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Historia

La destrucción de libros en la historia


Por Víctor Coral
Fuente: Domingo, El Comercio, Lima 24/01/06

Hay muchas formas de entender la historia del hombre. Una de ellas, aunque suene increíble, es a través de la historia de la destrucción de los libros, hecho terrible que ha acompañado al ser humano prácticamente desde el inicio de la historia.

En el principio fue la destrucción de los libros. Esta afirmación puede sonar exagerada para algunos, pero no estamos muy lejos de lo cierto al afirmarla. La biblioclasia u odio destructivo por los libros está registrada en la historia humana desde sus albores. Se sabe, por ejemplo, que los primeros libros de que se tiene noticia se hicieron en Sumeria (actual Irak) hace unos 5000 años. También por esa época comenzó la destrucción de los mismos, que eran entonces tablillas de arcilla.

Hacia el año 3000 a.C., en Ebla, una antigua ciudad Siria, existió una biblioteca con alrededor de 15,000 tablillas. Los acadios, bajo la égida del rey Naramsin, la destruyeron y prendieron fuego. Paradójicamente fue un asirio, Asurbanipal, el primer gran coleccionista de libros del mundo antiguo. Los sirios probaron hacia el año 612 a.C. de su propio café: los feroces medos destruyeron la ciudad de Nínive y arrasaron la biblioteca de Asurbanipal.

Aunque hay debate todavía sobre quiénes destruyeron el casi medio millón de rollos que atesoraba la famosa Biblioteca de Alejandría, uno de los sindicados es el patriarca cristiano Teófilo, quien devastó el Serapeum, un bello templo que acogía parte de los rollos de la biblioteca. Otras fuentes señalan al emperador árabe Omar. La disputa continúa.

En Grecia, Diógenes Laercio inmortalizó a Platón como un envidioso biblioclasta, por intentar desaparecer la obra de un filósofo competidor: Demócrito. Casos como este abundan en la historia occidental. El cordobés musulmán Ibn Hazam (994-1063) escribió un tratado sobre el amor, El collar de la paloma. Al tener una rencilla política con el rey de Sevilla, su libro fue condenado por este último a ser borrado de la historia, para lo cual se confiscaron y quemaron todos los ejemplares que se pudo.

Por tierras americanas la intolerancia también hizo estragos. En 1530, el obispo de México, fray Juan de Zumarrága (1468-1548), hizo una enorme pira con los códices mayas que pudo requisar, con la idea peregrina de borrar todo el pasado indígena.
 
El ardiente siglo veinte
 

Los siglos que siguieron a la conquista de América no fueron muy distintos. Durante la Guerra del Pacífico el ejército chileno saqueó e incendió nuestra entonces rebosante Biblioteca Nacional. La Biblioteca del Congreso de los EE UU también fue víctima de las tropas inglesas, que la quemaron en 1812, según refiere Fernando Báez en su Historia Universal de la destrucción de los libros.

Durante la Guerra Civil Española, solo en 1934 las tropas de Franco quemaron más de 25 bibliotecas populares. La casa y biblioteca particular del poeta Vicente Aleixandre (Nobel 1977) también fue pasto de la irracionalidad franquista. Joseph Goebbels fue el principal promotor de la quema de libros por parte de las juventudes nazis alemanas. Libros de Karl Marx, Heinrich Mann, Sigmund Freud, Emil Ludwig, Erich Maria Remarque, Robert Musil y Bertolt Brecht, entre muchos, fueron incinerados públicamente. Durante la Revolución Cultural china la biblioteca de la Universidad de Pekín fue saqueada y conservados únicamente los textos que no se oponían a la ideología maoísta. Muy joven, el Nobel de Literatura del año 2000, Gao Xingjian, fue enviado a "reeducarse" y obligado a quemar todos sus inéditos.

No siempre fue necesario un régimen autoritario y fascista para que se dé la destrucción. Las novelas El arco iris y El amante de lady Chatterly, de D.H. Lawrence, fueron destruidas apenas publicadas y censuradas durante años. En 1955, el departamento de Estado norteamericano quemó los libros del psicoanalista alemán Whilhem Reich. Recordemos además que muchos ejemplares de La ciudad y los perros (1962), de Vargas Llosa, fueron quemados por militares en Lima. Durante la dictadura militar en Argentina, un millón y medio de volúmenes de la editorial Centro Editor de América Latina fueron incinerados. El dictador brasileño Getulio Vargas destruyó casi 2000 ejemplares de la "pornográfica" novela de Jorge Amado, Doña Flor y sus dos maridos. Los versos satánicos, de Salman Rushdie, le valió al escritor hindú la condena a muerte por el ayatolla Jomeni, en 1989.

Una década después, feministas ultrarradicales quemaron en Virginia (EE UU) libros de Schopenhauer, Biblias, fotos del Papa, novelas rosa y hasta revistas Cosmopolitan, solo porque creían que estos escritos se oponían a la liberación de las mujeres.

La historia de la destrucción de los libros comenzó donde nació: en la lejana Sumeria (hoy Irak), y esperemos que haya terminado en ese mismo país, con la desalmada destrucción del Archivo Nacional, en el 2003, donde se perdieron 10'000,000 de ejemplares, casi todo el acervo bibliográfico de Irak.

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