposición estaban sellados; los eventos se movieron lentamente hacia su exclusión, su deportación a Alma Ata en 1927, y su expulsión a Estambul en 1929. En ese período crucial de 1924-1927, una de las más poderosas, incansables personalidades de la historia, se comportó como un Hamlet. ¿Por qué? ¿Una suerte de desconexión patológica, quizá, que lo distanciaba de intrigas políticas que consideraba revulsivas? ¿O arrogancia intelectual: el rehusar a competir contra gente que él secretamente consideraba como inferiores? Ciertamente él era arrogante; para tomar un ejemplo cómico, probablemente no tenía idea del resentimiento que causaba al leer novelas francesas durante las sesiones del Comité Central. En consecuencia, carecía de tacto en una gran escala. Llamaba a los socialistas estadounidenses una colección de Babbitts que complementaban “sus actividades comerciales con aburridas meditaciones dominicales sobre el futuro de la humanidad”, y llamó a uno de sus líderes, “ese ideal portavoz socialista de los dentistas exitosos”. Su descuidado trato descortés con Stalin, a quien despreciaba, convirtió el disgusto en odio asesino, mucho antes de que finalmente le dijera en público a Stalin que era “el sepulturero de la Revolución”.
 
El Profeta desterrado comienza con los cuatro años exilio de Trotsky en la isla de Prinkipo, frente a Estambul. De ahí siguieron huidas, refugios y expulsiones en Dinamarca, Francia y Noruega, hasta que a él y a su esposa se les ofreció asilo en México en 1937. Allí, tres años después, Ramón Mercader lo mató con un pico de alpinista.
 
Tiene sentido comenzar a leer la trilogía por el último de sus volúmenes. Para comenzar, tiene de por sí una estructura trágica; los andares errabundos de un caído rey Lear por un mundo hostil o indiferente, sus hijos y discípulos pereciendo hasta que la muerte lo silencia también a él. Segundo, este fue el período en que Trotsky despertó al mundo con sus denuncias sobre la insania y las mentiras de los juicios de Moscú (la lista de nombres famosos que le rogaron que se callara es chocante de leer). Es también el período en que escribe sus libros más recordados, sobre todo Mi vida y La Revolución traicionada, y en que —como muestra Deutscher— tuvo el tiempo para desarrollar sus propias ideas y percepciones. En breve, es en esta última fase que uno se acerca más a Trotsky, a su pensamiento y su personalidad. Y a pesar de todo, aparte de sus libros, es una fase de continuos fracasos.
 
En casa, la oposición se desintegró después de 1928, cuando Stalin repentinamente adoptó las políticas de ésta: un “Curso de Izquierda” hacia la industrialización y la colectivización de la agricultura. Menos de un año después, sus miembros fueron ejecutados por millares, cuando los juicios de Moscú “desenmascaraban” al bestial saboteador y traidor fascista Trotsky detrás de todos los acusados. En el extranjero, Trotsky fracasaba en evitar que —con su ofensiva contra los “social-fascistas” Social Demócratas— el Comintern rompiera la unidad antinazi. La fundación de la Cuarta Internacional en 1935, contra el mejor juicio de Trotsky, fue fútil y no hizo nada para detener los enfrentamientos que erosionaban a su pequeña banda de seguidores. Los agentes de Stalin se infiltraron en su círculo íntimo y probablemente envenenaron a su devoto hijo Lev Sedov en 1938. Los gobernantes extranjeros, que habían estado fascinados y aterrorizados cuando llegó como exiliado, casi habían olvidado a Trotsky cuando fue asesinado en 1940.
 
Pero la fe de Trotsky en el futuro socialista y su exultante deleite por la vida supervivieron a todo fracaso. La trilogía de Deutscher está llena de momentos extraordinarios: Trotsky cazando venados feliz en las montañas cerca de Alma Ata, o recolectando cactos en México, “su figura, con una chaqueta azul de campesino francés, claramente delineada contra las rocas, y su blanco mechón de pelo agitado por el viento”, o concentrando todas sus energías para aprender a arrojar una red con un joven pescador en el mar de Marmara. Este era un hombre raro, un maestro de la pluma y la espada que conectó su propio vigor sobrehumano a la fuente de poder de la fe revolucionaria. A diferencia de algunos de sus camaradas, Trotsky entendía la revolución no como un trabajo constructor, sino como un largo y precipitado movimiento: “el paso de la prehistoria a la historia”, o “el gran salto del reino de la necesidad al reino de la libertad”.
 
¿Qué queda de él? Los libros, como incomparables testigos de sus tiempos. Pero no la Unión Soviética, ya sea “deformada” o restaurada a una “democracia proletaria”. La Revolución Bolchevique que él condujo y rescató de sus enemigos ya no parece más el principal evento del siglo XX. El sopesar los fines y los medios, el futuro contra el presente, que permitió a Trotsky ordenar tantas muertes inocentes, es ahora en extremo “inaceptable”. Así lo son algunos de los propios juicios de Deutscher. Su  sola crítica al asesinato del zar y su familia es que “se le privó al mundo del espectáculo de un juicio de lo más dramático”.
 
El resumen de Deutscher a su trilogía, “victoria en la derrota”, se basa, al final, en la esperanza de que el comunismo soviético es reformable, y en el simple sobrecogimiento. “No puede ser, sería contrario a toda lógica histórica  que energía intelectual tan alta, actividad tan prodigiosa y tan noble martirio, no debieran lograr finalmente su efecto pleno”. ¿No? Todo lo que se puede decir es que cuando el inimaginable clima de la revolución retorne, como en cierta forma retornará, los hombres y mujeres jóvenes leerán y entenderán a Trotsky y Deutscher como nosotros ya no podemos.
 
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