En el siguiente artículo, el paleontólogo Richard Fortey (Museo de Historia Natural, Londres) nos conduce hasta la catastrófica creación del Mar Negro, hace 7000 años, y discute sobre la posibilidad de que este acontecimiento pudiera haber generado las historias que dieron luego lugar a la narración bíblica del Diluvio. En 1999 Richard Fortey recibió el premio Lewis Prize que otorga la Universidad Rockefeller (New York) a los científicos que destacan en el campo de la literatura.



El más extraño de todos los mares
por Richard Fortey
Reseña del libro de William Ryan y Walter Pitman 
Noah's Flood: The New Scientific Discoveries about the Event that Changed History 
[El Diluvio de Noé: Las nuevos descubrimientos científicos acerca del acontecimiento que cambió la historia], Simon and Schuster, 319 pp. 
Traducción de Alberto Loza Nehmad
(albertoloza@librosperuanos.com)

Publicado orignalmente en London Review of Books
Vol. 21, No. 13, 1 de julio de 1999


Cuando el nivel del agua comenzó a elevarse, todos los peces emergían hacia la superficie del lago, hinchados y muertos, o convulsionando moribundos. En los siguientes días la gente de la rivera vio desaparecer su fuente de vida: la inundación no se detenía. Uno de los ancianos de la tribu notó que el agua había tomado un sabor salado. Pronto, el agua alcanzaba los débiles cimientos de las cabañas de madera; no había nada que hacer sino fugar con lo que se pudiera acarrear antes de la avalancha. Los aterrorizados refugiados de las tribus del este dijeron haber oído un gran sonido atronador. Quienes se retrasaron resultaron ahogados. En cuestión de semanas el nivel del agua se elevó más de cien metros.

Quienes tomaron parte en la desesperada diáspora fugaron hacia el oeste, a lo largo del valle del Danubio, o hacia el sur y hacia el este, hacia las estribaciones del Cáucaso. Otros cruzaron los lejanos y agrestes territorios del este hasta encontrar refugio alrededor de un lago que antes existía entre Tien Shan y la meseta tibetana. Unas pocas tribus, más afortunadas o más osadas, penetraron en las montañas Tauro para escapar por las llanuras que se extienden por detrás, hacia el territorio que ahora se conoce como Mesopotamia. Donde se establecían los supervivientes, la temible inundación se convirtió en una historia fundamental para advertir y aterrorizar a las generaciones jóvenes, en un acontecimiento tan profundamente traumático que su recuerdo duró por más de mil años, transmitido por la tradición oral, antes de que fuera inscrito en cerámica. Hasta hoy los guslares aún lo cantan. Éste fue, nos dicen Ryan y Pitman, el verdadero Diluvio, el evento histórico que conocemos Como el Diluvio de Noé.

El Diluvio fue el resultado de la inundación de un enorme lago de agua dulce que se convirtió, en materia de semanas, en el Mar Negro. Es negro pues por debajo de sus metros más superficiales carece de vida -- al carecer de oxígeno -- y su lecho está cubierto de un lodo negro y fétido donde solo abundan las bacterias. Los peces viven solo en la capa superior de agua, suspendidos sobre profundidades donde ellos podrían asfixiarse en segundos. La transformación de un lago en el más extraño de los mares ocurrió cuando se abrió el estrecho de Dardanelos hace más de siete mil años. El Mediterráneo se precipitó a través del cañón rumbo a las tierras bajas en el momento en que cedió una gran barrera de tierra. Esto a su vez fue la consecuencia de una elevación del nivel del mar producida hacia el final de la última era glacial. Fue una catástrofe tan completa como la rotura de una represa gigantesca, con una fuerza 400 veces más grande que la generada por las cataratas del Niágara. El torrente de agua excavó una enorme garganta en el extremo oriental del lecho del Mar Negro. A diferencia de algunos de los acontecimientos que dieron forma a la historia de la Tierra, como el impacto de meteoritos o algunas colosales erupciones volcánicas, éste no tuvo efectos globales traumáticos. Relativamente pocas especies desaparecieron y algunas nuevas invadieron el nuevo mar salado, provenientes de sus dominios mediterráneos.

La inundación del Mar Negro es un hecho geológico. Ryan y Pitman describen brillantemente la evidencia que los ha llevado a identificar la catastrófica transformación de lago en mar. Ésta aún tiene un legado. A nivel superficial, las corrientes fluyen por los Dardanelos desde el Mar Negro hacia el Mediterráneo, pero en las profundidades hay un negro recuerdo del Diluvio pues una contracorriente aún fluye en la dirección opuesta. Los marineros de tiempos antiguos sabían de esto: ellos podían navegar contra la corriente superficial si sumergían una red lastrada hasta alcanzar las corrientes contrarias: la fuerza de la profundidad halaba sus botes en contra de la corriente superficial.
Durante una intensa fase de investigaciones a inicios de los años noventa, naves oceanográficas recorrieron el Mar Negro utilizando sonares y recolectando muestras del lecho marino, donde los sedimentos habían acumulado una historia de la inundación. Las naves de investigación, con los autores a bordo, descubrieron fósiles de animales que alguna vez retozaron en el agua dulce: las criaturas que anteriormente habían alimentado a los humanos habitantes de las orillas. Las muestras de sedimento mostraron que estos moluscos fueron muertos por el lodo negro. Una vez saturada de sal, el agua quedó sin oxígeno y ha permanecido así desde entonces. Los exploradores descubrieron las inundadas orillas antiguas y levantaron el mapa de los bordes del antiguo lago. Cuando el mar inundó este lago, los moluscos de agua dulce fueron reemplazados por almejas. Si los habitantes de las riveras hubieran esperado, podrían haberse alimentado de mariscos. Las conchas fósiles también brindaron materiales que hicieron posible datar la catástrofe mediante el carbón. Alrededor de 7500 años han pasado desde que el mar entró rugiendo a través de los Dardanelos y dividió Asia de Europa. La gente que por siglos había vivido allí en paz huyó, pero llevó consigo una cultura desarrollada en tiempos de abundancia.

En una docena de sitios de Europa Central y en el Medio Oriente existe una repentina aparición de nuevos artefactos en túmulos de restos arqueológicos. Los fragmentados restos de culturas desaparecidas -- pedazos de cerámica y ornamentos -- nos hablan de una época de migraciones. ¿Cómo así los agricultores que fabricaban "cerámica de bandas lineales" se esparcieron por toda Europa desde el río Dniester aproximadamente al mismo tiempo que aparecían nuevas culturas en la estratografía arqueológica de Bulgaria y Dalmacia?

Las leyendas de una gran inundación atraviesan muchas tradiciones. En 1876, George Smith publicó su traducción de la escritura cuneiforme conservada en tabletas de barro cocido en Mesopotamia, las que registraban aquello que conocemos ahora como la Epopeya de Gilgamesh. Estos fragmentos de la gran biblioteca de Nínive hablan, en un idioma conocido ahora como acadio, de una época que ya era antigua incluso cuando los primeros escribas la compusieron. Gilgamesh narra acerca de una inundación. Smith estaba convencido de que éste fue un acontecimiento verdadero, sin duda el mismo que se describe en Génesis. Una tragedia de tal magnitud y terror fue entretejida con la experiencia cultural de quienes alguna vez vivieron a lo largo de la fértil media luna mesopotámica. Aún parece asombroso que esas tabletas de barro cocido de hace cinco mil años, tan dificultosamente reconstruidas, confirmaran una historia que muchos niños del siglo XX aprendieron por primera vez en el último remanente de nuestra tradición oral: sus clases de catecismo dominical.

El supuesto natural asumido por los arqueólogos era que el Diluvio fue una inundación excepcional del Tigris y el Éufrates -- ríos impredecibles hasta el presente -- que devastó el paisaje mesopotámico. La extraordinaria propuesta de Ryan y Pitman es que el Diluvio es el mucho más antiguo ahogamiento del lago del Mar Negro, conservado como un recuerdo tradicional a lo largo de la ulterior diáspora, cantado una y otra vez por bardos y guslares por más de mil años de cultura preliteraria, antes de ser perpetuada en barro cocido por el primero de aquellos cuya memoria requería de un soporte escrito. Es una idea atractiva, y no solamente porque sea verdaderamente sencilla. Explica la aparición de nuevas culturas después de un hiato arqueológico; explica la distribución de los artefactos y la dispersión cultural de la leyenda del Diluvio; explica la falta de evidencia de un acontecimiento suficientemente catastrófico en los sedimentos que quedaron regados en Mesopotamia.

La geología ha tenido una relación larga e incómoda con el Diluvio. La evidencia geológica fue usada primero para demostrar la veracidad bíblica. Dean Buckland reconoció huesos fósiles conservados en cavernas tan nada bíblicas como Yorkshire, como evidencia tangible de la catástrofe de Noé; él describió esos detalles en un destacable libro, Reliquiae Diluvianae (1823). La geología moderna pronto desechó esas nociones: los mismos esqueletos de esas cavernas fueron reconocidos como restos de animales de la Edad Glaciar. El diluvio así terminó siendo ubicado en las tierras de la Biblia. No mucho después del asombroso descubrimiento de la Epopeya de Gilgamesh, el gran geólogo de fines del siglo XIX, Eduard Suess, intentó vincular el Diluvio a una causa geológica. Para ello usó una línea de razonamiento similar a la de Ryan y Pitman para apuntar a un tipo diferente de catástrofe geológica e hizo una resuelta, en verdad pionera maniobra intelectual. Quizá Ryan y Pitman deberían haber hecho una venia de reconocimiento a Suess como su padre conceptual; el nombre de éste no es ni siquiera mencionado en El Diluvio de Noé. Suess concluyó que el Diluvio no tenía nada que ver con una crecida del Tigris y el Éufrates. Más bien, mencionó una masiva incursión del mar sobre Mesopotamia, quizá el tipo de tsunami asociado con un terremoto submarino de grandes proporciones.

Suess notó que el Arca supuestamente se detuvo sobre el monte Ararat, hacia el norte de la media luna, en la dirección opuesta de donde se esperaría si el Diluvio se hubiera originado en ríos repentinamente rebosantes debido a una corriente extraordinaria en la llanura y desaguando en el mar. Cuando por primera vez leí Gilgamesh, recordé la narración que hace Plinio de la erupción del Vesuvio el año 79 y me preguntaba si la descripción de esos oscuros cielos ennegrecidos podría corresponder con una erupción volcánica. Stephanie Dalley, la decana de los estudiosos acádicos me recordó, sin embargo, que no existía evidencia convincente en los registros arqueológicos mesopotámicos de un acontecimiento tan extendido y catastrófico (la explosiva erupción de la isla de Santorini, en el Mediterráneo, era demasiado tardía para ser relevante). Claro que las excavaciones locales registraban inundaciones mesopotámicas, sin duda angustiantes para quienes vivían en las riveras del Éufrates, pero escasamente suficientes como para ser el motor de un milenio de mitos. Ryan y Pitman usan esto como evidencia adicional de que los recuerdos de la catástrofe tenían que referirse a un período incluso más remoto. En otras palabras, la inundación del Mar Negro retira al Diluvio bíblico de su hogar religioso.

Los geólogos parecen destinados a trabarse en lucha con quienes quieren interpretar la historia bíblica literalmente. Ian Plimer, geólogo de la Universidad de Melbourne y experto en la geología turca, recientemente puso su trabajo en peligro al desafiar lo que él ve como un sinsentido creacionista. Un grupo de fundamentalistas locales dirigidos por un tal Allen Roberts, aseguraron haber encontrado evidencia "científica" de los restos del Arca de Noé. Plimer replicó que esa supuesta evidencia es una estructura geológica natural, un pliegue sinclinal ubicado aproximadamente a 20 millas del Monte Ararat en Turquía -- no muy lejos puesto que el cuervo vuela desde el Mar Negro. Un pliegue sinclinal es una estructura producida por leves fuerzas tectónicas, un doblez de los estratos en la forma que asume una mano cuando recoge agua. Si se desarrollara uno de estos pliegues en un lecho de roca del grosor apropiado, éste podría, posiblemente, parecer un navío con una burda cubierta. Roberts presumiblemente estaba persuadido de que éste era el caso, de que se trataba realmente de un navío, en el área cercana a donde supuestamente había encallado el Arca. Hace dos años Plimer perdió un juicio que había entablado contra Roberts basándose en la Ley Australiana de Comercio Justo, que obliga a los comerciantes a no hacer afirmaciones engañosas. Plimer perdió pues el juez Sackville concluyó que el asunto no se refería a una "descripción mercantil" sino que era un asunto de libertad de expresión.

La identidad del Diluvio permanece sin prueba definitiva. Estoy convencido, por la evidencia, de la catástrofe del Mar Negro, que Ryan y Pitman han investigado con claridad ejemplar. Un enorme lago de agua dulce murió hace más de siete mil años y un mar de profundidades envenenadas fue creado en su lugar. Sin embargo, aún se requiere de un acto de fe para vincular este evento con el Diluvio bíblico, para permitir la perpetuación mítica del acontecimiento a través de tantas generaciones y por sobre una extensión geográfica tan amplia. Existen detalles, como el Arca misma o la identificación del Monte Ararat -- o sus vecindades -- como su último destino, que parecen a la vez demasiado específicos como inapropiados para la leyenda del Mar Negro. No obstante, la explicación más conservadora -- una inundación en la misma Mesopotamia, también tiene sus puntos débiles. Un acontecimiento histórico de tan supuesta magnitud debería haber dejado más evidencia directa de la que ahora existe. La interpretación más ilusa, no obstante, es con seguridad la lectura bíblica que afirma que las rocas son madera y que infla las evidencias batiendo dudosos restos para persuadir al devoto a traicionar su racionalidad.


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