José De La Puente Candamo
El caballero de la historia

Por Miguel Ángel Cárdenas M.
Fuente: El Comercio, Lima 29/04/08
http://www.elcomercio.com.pe/edicionimpresa/Html/2008-04-29/el-caballero-historia.html

PALABRAS MAYORES. Maestro de maestros, José Agustín de la Puente Candamo es a los 86 años uno de los historiadores vivos más importantes y queridos del Perú. Con más de 60 años como profesor, la PUCP lo acaba de reconocer con la medalla Dintilhac.


La peruanidad tendría que incluir su ejemplo constante: es edificante conocer a un hombre integral como el doctor José Agustín de la Puente Candamo: tan brillante intelectual como sobresaliente y buena persona. De regreso de la PUCP a su casa en Pueblo Libre, a la otrora hacienda Orbea, don José Agustín recuerda cuando sosegadamente montaba a caballo con su padre por la que hoy es la crispada avenida Sucre, con bancos, bingos y pizzerías.

Su padre fue alcalde de la Magdalena Vieja y usted recuerda que le contó cuando escuchó a los chilenos invadir Lima.
... Fue en la casa del abuelo que estaba en la Inquisición. Mi padre tenía 8 años cuando fue la ocupación y él se acordaba de las bandas de música de las tropas chilenas que entraron por Cocharcas y bajaron hacia la Plaza de Armas, por lo que fue la Plaza del Congreso.

Su padre fue agricultor. Pero su abuelo era historiador. ¿Influyó en su vocación las historias del abuelo?
Mi padre comenzó a estudiar Derecho, pero lo dejó y se dedicó a la agricultura. La vocación nace de lo íntimo, se arropa en el ambiente familiar... Mi abuelo murió en 1910, no lo conocí. Pero el ambiente es muy fuerte, yo escuchaba conversaciones en la casa de cosas antiguas, luego me impresionó ver algunos libros del siglo XIX que fueron del abuelo. Por ejemplo, la "Historia del Perú independiente" de Paz Soldán, "La revista de Lima", los libros de Manuel Atanasio Fuentes sobre Lima. Eran libros que tenían 70 años de publicación y me impresionó.

Sé que su madre era una persona muy culta...
A principios del siglo XX la mujer en la universidad era una minoría. Pero recuerdo que las amigas de mi madre eran gente lectora, que estaba muy al día en la vida intelectual. Lo que demuestra que lo más importante en la vida es la persona misma, más que el título y los diplomas. En esa época, la influencia francesa era muy grande, sobre todo en lo literario.

Usted contó una vez que de niño vio cuando cayó Leguía y cómo desvalijaban sus casas...
Ese día estaba con mis padres y mi hermana en Chosica en casa de una tía abuela y regresábamos en el tren de las 6 de la tarde que salía del hotel. Y ya en la misma estación se hablaba en voz baja que había revolución en Lima. Inclusive algunas personas muy importantes del gobierno de Leguía viajaban en ese tren y, al llegar a Desamparados, me acuerdo clarito, había policías montados a caballo en los rieles y en la plataforma... Cuando tomamos el auto para venirnos a la Magdalena, al pasar por Pando, vimos el saqueo de la casa de Leguía. Y luego por lo menos dos casas que estaban quemando en el camino. Yo tenía 8 años, y es el recuerdo más viejo que tengo así de claro.

¿El haber tenido como pariente a Manuel Candamo, que fue dos veces presidente del Perú, también influyó en su vocación por la historia?
Tal vez influyó. Yo alcancé a mi abuela Candamo, ella murió en 1937 cuando yo tenía 15 años. Ella me contaba cosas del abuelo, recordaba muy claro el tiempo en que estuvo encerrado en Chile cuando la guerra, el tiempo anterior del asesinato de Pardo, la revolución del 95. Yo la escuchaba un poco entre entretenido y asombrado. Eso tal vez tuvo fuerza en mí. Yo cada día soy un creyente más intenso en lo que podríamos entender como vida cotidiana. Esta tiene una fuerza inmensa que a veces uno no advierte, es como el aire, el ambiente en que uno vive.

Usted ha estudiado mucho la vida cotidiana en el período de la Independencia.
En el Perú prácticamente está todo por estudiar. Todo tiene historia y todo tiene su explicación. Es deformada la historia cuando se ve solo la vida del gran personaje. O la guerra o los temas grandes del Estado. ¿Y la vida de usted, mía o del señor fotógrafo no son historia?

Pero sé que usted se llegó a apasionar de joven por un gran personaje: San Martín.
Eso es cierto, cuando empecé a trabajar en historia, el primer tema, materia de mi tesis, fue el pensamiento político de San Martín en el Perú y su proyecto monárquico. Me interesó mucho desde el colegio el tema y en la universidad con las clases del padre Rubén Vargas Ugarte maduró esa simpatía por él, que no estuvo de la mano con la antipatía a Bolívar que es muy frecuente.

Siempre se los ha contrapuesto. San Martín genera una simpatía muy grande, pero nadie se identifica sanmartiniano, quizá por su lado monárquico. Y Bolívar es antipático, pero sí hay un movimiento bolivariano.
Una historiografía seria no puede contraponerlos, pues los dos son personajes fundamentales de la historia del Perú, les tenga o no cariño. El ponerlo a uno como el bueno y al otro como el malo, como muchas veces explican los colegios, es un error. Evidentemente, San Martín nos entendió más. Es que tenía mucha semejanza con nosotros desde el carácter reservado y él no quiso presentarse como vencedor en una guerra, sino ganar la independencia por consenso. Él en el Perú no solo no ganó ninguna batalla sino que no participó... Bolívar es distinto, era un hombre del Caribe, que venía con una gran fuerza, como que era un hombre superior. Venía a que se le obedeciera y, por eso, ganó la guerra. Que cometió errores en el Perú, sí. En lo político fue muy duro en algunos casos, pero fue el creador de la victoria. En Junín y Ayacucho él no estuvo presente, es irónico, pero él concibió todo. Una historiografía serena ve los lados buenos y negativos de uno y de otro. No se trata de buscar la bendición o el anatema.

Pero si hay un héroe, por consenso, en el corazón de todos los peruanos, ese es Miguel Grau. Usted lo ha estudiado mucho. Hasta los antibelicistas más radicales reconocen ese gesto de recoger a los heridos chilenos en el mar.
En Grau siempre me ha deslumbrado una cosa que Basadre la comenta: cómo el heroísmo de él era puro, limpio, porque no había esperanza de victoria. Él luchaba con certeza de la derrota, pero como si la victoria estuviera cerca. Además, Grau se hizo solo en la vida. Él no siguió estudios escolares ni posteriores, se formó desde los 10 años en la Marina Mercante hasta los 19... Cuando salvó a los náufragos en el combate de Iquique, uno de ellos al llegar a la cubierta del Huáscar gritó: "Viva el Perú generoso". Porque en otra guerra habrían sido ametrallados desde el buque. A veces, los muchachos no entienden esa generosidad, pero él entendía que la guerra era entre las dos marinas y los dos ejércitos. Por eso no bombardea los reservorios de agua de los puertos chilenos, él pudo dejar morir de sed a toda la población civil y no lo hizo por convencimiento. Él entregó a la viuda de Pratt su espada. El primer elogio a la vida de Pratt fue el de Grau, cuando dice que murió víctima de su temerario arrojo por la bandera de su patria en una carta famosa. González Prada, que era un hombre tan crítico, comenta su unidad de vida: era tan honesto en el salón de su casa como en el camarote del buque.

Usted fue uno de los primeros alumnos de la Universidad Católica y siempre recuerda al padre Vargas Ugarte como su gran maestro.
La universidad se fundó en 1917, fue muy chiquita hasta el año 32, en que se cerró San Marcos, por presiones políticas, y llegó una gran cantidad de alumnos. Yo entré en el año 39, cuando estaba en la Plaza de la Recoleta. El padre Vargas fue un excelente profesor de historia de la Independencia y la República en segundo de Letras. No lo puedo asegurar, pero él ha sido uno de los primeros peruanos que ha usado la ficha como medio de investigación, y hoy se usan hasta por computadora... Él me llamó a fines del año 46 y me dijo que quería que lo reemplazara. Para mí fue una sorpresa inverosímil y desde ahí tomé el curso hasta hoy.

61 años después, ¿recuerda ese primer día?
Mi primera preocupación, y se lo dije al padre Vargas, era cómo calculo el tiempo de lo que debo preparar. Y él insistía siempre en la preparación remota y en la preparación inmediata de una clase: "Aunque usted crea que conozca un tema, vuelva a revisar los libros y prepare un guión"... Me preocupaba que los alumnos sean un poco menores que yo y me dijo: "Mantenga usted su autoridad desde el principio". Pero no hubo ocasión, el ambiente era muy grato.

Y así descubre su segunda vocación: ser maestro.
Es verdad. Yo, antes, en el año 42, fui profesor en un colegio llamado Hipólito Unanue, que era privado, estaba en el local de lo que hoy es el Partido Aprista. Y varios profesores nos invitaron a algunos alumnos a dictar cursos en la nocturna. Y comencé a enseñar a los 20 años. Muy interesante, la mayoría de alumnos eran señores de oficina que trabajaban en el día y en la noche iban a estudiar. Aprendí mucho.

Sus grandes maestros fueron José de la Riva Agüero y Víctor Andrés Belaúnde, pero no en clases sino tomando chocolate con bizcochos en los cafés.
Ellos dos fueron los maestros de varios de mi generación. Con Belaúnde tuve un vínculo más estrecho porque durante 20 años fui su secretario en el Instituto Riva Agüero y cuando él murió yo asumí la dirección. Siempre vi en Belaúnde dos cosas interesantes: su calidad intelectual era indudable, su gran poder de comunicación: podía conversar igual con un muchacho de 16 años que con un hombre de su edad. Y él como persona era excelente, era un hombre bueno. No era de rencores, sino de conciliación.

Pese a esa etapa del debate ideológico y político con Mariátegui y Haya de la Torre.
Él defendía sus ideas y en la constituyente del 31 fue un gran polemista, pero eso no le impedía estrechar la mano. O perdonar. No era hombre que odiara a otros...

Esos dos maestros que usted tuvo nacieron con formación cristiana, luego se alejaron de la religión y después volvieron al seno católico. ¿Con usted hubo algún proceso similar?
No, yo no pasé una crisis en ese sentido...

¿Nunca fue un joven rebelde alguna vez?
Es difícil juzgarse uno mismo. Pero pienso que no.

Le he leído loas a San Josemaría Escrivá de Balaguer. Y el Opus Dei suele despertar polémicas. Hay tres aspectos controvertidos: que es muy conservador, elitista y tiene vocación censora. En sus universidades por ejemplo no comprarían "Elogio de la madrastra" de Vargas Llosa.
Es frecuente en la vida de la Iglesia que una institución relativamente nueva cree polémica muchas veces y el planteamiento del padre Escrivá y San Josemaría como es ahora fue un planteamiento revolucionario: llevar el ideal de la santidad a todas las actividades humanas, no dejarlo a los monjes, sino llevarlo a la vida común... Que sea elitista: todo en la vida es elitista, también usted como periodista lo es porque no todos lo son en El Comercio. Cada actividad humana encierra a un conjunto de personas y no a otras. No todos tienen vocación para trabajar en el Opus Dei, pero eso no quiere decir que el que la tenga no pueda entrar. Y si se reduce a un grupo social es falso, hay actividades en provincias, labores agrícolas, formación de empleadas del hogar. Ahora, en cuanto a los libros, no es que se prohíban en universidades como la de Piura. Pero tiene que orientarse al estudiante y ver si este chico tiene la madurez suficiente para leerlo. No es que haya tabúes sino es orientación.

Pero, doctor, para que uno forme su propio pensamiento es necesario leer de todo. Por ejemplo, en lo social y económico desde Von Hayek hasta Marx, ¿por qué censurar?
La formación de los alumnos tiene que orientarse. Creo que si hay un libro que no es apropiado está bien que no lo lean, que lean otra cosa. Pero no hay afán de censura, la vida intelectual es libertaria. Depende del caso concreto, puede haber habido un caso, pero el principio no es ese.

Yo he sido su alumno en la PUCP y lo queríamos mucho. Era raro quererlo tanto y a veces discrepar con usted con la misma cortesía y cariño que nos demostraba.
Yo recuerdo el caso de una chica que en su examen escrito discrepaba totalmente de lo que yo decía, pero lo hacía muy bien, con argumentos, y le puse muy buena nota. Y eso les digo siempre a los alumnos, una clase en la universidad no es un centro político de adoctrinamiento. Uno explica no para que siga lo que uno dice, lo importante es que sean discrepantes sólidos.

LA FICHA
Nombre: José Agustín de la Puente Candamo.
Edad: 86 años.
Cargos: Miembro de número de la Academia Nacional de Historia, de la Academia Peruana de la Lengua, del Instituto Peruano de Cultura Hispánica, del Instituto Sanmartiniano del Perú y del Instituto de Estudios Históricos-Marítimos. Ex director del Instituto Riva Agüero.
 

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