|
Desde esta esquina siempre se ha notado que gran parte de las noticias, escándalos, problemas,
etc. relacionados con los barcos atracados en el puerto del Callao, mencionan naves panameñas,
tripulaciones malasias, banderas liberianas, capitanes filipinos. En Lima no deberían sorprenderse si pronto avistan una nave con bandera boliviana y capitán de Malacca. ¿Por qué?
El artículo de Jonathan Raban lo explica de manera informativa y amena.
|
|
| La Amenaza desde el Mar |
 |
Por Jonathan Raban
Título original: "The Threat from the Sea",
The New York Review of Books, Vol. 51, Núm. 13,
12 de Agosto de 2004.
Traducción de Alberto Loza Nehmad
Libro reseñado: The Outlaw Sea: A World of Freedom,
Chaos, and Crime, por William Langewiesche,
New York: North Point Press, 2004, 239 pp.
|
|
|
1.
|
|
"Sigue tu ritmo oscuro, profundo, azul Océano, ¡no te de tengas!" escribió Byron en un saludo fraterno al último gran espacio virgen del planeta. "...el Hombre deja su huella de ruinas en la tierra; su poder se detiene en la costa...". En 1818, Lord Byron difícilmente habría previsto que no pasaría mucho tiempo antes de que el hombre dejara su huella de ruinas también en el océano, envenenando mares enteros con sus desechos industriales o pescando en ellos con vastas redes sintéticas operadas por inmensamente poderosos cabrestantes hidráulicos. No obstante, el mar es aún inconquistable: a medida que el calentamiento global avanza, devastadoras tormentas comienzan a agitarse más fiera y frecuentemente que en tiempos de Byron, y el alcance de las leyes de tierra firme sobre la anarquía marina es, en todo caso, incluso más tenue ahora de lo que era entonces. La humanidad ha tenido siempre mucho que temer del ingobernable océano, y nunca más que en este periodo de terrorismo internacional, cuando quién sabe qué cosas abominables puedan pronto arribar a nuestras costas desde el espacio sin leyes de los mares del planeta.
La aplicación de las leyes nacionales a los acontecimientos de alta mar es tratada en un libro de fácil lectura de A. W. Brian Simpson,
Cannibalism and the Common Law [El canibalismo y el derecho consuetudinario], publicado en
1984.[1] Simpson, quien actualmente es profesor de derecho en la Universidad de Michigan, enfocó su atención principalmente en el famoso caso
Regina contra Dudley y Stephens, de 1884, originado en el infortunado último viaje de la
Mignonette.
A mediados de mayo de 1884, la Mignonette zarpó de Southampton, Inglaterra, con destino a Sidney, Australia, con una tripulación de cuatro marinos profesionales encargados de la misión de entregar la nave a su nueva propietaria australiana. El 5 de julio encontró una violenta tormenta en el Atlántico Sur, cuando una maniobra malamente calculada la puso de costado ante un rugiente mar. La fuerza del oleaje rompió la borda y una sección del forro del casco de sotavento; a medida que la nave se hundía rápidamente, la tripulación corrió hacia un bote salvavidas llevando consigo algunos instrumentos básicos de navegación y dos latas de nabos como únicas provisiones. Ellos habían arrojado medio barril de agua en el océano esperando recogerlo más tarde, pero se perdió de vista.
El 9 de julio, los náufragos atraparon una tortuga que pasaba cerca y se la comieron con huesos y todo. Alrededor del 21 de julio se habló de echar suertes para decidir cuál de ellos debería ser muerto para servirles de alimento, aunque parece que el sorteo no tuvo lugar. El 24 de julio, el capitán, Tom Dudley, un devoto anglicano practicante, llevó su navaja a la garganta de Richard Parker, el grumete de 17 años, cortándole la yugular y recogiendo su sangre en la caja del cronómetro. El 29 de julio, cuando los sobrevivientes aún se alimentaban con los restos del joven Parker, fueron descubiertos por un barco alemán y devueltos a Inglaterra, donde el capitán y el maestre (el marinero se vio libre de la acusación porque se lo necesitaba como testigo de la Corona) fueron llevados a juicio por asesinato.
Legalmente hablando, un barco se parece mucho a una embajada flotante, es el separado trozo de una tierra cuya bandera enarbola el navío; así, los marinos a bordo de una nave inglesa están sujetos a las mismas leyes que gobiernan a sus compatriotas de tierra. La
Mignonette era una nave registrada en Inglaterra, y si el acto de canibalismo hubiera tomado lugar a bordo, no hubiera habido ninguna duda acerca de la jurisdicción de las cortes inglesas sobre el caso. No obstante, como arguyó el abogado defensor de la tripulación, Richard Parker no había sido muerto en un barco registrado, sino en un bote, y además en aguas internacionales, así que ninguna corte inglesa ni ninguna otra podía tratar un caso relacionado con un acto cometido en un medio totalmente salvaje y sin leyes. Esta ingeniosa propuesta no fue bien defendida por el abogado defensor, Arthur Collins (más tarde Sir Arthur Collins), del Consejo de Su Majestad, quien durante el juicio estropeó la mayoría de sus mejores argumentos. Los jueces no entendieron sus puntos de vista. En su libro, sin embargo, Brian Simpson da a esta primera línea de la defensa más crédito del que se le concedió en aquel entonces.
La segunda línea de la defensa (nuevamente mejor explicada por Simpson que por el abogado) argüía que las circunstancias en que se encontraron esos hombres habían sido tan extremas que las leyes de tierra difícilmente podrían aplicarse a ellas:
|
|
En condiciones desesperadas tales como las que confrontaron Dudley y Stephens [el maestre a bordo de la
Mignonette], los hombres se encuentran reducidos por las circunstancias a un estado en el cual es completamente incongruente pensar en que puedan aplicarse las leyes. Se encuentran en un estado de la naturaleza en el que no hay derechos, obligaciones o crímenes definibles legalmente... Las leyes existen para regular las situaciones sociales en condiciones normales, no en situaciones completamente anormales, cuando la sociedad se diluye. Arthur Collins intentó este enfoque, pero nunca formuló la idea con toda claridad. Los jueces parecen haber sido incapaces de entenderla...
|
|
Los perplejos jueces de esa corte ansiosamente trataron de contrarrestar la opinión pública expresada en los bares de los puertos de Inglaterra, donde había pocas dudas acerca de que el juicio constituía un ultraje. La tradición popular marinera resultaba bastante clara, en contraste con las leyes marinas: siempre que se hubiera echado suertes de manera apropiada antes del hecho, la tripulación de la
Mignonette había cumplido las reglas y no podía ser culpable de ningún crimen. La simpatía del público estaba con los hombres de la tripulación y contra los jueces y fiscales. El mar tenía su propio código de justicia, y la torpe invasión de hombres con togas y pelucas era tenida como una impertinente trasgresión a una consagrada tradición marinera según la cual el "canibalismo de supervivencia" era una práctica social aceptada.
Los periódicos de la época se pusieron del lado de los jueces: la idea de que el mar fuera un espacio sin leyes en una época en la que el mar constituía el sistema arterial de comunicaciones del Imperio Británico, era una afrenta peligrosa para el orden existente. Como editorializaba el
Spectator:
|
|
La convicción de que tales asesinatos se hallan justificados por la ley de defensa propia y que no son, por tanto, ilegales, está tan generalizada entre quienes se hacen a la mar y ha infectado tanto la literatura naval, que un solemne pronunciamiento judicial en sentido contrario, pronunciado por más de un juez, se hace indispensable.
|
|
El jurado halló a los acusados culpables de asesinato según la acusación fiscal, pero pidió clemencia en nombre de ellos. El juez los sentenció entonces a la pena de muerte, aunque sin llevar puesto el tradicional gorro negro usado en tales circunstancias. La sentencia fue casi inmediatamente conmutada por otra de seis meses de prisión sin trabajos forzados. La sociedad había sido protegida de las salvajes costumbres del mar por el más solemne pronunciamiento del código Inglés ("Usted será llevado a la prisión de donde vino, y el día designado para el propósito de vuestra ejecución usted será colgado por el cuello hasta morir") mientras los abogados marítimos de los bares portuarios eran pacificados por la brevedad del tiempo en cárcel que pasarían los acusados por su crimen. El capitán Tom Dudley se ganó el más alto reconocimiento victoriano: Madame Tussaud encontró un espacio para su efigie en su museo de cera.
El libro de Simpson, que se explaya en la discusión de historias sangrientas sobre hombres en graves apuros en alta mar, documenta de manera memorable la atenuación de las leyes y sus alcances en aguas internacionales. El apreciado principio de "libertad de alta mar" es difícilmente separable del problemático hecho de que el océano es una vastedad licenciosa donde la gente ha sido siempre capaz de salir bien librada como no lo sería en tierra.
|
|
2.
|
Recién acabado su reportaje sobre el caos que sobrevino a la zona de las Torres Gemelas después del atentado del 11 de septiembre, William Langewiesche se ha vuelto hacia el rampante caos legal del mar en el siglo XXI. Su más reciente libro,
The Outlaw Sea [El Mar proscrito] es en parte una secuencia de lúcidas y a menudo emocionantes historias sobre recientes naufragios, hundimientos y actos de piratería. Es también un perturbador encomio de las leyes, tratados, convenciones, tradiciones y organizaciones que, dirigidos a regular los mares, logran con éxito crear una miríada de trampas legales a ser explotadas por ingeniosos inescrupulosos. De acuerdo a Langewiesche, en los acuosos siete décimos del planeta se encuentran desperdigadas cerca de 143,000 naves: la mayor parte de ellas navegando bajo "banderas de conveniencia" y registrada en países tales como la isla de Tuvalu en el Pacífico; muchas naves son peligrosa chatarra oxidada, casi todos los barcos navegan con una tripulación menor a la necesaria y con salarios tercermundistas. Los propietarios de estas naves, escondidos tras múltiples compañías de fachada, son difíciles y a veces imposibles de identificar. Aunque ahora existe una Ley Internacional del Mar (aún no ratificada por los Estados Unidos) y un organismo encargado de hacerla cumplir, la Organización Marítima Internacional, hasta la fecha los mejores intentos de controlar los océanos, la Ley y la Organización, han resultado ser alarmantemente inefectivos. Mientras, como Langewiesche destaca de manera muy directa, Osama Bin Laden y sus asociados "están en el negocio naviero" con una considerable flota de viejos transportes. La ubicación y las identidades de estas tan buscadas naves son desconocidas: según los usos del mar, sus nombres actuales y las banderas bajo las que navegan se encuentran tan profundamente hundidos en un océano de documentación engañosa, que se encuentran más allá de cualquier eventual descubrimiento.
La bandera de conveniencia, la más frágil de todas las ficciones legales, tiene mucha culpa de la ausencia de leyes en los mares. Pocas naves dedicadas al comercio internacional han avistado alguna vez el puerto de registro que muestran pintado sobre la popa. Barcos que son poseídos y operados por entidades al interior de los Estados Unidos y la Unión Europea, recorren el mundo como separados pedazos de tierra de Liberia o Belice, sujetos a las tolerantes provisiones legales de las leyes liberianas o beliceñas que reglamentan su tripulación, paga, mantenimiento y seguridad. Últimamente, los dueños de las naves pesqueras han asumido el cambio de bandera como una forma de evadir las onerosas medidas de conservación del medio ambiente dictadas por sus reales países de origen. Es un sistema que asombra, como Alicia en el País de las Maravillas, y que resulta irresistible tanto para los armadores prudentemente cuidadosos de sus costos como para quienes conspiran para quebrar la ley.
Langewiesche manifiesta que la práctica de cambio conveniente de bandera
|
|
comenzó durante los inicios de la Segunda Guerra como una invención norteamericana aprobada por el gobierno de los Estados Unidos, con el fin de eludir sus propias leyes de neutralidad. La idea consistía en permitir a los barcos de propiedad norteamericana cambiar su bandera por la de Panamá, para poder ser utilizados para remitir materiales a Inglaterra sin preocuparse de que esa acción (o pérdida) pudiera arrastrar a la guerra a Estados Unidos.
|
Entiendo que los cambios de bandera debidos a mezquinas razones comerciales comenzaron bastante antes de la Segunda Guerra, y que los sindicatos marineros en los Estados Unidos lucharon contra ellos durante los años treinta. Es interesante que la novela
Tifón, de Joseph Conrad, comience con el ominoso cambio de bandera del vapor
Nan-Shan, cuyos coloniales propietarios británicos, los Sres. Sigg e Hijo, "juzgaron necesario que pasara a navegar bajo la bandera de Siam". Para el Sr. Jukes, el maestre, el cambio de bandera es una afrenta (de manera reveladora, la bandera muestra un elefante blanco sobre un fondo rojo); por su lado, el obtuso y poco imaginativo capitán MacWhirr, para Conrad modelo de la nueva hornada de capitanes de la era del maquinismo, no ve nada malo en ello. Determinado a mantener el itinerario y a ahorrar a los Sres. Sigg el costo del carbón extra necesario para navegar rodeando la tormenta, MacWhirr insiste en conducir su nave directamente a través del centro del tifón. Parte de los propósitos de Conrad es que asociemos los varios incidentes desafortunados que le suceden al
Nan-Shan y su trágico cargamento de doscientos culíes chinos, con la "bandera rara" bajo la cual navegan más allá del alcance y la protección de las leyes inglesas. Al final de la historia, Jukes escribe una carta a un amigo, quejándose de que el cambio de bandera había dejado a la nave en una situación de precaria soledad legal:
|
|
Navegar por los mares de China sin un cónsul propio, sin siquiera una nave cañonera propia en ningún lado, ni nadie a quien acudir en caso de problemas, es un estado de soledad infernal para un nave.
|
Como claramente vio Conrad hace cien años, el cambio de bandera convierte a las naves en huérfanas sin ley, en ingobernables "pirañitas" del mar.
Al menos existía (en la deseosa frase de la Ley Internacional del Mar), un
vínculo genuino entre el vapor Nan-Shan y su bandera siamesa. Tal vínculo no existe ahora. Langewiesche esboza amenamente la alegre comedia de las banderas de conveniencia:
|
|
Panamá es la nación marítima más grande de la tierra, seguida por la sangrienta Liberia, apenas existente. Tampoco se requiere poseer costas. Hay naves que se identifican como provenientes de La Paz, capital de la mediterránea Bolivia. Otras naves ondean una bandera originaria de los desiertos de Mongolia. Además, los registros mismos raramente están basados en los países cuyos nombres llevan: Panamá es considerada una "bandera" pasada de moda porque los mismos consulados panameños tramitan el papeleo y cobran los pagos por el registro de las naves, mientras "Liberia" es administrada por una compañía en Virginia, "Camboya" por otra en Corea del sur y la orgullosa e independiente "Bahamas", por un grupo en la ciudad de Londres.
|
Durante el curso de su carrera, es probable que una nave sea administrada por una sucesión de nombres de países y banderas diferentes, y que cambie de identidad al capricho de su propietario, muy posiblemente durante el curso de un mismo viaje; así, el carguero
Jane podría zarpar del puerto de Baltimore registrado en Tuvalu para arribar a Marsella como la
Emma de las Islas Caimán. Una historia frecuentemente oída en los puertos se refiere a una nave (de propietario local, como siempre le aseguran a uno) que zarpó hace unos pocos meses y que fue dada por perdida en el mar; de hecho, como manifiestan quienes cuentan la historia, la tripulación aprovechó un día de calma en medio del océano para sacar las latas de pintura y la nueva bandera. El dinero pagado por la compañía aseguradora sumó varios millones. La nave se encuentra navegando bajo un nuevo alias y una nueva nacionalidad. Verdadera o no, la historia no es la mitad de lo imposible que debería ser.
Si la identidad de una nave es potencialmente fluida hasta el extremo, la identidad del propietario no lo es menos. Langewiesche cita el caso de
Erika, un envejecido buque tanque registrado en Malta que se partió en dos frente a las costas de Bretaña cuando transportaba 22,000 toneladas de petróleo desde Dunkerke hasta Livorno en Italia, dejando millas de costas francesas cubiertas de una viscosa mancha negra. El capitán declaró que "ni él mismo tenía idea de quién podía ser el dueño"; sus únicos tratos los había hecho con una compañía administradora en Rávena, Panship Management & Services:
|
|
Panship trabajaba para el dueño registrado de la nave, Tevere Shipping, de Valleta (Malta), que a su vez era propiedad de otras dos compañías, Agosta Investments and Financiers Shipping, ambas con domicilio legal en Broad Street No. 80, Monrovia, Liberia. De alguna manera, en la constelación de nombres detrás de esta sola nave, parecía haber otras compañías: en Suiza, las Bahamas, Panamá e Inglaterra. También había varios bancos, incluido uno de Escocia y una sucursal suiza del banco francés Credit Agricole. Después de un mes tratando de seguir esas conexiones, la investigación oficial francesa admitió su derrota.
|
Finalmente, el periódico marítimo Lloyd's List, rastreó la propiedad de Erika hasta llegar a un chispeante italiano llamado Giuseppe Savarese, quien manifestó hallarse "entretenido" por el clamor público, y se preció de la excelente condición de la nave al momento de quebrarse en alta mar. (Un mes después, en enero de 2000, Savarese se halló nuevamente en problemas con otro malamente corroído buque,
María S., registrado en Malta, el cual fue detenido en Sicilia. En agosto de 2000, cuando este buque fue decomisado en Amsterdam, se había convertido de
María S. en Sandrien, nave de propiedad mauritana y registro boliviano.
Tratar de imponer el orden en este mundo marino es como tratar de reunir mercurio derramado. Como Langewiesche ampliamente ilustra, las inspecciones obligatorias de navegabilidad son corrientemente aprobadas sobresalientemente por naves que con propiedad deberían ser clasificadas como desechos peligrosos. Después de los atentados del 11 de septiembre, la administración de Bush hizo de los guardacostas una rama del Departamento de Seguridad Interior, y desde entonces los esfuerzos norteamericanos para regular el tráfico marítimo con destino hacia los Estados Unidos han tomado un aire de urgente pánico. Hasta ahora, estos esfuerzos han producido poco más que montones de papeles que los capitanes deben llenar, junto con vagas declaraciones de que pronto todo estará bien:
|
|
En Washington hablan sin sonrojarse de un futuro bajo control en el cual los marineros pasarán concienzudas revisiones de sus antecedentes y recibirán papeles de identidad infalsificables y biométricamente verificables por parte de gobiernos honrados, apropiadamente equipados y cooperativos. Panamá, por ejemplo, garantizará la integridad de, digamos, una tripulación indonesia que trabaja en una nave operada por una compañía de las Islas Caimán en nombre de un griego anónimo. Esta es una visión tan desconectada de la realidad que podría provocar preguntas acerca de la sanidad mental del gobierno de Estados Unidos.
|
En Róterdam, Langewiesche habló con un funcionario marítimo holandés que había observado el recientemente introducido sistema norteamericano de preinspección de contenedores antes de ser embarcados:
|
|
"Vea. Si usted desea enviar una bomba... ¡es tan simple! Las oportunidades de que sea detectada son casi cero". Él no estaba siendo crítico sino simplemente descriptivo. Como creyente del buen gobierno pero expuesto largamente al caos del océano, parecía haber aprendido la dura lección de que las herramientas gubernamentales podrían simplemente no ser aplicables.
|
|
3.
|
La mayoría de los lectores del libro de Langewiesche encontrarán vívidos recuerdos de específicos desastres en el mar: el rompimiento del tanque maltés
Kristal frente a la costa atlántica de España en 2001; el abordaje pirático de la nave de matrícula japonesa
Alondra Rainbow en los estrechos de Malaca en 1999 y la subsiguiente reaparición de esa nave como la
Mega Rama, con bandera de Belice, frente a las costas de India unas pocas semanas después; y, más espectacularmente, el hundimiento del enorme ferry
Estonia en el mar Báltico en 1994, con una pérdida de al menos 852 vidas. Un naufragio, o un acto de piratería, consiste en una compleja secuencia de acontecimientos que requiere, de quien quiera narrarlo, que se encuentre en todo sitio a la vez, y que esté en cómoda posesión de un arcano conocimiento técnico acerca de la construcción y diseño de naves, de navegación y de embarques, y de los efectos del viento y del agua en mares tempestuosos. Además, el autor necesita tener la habilidad de un novelista para bosquejar las respuestas de las personalidades individuales ante situaciones de extrema tensión.
El recuento que hace Langewiesche del hundimiento del
Estonia y de la investigación internacional que le siguió, es una magníficamente sucinta muestra de maestría reporteril.
Uno podría comparar su narración con el excelente libro
de Walter Lord sobre el
Titanic, Una noche para recordar (1955), pero Langewiesche es un prosista más logrado que Lord, y su manejo de los detalles técnicos es más seguro. Es también un astuto arquitecto literario: incluso cuando nos hallamos completamente absortos en el envolvente drama de la pérdida de una gran nave en medio de una tormenta, nunca se nos permite perder de vista el hecho de que el drama no es sino una rama de un argumento más amplio acerca del fracaso de tierra firme en comprender, para no decir controlar, la caótica naturaleza del mar.
El ferry Estonia (antes Viking Sally,
Silja Star y Wasa King), construido en Alemania, registrado tanto en Tallin, la capital estonia, y en Chipre, y propiedad conjunta de una compañía de fachada del estado estonio y de una línea de navegación sueca, se hundió en la accidentada costa del suroeste de Finlandia cuando se hallaba en ruta de Tallin a Estocolmo. Los gobiernos de Suecia, Finlandia y Estonia dispusieron inmediatamente una Comisión Conjunta de Investigación del accidente para establecer la causa del desastre, a primera vista una tarea no muy difícil pues pronto se hizo claro que la plataforma de entrada, aquella porción de la proa que se levanta para permitir que los vehículos entren o salgan del ferry, se había desprendido, permitiendo el acceso irrestricto del agua a la cubierta donde se transporta los automóviles. Finalmente, la comisión con sus paneles de expertos de las tres naciones, se reunió por tres largos años sin llegar a ninguna conclusión, oyendo a los abogados referir historias contrapuestas.
Entre las causas propuestas estaban: que la plataforma de entrada había sido malamente diseñada por el constructor alemán; que había sido pobremente mantenida por los estonios, quienes habían dejado que su empaquetadura se corroyera, y que por tanto destruyera la integridad de la estructura de la proa; que el capitán estonio, entrenado en la Unión Soviética, no sabía diferenciar entre babor y estribor y que había conducido su nave con un irresponsable desinterés por el mar y el clima, y con una encallecida falta de consideración por sus pasajeros; que algunos negligentes inspectores de seguridad (estonianos, otra vez) eran los culpables; que una bomba había volado la plataforma y que otra había abierto un agujero bajo la línea de flotación por el lado de babor. Una periodista y cineasta alemana, Jutta Rabe, tenía la explicación más embrollada. En palabras de Langewiesche:
|
|
Inescrupulosos elementos en Rusia habían vendido un arma secreta al Pentágono y la estaban llevando a los Estados unidos de contrabando, vía Estocolmo, en un camión a bordo del ferry. Un científico ruso con un maletín lleno de documentos muy comprometedores acompañaba el envío. Para evitar que el trato prosperara, ex agentes de la KGB subieron a bordo de la nave y dispararon al científico, al capitán y a un marinero en la cubierta de los autos. Entonces, colocaron cargas explosivas en las cerraduras de la puerta de proa y en el casco, detonándolas y escapando en un bote salvavidas. Después, los suecos, los fineses y los estonios fueron envueltos en una maniobra de encubrimiento norteamericana tan intensa que incluía la necesidad de hacer desaparecer al capitán de relevo de la nave, quien se había salvado, pero que de alguna manera sabía mucho.
|
La periodista Rabe, quien ha hecho una serie de cortos documentales y una película
(Tormenta en el Báltico) acerca del Estonia, fue igualada en su celo obsesivo por Peter Holtappels, el abogado que representaba a los constructores y cuyo espléndidamente detallado relato del hundimiento exoneraba a sus clientes de todo asomo de culpa. La historia de Holtappels también admitía la posibilidad de una bomba.
Así, el Estonia se volvió a hundir, pero en un mar de papeles. La Comisión Conjunta encontró muchas cosas, pero fue incapaz de articularlas en una sola explicación coherente de por qué había sucedido la tragedia. Principalmente, lo que emergió de las investigaciones fue, como es usual, el oscuro e irregular carácter del mar y de todo cuanto sucede en él.
|
|
4.
|
Langewiesche repetidamente toca, aunque sin discutirlo en detalle, el asunto del terrorismo marítimo. Los aceptables temores de una "bomba sucia" venida del mar y que disperse una nube tóxica de ricino o de cesio 137 por sobre una ciudad, están rápidamente cambiando la cultura portuaria de los Estados Unidos. Seattle, donde vivo, es un ejemplo claro.
Antes del 11 de septiembre, Seattle, ubicada posesivamente en su largo y plácido fiordo, miraba hacia el mar con saludables expectativas: se esperaba inmensos desembarques de salmón del Pacífico, mineros de Klondike (tontos y rápidos gastadores), todos los beneficios del comercio con Asia. La ciudad se extiende inocentemente abierta al mar, viendo en cada barco cargado de contenedores que se aproxima, a medida que circunnavega West Point y da la vuelta dirigiéndose a la bahía Elliot, la perspectiva de más dinero para las arcas de la ciudad.
Eso no sucede más. El terminal para contenedores de Harbor Island, antes el lugar donde los padres llevaban a sus hijos para su primera lección de manejo por sus amplios y vacíos espacios, se ha convertido en una fortaleza de nuevos muros de concreto, nuevo alambre de cuchillas, nuevas cercas de cadenas. Bien armadas lanchas guardacostas patrullan la bahía Elliot. Cada barco que llega es revisado como un minucioso portador de muy malas nuevas.
Seattle constituye un objetivo del terror, al menos para el Departamento de Seguridad Interna. En la primera ronda de fondos federales para "áreas urbanas altamente densas y altamente riesgosas", Seattle fue una de las siete ciudades señaladas por su extensión (las otras fueron Nueva York, Chicago Washington D.C., Houston, Los ángeles y San Francisco). El pasado mayo, Seguridad Interior, el Departamento de Justicia, el FBI y varias otras agencias montaron un simulacro de catástrofe terrorista con el nombre de TOPOFF 2, diseñado para probar el estado de la preparación de los servicios de emergencia. Chicago y Seattle fueron elegidas para el ejercicio. En Chicago, el ataque vino desde el aire, desde un avión fumigador que esparció gérmenes de la plaga neumónica sobre la ciudad; en Seattle vino desde el mar, como una bomba contaminante escondida en un contenedor que explosionó en Harbor Island. Para simular los efectos de la explosión, se acordonó varias manzanas de la ciudad y se las regó con vidrios rotos, ómnibus volcados y restos humeantes. Las víctimas fueron representadas por actores y voluntarios: los "muertos" fueron evacuados en camillas rodantes hacia la morgue, mientras los "supervivientes" eran llevados al Hospital Harborview para ser descontaminados. El ejercicio en ambas ciudades (en el cual muchas cosas funcionaron mal) fue seguido vía satélite desde Washington, D.C.
Seattle es una gran tentación para los terroristas. Su terminal para contenedores está más estrechamente integrado al centro de la ciudad que cualquier otro puerto de los Estados Unidos. Un buen lanzador de béisbol, desde el muelle, podría alcanzar el Estadio Safeco, donde los Mariners de Seattle han tenido una larga serie de derrotas este año. Los edificios de la banca y seguros del distrito comercial están muy cómodamente situados dentro del radio de una milla desde el puerto. No sorprende que en la ciudad se haya despertado una fiebre de aparatos de ansiosa vigilancia, desde cámaras para circuito cerrado hasta anónimas cajas grises con receptores para detectar la presencia de patógenos en el aire.
Más que otras ciudades, Seattle tiene razones para estar consciente de la ausencia de leyes en el mar. En el curso de dieciséis días después del milenio, el Servicio de Inmigración y Naturalización (INS), actuando en base a avisos confidenciales, revisó cuatro naves que arribaron a Harbor Island provenientes de Hong Kong y encontró un total de sesenta inmigrantes chinos ilegales escondidos en contenedores. No se aclaró quién había alertado al Servicio de Inmigración ni por qué (quizá una guerra de pandillas en China continental había producido las llamadas anónimas a las autoridades americanas); pero por solo unas semanas se abrió una ventana hacia una principal ruta del contrabando. Los candidatos a inmigrante habían pagado (o estaban debiendo) cerca de 40,000 dólares por el viaje, y los contenedores interceptados deben haber representado solo una minúscula fracción de lo que evidentemente era un negocio enorme y generalmente exitoso. Como expresó el subdirector del INS al
Seattle Times en enero de 2000:
|
|
Los contenedores son engañosamente difíciles. Son un problema... Los contenedores traen un flujo de negocios legítimos, pero los criminales aprenden a aprovecharse de ellos.
|
Incluso ahora, se dice que solo el 2 por ciento de los contenedores reciben una inspección de su contenido antes de ser embarcados, y este es probablemente un estimado optimista. Un sistema de inspección más exhaustivo y prolongado amenazaría con llevar al comercio internacional a una paralización y sería, de cualquier modo, incapaz de desanimar a un terrorista con las intenciones de remitir, por decir, dos láminas de explosivo plástico Semtex con una carga radiológica o biológica extra. Un solo barco puede llevar hasta 4,000 contenedores, teniendo el contenedor promedio una capacidad de 2,720 pies cúbicos (77 metros cúbicos), un vasto espacio donde sería fácil esconder un objeto tan compacto como una bomba contaminante. Las ciudades portuarias de los Estados Unidos tienen buenas razones para sentirse inquietas.
El primero de julio, la largamente anunciada Operación Comercio Libre del gobierno federal empezó a ser puesta en marcha y, de las 265 naves que arribaron ese día, los guardacostas negaron el permiso de entrada a seis naves de bandera extranjera debido a que sus documentos no estaban en orden. Tom Ridge ha descrito la nueva medida como una que "está creando una cultura de seguridad en puertos de todo el mundo", aunque su impacto real es caracterizado de manera más franca por William Langewiesche:
|
|
El único efecto seguro de los nuevos reglamentos es que los operadores legítimos, quienes no significan una amenaza, se adecuarán a ellos; pero es probable que los terroristas también lo hagan y que, como muchos dueños de embarcaciones de hoy en día, evadirán la detección sin romper los procedimientos y las regulaciones, sino más bien usándolos para esconderse. Esto sería muy fácil de hacer. Paradójicamente, cuando una nave que se aproxime a los Estados Unidos no cumpla los reglamentos, será porque es negligente y por tanto, casi por definición, inocente.
|
La guerra asimétrica o de "cuarta generación" enfrenta a un estado nacional contra un enemigo que está en todas partes y en ninguna a la vez, uno que no tiene bandera, ejército uniformado, ciudad capital ni geografía discernible. Para tal enemigo, el mar es el lugar más amigable del planeta, el hábitat natural del terrorista internacional. A éste, las ambigüedades legales del mar le caen muy bien, le ofrecen reserva, anonimato y la capacidad de cambiar identidad según convenga. El laxo internacionalismo del océano podría haber sido expresamente diseñado para adecuarse a la organización medio suelta, dispersa, fugitiva y paranacional que ahora se nos enfrenta. El oxidado barco mercante es un arma potencial que podría traer la muerte en una escala considerablemente más alta que el 11 de septiembre, y las probabilidades de que una nave arribe al corazón de su objetivo sin ser detectada, son tan altas que los terroristas difícilmente se resistirán a pensar en ello.
Como Langewiesche terroríficamente deja en claro, muy poco es cuanto los gobiernos pueden hacer para regular las nefarias actividades en alta mar. (Por supuesto las aguas costeras son otro asunto). El tentador primer paso sería realizar un esfuerzo internacional para terminar con la práctica del cambio de bandera; algo que tomaría, en el mejor de los casos, una generación para lograrse, y bien podría resultar finalmente algo que difícilmente valga la pena, puesto que todo lo que lograría en la práctica sería establecer vínculos "genuinos" entre las naves y el estado del cual llevan la bandera (y los estados delincuentes también tienen banderas). La lección del libro de Langewiesche es que la ley más rígida se vuelve blanda, flexible y plegable tan pronto como se extiende más allá del límite territorial de las doce millas. Y ninguna ley del mar, ratificada no importa por cuántas naciones, podría mantener a al-Qaeda o a sus espíritus gemelos fuera del negocio naviero.
|
[1]
A.W. Brian Simpson,
Cannibalism and the Common Law: The Story of the Tragic Last Voyage of the Mignonette and the Strange Legal Proceedings to Which It Gave Rise (University of Chicago Press, 1984), 353 p.
|
|
|
|
| |
|