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Alberto Loza Nehmad
Alberto Loza Nehmad

Desde la otra esquina:
Traducciones de artículos, entrevistas, etc.

El lucrativo festín de las editoriales científicas: bibliotecas, científicos y gobiernos pagan la cuenta
Por Stephen Buranyi
 
Publicado originalmente como “Is the staggeringly profitable business of scientific publishing bad for science?”, The Guardian, 27 de junio de 2017 [https://www.theguardian.com/science/2017/jun/27/profitable-business-scientific-publishing-bad-for-science]. Traducido por Alberto Loza Nehmad.
 
En 2011, Claudio Aspesi, analista principal de inversiones en Bernstein Research, de Londres, apostó que la firma dominante en una de las más lucrativas industrias en el mundo estaba camino a la crisis económica. Reed-Elsevier, una gigante multinacional de las publicaciones con ingresos anuales que exceden los £6 mil millones de libras esterlinas, era la engreída de un inversiorsionista. Era una de las pocas editoriales que había manejado exitosamente la transición a Internet, y un informe reciente de la compañía estaba prediciendo otro año más de crecimiento. Aspesi, sin embargo, tenía razones para creer que esa predicción, junto con otras de todos los principales analistas financieros, estaba errada.
 
El núcleo de las operaciones de Elsevier se encuentra en las revistas científicas, aquellas publicaciones semanales o mensuales donde los científicos comparten sus resultados. A pesar de la estrecha audiencia, la publicación científica es un negocio extraordinariamente grande. Con ingresos globales totales de más de £16 mil millones de libras esterlinas, se encuentra, en tamaño, entre las industrias de las grabaciones sonoras y el cine, pero es mucho más rentable. En 2010, la rama de las publicaciones científicas de  Elsevier reportó ganancias de £724 millones de libras sobre £2,000 millones en ingresos. Era un margen de 36%: más alto que el reportado por Google, Apple o Amazon en un año.
 
Pero el modelo de negocios de Elsevier parecía algo verdaderamente desconcertante. Para hacer dinero, una editorial tradicional —digamos, una revista— primero tiene que cubrir una multitud de costos: pagar a los escritores por sus artículos; emplear editores para que comisionen, les den forma y revisen los artículos; y pagar para distribuir el producto final a suscriptores y distribuidores menores. Todo esto es caro, y las revistas exitosas típicamente logran ganancias de entre 12-15%.
 
El modo de obtener dinero de un artículo científico se ve muy similar, excepto que las editoriales científicas logran evitar la mayor parte de los costos reales. Los científicos crean su obra bajo su propia dirección —financiados en gran medida por los gobiernos— y se la entregan gratis a las editoriales; la editorial paga a editores científicos que juzgan si la obra es digna de publicación y revisan su gramática; pero el mayor bulto de la carga editorial —revisar la validez científica y evaluar los experimentos, un proceso conocido como revisión por pares— es hecho por científicos que trabajan voluntariamente. Las editoriales venden luego el producto de vuelta a bibliotecas financiadas por los gobiernos y a bibliotecas universitarias, para que sea leído por los científicos, los cuales, en un sentido colectivo, fueron quienes crearon el producto.
 
Es como si el New Yorker o The Economist exigieran que los periodistas escribiesen y editasen sus trabajos gratis, y le pidieran al gobierno que pagara la cuenta. Los observadores externos tienden a caer en una suerte de aturdida incredulidad cuando se les describe este arreglo. El informe de 2004 de un comité parlamentario para la ciencia y la tecnología observó con sequedad que “en un mercado tradicional, a los ofertantes se les paga por los productos que suministran”. Un informe de 2005 del Deutsche Bank se refería al sistema actual como un sistema “raro”, de “triple pago”, en el cual “el estado financia la mayor parte de la investigación, paga los salarios de la mayoría de quienes revisan la calidad de la investigación y luego compra la mayor parte del producto publicado”.
 
Los científicos se dan muy buena cuenta de que están haciendo un trato nada conveniente. El negocio editorial es “perverso e innecesario”, escribió el biólogo de Berkeley Michael Eisen en un artículo de 2003 para The Guardian, en el que declaraba que este “debería ser un escándalo público”. Adrian Sutton, físico en Imperial College, me dijo que los científicos “son, todos, esclavos de las editoriales. ¿Qué otra industria recibe su materia prima de sus clientes, hace que los mismos clientes revisen el control de calidad de esos materiales, y luego vende los mismos materiales de vuelta a los clientes a un precio enormemente inflado?” (un representante del Grupo RELX, nombre oficial de Elsevier desde 2015, me dijo que esta y otras editoriales “sirven a la comunidad investigativa haciendo cosas que ella necesita, cosas que ella no puede hacer, o que no hace por sí sola, y cobra un precio justo por ese servicio”).
 
Muchos científicos también creen que la industria editorial ejerce demasiada influencia sobre aquello que los científicos eligen estudiar, lo cual es en última instancia malo para la ciencia misma. Las revistas premian los resultados nuevos y espectaculares —después de todo, ellas están en el negocio de vender suscripciones— y los científicos, al saber exactamente qué tipo de trabajo es publicado, alinean acordemente sus artículos remitidos. Esto produce una corriente constante de artículos, la importancia de la cual es inmediatamente aparente. Pero también significa que los científicos no tienen un mapa exacto de su campo de interés. Los investigadores pueden, inadvertidamente, terminar explorando callejones sin salida con los que sus colegas científicos ya se han encontrado, solamente porque la información acerca de fracasos previos nunca ha tenido suficiente espacio en las páginas de las publicaciones científicas relevantes. Un estudio de 2013, por ejemplo, informó que la mitad de todas las pruebas clínicas en EE.UU. nunca son publicadas en una revista.
 
Según los críticos, el actual sistema de revistas dificulta el progreso científico. En un ensayo de 2008, el Dr. Neal Young de los Institutos Nacionales de Salud (NIH), que financia y dirige investigación médica para el gobierno de EE.UU., sostenía que, dada la importancia de la innovación científica para la sociedad, “hay el imperativo moral de reconsiderar cómo los datos científicos son juzgados y diseminados”.
 
Aspesi, después de hablar con una red de más de 25 científicos y activistas prominentes, había llegado a creer que la marea estaba por revertir contra la industria que lideraba Elsevier. Cada vez más bibliotecas de investigación, las cuales compran revistas para las universidades, afirmaban que sus presupuestos estaban agotados por décadas de incrementos en los precios, y amenazaban con cancelar sus multimillonarios paquetes de suscripciones a menos que Elsevier disminuyera sus precios. Organizaciones estatales como la estadounidense NIH y la Fundacion Alemana para la Investigación (DFG) recientemente se habían comprometido a hacer disponibles sus investigaciones a través de revistas en línea gratis, y Aspesi creía que los gobiernos podrían entrar a tallar y asegurar que toda investigación públicamente financiada estuviera disponible gratis, para cualquiera. Elsevier y sus competidoras serían cogidas por una tormenta perfecta, con sus clientes rebelándose desde abajo, y con la regulación gubernamental amenazando desde arriba.
 
En marzo de 2011, Aspesi publicó un informe que recomendaba a sus clientes vender acciones de Elsevier. Unos pocos meses después, en una conferencia entre la administración de Elsevier y firmas de investigación, preguntó al CEO de Elsevier, Erik Engstrim,  acerca de la deteriorada relación con las bibliotecas. Preguntó que andaba mal con el negocio, “si sus clientes están tan desesperados”. Engstrom eludió la pregunta. En las siguientes dos semanas, el stock de Elsevier cayó en más de 20%, perdiendo £1,000 millones de libras esterlinas en valor. Los problemas que Aspesi vio eran profundos y estructurales, y creía que ellos se manifestarían en el siguiente lustro, aunque las cosas ya parecían ir moviéndose en la dirección que él había predicho.
 
En el siguiente año, sin embargo, la mayoría de las bibliotecas recularon y se comprometieron con los contratos de Elsevier, y los gobiernos en gran medida dejaron de presionar hacia un modelo alternativo de diseminar la investigación. En 2012 y 2013, Elsevier publicó márgenes de ganancia de más de 40%. Al año siguiente, Aspesi revirtió su recomendación de vender. “Él nos escuchó cuidadosamente, y se quemó un poco”, me dijo recientemente David Prosser, director de Bibliotecas de Investigación- Reino Unido, y una voz prominente entre quienes llaman a reformar la industria editorial. Elsevier había llegado para quedarse.
 
Aspesi no era la primera persona que incorrectamente predecía el final del auge de las editoriales científicas, y es improbable que sea el último. Es difícil creer que lo que esencialmente es un oligopolio con fines de lucro que funciona dentro de un esfuerzo altamente regulado, financiado gubernamentalmente, pueda evitar su extinción en el largo plazo. Pero la publicación ha estado por décadas profundamente involucrada en la profesión científica. Actualmente, todo científico sabe que su carrera depende de ser publicado, y el éxito profesional está especialmente determinado por hacer que el trabajo llegue a las revistas más prestigiosas. El lento y largo trabajo, casi sin dirección definida, que siguieron algunos de los más influyentes científicos del siglo 20 ya no es una opción viable de carrera. Bajo el sistema actual, el padre de la secuencia genética, Fred Sanger, quien publicó muy poco en las dos décadas entre sus dos Premios Nobel de 1958 y 1980, bien podría encontrarse sin empleo.
 
Incluso los científicos que luchan por reformar el sistema a menudo no son conscientes de las raíces del sistema: cómo, en los años de auge después de la Segunda Guerra Mundial, los empresarios construyeron fortunas quitando la publicación de las manos de los científicos y expandiendo el negocio a una escala previamente inimaginable. Y nadie fue más transformador e ingenioso que Robert Maxwell, quien convirtió las revistas científicas en una espectacular máquina de hacer dinero que financió su elevación en la sociedad británica. Maxwell continuaría hasta ser miembro del Parlamento, un barón en el mundo editoril que desafiaría a Rupertr Murdoch, y una de las personas más notorias de la vida británica. Pero su verdadera importancia fue mayor de la que nosotros sabemos. Improbable como suene, pocas personas en el siglo pasado han hecho más que Maxwell para darle forma a la manera en que la ciencia es realizada actualmente.
 
En 1946, un Robert Maxwell de 23 años estaba trabajando en Berlín y ya tenía una reputación significativa. Aunque había crecido en una pobre aldea checa, había luchado por el ejército británico durante la guerra como parte de un contingente de europeos exiliados, ganando una Cruz Militar y la ciudadanía británica en el proceso. Después de la guerra, sirvió como oficial de inteligencia en Berlín, usando sus nueve idiomas para interrogar a los prisioneros. Maxwll era alto, atrevido y para nada estaba contento con su considerable éxito: un conocido entonces lo recordaba confesando su más grande deseo: “ser millonario”.
 
Al mismo tiempo, el gobierno británico estaba preparando un improbable proyecto que le permitiría a Maxwell justo eso. Los principales científicos británicos —de Alexander Fleming, quien descubrió la penicilina, al físico Charles Galton Darwin, nieto de Charles Darwin— estaban preocupados de que, mientras la ciencia británica fuera de primera calidad en el mundo, su arma editorial fuera deprimente. Las editoriales científicas eran conocidas principalmente por ser ineficientes y estar constantemente quebradas. Las revistas, que a menudo aparecían en papel delgado, barato, eran producidas casi como una añadidura por las sociedades científicas. La Sociedad Química Suiza, tenía una lista, con meses de retraso, de publicaciones, y dependía de recibir efectivo con regularidad de la Sociedad Real para cubrir sus operaciones de impresión.
 
La solución del gobierno fue conectar a la venerable casa editorial británica Butterworths (ahora posesión de Elsevier) con la renombrada editorial alemana Springer, para aprovechar la pericia de la segunda. Butterworths aprendería a hacer ganancias con las revistas, y la ciencia británica publicaría sus trabajos a un paso más rápido. Maxwell ya había establecido su propio negocio ayudando a Springer a enviar artículos científicos a Inglaterra. Los directores de Butterworths, ellos mismos ex miembros de la inteligencia británica, contrataron al joven Maxwell para ayudar a administrar la compañía, y otro ex espía, Paul Rosbaud, un metalurgista que durante la guerra se dedicó a pasar secretos nucleares nazis a los británicos mediante las resistencias francesa y holandesa, como editor.
 
No podían haber comenzado en un mejor tiempo. La ciencia estaba por entrar en un periodo de crecimiento sin precedentes, habiendo pasado, de ser una ocupación dispersa y amateur de caballeros ricos, a ser una profesión respetada. En los años de la posguerra, se convertiría en un sinónimo de progreso. “La ciencia ha estado en los costados. Debería ser llevada al centro del escenario, porque en ella se encuentra gran parte de nuestra esperanza para el futuro”, escribió el ingeniero estadounidense, administrador del Proyecto Manhattan, Vannevar Bush, en un informe de 1945 para el presidente Harry S. Truman. Después de la guerra, el gobierno apareció por primera vez como el principal patrocinador de los esfuerzos científicos, no solo en el ejército, sino a través de agencias recién creadas, tales como la Fundación Nacional para la Ciencia de EE.UU. y el rápidamente creciente sistema universitario.
 
Cuando Butterworths decidió abandonar el naciente proyecto en 1951, Maxwell ofreció £13 mil libras esterlinas (cerca de £420,000 actualmente), por la participación de Butterworths así como por la de Springer, lo que le dio el control de la compañía. Rosbaud permaneció como director científico, y le puso el nombre de Pergamon Press a la nueva empresa, en honor a una moneda de la antigua ciudad griega de Pérgamo que mostraba a Atenea, diosa de la sabiduría, la cual adaptaron como logo de la compañía: un simple dibujo de líneas que representaba apropiadamente el conocimiento al mismo tiempo que el dinero.
 
En un medio recientemente forrado de dinero y optimismo, fue Rosbaud el pionero del método que impulsaría el éxito de Pergamon Press. Mientras la ciencia se expandía, se dio cuenta de que necesitaría nuevas revistas para cubrir nuevas áreas de estudio. Las sociedades científicas que tradicionalmente habían creado revistas, eran instituciones difíciles de manejar, que tendían a moverse lentamente, dificultadas por debates internos entre sus miembros acerca de los límites de sus campos. Rosbaud no tenía ninguno de estos constreñimientos. Todo cuanto necesitaba hacer era convencer a un académico prominente de que su particular campo de estudio requería una nueva revista para mostrarse apropiadamente, e instalar a esa persona en la dirección. Pergamon empezaba luego a vender suscripciones a bibliotecas universitarias, las cuales súbitamente empezaron por entonces a tener mucho dinero del gobierno para gastar.
 
Maxwell aprendía rápido. En 1955, él y Rosbaud asistieron a la Conferencia de Ginebra sobre los Usos Pacíficos de la Energía Atómica. Maxwell alquiló una oficina cerca de la conferencia y recorría los seminarios y las funciones públicas oficiales ofreciendo publicar todo artículo que los científicos hubieran llevado como una ponencia, y pidiéndoles firmar contratos exclusivos para editar revistas de Pergamon. Otras editoriales estaban conmocionadas por su atrevido estilo. Daan Frank, de North Holland Publishing (ahora en posesión de Elsevier) se quejarían luego de que Maxwell era “deshonesto”, por levantarse a los científicos sin consideración por el contenido específico.
 
Se sabe que a Rosbaud, también, le causó rechazo el hambre de ganancias de  Maxwell. A diferencia del humilde ex científico, Maxwell prefería los trajes caros y un lamido peinado hacia atrás. Habiendo limado su dejo checo hasta un formidable dejo elegante, con una voz de locutor de noticias, lucía y sonaba precisamente como el magnate que ansiaba ser. En 1855, Rosbaud le dijo al físico laureado con el Nobel, Nevill Mott, que las revistas eran sus pequeños “corderitos”, y Maxwell era el bíblico Rey David, quien los mataría y vendería para obtener ganancias. En 1956, el par tuvo un enfrentamiento, y Rosbaud dejó la compañía.
 
Para entonces, Maxwell había tomado el modelo de negocios de Rosbaud y lo había convertido en algo completamente suyo. Las conferencias científicas solían ser asuntos apagados, sin pretensiones, pero cuando Maxwell retornó ese año a la conferencia de Ginebra, alquiló una casa en la vecina Collonge-Bellerive, un pueblo pintoresco sobre las orillas del lago, donde recibía a los invitados a sus fiestas con tragos, cigarros y viajes en veleros. Los científicos nunca habían visto a nadie como él. “Siempre dijo que no competimos en ventas: competimos en autores”, me dijo Albert Henderson, anterior subdirector de Pergamon. “Asistíamos a las conferencias con el fin específico de reclutar editores para las nuevas revistas”. Hay historias de fiestas en la terraza del Athens Hilton, de vuelos el Concorde como obsequios, de científicos embarcados en tours en yates especiales hacia las islas griegas para planear su nueva revista.
 
Hacia 1959, Pergamon publicaba 40 revistas; seis años después publicaba 150. Esto puso a Maxwell muy por delante de su competencia  (en 1959, la rival de Pergamon, Elsevier, tenía solamente 10 revistas en inglés, y le tomaría a la compañía otra década para alcanzar 50). Hacia 1960, Maxwell ya acostumbraba ser conducido en un Rolls-Royce con chofer, y trasladó su vivienda y las operaciones de Pergamon a la palaciega propiedad Headington Hill Hall, en Oxford, que también era hogar de la casa editorial británica Blackwell’s.
 
Sociedades científicas, tales como la Sociedad Británica de Reología, al ver las cosas tan evidentes, inclusive empezaron a dejar que Pergamon tomara control de sus revistas por un pequeño pago mensual. Leslie Iversen, anterior editor de la Revista de Neuroquímica, recuerda haber sido atraído con cenas lujosas a la propiedad de Maxwell. “Él era muy impresionante, ese gran empresario”, dijo Iversen. “Teníamos una gran cena con buen vino, y al final nos entregaba un cheque, unos pocos miles de libras esterlinas para la Sociedad. Era más dinero del que nosotros, pobres científicos, jamás habíamos visto”.
 
Maxwell insistía en grandes títulos: “Revista Internacional de”, era un prefijo favorito. Peter Ashby, ex vicepresidente de Pergamon, me describió esto como un “truco de relaciones públicas”, pero también reflejaba un entendimiento profundo de cómo la ciencia, y la actitud de la sociedad hacia ella, había cambiado. Colaborar con una de esas revistas y lograr que su trabajo fuera visto en la escena internacional se estaba convirtiendo en una nueva forma del prestigio para los investigadores, y en muchos casos Maxwell ya tenía el mercado listo antes que nadie más se diese cuenta que existía. Cuando en 1957, la Unión Soviética lanzó Sputnik, el primer satélite hecho por el hombre, los científicos occidentales se peleaban para ponerse al día con la investigación espacial rusa, y se sorprendieron al enterarse de que Maxwell ya había negociado, a inicios de la década, un trato exclusivo para publicar en inglés las revistas de la Academia Rusa de Ciencias.
 
“Tenía intereses en todos esos lugares. Yo iba al Japón; él ya tenía un norteamericano administrando una oficina. Iba a la India, ya había alguien ahí”, dijo Ashby. Y los mercados internacionales podían ser extremadamente lucrativos. Ronald Suleski, quien administró la oficina japonesa de Pergamon en los años de 1970, me dijo que las sociedades científicas japonesas, desesperadas por publicar su trabajo en inglés, le dieron a Maxwell, gratis, los derechos de los resultados de sus miembros.
 
En una carta celebratoria del 40º aniversario de Pergamon, Eiichi Kobayashi, director de Maruzen, por largo tiempo la distribuidora japonesa de Pergamon, recordaba de Maxwell que, “cada vez que tengo el placer de encontrarlo, recuerdo las palabras de Scott Fitzgerald, de que un millonario no es un hombre ordinario”.
 
—º—
 
El artículo científico esencialmente se ha convertido en la única manera en que la ciencia es sistemáticamente representada en el mundo (como dice Robert Kiley, director de los servicios digitales de la biblioteca de Wellcome Trust, la segunda financiadora privada más grande de la investigación biomédica: “Gastamos mil millones de libras esterlinas al año, y obtenemos artículos”). Es el recurso básico de nuestro más respetado reino de lo experto. “Publicar es la expresión de nuestro trabajo. Una buena idea, una conversación o la correspondencia, inclusive de la persona más brillante del mundo… no cuenta para nada, a menos que la hayas publicado”, dice Neal Young de la NIH. Si controlas el acceso a la literatura científica, esto es, para todo intento y propósito, como controlar la ciencia.
 
El éxito de Maxwell se construyó sobre una idea de la naturaleza de las revistas científicas que a otros les tomaría años entender y replicar. Mientras sus competidores se quejaban de que él diluyese el mercado, Maxwell sabía que no había, en efecto, ningún límite para el mercado. Crear la Revista de Energía Nuclear no le quitaba el negocio a la revista Física Nuclear de la editorial rival North Holland. Los artículos científicos tratan de descubrimientos únicos: un artículo no puede sustituir a otro. Si aparecía una revista nueva y seria, los científicos simplemente solicitaban que la biblioteca de su universidad se subscribiese también a ella. Si Maxwell estaba creando tres veces el número de revistas de sus competidoras, él iría a hacer tres veces más dinero.
 
El único límite potencial era una disminución en el financiamiento del gobierno, pero había pocas señales de que eso sucediera. En los años de 1960, Kennedy financió el programa espacial, y a inicio de los setenta, Nixon declaró una “guerra contra el cáncer”, mientras al mismo tiempo el gobierno británico desarrollaba su propio programa nuclear con ayuda americana. Sin consideración del clima político, la ciencia era levantada por mareas de dinero gubernamental.
 
En sus primeros años, Pergamon había estado al centro de fieros debates acerca de la ética de permitir a los intereses comerciales entrar en el supuestamente desinteresado y enemigo del dinero mundo de la ciencia. En una carta de 1988 conmemorativa del aniversario 40 de Pergamon, John Coales de la Universidad de Cambridge observaba que inicialmente muchos de sus amigos, “consideraban [a Maxwell] como el mayor villano aún sin colgar”.
 
Pero para fines de la década de 1960, publicar comercialmente era considerado el status quo, y las editoriales eran vistas como socias necesarias en el avance de la ciencia. Pergamon ayudaba a turbocargar la gran expansión del campo acelerando el proceso de publicación y presentándolo en un paquete más estilístico. Las preocupaciones de los científicos acerca de firmar el enajenamiento de sus derechos eran superadas abrumadoramente por la conveniencia de tratar con Pergamon, por el brillo que esto les daba a sus trabajos, y por la fuerza de la personalidad de Maxwell. Los científicos, parecía, estaban en gran medida felices con el lobo que habían dejado pasar por la puerta.
 
“Era un bravucón, pero me gustaba bastante”, dice Denis Noble, fisiólogo de la Universidad de Oxford y editor de la revista Progreso en Biofísica y Biología Molecular. Ocasionalmente, Maxwell llamaba a Noble a su casa para una reunión. “A menudo había una fiesta, un simpático grupo de música; no había barreras entre su trabajo y su vida personal”, dice Noble. Maxwell entonces procedía a intimidarlo y encantarlo, para dividir la revista bianual en una publicación mensual o bimensual, lo que llevaría a un correspondiente incremento en pagos de subscripción.
 
Al final, sin embargo, Maxwell casi siempre accedía a los deseos de los científicos, y los científicos llegaron a apreciar a ese personaje patronal. “Tengo que confesar que, al darme cuenta rápidamente de sus ambiciones depredadoras y empresariales, le tomé sin embargo un gran aprecio”, escribió Arthur Barret, entonces editor de la revista Vacuum, en un artículo acerca de los años iniciales de la publicación. Y el sentimiento era mutuo. Maxwell atendía cada detalle de sus relaciones con científicos famosos, quienes eran tratados con una deferencia nada típica. “Desde muy temprano se dio cuenta de que los científicos eran vitalmente importantes. Él hacía todo lo que ellos querían. Esto volvía loco al resto del personal”, me dijo Richard Colemanm quien trabajó en la producción de revistas en Pergamo a fines de los sesenta. Cuando Pergamo fue blanco de un intento hostil de golpe de mano empresarial, un artículo del Guardian [de Londres] reportaba que los editores de las revistas amenazaron con “desertar” en lugar de trabajar para otro director.
 
Maxwell había transformado el negocio de las publicaciones, pero el trabajo del día a día en la ciencia permanecía el mismo. Los científicos en su mayoría aún llevaban su trabajo a cualquier revista que se adaptara mejor a su área de investigación, y Maxwell estaba feliz de publicar cualquier investigación que sus editores consideraran suficientemente rigurosa. A mediados de la década de 1970, sin embargo, las editoriales empezaron a intervenir en la práctica misma de la ciencia, iniciando un camino que encerraría las carreras de los científicos dentro del sistema de publicación, y que impondría los propios estándares del negocio sobre la dirección de las investigaciones. Una revista se convirtió en el símbolo de esta transformación.
 
“En los inicios de mi carrera, nadie notaba mucho dónde publicabas, y luego todo cambió en 1974, con Cell (Célula), me dijo Randy Schekman, el biólogo molecular de Berkeley y premio Nobel. Cell (ahora en manos de Elsevier) era una revista iniciada por el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), para resaltar el recientemente en ascenso campo de biología molecular. Esta era editada por un joven biólogo llamado Ben Lewin, quien tomaba su trabajo con una intensa inclinación, casi religiosa. Lewin apreciaba los artículos largos, rigurosos, que respondían grandes preguntas —representando a menudo años de investigación que en otras revistas habrían producido artículos múltiples— y, rompiendo con la idea de que las revistas eran instrumentos pasivos para comunicar la ciencia, rechazaba más artículos de los que publicaba.
 
Lo que creó fue un terreno para los megaéxitos científicos, y los científicos empezaron a darle forma a sus trabajos en los términos de Lewin. “Lewin era listo. Se dio cuenta de que los científicos son muy vanidosos, y quería ser parte de ese club de miembros selectos; Cell era “La” revista, y tenías que hacer publicar tu artículo en ella”, dijo Shekman. “Yo también estaba sujeto a este tipo de presión”. Terminó publicando parte de su obra citada en el Nobel en Cell.
 
Súbitamente, dónde publicabas se hizo inmensamente importante. Otros editores asumieron un enfoque similarmente activista con la esperanza de replicar el éxito de Cell. Las editoriales adoptaron una métrica llamada “factor de impacto”, inventada en la década del sesenta por Eugene Garfield, bibliotecario y lingüista, como un cálculo grueso de cuán a menudo los artículos de determinada revista son citados en otros artículos. Para las editoriales, se convirtió en una manera de ordenar y publicitar el alcance científico de sus productos. Las revistas de nuevo estilo, con su énfasis en los grandes resultados, se dispararon a la cima de estos nuevos rankings, y los científicos que publicaban en revistas de “alto impacto” eran premiados con empleos y financiamiento. Casi de la noche a la mañana, una nueva moneda del prestigio había sido creada en el mundo científico (Garfield luego se refería a su creación como “parecida a la energía nuclear… una bendición a medias”).
 
Es difícil exagerar cuánto poder tenía entonces el editor de una revista para darle forma a la carrera de un científico y a la dirección de la ciencia misma. “Los jóvenes me dicen, todo el tiempo, ‘Si no publico en CNS [las siglas de Cell/Nature/Science, las revistas más prestigiosas en biología], no conseguiré trabajo”, dice Schekman. Él comparaba la búsqueda de publicaciones de gran impacto con un sistema de incentivos como los bonos bancarios. “Tienen una gran influencia sobre el camino que toma la ciencia”, dijo.
 
Y así, la ciencia se convirtió en una extraña coproducción entre científicos y editores de revistas, con los primeros crecientemente buscando descubrimientos que pudieran impresionar a los segundos. Estos días, si se le da a elegir entre proyectos, un científico siempre rechazará, tanto el trabajo prosaico de confirmar o rechazar estudios pasados como la larga búsqueda de un “lanzamiento a la luna”, en favor de un terreno intermedio: un tema que sea popular con los editores y probable de producir publicaciones regularmente. “Los académicos están incentivados  para producir investigaciones que alimenten estas demandas”, dijo el biólogo y laureado Nobel Sydney Brenner en una entrevista de 2014, y llamó “corrupto” al sistema.
 
Maxwell entendió la manera en que en que las revistas empezaban a ser el poder en la sombra de la ciencia. Pero su principal preocupación aún era la expansión, y aún tenía una visión aguda de adonde se dirigía la ciencia y cuáles nuevos campos de estudio podía él colonizar. Richard Charkin, el anterior CEO de la editorial británica Macmillan, quien en 1974 era editor de Pergamon, recuerda a Maxwell, en una reunión editorial,  mostrando con la mano en alto el artículo de una página de Watson y Crick sobre la estructura del ADN, y declarando que el futuro estaba en las ciencias de la vida y su multitud de preguntas pequeñitas, cada una de las cuales tendría su propia publicación. “Pienso que lanzamos un centenar de revistas ese año”, dijo Charkin. “Quiero decir, ¡Dios Santo!”.
 
Pergamon también se abrió hacia las ciencias sociales y la psicología. Una serie de revistas con el prefijado título, “Computadoras y” sugiere que Maxwell descubrió la creciente importancia de la tecnología digital. “Era interminable”, me dijo Peter Ashby. “El Politécnico de Oxford [ahora Universidad Oxford Brookes] comenzó un departamento de hospitalidad con un chef. Tuvimos que ir a averiguar quién era el director del departamento, hacerle comenzar una revista. Y, como por magia: Revista Internacional de Administración de la Hospitalidad”.
 
Pata fines de los años setenta, Maxwell también estaba tratando con un mercado más multitudinario. “Yo estaba en Oxford University Press para entonces”, me dijo Charkin. “Nos sentamos y dijimos, ‘¡Diablos, estas revistas hacen un montón de dinero!’”. Mientras, en los Países Bajos, Elsevier había comenzado a expandir sus revistas en inglés, absorbiendo la competencia local en una serie de adquisiciones y creciendo a una tasa de 35 títulos al año.
 
Como Maxwell había predicho, la competencia no hacía bajar los precios. Entre 1975 y 1985, el precio promedio de una revista se duplicó. El New York Times reportó que en 1984 costaba $2,500 dólares suscribirse a la revista Investigación Cerebral; en 1988, costaba más de $ 5,000. Ese mismo año, la biblioteca de Harvard sobrepasó en medio millón de dólares su presupuesto para revistas.
 
Los científicos ocasionalmente cuestionaban la justeza de este enormemente lucrativo negocio al cual ellos suministraban su trabajo gratis, pero fueron las bibliotecas universitarias las primeras en darse cuenta de la trampa que había creado Maxwell. Las bibliotecas usaban fondos universitarios a nombre de los científicos. Maxwell era muy consciente de eso. “Los científicos no son tan conscientes de los precios como otros profesionales, principalmente porque ellos no están gastando su propio dinero”, le dijo a su publicación Global Business en una entrevista de 1988. Y puesto que no había modo de intercambiar una revista po otra, más barata, el resultado era, según continuaba en la misma entrevista, “una perpetua máquina de finanzas”. Las bibliotecas estaban encerradas en una serie de miles de pequeños monopolios. Entonces había más de un millón de artículos científicos publicados al año, y ellas tenían que comprarlos todos al precio que quisiesen las editoriales.
 
Desde una perspectiva de negocios, fue una victoria total para Maxwell. Las bibliotecas eran un mercado cautivo, y las revistas, contra toda probabilidad, se habían instalado como las guardianas del prestigio científico: en el sentido de que los científicos simplemente no podían abandonarlas si surgiese un nuevo método de compartir los resultados. “Si no hubiésemos sido tan ingenuos, hace mucho habríamos reconocido nuestra verdadera posición: que estamos sentados encima de un gran montón de dinero, el cual gente lista de todo lado está intentando transferir a sus propios montones”, escribió el bibliotecario de la Universidad de Michigam, Robert Houbeck, en una revista de comercio, en 1988. Tres años antes, a pesar de que el financiamiento científico sufriese su primera caída prolongada en décadas, Pergamon había reportado un 47 por ciento de margen de ganancia.
 
Maxwell no estaría presente para cuidar de su victorioso imperio. La naturaleza adquisitiva que impulsó el éxito de Pergamon también lo llevó a hacer un exceso de vistosas pero cuestionables inversiones, incluidos los equipos de fútbol Oxford United y Derby County FC, estaciones de televisión en todo el mundo y, en 1984, el grupo de periódicos Mirror, del Reino Unido, donde empezó a pasar cada vez más tiempo. En 1991, para financiar su inminente compra del New York Daily News, Maxwell vendió Pergamon a su callada competidora Elsevier, por £440 millones de libras (£919 millones de hoy).
 
Muchos ex empleados de Pergamon me dijeron por separado que sabían que todo había terminado para Maxwell cuando hizo el trato con Elsevier, porque Pergamon era la compañía que él amaba. Más tarde ese mismo año, él se enredó en una serie de escándalos por sus crecientes deudas, prácticas contables dudosas, y por la explosiva acusación del periodista estadounidense Seymour Hersh que lo describía como espía israelí con vínculos a tratantes de armas. El 5 de noviembre de 1991, Maxwell fue encontrado ahogado cerca de su yate en Islas Canarias. El mundo estaba aturdido, y al siguiente día el tabloide rival del Mirror, el Sun, ponía la pregunta en la mente de todos: “¿Cayó…Saltó?”, bocineaba el titular (una tercera explicación, que él había sido empujado, también apareció).
 
La historia dominó la prensa británica por meses, con la sospecha creciente de que Maxwell había cometido suicidio, después de que una investigación revelara que él había robado más de £400 millones de libras esterlinas del fondo de pensiones del Mirror para pagar sus deudas (en diciembre de 1991, el informe de un médico legista español declaró la muerte como accidental). La especulación fue interminable: en 2003, los periodistas Gordon Thomas y Martin Dillon publicaron un libro que alegaba que Maxwell fue asesinado por el Mossad para ocultar sus actividades de espía. Para entonces, Maxwell estaba largamente muerto, pero el negocio que había comenzado continuó prosperando en nuevas manos, alcanzando nuevos niveles de ganancia y de poder global en las décadas siguientes.
 
Si el genio de Maxwell estuvo en la expansión, el de Elsevier estuvo en la consolidación. Con la compra del catálogo de Pergamo, Elsevier pasó a controlar más de 1,000 revistas científicas, lo que la hacía, de lejos, la más grande editorial del mundo.
 
Al tiempo de la fusión, Charkin, el anterior CEO de Macmillan, recuerda haber aconsejado a Pierre Vinken, el CEO de Elsevier, que Pergamon era un negocio maduro, y que Elsevier había pagado de más por él. Pero Vinken no tenía dudas, recordaba Charkin: “Él dijo, ‘No tienes idea cuán rentables son estas revistas una vez que dejas de hacer todo. Cuando estás desarrollando una revista, pasas el tiempo consiguiendo buenos equipos editoriales, los tratas bien, les ofreces cenas. Entonces marqueteas la cosa y tu gente de ventas sale a vender suscripciones, lo que es lento y duro, y tratas de hacer la revista lo más buena posible. Eso es lo que sucedió en Pergamon. Y luego la compramos y dejamos de hacer todas esas cosas, y entonces el efectivo fluye y no creerías cuán maravilloso es todo’. Él tenía razón, y yo estaba equivocado”.
 
Para entonces, el comportamiento de Elsevier parecía suicida. Enojaba a sus clientes justo cuando Internet llegaba a ofrecerles una alternativa gratis. Un artículo de 1995, en Forbes, describía a los científicos compartiendo resultados en los primeros servidores web, y se preguntaba si Elsevier iba a ser “La Primera Víctima de Internet”. Pero, como siempre, las editoriales entendían el mercado mejor que los académicos.
 
En 1998, Elsevier desplegó su plan para la era de Internet, el cual vino a llamarse “The Big Deal” [El Gran Trato]. Ofrecía acceso electrónico a paquetes de cientos de revistas a la vez: una universidad pagaría una tarifa fija cada año —según un reporte basado en solicitudes amparadas por la libertad de información, la cuenta de la Universidad de Cornell casi llegaba a los $2 millones de dólares—y cualquier estudiante o profesor podría descargar cualquier revista que quisiesen mediante el sitio web de Elsevier. Las universidades firmaron en masa.
 
Quienes predecían la caída de Elsevier habían asumido que los científicos que experimentaban con compartir su trabajo gratis en línea podrían lentamente ganar la competencia con los títulos de Elsevier, remplazándolos uno por uno. En respuesta, Elsevier creó un interruptor que fusionaba los miles de pequeños monopolios de Maxwell en uno solo, tan grande que, como un recurso básico —por ejemplo, el agua o la electricidad— era imposible de prescindir para las universidades: paga, y las luces científicas siguen encendidas, pero rehúsa pagar, y hasta una cuarta parte de la literatura científica se apagaría en cualquier institución. Esto concentraba un inmenso poder en las manos de las editoriales más grandes, y las ganancias de Elsevier comenzaron otra empinada subida que los llevaría a los miles de millones por la década de 2010. En 2015, un artículo del Financial Times ungía a Elsevier como “el negocio que Internet no pudo matar”.
 
Las editoriales están ahora tan apretadamente envueltas alrededor de los varios órganos del cuerpo científico que ningún esfuerzo individual ha sido capaz de desalojarlas. En un informe de 2015, un científico de la información de la Universidad de Montreal, Vincent Larivière, mostraba que Elsevier poseía 24% del mercado de revistas científicas, mientras las viejas socias de Maxwell, Springer y sus rivales de la misma ciudad, Wiley-Blackwell, controlaban cerca de 12 % cada una. Estas tres compañías daban cuenta de mitad del mercado (un representante de Elsevier familiarizado con el informe me dijo que, según su propia estimación, ellos publicaban solo 16% de la literatura científica).
 
“A pesar de que doy sermones en todo el mundo sobre este tema, parece que las revistas dominan más prominentemente que antes”, me dijo Randy Schekman. Es esa influencia, más que las ganancias que impulsan la expansión del sistema, lo que frustra a la mayoría de científicos actualmente.
 
Elsevier dice que su meta principal es facilitar el trabajo de los científicos y de otros investigadores. Un representante de Elsevier observó que la compañía recibió 1.5 millones de artículos remitidos el año pasado, y publicó 420,000; 14 millones de científicos confían sus resultados a Elsevier, para que los publique; y 800,000 científicos donan su tiempo para ayudarlos a editar y revisar, como pares, los artículos. “Ayudamos a los investigadores a ser más productivos y eficientes”, me dijo Alicia Wise, vicepresidenta principal de redes estratégicas globales. “Y eso es una victoria para las instituciones de investigación, y para los financiadores de la investigación, como los gobiernos”.
 
Sobre la pregunta de por qué tantos científicos son tan críticos con las editoras de revistas, Tom Reller, vicepresidente de relaciones corporativas de Elsevier dijo, “No nos toca hablar de las motivaciones de otras personas. Vemos las cifras [de los científicos que confían sus resultados a Elsevier] y eso sugiere que estamos haciendo un buen trabajo”. Preguntado acerca de las críticas al modelo de negocios de Elsevier, Reller dijo en un email que esas críticas pasaban por alto “todas las cosas que las editoriales hacen para añadir valor: más allá y por encima de las contribuciones que trae el financiamiento del sector público”. Eso, dijo, es por lo que cobran.
 
En un sentido, no es la culpa de ninguna editorial que el mundo científico parezca inclinarse hacia la fuerza gravitacional de la industria. Cuando los gobiernos, incluidos los de China y México, ofrecen bonos financieros por publicar en revistas de alto impacto, ellos no están respondiendo a la demanda de alguna editorial específica, sino siguiendo las recompensas en un sistema enormemente complejo que tiene que acoplar los ideales utópicos de la ciencia con las metas comerciales de las editoriales que la dominan (“Nosotros los científicos no hemos pensado mucho en el agua en la que nadamos”, me dijo Neal Young).
 
Desde inicios de la década de 2000, los científicos han defendido una alternativa a las publicaciones por suscripción llamada “acceso abierto”. Esto resuelve la dificultad de balancear los imperativos científicos y comerciales simplemente retirando el elemento comercial. En la práctica, esto usualmente toma la forma de revistas en línea, a las cuales los científicos hacen un pago adelantado para cubrir los costos de edición, lo cual luego asegura que el trabajo esté disponible gratis para cualquiera, a perpetuidad. Pero, a pesar del apoyo de algunas de las agencias financiadoras más grandes del mundo, incluyendo la Fundación Gates y Wellcome Trust, solo cerca de un cuarto de los artículos científicos son puestos a libre disposición al momento de su publicación.
 
La idea de que la investigación científica debería estar libremente disponible para cualquiera es un alejamiento abrupto del sistema actual, incluso una amenaza a él, puesto que depende de la capacidad de las editoriales de restringir el acceso a la literatura científica con el fin de mantener su inmensa lucratividad. En los años recientes, la oposición más radical al estatus quo se ha reunido alrededor de un sitio web controvertido llamado Sci-Hub, una suerte de Napster para la ciencia, el cual le permite a cualquiera descargar artículos científicos gratis. Su creadora, Alexandra Elbakyan, de Kazakastán, está en la clandestinidad, enfrentando acusaciones de hackeo y de infringir el derecho de propiedad intelectual en los EE.UU. Elsevier recientemente obtuvo una orden de pago de $15 millones contra ella (el máximo permitido por ley).
 
Elbakyan es una utopista sin barreras. “La ciencia debería pertenecer a los científicos y no a las editoriales”, me dijo en un email. En una carta al tribunal, ella citó el artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, que afirma el derecho a “participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten”.
 
Cualquiera que sea el destino de Sci-Hub, parece que la frustración con el sistema actual está creciendo. Pero la historia muestra que apostar contra las editoriales de la ciencia es una movida riesgosa. Después de todo, en 1988, Maxwell predijo que en el futuro solo quedaría un puñado de compañías editoriales inmensamente poderosas, y que ellas continuarían sus negocios en una era electrónica sin costos de impresión, dirigiéndose casi a la “ganancia pura”. Eso suena muy parecido al mundo en el que ahora vivimos.
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