Alberto Loza Nehmad
Alberto Loza Nehmad

Desde la otra esquina:
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Las religiones más antiguas en peligro de extinción

Por James Barr

Originalmente publicado como “Can’t We All Shake Hands?”, Literary Review, diciembre de 2014 (http://www.literaryreview.co.uk/barr_12_14.php). Traducido por Alberto Loza Nehmad.

Reseña del libro de Gerard Russell, Heirs to Forgotten Kingdoms: Journeys into the Disappearing Religions of the Middle East (Herederos de reinos olvidados: viajes por las religiones en extinción del Medio Oriente). Simon & Schuster, 367 pp.

En 2007 tomé un corto viaje en tren desde Bakú  para ver uno de los pocos templos del fuego del zoroastrismo que quedan, el Ateshgah. Al interior de un conjunto de edificaciones que por un lado bloquea el acceso desde los suburbios industriales y por el otro a los apacibles burros de un área casi desértica cercana, un pabellón de piedra albergaba una oscilante llama. Mi impresión de una antigua fe acechada por la modernidad se hizo aún más grande luego cuando, en un cuarto ubicado sobre el perímetro del precinto, me topé con un medidor de gas.

Un recordatorio en rojo debe estar en un puesto bajo entre las prioridades de los seguidores del zoroastrismo: las relaciones con sus vecinos musulmanes son tensas. Como Gerald Russell explica en este absorbente libro que da tanto que pensar, ellos y seis otras religiones extraordinarias que encontró durante catorce años de servicio diplomático, están “más vulnerables que nunca”.

Tradiciones que incluyen el secretismo y las prohibiciones de casarse fuera de la fe explican en parte esto. Sin embargo, el difundido sectarismo desatado por la invasión de Irak en 2003 ha hecho las cosas mucho peores. Los Yazidis cobraron notoriedad este pasado julio/agosto cuando fueron rodeados por las hordas de ISIS. Su rechazo a comer lechuga o llevar puesto el color azul es extraño. Pero es su reverencia por un ángel con forma de pavo real lo que llevó a las acusaciones de adoración del demonio, que los extremistas pueden usar para justificar la violación y esclavitud. Es un malentendido que Russell investiga y que luego demuestra ser falso.

En el sur de Irak los seguidores del Mandeísmo, que siguen a Juan el Bautista, han vivido en los pantanos por al menos 1,500 años. Desde 2003, nueve de cada diez de ellos ha huido o sido muerto. En el tragicómico inicio del libro, Russell narra el momento en el que, durante su estada en Irak, “en la desvaída cafetería del Hotel al-Rashid de Bagdad, el sumo sacerdote del mandeísmo, su hermano y primo, todos me miraron, pidiéndome ayuda”. Era, escribe, “como ser llamado a encontrarse con uno de los Caballeros de la Mesa redonda, o como descubrir que en una pequeña villa de la campiña inglesa una comunidad aún adorara a Odín y me invitara a tomar té”. La sorpresa consistía en que los mandeístas aún existían.

Russell sostiene que esta supervivencia se ha debido en parte a la sofisticación. Las religiones que surgieron en Mesopotamia estuvieron influenciadas por ideas provenientes de las partes más remotas del imperio persa y romano,  que buscaban dominar este continental cruce de caminos. Una fertilización recíproca tuvo lugar en el siglo sexto AC cuando, durante el cautiverio en Babilonia, los judíos absorbieron la creencia del zoroastrismo de que la buena conducta conducía a la vida eterna. Pero el verdadero período de flujo ocurrió a inicios de la era cristiana. Mientras los gobernantes de Bizancio rechazaban su herencia clásica e intentaban imponer la ortodoxia cristiana, pensadores del altamente urbanizado Levante cooptaban a filósofos griegos tales como Platón y Pitágoras en el intento de resolver dos preguntas acuciantes: ¿por qué, si Dios era omnipotente, existía el mal?, y la otra, ¿puede la poderosa mente humana supervivir al cuerpo vulnerable?

Muchos aparecieron con respuestas. Mani, quien por algún tiempo tuvo a San Agustín como uno de sus seguidores, pensó que podía liberar el espíritu a través del ascetismo estricto, mientras el místico sufí Hussein ibn Mansour al-Hallash sostenía que Satán había rehusado inclinarse ante Adán solo debido a su inflexible amor por Dios. Aunque los primeros gobernantes islámicos fueron sorprendentemente tolerantes de tales inventivas, al-Hallash fue ejecutado después de declarar que él mismo era Dios. ¿Qué habría pasado de haber prevalecido alguno de estos antiguos pensadores?

En este libro —parte vívida Odisea y parte historia lúcida— Russell apunta a mostrarnos cuánto tenemos en común con estas fes vestigiales, y cuánto comparten entre ellas. Además del sumo sacerdote mandeísta, Russell se encuentra con ancianos yazidis, guerreros drusos y coptos en Kensington, en su paciente búsqueda de entender precisamente en qué creen. Con una simpáticamente juiciosa abundancia de detalles, él despliega visiones del mundo que son al mismo tiempo familiares y extrañas. Los cristianos y los musulmanes darían el sí a la declaración mandeísta de creer en un solo Dios; pero los mandeístas son agudos astrólogos que creen que los niños que mueren sin ser bautizados son consolados eternamente por árboles que dan frutos con forma de pecho. Los nabateos suplican piedad del Señor de los Cielos antes de lanzarse sobre una receta para el perdón que requiere puñados de ratas y murciélagos muertos. Los yazidis pintan huevos para el Año Nuevo, pero también sacrifican becerros, como lo hacían los asirios antes de ellos en esa misma parte del mundo.

Luego están los lazos caleidoscópicos entre religiones. Los drusos y los yazidis, por ejemplo, coinciden en la importancia de los bigotes. Su creencia en la reencarnación y reverencia por los filósofos griegos es compartida por los alawitas, cuya visión de la importancia del vino para ayudarlos en la comunión con Dios también es sostenida por los zoroastrianos. Incidentalmente, la importancia del vino y de los filósofos para el zoroastrismo explica por qué el Ayatola Khomeini estudiaba a Platón y una vez escribió un poema que contenía el improbable verso, “Que se abran las puertas de la taberna y entremos en ella noche y día”.

Una herencia tangible de este mundo es el darse un apretón de manos, que podría haber quedado como un gesto conspirativo usado por los yazidis y sus vecinos los mitraístas, si el mitraísmo no hubiera alcanzado el estatus de secta al interior del ejército romano. Para establecerse como “hermanos de ultratumba”, los hombres yazidis colocan una bola de tierra humedecida proveniente de su santuario de Lalaish mientras se dan la mano. Russell conoció a dos de tales “hermanos” después de que hubieran pedido asilo en Norteamérica. Ellos contaron cómo un funcionario de aduanas jordano se había reído y les confiscado la tierra que intentaban traer consigo en su éxodo. Hay historias más terribles en este libro, pero encuentro este momento como el más conmovedor.

En un sentido, Herederos de reinos olvidados transita por un camino bastante  recorrido. Como admite Russell, por al menos tres siglos escritores británicos han estado pronosticando la inminente desaparición de estos remanentes esotéricos. Pero actualmente, cuando sus últimos adherentes enfrentan la persecución fanática en casa o la dispersión en el exilio, el futuro luce innegablemente desalentador. La oportuna y compasiva descripción que Russell hace de ellos es una lectura cautivadora.

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