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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Carlos Meneses
Edén Moderno<br>Carlos Meneses, novelista del Perú Edén Moderno
Carlos Meneses, novelista del Perú


Por Marco Martos
Fuente: Diario Expreso, 16 de mayo 2004

Con Edén moderno, Carlos Meneses ha ganado el premio Vicente Blasco Ibáñez de novela, convocado por la ciudad de Valencia en España, en 2002. La novela acaba de ser editada y algunos ejemplares han llegado a Lima.
 
Tal vez lo más característico de la obra literaria de Meneses es su desaforado amor por la literatura. Periodista de garra, se hizo conocido en Lima a fines de la década del cincuenta y comienzos de la del sesenta, cuando alternaba sus vigorosas crónicas con su actividad teatral. En esos años recibió el Premio Nacional de Teatro.
 
 
Inmigrante literario
 
Un buen día, como otros peruanos, se marchó a Europa, donde reside desde 1963. Desde Palma de Mallorca, lentamente pero de manera muy firme, se ha ido haciendo de un prestigio literario del que apenas se tiene noticia en el Perú. Especialista en Borges, Darío, Vallejo y Oquendo de Amat, sobre cada uno de ellos ha hecho aportes decisivos a la crítica. Por ejemplo, es el autor del libro más importante sobre Oquendo de Amat y el descubridor de los primeros poemas de Jorge Luis Borges, escritos precisamente en Palma de Mallorca, desperdigados en revistas e ignorados por editores y por el propio autor, entre los que sorprende uno dedicado a Lenin, ¡quién lo creyera!
 
Pero no es la faceta de crítico de Carlos Meneses la que queremos destacar; es la condición de creador, de novelista, cuentista y poeta. Autor de varias novelas, entre ellas Guachos rojos (1996) y A quién importa el prójimo (2000), gana ahora en España con Edén moderno un prestigio y una difusión que nuestro país, como suele suceder, le venía mezquinando. Sus poemas se difunden en revistas españolas y están al alcance de lectores peruanos en Internet.
 
¿Nadie es profeta en su tierra…?
 
El tema amerita una reflexión que atañe al destino de nuestra literatura y de nuestros escritores. Ser escritor en el Perú, y Meneses es un ejemplo paradigmático, es enfrentarse a una situación paradójica: de un lado, tenemos una vigorosa tradición, con escritores de talla universal que son hermosas simientes para nuevas vocaciones y, de otro, hay una escasez de editoriales y unos pocos lectores, aunque hay avidez por serlo, como se comprueba por el relampagueante éxito de las publicaciones económicas.
 
Migrar, para un escritor, no es fácil y la migración no es en sí misma ninguna garantía de éxito literario. Pero si, simplificadamente, pensamos que algunos escritores que se mudan de país consiguen que sus obras circulen en editoriales de circulación hemisférica, y los ejemplos que vienen a los labios son, obviamente, los de Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce, solitarios gonfaloneros de nuestras letras, ¿qué pasa con los demás? A muchos se los tragan las dificultades y terminan por distanciarse de la literatura como creación, ganados por la cátedra universitaria o por otros tristes oficios, más alejados todavía de la escritura. Pero hay unos cuantos como Carlos Meneses, que no fulguran al comienzo sino que van construyendo una obra extensa, sutil y profunda. Eso tiene mucho mérito. Y otro más todavía: la persistente voluntad de Meneses de continuar relacionado con el Perú, de insistir en querer formar parte de la tradición literaria del país, de dos formas: eligiendo temas que son peruanos y manejando una lengua, si bien de un español estándar, salpicado de palabras nuestras fácilmente reconocibles. Además, Carlos Meneses quiere ser leído por sus pares peruanos, los escritores, y hace mucho por querer estar comunicado con ellos por internet. Hacemos un pedido público a los importadores de libros desde España: traigan la novela Edén moderno, pues seguramente tendrá mucha aceptación en el público deseoso de verdaderas novedades.
 
Apostillas al Edén Moderno
 
Se sabe desde tiempos antiguos que los espacios para cantar no son muchos: paraíso, Edén, tierra y cavernas, lugares repletos de simbolismo y que aparecen señalados en las obras de Homero, Virgilio y Dante y en la Biblia. De todos los autores nombrados, es Dante el que abarca más espacios con su imaginación poderosa. Homero se refiere a los dioses olímpicos, a los conflictos y peripecias de los héroes en la tierra, es capaz de bajar a las cavernas para dialogar con los muertos. También Virgilio relata hazañas, las de Eneas, amores, los de Dido y del propio héroe troyano, también se aventura en lo oscuro, entre los desaparecidos. Si hablamos sólo de espacios, la Biblia es el libro ecuménico, no sobrepasado por ningún otro. Habla de los cielos, de la tierra y del infierno pero reserva un espacio para un lugar ideal como residencia del hombre: el Edén. Pero, por mucho que busquemos el Edén, ese lugar ideal, el paraíso terrenal, este prácticamente ha desaparecido de las obras literarias y casi ni se le menciona, ni siquiera ocasionalmente.
 
Meneses retoma el símbolo bíblico, lo trasmuta, lo hace limeño. Si Baudelaire quería bajar las gradas del pecado para llegar al cielo, el lugar llamado Edén moderno en la novela del mismo título no es otra cosa que un enorme lugar de diversión con todos los matices que van desde una sanidad comprobada hasta espacios de dudosa reputación, todo en el mismo local, apenas separados por pasillos, luces y porteros. El Edén ya no es el lugar de la inocencia bíblica sino un palacio del nuevo Moloch, el dios dinero, y quien posea ese bien líquido es el portador de la dicha aparente, la única que parece existir. 
 
En la novela La caída, de Albert Camus, un bebedor se confiesa en la barra frente al barman y habla y habla desde el comienzo hasta el final. Nunca sabemos lo que piensa el barman. De manera diferente, en Edén moderno el multimillonario dueño del local conversa que te conversa con un amigo suyo, compañero de aula de décadas atrás. La imagen es esta: un hombre de éxito que trata con cuidado a otro que la ha ido pasando más mal que bien como periodista, profesor, vendedor de libros, publicista, andariego trotamundos. ¿Qué tienen en común? Aparentemente nada, sólo un pasado remoto. ¿Qué porvenir tendrán juntos? Todo induce a pensar que nada. La maestría verbal de Meneses lleva el hilo de la conversación por vericuetos que resultan siempre novedosos para el lector. Es la persuasión la cualidad que se ve en la entrelínea de cada diálogo y, poco a poco, los antiguos amigos tan disímiles van encontrando otra vez caminos comunes y un pasado lleno de peripecias y conflictos que los hermanan definitivamente.
 
En Meneses ha ocurrido, literariamente hablando, un fenómeno parecido al que en otra época vivió Vallejo: la lejanía del país sirve para nutrirse de experiencias variadas, pero al mismo tiempo para regresar con fuerza al lar natal. 
 
La carátula del libro, que muestra una hermosa muchacha con aspecto de maniquí, puede parecer poco peruana al comienzo, pero es emblemática de los tiempos que corren: por sus apetencias, en medio de su pobreza extremada, Lima se parece a cualquier capital del mundo.
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