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Alberto Loza Nehmad
Alberto Loza Nehmad

Desde la otra esquina:
Traducciones de artículos, entrevistas, etc.

Por primera vez en 200 años la Biblioteca del Congreso de EE.UU. tiene en su dirección a una mujer, Clara Hayden, bibliotecaria profesional
Por Daniel A. Gross
 
Originalmente publicado como “Carla Hayden takes charge of the world’s largest library”, The New Yorker, 20 de setiembre, 2016 (http://www.newyorker.com/books/page-turner/carla-hayden-takes-charge-of-the-worlds-largest-library). Traducido por Alberto Loza Nehmad.
 
Carla Hayden aún recuerda el día en que, hace más de cincuenta años, se dio cuenta de la importancia de las fechas de devolución de préstamos en las bibliotecas. Después del colegio, mientras su madre estaba en el trabajo, ella caminaba hacia la pequeña biblioteca de su barrio en Queens. “Semana tras semana”, me dijo Hayden recientemente, ella sacaba “Bright April”, su libro favorito. Luego iba a una tienda en la acera del frente y compraba una hamburguesa. Pero, un día, Hayden no devolvió el libro a tiempo, y tuvo que gastar su dinero en la multa por mora: “Tuve que perder una hamburguesa”, dijo. “Entonces aprendí de las multas”.
 
En las décadas que han pasado desde entonces, Hayden, que tiene sesenta y cuatro años, ha impuesto y perdonado multas en el curso de su larga carrera como bibliotecaria pública. En los años 70, durante su primer trabajo como bibliotecaria, en Chicago, condujo la hora de los cuentos en una pequeña biblioteca de barrio: una experiencia que, ella bromeaba, la entrenó como directora. “Si puedes negociar la hora de los cuentos con niños de tres y cuatro años —dijo—, esa es una habilidad que puedes usar hasta en los niveles más altos”. Hayden lo hizo: en 1993, después de trabajar como bibliotecaria en un museo de Chicago y como profesora asistente de ciencias bibliotecarias en Pittsburgh, pasó a ser directora del sistema de la biblioteca pública de Baltimore, Maryland. Este mes, ella ha sido designada Bibliotecaria del Congreso, lo que la hace la conductora de la que puede ser la biblioteca más grande del mundo.
 
La crianza de Hayden fue menos literaria que musical: su padre venía de una larga línea de músicos, y su madre empezó a tocar el piano a los tres años de edad. Ambos padres tenían un oído perfecto, una habilidad que Hayden dice también adquirió. Pero ella encontró que su buen oído estaba mejor adaptado para los cuentos que para las canciones. “Ellos podían ver las notas y escuchar la música”, dijo Hayden. “Yo podía mirar el texto, y las palabras, y escuchar una voz”. A Hayden le gustaban los libros porque ellos alimentaban su imaginación, pero llegó a amarlos porque le daban el sentido de reconocerse a sí misma. El personaje principal de “Bright April”, de Marguerite de Angeli era, como Hayden, una niña afroestadounidense que se une a las Brownie Girl Scouts. “Significaba mucho ver a una niña de piel marrón, bastante flaca, con uniforme de las Brownies, completo con la gorra; y eso es lo que yo tenía encima”. En una escena, April le dice a una líder Brownie  que ella algún día administraría una tienda, y como respuesta se le dice que no sueñe con cosas demasiado grandes: la discriminación podría impedirle avanzar. “¿Quieres decir que hay algunos lugares a los que no podemos ir?”, pregunta April. “¿Quieres decir que no me dejarían ser la jefa de una tienda grande?”. Cuando Hayden mira hacia ese tiempo, a menudo se pone en modo bibliotecario, recitando fragmentos de sabiduría libresca. “Los libros deberían ser espejos, y deberían ser ventanas”, me dijo. Nos deberían transportar a tierras lejanas, pero también deberían ayudarnos a darle sentido a nuestra propia mesa del comedor, a nuestra manzana en la ciudad. Los años de juventud de Hayden vieron cambios radicales en las vidas de los afroestadounidenses: ella nació en 1952, el año que la Corte Suprema comenzó a considerar el caso Brown versus Consejo de Educación [base de la ley antisegregación en las escuelas]; en 1955, mientras Hayden aprendía a leer, Rosa Parks rehusó cederle el asiento a un blanco en un bus segregado de Montgomery, Alabama. Después de su arresto, Rosa Parks escribió, en una carta abierta a los diarios: “En la biblioteca pública ubicada cerca de la sección de compras en el centro de la ciudad, a una persona de color no se le permite entrar a leer un libro”. Añadió que un grupo de estudiantes afroestadounidenses recientemente había intentado sacar libros de texto escolares de la biblioteca principal. “Se les dijo que los libros estaban ahí pero que serían enviados a la filial de la biblioteca para que pudiesen salir”.
 
Las bibliotecas públicas estadounidenses, aunque fundadas para expandir el acceso a la información, también heredan una historia de exclusión: algo que Hayden vio con sus propios ojos. Más del ochenta por ciento de los bibliotecarios estadounidenses son mujeres, pero por doscientos años el rol de Bibliotecario del Congreso fue desempeñado exclusivamente por varones blancos. Hayden es la primera mujer, y la primera afroestadounidense, en ocupar ese puesto. La carta de Parks, mientras, ahora es albergada en la Biblioteca del Congreso, en un folder amarillento marcado por la clara letra de un bibliotecario. Los escaneos de la carta están disponibles en línea, gracias a una iniciativa de digitalización que se expandirá en los años que vienen. Hayden señala con rapidez que aún un simple escaneo en línea puede hacer más inclusiva una biblioteca. Los lectores de todo el país, dijo, deberían “ser capaces de tocar la historia de ese modo, y hacerlo mientras están en una biblioteca de barrio”.
 
La Biblioteca del Congreso, que fue fundada en 1800 para servir las necesidades investigativas de los legisladores, es hogar de ciento sesenta y dos millones de ítems y cientos de kilómetros de estantería. En 1870, una nueva ley de derechos de autor la convirtió en un repositorio nacional, y pronto se volvió un recurso clave para los investigadores y devino sede de la Oficina de Copyright de EE.UU. Pero, a pesar del nombre, pocos Bibliotecarios del Congreso han sido bibliotecarios profesionales: anteriores presidentes del país tendían a seleccionar abogados, historiadores y escritores. Franklin D. Roosevelt fue alguna vez aconsejado por el Juez Supremo Felix Frankfurter, quien le dijo que “solo un erudito hombre de letras puede hacer de una biblioteca nacional una morada general de los estudiosos” (Roosevelt designó a un poeta, Archibald MacLeich). Hayden, quien tiene un doctorado en ciencias bibliotecarias, quiere que la Biblioteca haga más cosas que apoyar a legisladores e investigadores. “Queremos criar más investigadores”, dijo.
 
Al discutir los muchos roles de las bibliotecas públicas, Hayden a menudo menciona los disturbios de 2015 en Baltimore, que comenzaron después de que el arresto de Freddie Gray resultara en su muerte. Cuando las calles de Baltimore empezaron a llenarse de manifestantes, Hayden recibió una llamada de una de las bibliotecas de la ciudad. “En el epicentro se encontraba esa biblioteca, en la avenida Pennsylvania, justo en la esquina, justo frente a la farmacia que había sido incendiada”, dijo. “La bibliotecaria de ese lugar vio gente que venía por la calle, y entonces parte del público que se encontraba fuera corrió hacia dentro de la biblioteca buscando refugio. Luego de eso ella cerró las puertas”. Para alejarse de las ventanas de vidrio de dos pisos de altura, la bibliotecaria condujo a todos a la sección de niños.
 
La violencia en la ciudad perturbó a todos, y finalmente dejó docenas de edificios quemados o saqueados. Pero al siguiente día, después de una larga discusión con su personal, Hayden dio la orden de abrir la biblioteca. Al último minuto, antes de que ella fuera a reunirse con su personal de la avenida Pennsylvania, Hayden llamó a su madre, casi esperando ser regañada. Su madre solo ofreció un simple consejo: “Lleva agua y servilletas”. En situaciones de emergencia, explicó Hayden, las bibliotecas frecuentemente se convierten en puntos de distribución de servicios básicos, de ahí el agua. ¿Y las servilletas? “Bueno, siempre necesitas servilletas”. La madre de Hayden, una trabajadora social retirada que una vez dio clases gratis de piano en la Biblioteca Pública de Chicago, tenía entonces ochenta y tres años. “Para cuando acabó la semana —dijo Hayden—, mi mamá estaba ahí”, en la biblioteca, para ayudar. Cuando decrecieron los disturbios, ella puso en funciones al personal de la mesa de información.
 
Aunque ese día estuvo entre los más dramáticos que ha experimentado Hayden, difícilmente fue la primera vez que había visto a una biblioteca como lugar de refugio. Durante su primer empleo, como bibliotecaria pública para niños en Chicago, conoció a un muchacho llamado Leonard. Tenía labio leporino, y “lo fastidiaban duro”, dijo. Leonard pronto se convirtió en visitante frecuente, y Hayden le dio pequeñas tareas como organizar el catálogo de fichas (que, resulta, usaba el sistema de clasificación de la Biblioteca del Congreso). Cada día, Leonard se sentaba sin decir palabra y retomaba la labor donde la había dejado. Parecía hallar consuelo en “la seguridad de esa biblioteca”, recordaba Hayden. “Tenía un lugar”.
 
A medida que Hayden ascendió en los rangos de la Biblioteca Pública de Chicago, sus primeros usuarios se fueron graduando, de los libros con ilustraciones pasaron a capítulos de libros y a novelas; finalmente, las visitas de Leonard se hicieron menos comunes. “Para cuando tenía nueve años, él me saludaba con la mano a través de la ventana, y no entraba”, dijo Hayden. Ella consideró esto una pequeña victoria: Leonard había salido de su santuario. “No lo necesitaba tanto”, dijo. En momentos de crisis, las bibliotecas nos ayudan a mirar hacia adentro, y nos ayudan a mirar hacia afuera. Pero en momentos de calma, ellas albergan nuestras historias, esperando a que entre el siguiente lector.
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