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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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La independencia del Perú en Puno

Por Gustavo Montoya Rivas
Fuente: Librosperuanos.com
Enero, 2019

La independencia del Perú en Puno1, es una importante publicación que reúne cuatro textos de imprescindible lectura para reflexionar el proceso de la independencia del altiplano desde una perspectiva histórica de Larga Duración. Su pertinencia en la actual coyuntura es decisiva, pues va a contracorriente, de cierta tendencia y moda historiográfica que viene privilegiando la microhistoria regional con el énfasis puesto en el aspecto político de la guerra, descuidando el hecho militar como experiencia constitutiva de todo el proceso independentista 2
 
Esta colección puede dividirse en dos secciones. La primera consta de dos volúmenes escritos por Néstor Pilco Contreras y René Calcín Anco. Y la segunda está compuesta por otros dos volúmenes titulados Artículos y Documentos, respectivamente, en los que también intervienen Hugo Apaza Quispe y Mauro Ayamamani Yanqui. 
 
La primera impresión que causa esta colección de libros, es el ánimo de practicar una historia total e invitar a los lectores a que tengan una visión extensa del proceso general de la guerra por la independencia en Puno, de sus antecedentes inmediatos y lejanos, de sus consecuencias en la configuración de la posterior historia republicana. Del conjunto de artículos y documentos editados, el lector interesado puede acceder a una diversa y compleja narrativa sobre la guerra. Es de destacar a este respecto como, desde muy temprano, ya diversos autores razonaban sobre el aspecto inconcluso de la independencia del Perú en general y de la región de Puno en particular. Es el caso, por ejemplo, de Choquehuanca (1833) y Juan Bustamante (1849). 
 
 Otro aspecto notable es la generosa recuperación de personajes locales con nombre propio que intervinieron en favor de la emancipación desde muy temprano. Las grandes categorías de clases, grupos sociales y de etnias son sustituidas con el nombre de hombres y mujeres que desde sus imperativos éticos y sociales apostaron por la cancelación del oprobioso sistema de dominación y explotación. Restituir el rostro humano a la guerra e identificar a sus protagonistas estelares locales. 
 
De otro lado, los autores han optado por una vía opuesta a la reciente historiografía sobre la independencia, que ha exorcizado la perturbadora presencia de Túpac Amaru3  como un actor ideológico que antecede a la guerra separatista, pero que en esta publicación, recupera la centralidad que tuvo para los propios actores políticos y militares de dicha época4
 
Una consideración más extensa de la guerra y que recupere la noción de totalidad, no puede dejar de considerar el impacto que tuvo las consecuencias de la Gran Rebelión entre todos los actores militares y sociales que se involucraron en ese largo periodo de movilizaciones armadas que conmocionaron el Sur Andino y Alto Perú, por lo menos desde la crisis abierta en la península en 1808 y sus repercusiones en todo Hispanoamérica5.
 
En efecto, si se deja de lado toda modalidad de aislamiento metodológico, se debe admitir que todos, todos los grupos sociales que habitaban los pueblos y ciudades ubicadas entre Cuzco, Puno, Arequipa, Chuquisaca, Oruro y La Paz, las innumerables villas y comunidades, seguían todos los acontecimientos con intereses y ritmos contrapuestos. Los ejércitos revolucionarios que desde Buenos Aires intentaron extender la revolución sobre el Alto Perú, inundaron con sus proclamas y sus acciones todo el imaginario y las mentalidades colectivas. Justamente, desde el Cuzco, Puno y Arequipa se alistaron milicias realistas con el propósito de detener la ola separatista en la batalla de Guaqui en 1811.  Emerge así un nuevo horizonte de expectativas con ideales y aspiraciones si bien separatistas, ello no obstante, la evocación sobre la revolución tupamarista no pudo haber desaparecido, sobre todo desde la memoria del poder y de los intereses del Estado virreinal6. Como tampoco desde las aspiraciones de los sectores populares7
 
Por lo demás, cuando estalló la revolución del Cuzco en 1814, muchos de los actores que habían combatido a Túpac Amaru II, volvieron a ser convocados a uno y otro lado de los contendientes. Pero para lo que interesa puntualizar, la coyuntura rebelde de 1814 y 1815 constituye una correa de transmisión, un parte aguas, que marca una ruptura pero que también le imprime con nuevos contenidos al nuevo ciclo ya decididamente independentista y fuertemente influenciado por la ilustración atlántica y el liberalismo hispánico8.  
 
La región de Puno experimento toda esa complejidad que la guerra instalo en sus territorios e involucro a todos los grupos sociales. Y esa es justamente la riqueza que muestra la compilación de artículos breves y documentos puntuales que los autores han tenido el acierto de reeditar. Sin bien existen omisiones y la selección puede parecer incompleta, interesa llamar la atención sobre la mirada de largo plazo y el diagnostico estructural que subyace a la publicación.
 
Toda la región del altiplano fue escenario de una guerra anticolonial dramática que se intensificó en las últimas décadas del siglo XVIII y no concluyo sino hasta la segunda década del siglo XIX, ya con la presencia de tropas republicanas llegadas de casi todo el continente. Es evidente que existe ahí una particularidad que convierte a todo este territorio en un escenario rico y complejo para ensayar todas las interpretaciones posibles en torno a la cultura política de los sectores plebeyos. Estamos ante una región que experimentó todos los rigores de una guerra donde se definía nada menos que el destino de todo un continente.
 
San Martín en el Alto Perú
En la región del Alto Perú, las noticias del desembarco de la Expedición Libertadora rápidamente pusieron en alerta a las autoridades, quienes hubieron de maniobrar al paso. No fue ninguna sorpresa el arribo de San Martín a la costa central del virreinato peruano. Su presencia ya era esperada e inevitable. Pero un asunto fue la certeza de esa presencia y otra cosa muy distinta verificar lo que aconteció cuando se produjo y la manera en que actuaron los diferentes actores de la guerra. Y para tener un panorama más amplio del inicio de la guerra y del estado en que se hallaban las diferentes regiones, interesa conocer de qué manera reaccionaron los encargados de guardar el orden en esa región del sur andino que cargaba tras de sí una tradición rebelde y levantisca. 
 
Durante el mes de octubre de 1820, los subdelegados de Carabaya, Chuquito, y el alcalde de Juli, remitieron sendos informes a Tadeo Joaquín de Gárate, intendente de Puno y jefe político militar de la provincia. Decidido realista, Gárate había exigido informes regulares, justamente para estar al corriente de lo que acontecía en los territorios bajo su mando, pues ya conocía al detalle sobre el desembarco de la Expedición Libertadora. 
 
A su vez, el subdelegado de Carabaya, Manuel Antonio de Gómez, informaba apesadumbrado sobre los rumores y murmuraciones que circulaban en las ferias de su localidad. Gómez no era una autoridad improvisada, se cuidó en señalar que conocía el signo de los tiempos. Lo dijo para fortalecer su informe “desde el año de 1809 que dio principio la rebelión de la Paz hasta la fecha he mandado dos Subdelegaciones la de Chumbibilcas en la Intendencia de Cuzco, y esta de Caravaya” 9. Su informe es prolífico y aun alarmante. En las ferias, las chicherías y lugares de reunión, él cuenta con hombres de confianza que son “su atalaya”. Sobre las opiniones del vulgo agrega: “dicen que el Rey Nuestro Señor es un Picaro déspota que les usurpa su legitimo Territorio. Que algunos Peninsulares por mandarlo todo han creado una Junta de Gobierno que desautoriza al Monarca”10. No estaba desinformada la plebe rural en el sur andino. Aunque con distorsiones, los disidentes ponían en movimiento ideas y aspiraciones abiertamente subversivas. El recuerdo de estos grupos sociales “del poder de esclavitud con que mas de 300 años se les ha tratado” permanecía ahí intacto, según refiere Gómez. Lo interesante es destacar cómo la plebe conviene en admitir desde sus intereses a las dos modalidades que cuestionaban la monarquía: desde la perspectiva de la insurgencia indígena y la “Junta de Gobierno que desautoriza al monarca” en España. Sin duda la alusión es a las diversas fuentes de poder que sustituyeron al monarca desde el inicio de la crisis en 180811
 
Interesa saber el contenido de las ideas políticas que circulaban en el altiplano peruano sobre el inicio de la campaña libertadora con motivo de la presencia de San Martín en la costa. Al respecto, la información es sumamente elocuente sobre el estado de ánimo reinante en la región:
 
Que los chilenos al mando de San Martin y Cocrane (sic) se han cituado con su Expedicion naval al mando de 30 mil hombres de desembarco al frente del Callao, cuya plaza y la Capital del Reyno está en estado de rendirse. Que 4 mil de estos se hallan en Pisco con objeto de cortar la retirada: que otro grueso a desembarcado por los Chorrillos y Magdalena: que Guamanga y Cuzco están en conmocion: Que los Pasquines se aumentan en todas estas Plazas, y en la de Arequipa, cuyas Tropas sin embargo de que se descubrieron, mi pensamiento es están prontas y dispuestas a subyugarse12.
 
Un informe de esta naturaleza, por las exageraciones que ahí se consignan, proyectando un cuadro militar revolucionario en realidad inexistente, dice bastante sobre las expectativas de los patriotas encubiertos de la región y sobre la propia subjetividad del subdelegado Manuel Antonio de Gómez. No debe sorprender la calidad de la información que maneja nuestro personaje. 
 
Hay que insistir sobre el hecho que la plebe indígena y mestiza en estas regiones poseía medios de información sólidos. No estaban aislados. Nunca lo estuvieron. No podían haber permanecido al margen de la circulación de noticias y rumores ciertos o exagerados sobre la guerra. Lo señala con claridad y aprensión Gómez: 
 
Es indudable que están llenos de noticias, y también lo es el que por la Costa se las comunica San Martin, y por Salta Guemes por conducto de los Indios del Partido de Larecaja, y Pueblos de Cargua, Charasany13
 
Para Manuel Antonio de Gómez se trata de “hombres despechados”, los que forman “juntas y corrillos” en las ferias y en donde según sus informantes “no se trata de otra cosa”. 
 
En realidad el estado de paranoia que refleja la comunicación del subdelegado de Caravaya también puede ser atribuido a su propia tozudez con respecto de sus responsabilidades como burócrata en una región que tenía tras de sí un pasado rebelde y tumultuoso. Al señalar a San Martín en la costa peruana, a Guemes en Salta y extendiendo su área de observación hasta Buenos Aires, lo que tenemos es un extenso territorio rebelde en perspectiva. Todo esto, evidentemente, le da mayor verosimilitud a sus sospechas ciertas o imaginarias —ello poco importa— sobre el estado de ánimo rebelde en toda la región. 
 
No se olvida de mencionar el papel del bajo clero de la región y el protagonismo que posee en la circulación de ideas y la conformación de la opinión pública. Y son estos curas rurales a su juicio los causantes de los desórdenes y el estado de inquietud reinante: 
 
La causa de esta enfermedad desde el principio de la guerra ha recidido en el Clero, y con particularidad en sus Párrocos que á pesar de las reiteradas súplicas de V. S. para que del pulpito exhorten a sus Feligreses y á la fidelidad á su Rey y Señor, y a la explicación del Catecismo del memorable Señor San Alberto Arzobispo de Charcas, jamás he olido (sic) que hayan hablado de él = Puedo asegurar á V.S. que de las diez partes de habitantes que V.S. tiene en su Provincia hoy la novena esta seducida y decidida con desorden … que los Párrocos se dediquen a predicar lo que deben; se acopiaran los Desertores, y se recogerán a todos los bagos, y mal entretenidos, que están derramados por los Pueblos14.
 
Para Octubre de 1820, apenas un mes después de haber desembarcado San Martín en Pisco, es indudable que las sensibilidades políticas entre los miembros del bajo clero rural del sur andino, ya habían ingresado a un franco proceso de aggiornamento, puesto que no desconocían la trayectoria del ciclo revolucionario continental. Estos párrocos rurales cumplieron el delicado encargo de ser catalizadores de todo el proceso revolucionario y de la violencia social en el sur andino por lo menos desde 1780 y sus prolongaciones hasta 1814 y 1815. No es gratuita la alusión a la multitud de “Bagos y mal entretenidos, que están derramados por los Pueblos”, pues ya se ve que se trata de considerables grupos de la plebe indígena y mestiza entonces a la deriva precisamente por una guerra iniciada más de una década atrás. Una suerte de lumpen rural andino y poseedor de una memoria social subversiva y sobre lo cual se conoce muy poco. Y en un arranque de sinceramiento Gomez admite ante el Intendente “Como V.S. me encarga que le hable con franqueza no omitiré asegurarle que los Partidos de Larecaja, Lampa y Azángaro proveen a este de papeles alarmantes por personas cuyo procedimiento no se debía esperar de su sublime estado, y me admiran de donde saven tantas mentiras”15
 
Pero para octubre de 1820 la Constitución —que ya había sido reinstalada en Lima en setiembre— no dejaba de despertar aspiraciones reformistas aun entre estos burócratas de provincia. Tampoco les era ajeno el recuerdo de los patriotas rebeldes que en 1814 y 1815 habían levantado como bandera de la insurrección – en un extenso territorio rebelde- justamente a la Constitución gaditana: 
 
La Constitución opinan que ganara más acciones que cuantas han dado los Exercitos del Soberano en la América. Yo lo creo siempre que pongo la vista en lo ocurrido en el año 14 = Los Indios públicamente dicen que los mistis por ello se lebantaron, y los sublebaron; que ahora que vuelbe les ha de suceder lo mismo, y crea V.S. que si se instala va á suceder lo que ya están pronosticando16
 
Sin duda hubo de despertar resquemores entre sus superiores un informe de esta naturaleza. Sobre todo del intendente Tadeo Joaquín de Gárate, un realista que defendió hasta los límites los fueros absolutistas y a quien estaba dirigido el informe. Pues no es poca cosa que Gómez se identifique con los rebeldes en la figura del orden Constitucional que aquellos y él mismo invocan como una posible solución de continuidad entre la rebelión y un absolutismo ya a la deriva y profundamente cuestionado en todo el continente. Tampoco sorprende la evocación que realiza de 1814. Lo que sí merece atención es la aseveración que desliza desde la perspectiva indígena y según la cual, “los mistis” se habrían sublevado en 1814 en defensa de la Constitución y que ellos, los indios, entonces habían sido arrastrados por aquellos, es decir “los sublevaron”, con lo cual tenemos un frente de lucha compartido por dos grupos sociales locales enfrentados al Estado virreinal. Es interesante aquí observar cómo los indios y los mistis se alían en el discurso de Gómez. Desde su perspectiva, no hay duda de que la reinstauración de la Constitución no solo podía aligerar los conflictos, sino que su promulgación en esas circunstancias resultaba inevitable. Pero lo más sensible era que en ambos casos “va a suceder lo que ya están pronosticando”, es decir la inevitable alianza entre los indios y los mistis, en contra del Estado virreinal. Aunque la Constitución aún no había sido puesta en vigencia en Caravaya para fines de octubre de 1820, queda claro que su prestigio social estaba intacto por las promesas reformistas que cobijaba. Sobre todo en la nueva coyuntura abierta por la presencia de la Expedición Libertadora. 
 
Si bien fueron derrotadas las revoluciones de 178017  y 1814-1815, las consecuencias de esos levantamientos de masas indígenas y mestizas, las profundas distorsiones ideológicas que generaron y los desórdenes que siguieron a la represión, emergieron en un nuevo contexto a partir de 1820. Una memoria social subversiva que acumulaba con método las diversas formas de rebeldía e insurgencia en contra del sistema de dominio colonial, pero que ahora era asediado bajo nuevas consideraciones y donde nuevamente convergía esa memoria local disidente al lado de todo el ciclo revolucionario de la periferia continental. 
 
En octubre de 1820, el alcalde de Juli, José Marcelo de Molina, también obedeciendo la orden del intendente Gárate, remitía su informe dando cuenta de las noticias que había logrado reunir. Al igual que el subdelegado de Carabaya, este también se había servido de espías e informantes: 
 
Para Copacavana, Tiquina, Desaguadero, Pisacona, y Aillos de estos Pueblos, despaché hombres de mi entera satisfacción, pagándoles al doble a mi costa, y después de esto tomándoles juramento para que /. guardasen el Secreto de la diligencia que iban a practicar, y de decir la pura verdad que descubriesen con arreglo a las instrucciones que les di18
 
Esta aseveración nos permite confirmar que, como en el caso anterior, los sistemas de información y de espionaje de las autoridades virreinales se afinaron en todas las direcciones. No era para menos, un sentido común ya instalado era el desenlace de la guerra justamente en el virreinato peruano.
 
En realidad todas estas precauciones estaban dirigidas a conocer el tipo de ideas y rumores que circulaban sobre todo entre la población indígena. Para estos funcionarios del sur andino era muy claro que la plebe indígena de esta región poseía una tradición rebelde y habían logrado consolidar redes de comunicación y de sociabilidad política relativamente autónomas (Staving, 1985; Cahill, 1988; Garret, 2009; Walker, 2015). Las sospechas del alcalde de Juli, José Marcelo de Molina, en relación con las noticias que manejaban los indios sobre la Expedición Libertadora le fueron confirmadas por sus informantes. Y este lo incluyó escuetamente en su comunicación al intendente Gárate “Los Indios no ignoran el desembarco de San Martín contra Lima19 .
 
Pero el informe de Molina incluye otras consideraciones que nos interesa destacar para seguir conociendo el estado de la opinión pública y las sensibilidades políticas entre la plebe indígena del sur andino. Y el cuadro que presenta no debió causarle ninguna gracia a Gárate. Nótese la centralidad que tiene en su informe la pervivencia del recuerdo y añoranza de la figura del Inca: 
 
El 28 [de octubre] … arribo un Yndio de Pacajes del Partido de Jesús de Machaca nombrado Casimiro Guarachy el que se dejo decir que la muerte del Rey Inca hacían 300 años al que si con traición no le hubieran quitado la vida estarían hoy todos los vestidos de oro y plata: Que les dijo que estrañaba estuviesen a favor de los Soldados, Tablas que pasaban, contra los de la Patria, cuyo transito se les debía impedir por medio de un alzamiento: a que estaban dispuestos los de su Partido. Que se debían participar entre ellos todas las noticias que fuesen favorables a la Patria porque se esperaba el triunfo de esta: de miedo no habían cobrado el Diezmo que solian hacerlo por Agosto20
 
Una vez más son los indígenas de la región los que están alborotados y nuevamente se agitan ante la situación creada por el arribo de la Expedición Libertadora. Las promesas de la patria que algunos años atrás habían movilizado voluntades, ahora nuevamente emergían con nuevos bríos entre la multitud plebeya rebelde y marginada. Las noticias sobre la presencia de San Martín se extendían rápidamente de la mano de los arrieros y comerciantes “Casimiro Jiron que viajo a Moquegua vecino del Pueblo de Ancapatas del Partido de Larecaja, el 22 de este mes da la noticia que en aquel lugar hablan sin rubor en particular los Arrieros en favor de San Martin21
 
No fue nada alentador el informe final de Molina, pues este, abiertamente y sin tapujos, se inclinó a confirmar el avance de la propaganda patriota y aun insinúa la inevitabilidad de sus efectos corrosivos; casi como una fatalidad irreversible en el corto plazo: 
 
V. S. no debe dudar la extensión que ha tomado la seducción del enemigo en el animo dispuesto incautamente de la mayor parte de los havitantes, y que su adhesión a la causa Porteña le hace creer firmemente el triunfo contra las armas del Rey adoptando el sistema de la independencia22.
 
Como resultado de la lectura de estos dos informes de la burocracia regional del sur andino, se pueden colegir algunos elementos comunes que permiten ingresar a la subjetividad ideológica y política de estos funcionarios. Si bien se cuidan en dejar en claro su fidelidad al rey, no omiten expresar su propia perplejidad ante el crecimiento de la subversión —aunque no armada—, en esa región y fecha. No hay vestigios de ninguna modalidad por edulcorar una situación en realidad no tan dramática – en la región23- como la presentan. Aquí es donde uno puede legítimamente reconsiderar estos juicios y desconfiar de estos testimonios. ¿Hasta qué punto estos funcionarios de la baja burocracia colonial de provincias utilizaron estos informes para expresar sus propias expectativas y su ánimo reformista, teniendo en cuenta el cuadro general de la revolución continental que como se ha visto, ellos conocían, y que desde sus consideraciones se inclinaba inexorablemente hacia la independencia?
 
Tampoco debe omitirse, que para finales de 1820, el sur andino constituía un patio trasero seguro para Pezuela y luego La Serna. Sobre esta consideración, es evidente por los testimonios expuestos, la puesta en movimiento de posiciones reformistas y abiertamente disidentes de parte de la plebe indígena y mestiza. En realidad la guerra por la independencia, ahora bajo nuevas consideraciones militares y políticas, recién se iniciaba en todo el virreinato peruano.
 
Santa Cruz y la expedición al Sur 
Un importante acontecimiento militar de la guerra por la independencia del Perú en Puno, fue la batalla de Zepita del 25 de agosto de 1823, y que ocupa una centralidad decisiva en la compilación que venimos comentando. Un balance sumario sobre el proceso militar previo, deja un saldo negativo para los intereses de la independencia. Entre Diciembre de 1821 hasta antes de la batalla de Ayacucho de 1824, durante el Trienio Liberal, el virrey La Serna dirigió la guerra desde el Cuzco ejerciendo un severo control militar sobre toda la región del altiplano. 
 
Si bien Santa Cruz había partido de Lima en la Segunda Campaña a Puertos Intermedios en mayo de 1823, para explicar el desenlace de la batalla de Zepita se ha de conocer como así fue organizado ese ejército compuesto por algo más de cinco mil soldados. Esta expedición fue estructurada con cuerpos y divisiones provenientes de Chile, Argentina y Colombia. Precisamente por las derrotas que había padecido y los conflictos entre soldados de diversa procedencia geográfica, y de otro lado, por los atrasos en el pago de sus salarios, todo ello contribuyó a crear un estado de insubordinación e indisciplina. 
 
Sucre, recientemente instalado en Lima, no dejó de percibir aquel cuadro de desorden y desconfianza que reinaba al interior de las tropas libertadoras. En carta reservada a Bolívar que seguía con sumo interés el proceso militar y político, le informaba sobre el hecho que “los partidos en el ejército son inconciliables (…) ningún jefe se conviene con otro de diferente estado, menos nosotros, que decimos que obedecemos al que se ponga”. Y más adelante era categórico al afirmar que nadie puede “sofocar este choque de partidos24  
 
Ciertamente, antes de embarcarse al sur, cuando se preparaba la expedición y se enlistaba a la tropa, en mayo de 1823 se produjo el amotinamiento de oficiales y la tropa del Regimiento de Húsares en contra de su comandante Pedro Raulet, a quien lo acusaron de maltratar a la tropa y por el exceso de severidad con que se conducía. En su informe al Ministro de Guerra, Santa Cruz lamentaba “el modo tumultuario (…) del estado de complot a que se habían comprometido la oficialidad de Húsares25  En realidad lo que los oficiales y la tropa exigían era el indiscriminado aprovechamiento, una vez iniciada la campaña, tanto en los campos de batalla como en los pueblos, de las pertenencias de los vencidos.
 
Luego de conciliar a los amotinados y previa separación de algunos oficiales del regimiento, Santa Cruz logró llegar a un acuerdo con la tropa. Ello consistía en que: “1.- los despojos del enemigo en el campo de Batalla, corresponden al vencedor y al que los tome particularmente. 2.- Que las propiedades del país, aunque accidentalmente haya estado ocupado por él, no están comprendidos en el artículo anterior, como que no se hace la guerra contra el paisano sino contra el español armado. 3.- Que los agravios se representen por los que lo experimentan y nunca en cuerpo26  El objetivo principal era precaver toda forma de disidencia y de indisciplina entre dichos batallones que ya habían participado en diferentes escenarios de la guerra continental y que muy pronto, durante la campaña en Perú fueron percibidos como un ejército de ocupación27. Y en estos términos justificó Santa Cruz su procedimiento: “porque el orden y la disciplina exigían sostener la subordinación y quitar la ocasión de que se repitiesen tales escándalos
 
El primer informe de Santa Cruz al Ministro de Guerra en Lima sobre la campaña que recién se iniciaba está fechado en Arica el 20 de Junio. Su comunicación era entonces bastante optimista, y señalaba: “que todo ha ocurrido al más feliz arribo de la expedición de mi mando hasta este Puerto28  Semanas después, en comunicación escueta a Mariano Portocarrero, Jefe Político y Militar del gobierno patriota en Arequipa, confirmaba: “acabo de recivir comunicaciones del Comandante General de Banguardia Señor Coronel Brandse (sic) en las que anuncia haber tomado con el 2 Escuadrón de Húsares el importante punto del Desaguadero”. Además de ello, informaba de otro movimiento de fuerzas patriotas que subían al Alto Perú procedentes de Salta para reforzar sus posiciones ventajosas, con: “una división de dos mil hombres al mando del General Arenales29
 
Pero a Santa Cruz, que dirigía la campaña en el sur, no le era desconocida la crisis por la que atravesaba el gobierno patriota y el abierto enfrentamiento entre Riva Agüero, el Congreso y Bolívar. Su postura en favor de Riva Agüero y su percepción sobre el carácter opresivo de Bolívar está plenamente documentado30. En realidad, la batalla de Zepita ocurre en una coyuntura política límite y de la guerra civil entre patriotas ya echada a andar. Y por si fuera poco, de la autonomía con que se conducían los jefes guerrilleros patriotas en la sierra central justamente por el quiebre de la cadena de mando. Y por lo mismo, de la desesperación de Bolívar, de Riva Aguero y La Serna, de ganarse las simpatías de estas milicias andinas que ya habían capitalizado una experiencia de combate notable y que cada vez se distanciaban más del proyecto de Independencia Controlada de los libertadores31
 
En efecto, luego de la formal proclamación de la independencia en Lima en Julio de 1821, toda la región de la sierra central estuvo bajo el control de las armas virreinales. Solo la acción desordenada de las guerrillas y montoneras patriotas de esta región mantenían las banderas de la patria. En Abril de 1822 el ejército patriota bajo el mando de Agustín Gamarra y Domingo Tristán sufre una derrota contundente a manos de Canterac. Tres meses después, se produce en Lima un amotinamiento de la mayoría de grupos sociales que exigen la renuncia de Bernardo Monteagudo y con ello la caída del Protectorado. A tres meses de haberse instalada la Junta Gubernativa, se produce otras dos derrotas patriotas, en Torata y Moquegua respectivamente (Enero 1823). En setiembre de 1823 formalmente aún Bolívar no ejercía la dictadura (como la ejercería desde febrero de 1824) puesto que el 2-9-1823, el Congreso le había otorgado la suprema autoridad (dictadura encubierta) permitiendo, que Tagle siguiera con la Presidencia chalaca fantasmagórica pero de la cual Bolívar supo sacar buen provecho como cuando hizo que Tagle, el inepto y dubitativo Tagle, entrara, por órdenes de él, pero sin darle nada por escrito, a pesar que Tagle se lo solicitó, en negociaciones con los relistas, aprovechando, a la vez, las negociaciones que se hacían en el Río de la Plata, sobre una posible solución amistosa entre España y la Provincias Unidas del Río de la Plata. Y todos estos antecedentes deben ser tomados en cuenta para explicar la campaña de Santa Cruz en el Alto Perú durante el fatídico año 1823. 
 
Un aspecto que debe ser tomado en cuenta para explicar el desenlace de la campaña de Santa Cruz, es la desconfianza con que desde el inicio de la expedición al sur, fue ganando el ánimo de los actores militares y políticos más importantes  en esa coyuntura. Por ejemplo, muy temprano, a fines de Mayo de 1823 desde Guayaquil, Bolívar, siguiendo los reportes que recibía desde el Perú a manos de su agente Tomás Heres, le escribía a Sucre, comandante general de las tropas colombianas en Perú, en términos bastante claros en lo relativo al fracaso de la campaña de Santa Cruz que por esos día recién acababa de embarcarse. En realidad una profecía que pone al descubierto el genio del libertador 
 
“Es preferible no hacer nada – dice a Sucre- y aún perder en inacción nuestras tropas, que dar nuevos trofeos al enemigo. Estoy cierto, como de mi existencia, que todo lo que hagamos es perdido: porque la mayor parte de nuestras tropas son reclutas y las de ellos veteranas; porque las nuestras son aliadas y las de ellos obedecen a un solo jefe y a un solo gobierno; porque no tenemos bagajes ni caballos y ellos los tienen; porque nosotros no tenemos recursos en las costas y ellos los tienen en la sierra; porque nosotros no tenemos las posiciones de ellos, defendibles y continuas; y últimamente, porque ellos han sido vencedores y las nuestras vencidas. No son Canterac ni Valdez los temibles; sus recursos posiciones y victorias, les dan una superioridad decisiva que no se puede contrarrestar de repente, sino lenta y progresivamente. Por lo mismo mi inalterable resolución es que el Perú espere su independencia de la política y del tiempo, más de ningún modo de los combates. Conque está visto que no debemos contar más con la expedición Santa Cruz por mucho que haga y pueda hacer este oficial, como yo lo espero de su cabeza y de su valor…32
 
En realidad, el panorama desolador que Bolívar retrata sobre las posiciones políticas y militares de los patriotas, y sobre todo la acumulación de las victorias realistas, es también la respuesta a una carta anterior de Sucre donde este le había trasmitido una serie de consideraciones de carácter geopolítico y de la inevitable emergencia de nacionalismos militares en ascenso; es decir los recelos de los países recientemente independizados y los intereses económicos de los grupos de poder que habían sustituido a las elites virreinales, en sus respectivos territorios.: “Dire a Ud. una voz muy corrida, y lo digo como suena sin dar nada de mi parte. Los Porteños y otros dicen que el General Santa Cruz tiene por objeto en su expedición apoderarse de las provincias del Alto Perú y segregarlas del Perú y Bs. As. Formando un Estado separado, y por tanto hay oposición terrible a tal expedición por los de Bs. As. A quienes le quitarán sus provincias. Los chilenos se quejan de que habilitada esta expedición por la compañía y con el comercio exclusivo en algunos puntos que se le ha concedido, ellos van a arruinarse en su comercio; los peruanos dicen y con mucha razón, que necesitan ensanchar su territorio porque aquí todos nos consumiremos, y a fe que es muy bien dicho. Los colombianos no decimos nada más sino que nos apresten para ponernos en campaña. En tal confusión y no habiendo aun un general que tome sobre si las operaciones ¿Qué plan de campaña ni que calabazas ha de haber33  
 
Antes de producirse el enfrentamiento entre Valdés y Santa Cruz, los pueblos de la región estaban muy bien informados sobre la trayectoria y presencia del ejército republicano y de sus acciones, que como sea visto fueron halagüeñas. Las expectativas de significativos sectores de la plebe andina patriota fueron movilizadas. Los rumores, sospechas y mil formas de comunicación oral crearon un estado de ánimo favorable a fortalecer posiciones separatistas. Una opinión pública que operaba en la penumbra debido a los mecanismos de control social y militar de las armas virreinales. 
 
Los recuerdos y la memoria social que se tenía de la reciente campaña anticolonial que desde el Cuzco se había diseminado por todo el altiplano en 1814 y 1815, estaba muy fresca y no podía haber desaparecido de la mente y del corazón de todos los grupos sociales; sobre todo en una región habituada ya a presenciar e intervenir en movimientos sociales armados. 
 
En consecuencia, el virrey La Serna y el estado mayor realista, eran muy conscientes sobre lo peligroso que era la circulación de la propaganda patriota en un escenario social volátil y con una memoria social subversiva preexistente. 
 
El 12 de agosto, desde Sicuani, el virrey le conminaba al Intendente de Puno Tadeo Gárate34, a que tome todas las medidas necesarias a fin de desbaratar los informes alarmantes y tremendistas que habían remitido los Subdelegados de Chuquito, Omasuyos y Larecaxa. Los partes que el Intendente le había hecho llegar, no solo eran apócrifos señalaba La Serna, sino que este denunciaba que era parte de una estratagema urdida entre los patriotas y los mismos Subdelegados: “me parece es escrita con conocimiento de los rebeldes Santa Cruz y Gamarra”. Agregando que: “Las noticias que dá el Indio Mariano Ramos que salio el 2 de La Paz son falsas”. Y es que esas noticias eran “voces abultadas que esparcen los rebeldes, exagerando su poder y una fuerza, que probablemente no tienen35
 
 Más allá de saber la veracidad sobre las denuncias del Intendente de Puno y la alarma del virrey que ya se había puesto en movimiento desde el Cuzco en dirección al Alto Perú para enfrentar a Santa Cruz, interesa más bien poner en relieve, el estado de conmoción que se instaló en toda la región y sobre todo, lo que más le inquietaba a La Serna, esto es, la inminente movilización de la plebe. En realidad, sus temores fueron confirmados, ya que la propaganda patriota y sobre todo, la presencia del ejército libertador había logrado: “persuadir a los Pueblos (…) no han hecho otra cosa que robar y perjudicar las Haciendas y estancias (…) y la mucha gente campada (sic) que dice Ramos vio en el Desaguadero” 
 
Apenas unos días atrás, Santa Cruz volvía a formular un diagnóstico sumamente alentador y que en realidad contribuía a confirmar los temores y suspicacias de La Serna, sobre la configuración de corrientes de opinión favorables a la independencia. En carta al Presidente del Departamento de Arequipa Mariano Portocarrero, le informaba sobre “el suceso más feliz” de su campaña, que era el de haberse posesionado de La Paz “sin el menor embarazo”. Y sobre la población paceña indicaba “El patriotismo y demostraciones de sus habitantes, me ha llenado de mucha satisfacción”. Y en lo que respecta a las posiciones de las tropas realistas “Los enemigos se han replegado para Oruro, donde se halla Olañeta. Las tropas del lado del Cuzco se hallan en muchas distancias, de suerte que la campaña presenta por todas partes un aspecto muy favorable”. 
 
Este intercambio de notas entre Santa Cruz y Portocarrero en el nuevo frente militar del sur andino abierto por iniciativa del gobierno de Riva Agüero desde el mes de junio, se produce cuando en Lima y el norte del país, ya habían ocurrido importantes cambios de carácter político. Como ya se mencionó, Riva Agüero despachaba desde Trujillo luego de haber decretado la disolución del Congreso, y en su lugar estableció un Senado integrado por diez vocales, uno por cada departamento. Sucre se había embarcado en dirección al sur a los pocos días que Canterac y su ejército desocupara Lima. En la capital, Torre Tagle, luego que la Asamblea exonerase de la presidencia a Riva Agüero, reinstaló el Congreso (el que había enviado a Sánchez Carrión y a Joaquín Olmedo en busca de Bolívar) y a los pocos días entregó a Bolívar la dictadura.
 
Pero justamente, por todo ello, interesa destacar que los oficios de Santa Cruz y Portocarrero, estaban dirigidos a Riva Agüero. El Presidente de Arequipa confirmaba todo lo expresado por Santa Cruz agregando que “desde Puno hasta Sicasica, esta todo allanado y ocupado por nuestras armas”; y los términos en los que finaliza su informa a Riva Agüero hablan por sí mismos “Lo que tengo el honor de transcribir a Vuestra Excelencia para su satisfacción (…) Excelentísimo Señor Presidente de la República Don José de la Riva Agüero
 
La Batalla de Zepita
Aun cuando existen versiones contradictorias sobre esta batalla de parte de patriotas y realistas, interesa comentar el texto de Nestor Pilco, y también como no, incorporar algunos aportes. Este enfrentamiento como se tratará más adelante, tuvo un efecto determinante para el curso político de la guerra, ya que fue un parte aguas para el fortalecimiento o liquidación de las posiciones tanto de Riva Agüero y de Bolívar, ya nombrado como Dictador por el Congreso en Lima. 
 
Desde el cuartel general de Zepita, horas después de la sangrienta batalla, Santa Cruz en comunicación fechada el 26 de Agosto, le comunica al Presidente de Arequipa Mariano Portocarrero, sobre el resultado del enfrentamiento con el ejército virreinal al mando del general Gerónimo Valdés. El énfasis de la victoria, lo atribuye el general paceño, a la caballería libertadora comandada por el coronel de origen francés Federico Brandsen y el comandante Luis Soulanges de la misma nacionalidad. 
 
Santa Cruz señala que ambos oficiales: “cargaron con tal bravura y orden que no solo destruyo a los que lo recibieron, sino también al batallón que lo sostenía (…) Es difícil que caballería alguna obre con mas corage. Los húsares han confirmado en esta ves, que nada es superior a su valor, y que los peligros solo son un estimulo a su mayor gloria. (…) Estas dos cargas brillantes segundadas a la ves por un esfuerzo jeneral decidieron el combate, y arrancaron al enemigo la victoria”36  
 
Una semana después, Sucre desde Arequipa, en oficio al presidente en ejercicio en Lima Torre Tagle, le ofrecía un pormenorizado informe sobre lo que era considerado un triunfo patriota: “El 25 marcho Valdes, el general español, desde Pomata con sus cuerpos de vanguardia compuesta de los batallones de cazadores y partidarios, dos escuadrones de dragones y el de la guardia del general La-Serna, y cuatro piesas de artillería en todo 1600 hombres.- A las tres de la tarde encontró con el Sr. jeneral Santa Cruz, que le esperaba en la pampa de Tambillo cerca de Zepita, se comprometio la acción y al anochecer fueron completamente derrotados los españoles, dejando sobre el campo de batalla, 1000 o 1200 hombres entre muertos, heridos y prisioneros.- Se dice que en el momento del combate se pasaron muchos soldados a nuestras filas37
 
Dos años después, el artífice de la victoria patriota, coronel Federico Brandsen, rememoraba en estos términos el combate y reconocía la titularidad de Riva Agüero como presidente en funciones: “La campaña de 1823, abierta por el Jeneral Santa Cruz bajo los más brillantes auspicios, acababa de terminar con espantosos desastres; y este Jeneral, vencedor cuantas veces combatió, y vencido sin combatir, venia de reembarcar las reliquias de su ejército, cuando me concedió licencia para pasar a Trujillo. En medio de los variados y multiplicados sucesos de esta corta cuanto extraña campaña, Lima había sufrida una revolución en su Gobierno: mas esta no había transpirado en el Ejército, en donde se continuaba a reconocer por Presidente de la República al gran Mariscal Don José de la Riva Agüero38
 
Ahora interesa llamar la atención sobre el hecho que los testimonios citados de Sucre y Santa Cruz, fueron redactados casi inmediatamente después de la batalla, y por lo mismo deben ser confrontados, con los partes militares redactados por las fueras realistas; y luego ingresar a discernir el desenlace final de la campaña de Santa Cruz en el sur andino.
 
En efecto, desde la villa de Pomata, muy cerca a Zepita el 26 de Agosto, el mariscal de campo Jerónimo Valdez en comunicación escueta a La Serna que ya estaba en marcha para engrosar la tropa de aquel, le comunicaba con un tono de lamento: “Huvieramos concluido gloriosamente ayer la actual campaña si la caballeria de esta división hubiera podido cumplir como la vizarra infantería39  Este punto de su informe es de suma importancia puesto que Valdés, explícitamente reconoce la superioridad de la caballería patriota bajo el mando de Brandsen y Soulange, a la que justamente Santa Cruz le había atribuido el origen de la victoria. Las fechas en que se elaboran los partes de guerra son de vital importancia pues permiten apreciar cómo es que la victoria de Santa Cruz, luego es convertida en una derrota desde la perspectiva de las armas del Rey.
 
El primer informe patriota que da cuenta de cómo así la victoria de Santa Cruz, se convierte en una derrota, proviene de Tomás Heres, que un mes después de la batalla, pide al ministro de guerra en Lima por encargo de Bolívar, se proceda a auxiliar a las fuerzas patriotas colombianas al mando de Sucre, que ya había sido expulsado de Arequipa: “el ejército del general Santa Cruz, se ha dispersado enteramente en su retirada desde Oruro, a Moquegua, donde se hallaba el 9 que ha perdido su parque, sus banderas, sus cajas de guerra, sus bagajes, la imprenta; por último cuanto pertenecía al ejército. Solo se habían salvado mil hombres sin armas, y contaba aquel jefe, con reunir hasta dos mil, incluyendo en este número cuatrocientos enfermos que había dejado en la costa al marchar a La Paz. De manera que esta dispersión equivale a la más completa derrota” 40
 
Para una explicación más extensa sobre lo que aconteció entre la batalla de Zepita y el embarco del ejército de Santa Cruz en Quilca a fines de Setiembre, se requiere tener en cuenta, la falta de coordinación entre Gamarra, Sucre y el propio Santa Cruz que no lograron establecer una línea de comunicación segura y fluida y así, diseñar una estrategia conjunta para enfrentar al ejército virreinal. Este último, aprovecho justamente estos desencuentros para maniobrar sobre la base de un comando unificado, y ´porque además, ya tenían el control militar previo de la región. 
 
Volviendo a razonar sobre la dispersión del ejército de Santa Cruz, interesa conocer en qué términos fue registrado por los partes militares realistas. Estas comunicaciones ya tienen como elemento de inteligencia estratégica, tanto la reunión, coordinación y distribución de las tropas de La Serna, Valdez y Carratalá, entretanto que como ya se ha mencionado, el ejército colombiano bajo las ordenes de Sucre, en ningún momento logro establecer comunicación con Santa Cruz, y por el contrario había sido desalojado de Arequipa. 
 
El 23 de Setiembre desde Pomata, Jerónimo Valdés registraba en su Diario de Operaciones “El ejército enemigo, que a las órdenes de Santa Cruz y Gamarra, se había internado a las provincias de la Paz y Oruro, ha sido reducido casi a la nada, sin que haya llegado a batirse, más que en algunos pequeños encuentros, todos gloriosos para las armas nacionales (…) Las cortas reliquias del ejército del enemigo, marchan despavoridas en dirección de Moquegua, abandonadas ya de sus jenerales, y de la mayor parte de sus oficiales y jefes; y el general Carratalá sigue de cerca sus pasos, con una fuerte columna de infantería y caballería, la que probablemente logrará concluir con el miserable resto41
 
Días después, el 29 de Setiembre desde el cuartel general realista de Chacacupi, José de Canterac en una extensa comunicación al comandante general de las tropas nacionales acantonadas en Jauja, Juan Loriga, le informaba sobre el desastre de la campaña de Santa Cruz, y que este era perseguido por Carratalá “el titulado ejército libertador del Sur del Perú en su fuga desde Oruro a Zepita aunque no ha sido batido por no haberse atrevido a presentar a las valientes tropas nacionales, dirijidas por nuestro digno virrey el Escmo. Sr. D. José de la Serna, ha sido casi todo dispersado con perdida inmensa de hombres, armas, artillería, municiones, banderas (…) cajas de guerra, equipajes, imprenta , de tal modo que el caudillo Santa Cruz aterrado y sin contar apenas dos mil hombres de los cinco mil con que había ocupado la provincia de la Paz, continua su fuga en dirección de Moquegua a buscar un asilo en sus buques, perseguido por una división del ejército nacional del Sur al mando del Sr. brigadier D. José Carratalá42   
 
En realidad, los efectos políticos que tuvo en todo el proceso de la guerra, la dispersión del ejército libertador en el Alto Perú y su posterior reembarco en dirección a Lima, fue como se verá en seguida desastroso para los intereses de la independencia. Por ejemplo en la región de la sierra central, a donde Canterac ya había retornado y desde donde luego, las armas virreinales volverían a ocupar Lima en Febrero de 1824, la circulación de noticias sobre la campaña de Santa Cruz fue prolífica. 
 
En una carta redactada por un patriota residente en Huancayo, cuartel general de Canterac y dirigida a su hermano entonces en Lima, aquel le informaba sobre lo que ya era parte del sentido común en dicha región, en torno a los resultados militares de la campaña patriota en el sur andino. Es sintomático que al inicio de su misiva, el anónimo remitente que firma con las señas de S.P.S.P.S.P.S.P. indique: “Dios quiera dentro de brebe salgamos de esta cadena que nos oprime43  Es decir, una expresión abreviada sobre la acumulación de los desastres militares patriotas, desde la derrota de Macacona en Ica (Abril 1822), los reveses en Torata y Moquegua (Enero 1823) y ahora lo que ya era considerado una derrota más en Zepita.; continua la carta: “dicen que ha Don Agustín Gamarra, lo han derrotado en las inmediaciones de La Paz, la dibisión de Olañeta y que al ultimo resto del señor Santa Cruz lo tienen cercados Baldez, Carratala y Olañeta en este correo aguardan noticias buenas de la destrucción de Santa Cruz, para inmediatamente volver para Lima con todas las tropas y acabar con los últimos restos que tal bes haigan quedado44
 
En realidad, esa carta reproducía lo que la aceitada prensa realista del régimen constitucional divulgaba en toda la sierra central, bajo la conducción de Canterac. Una proclama publicada en Huancayo en octubre de 1823 decía: “Limeños: los caudillos Santa Cruz y Gamarra sin batirse concluyeron con el ejército que fisteis a esos traydores: sea pues la ultima prueba de vuestro alucinamiento: restableced el orden entre vosotros para que renaciendo nuestra antigua amistad y relaciones nos ocupemos todos en enjugaros las lagrimas(…) Que! Seres tan necios que la presencia del monstruo de Colombia, no os deje reflecsionar sobre vuestra lamentable situación!45
 
Conclusiones
Se ha mostrado cómo así, desde muy temprano, apenas San Martín llegó al Perú, la noticia de su arribo se propaló rápidamente en toda la región del Sur Andino, despertando viejas expectativas anticoloniales y generando un estado de ánimo rebelde entre los sectores populares. De otro lado, las autoridades virreinales fueron rebasadas en su intento de controlar justamente la circulación de rumores y noticias en favor de posiciones ya decididamente separatistas. También se ha verificado la existencia de una memoria desde los intereses del poder virreinal, sobre las acciones rebeldes de la plebe andina, por lo menos desde 1780 en adelante.
 
Todo ello nos muestra un escenario sumamente complejo por la sucesión de eventos militares, políticos y sociales, que confluyeron antes y después de la Batalla de Zepita. Se trata justamente, de explicar tal acontecimiento incorporando el mayor número de variables de toda índole que anteceden al combate, que prefiguran su desenlace, pero que también modifican el resultado de tal hecho militar.
 
Desde tales consideraciones, es posible adelantar que la expedición de Santa Cruz fue percibida desde el inicio como una amenaza; para los intereses económicos de Chile, las aspiraciones del gobierno en Buenos Aires por recuperar su influencia en el Alto Perú, y de Colombia vía Bolívar, que se constituya un Estado republicano extenso y poderoso sobre el territorio del antiguo virreinato peruano. Ello explicaría las demoras y bloqueos de ayuda militar de tales gobiernos al ejército de Santa Cruz. Sin dejar de ignorar las aspiraciones, reales o imaginarios de Santa Cruz, por controlar tales territorios, como efectivamente ocurrió luego durante la Confederación (1836-1839).
 
Sin duda un elemento militar potente que influyo en el desempeño de la expedición de Santa Cruz, fue el agotamiento ideológico de tal ejército, su propia conformación había sido estructurada con los residuos de batallones provenientes de la periferia y cuyo comando estaba fragmentado pues dependían de los gobiernos de Chile, Buenos Aires y Colombia. Y por si fuera poco, cargaban sobre si no solo las derrotas de Macacona, Torata y Moquegua, sino que ya eran vistas como tropas de ocupación debido a los atropellos, robos y excesos que cometían sobre la población civil. Imaginar Lima en esa época, es pensar la ciudad abarrotada de militares a la deriva, soldados de diversa procedencia geográfica vagando sin rumbo, con retraso en sus salarios y ofreciendo sus servicios al mejor postor. Ya casi convertidos en mercenarios. 
 
De otro lado, queda claro que ha casi cuatro años de haberse iniciado la guerra separatista en Perú con la presencia de las dos expediciones libertadoras del norte y del sur, los medios de comunicación oral y escritos, se habían perfeccionado y hecho más fluidos. Lo que acontecía en una y otra región, circulaba profusamente, generando corrientes de opinión dispares y enfrentadas entre todos los grupos sociales. La gente especulaba, calculaba y estaba a la expectativa. De ninguna manera estaban aislados. 
 
Además, la batalla de Zepita se produjo en una coyuntura límite de la guerra. Una suerte de aceleración de eventos políticos y militares, por la confluencia en el corazón de la resistencia anti republicana del continente, de intereses separatistas dispares. Lo que representaban en el Perú Riva Agüero, Torre Tagle y Sánchez Carrión por ejemplo, pero también del ascenso de la propaganda realista y las promesas de reconciliación Nacional que el Trienio Liberal ofrecía, sobre todo a sectores significativos de la clase propietaria de todo el territorio peruano. 
 
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NOTAS
_________________________ 
1  Calsín, Apaza, Ayamamni y Pilco, (2018) 
2  Thibaud , (2005)
3  Lewin, (2004)
4  García Camba, (1846)
5  Sobrevilla, (2010) 
6  Abascal, (1944) 
7  Flores Galindo, (1987)
8  Peralta, (2010)
9  Colección Documental de la Independencia del Perú, tomo V, vol. 1, pág. 76. En adelante: CDIP
10  CDIP, tomo V, vol. 1, pág. 77.
11  Guerra, 1992
12  CDIP, tomo V, vol. 1, pág. 77.
13  CDIP, tomo V, vol. 1, págs. 77-78.
14  CDIP, tomo V, vol. 1, pág. 78.
15  CDIP, tomo V, vol. 1, pág. 78-79
16  CDIP, tomo V, vol. 1, pág. 79.
17  Sobre el recuerdo de la Gran Rebelón y la existencia de una memoria indígena subversiva, en mayo de 1814, el consejero de Estado, el limeño José Baquijano y Carrillo, entonces en Madrid, escribió lo siguiente en su Dictamen sobre la revolución Hispanoamericana: “El indio es tenacísimo en conservar el resentimiento de la injuria, jamás olvida la falta de palabra y el no cumplimiento de las promesas; no pierden la memoria de las que se han quebrantado desde los primeros días de su reunión: aun lloran el exterminio de su ultimo Inca confiado en la garantía del virrey Toledo, como si fuese un hecho reciente y de nuestros días; lamentan el atroz suplicio de Diego Túpac Amaru en 1780, después de haber rendido las armas y concediesele el perdón, jurándolo dentro de la iglesia por el prelado del Cuzco y demás autoridades al tiempo de celebrarse el más augusto de los sacrificios”. CDIP, tomo I, vol. 3, pág. .497
18  CDIP, tomo V, vol. 1, pág. 80.
19  Ibíd.
20  Ibíd.
21  Ibíd. 
22  Ibíd. 
23  Considerar que precisamente todo el sur andino se convirtió en el bastión militar realista entre 1820 y 1824. Pero justamente por ello, interesa el escenario dramático que retratan los informes de estos agudos y locuaces burócratas coloniales provincianos. Para estos personajes asalariados, les era imperativo maniobrar sobre un terreno altamente volátil. Lo cual los obligaba a poner en movimiento, la densa cultura política que habían capitalizado, por lo menos desde la conmoción militar de 1809 en adelante. 
24  O´leary (1879), p. 26
25  CDIP. Tomo VI, Vol. 7, P.102 
26  Ibíd. P. 103
27  Montoya, (2002) 
28  CDIP, Tomo VI, Vol. 9, p. 127
29  CDIP Tomo: V, Vol. 5. P.155
30  Según testimonio de Portocarrero, luego de Zepita Santa Cruz lo habría hecho prisionero para incomunicarlo con Bolívar ya nombrado Dictador, y que cuando Sucre desembarco en Quilca se había referido en estos términos: “ ya llegaron estos picaros”, y que además planeaba ir a Trujillo al encuentro de Riva Aguero: “debíamos marchar para el puerto de Santa y unirnos a Riva Agüero”. CDIP. Tomo VI, Vol. 7, pp. 207-208
31  Véase abundante información al respecto en: CDIP, Tomo V, Vols. 1 al 6
32  Citado en Paz Soldán, (1972), p. 355 
33  O´Leary (1879), P.34
34  La actuación de Gárate en esta campaña fue según Santa Cruz maquiavélica: “Al llegar el ejército a Santa Rosa, y en los puntos sucesivos, se supo por relaciones y documentos orijinales, que el desnaturalizado y traidor Garate Intendente de Puno, arrastrado del rencor que desde el principio de la revolución ha sostenido contra sus paisanos, y el bien de su patria, proyecto una medida, que ni los españoles mismos se han atrevido a imaginar. Tal era la de armar los naturales indijenas de la provincia, para que situándose en la Cordillera, hostilizasen al ejército, robando ganados y cabalgaduras, y tomando los enfermos, cansados; Mas este monstruo de la especie humana ha tocado su desengaño en la resistencia con que dichos naturales se negaron a ejecutar el plan, haciendo temblar a cuantos Caciques tuvieron la osadía de proponérselo” En: CDIP, Tomo VI, Vol. 9, pág. 81-82. 
35  CDIP Tomo: V, Vol. 5, P. 134 
36  CDIP, Tomo VI, Vol. 9, pág. 88
37  Ibid. p.85
38  Brandsen, (1825), p.2. 
39  Ibid. P.381
40  Ibíd. P.175
41  CDIP, Tomo: V, Vol. 5, P.387
42  Ibíd. P. 387-388
43  CDIP, Tomo: V, Vol. 5, pp. 178
44  Ibíd. p. 178-179
45  Ibíd. P.103
 

Gustavo Montoya. Historiador - UNMSM 
Este texto fue discutido con Jorge Paredes, Jorge Miranda y Néstor Pilco, a ellos va mi agradecimiento por sus valiosas sugerencias y correcciones. 
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