Javier Sologuren
Javier Sologuren, ejemplo de transparencia Javier Sologuren, ejemplo de transparencia

Por Guillermo Niño de Guzmán
Fuente: El Dominical, Diario El Comercio Lima 30/05/04

No puedo evitar darle a esta nota un tono personal porque Javier Sologuren (Lima 1921-2004) fue un amigo muy cercano y me resisto a hacerle un obituario de oficio. Con él mantuve una relación muy estrecha que se profundizó pese a la brecha generacional (nos separaban casi treinta y cinco años) y a las distintas inclinaciones literarias. Javier Sologuren fue, ante todo, un poeta, uno de los mejores del idioma español. La imagen que transmitía era, inequívocamente, la de una persona tocada por la gracia de las musas y que oscilaba, sin cesar, entre la realidad pedestre y aquel territorio signado por la maravilla, a menudo inasible para los simples mortales, el lugar donde suele pastar el unicornio.

Es posible que el lector piense que, movido por la pena, exagero. No obstante, aquellos que trataron a Javier Sologuren saben que su personalidad trascendía los márgenes convencionales. Y no es que fura un ser excéntrico, sujeto a arrebatos de euforia o delirio. Por el contrario, era un hombre muy sencillo y discreto, despojado de las vanidades que con frecuencia estropean a los creadores demasiado conscientes de su talento. Y, sobre todo, era una persona bondadosa, frágil y vulnerable, de exquisita sensibilidad y poco diestro para lidiar con asuntos prácticos. No obstante, en su corazón llameaba el fuego vivo de la palabra. Había algo de niño en él, una mirada límpida y pura que llevó a su compañero de generación y amigo de toda la vida, el poeta Jorge Eduardo Eielson, a calificarlo como un ejemplo de transparencia.


Un domingo de primavera

Conocí a Javier a mediados de los setenta. El poeta todavía vivía en compañía de su primera mujer, a la que había conocido durante su estadía en Suecia en la década del cincuenta, y sus tres hijos. La casa del poeta se hallaba en el campo, en los Ángeles, cerca de Chaclacayo, y era un lugar de peregrinaje para los jóvenes letraheridos. Profesor en la universidad de La Cantuta, Sologuren se las había arreglado para vivir lejos del mundanal ruido, dedicado a sus libros y sus clases. Allí me llevó un amigo con veleidades literarias una mañana cálida de un domingo de primavera y nunca olvidé ese día porque hasta entonces no había conocido a un poeta consagrado. Sologuren parecía mayor de lo que era (debía de andar en la mitad de la cincuentena), probablemente debido a la boina vasca que acostumbraba llevar y a las sienes veteadas de blanco. Nos presento a su familia y habló con una amabilidad y cierta timidez que me desconcertaron. Aún recuerdo que aludió a la inundación que había asolado su casa por el desborde del río y que había estropeado buena parte de su biblioteca.


El maestro versátil

En el caso de Javier Sologuren, la labor del traductor literario alcanza una importancia próxima a la de su obra poética. Reunidos en "Las uvas del racimo", sus versiones de poetas franceses, italianos y suecos cumplen con el exigente reto de transmutar en nuestra lengua su esplendor original. Otro tanto debe decirse de sus traducciones de la poesía y narrativa japonesas, algunas de las cuales acometió junto con Ilia Bolaños, su segunda esposa. Sologuren fue el gran difusor de las letras niponas en nuestro país (además de cultivar formas poéticas como el haikai) y su interés le condujo a algunas estancias en el Japón. A él -así como a Ricardo Silva Santisteban, a quien también contagió la afición japonesa- le debo la lectura de autores como Tanizaki, Kawabata, Mishima, Dazai, y Oe, cuyos libros no eran fáciles de conseguir y que Javier, con su desprendimiento habitual, no vacilaba en poner a mi disposición. Así mismo, era un ensayista fino y perceptivo, que abordaba tanto temas literarios como artísticos (Sologuren apreciaba mucho las arte plásticas, como lo confirman sus escritos sobre Szyszlo y Eielson, entre otros artistas)

De cualquier manera, donde se concentra el fulgor creador de Javier Sologuren es en su poesía. Desde sus primeros versos pergeñados en los años cuarenta hasta poemas como "La hora" (1982) o "Tornaviaje" (1989), deslumbró por su lirismo, la luminosidad y transparencia de su lenguaje, la sutileza y la intensidad de su mirada. Cuando uno lee su poesía se tiene la sensación de paladear una cascada de palabras que discurren, altas y sonoras, bajo un cielo azul intenso y apacible. Para nuestro querido Javier, la máscara del dolor no era capaz de acabar con la fuente de placer que emanaba de la vida. Aún puedo verlo, en la playa de Santa María, desafiando las olas con la inquietud de un adolescente para correrlas a pechito, aunque solo fuera por el goce de un instante...

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