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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Fernando Ainsa, “a cada uno su isla feliz”
Breve excursión a eu-topos


Por Edgar Montiel
Fuente: Librosperuanos.com
Noviembre, 2016

 
I
 
Agradezco la invitación a retornar a los libros de Fernando Ainsa, y rescatar en este repaso un librito poco frecuentado -que atrapó a lectores como Cioran-  De aquí y de allá (Dijon 1986), que reúne en prosa ceñida, aforística, sus anotaciones agridulces sobre el exilio, los viajes, el aislamiento, el destierro, la diáspora, los libros salvos y perdidos, sin olvidar las visitas que recibe el trasterrado (como la madre, que trae la sazón de la familia). Este intenso trajín de adioses y bienvenidas, de partidas y retornos, esta cohabitación viva con el recuerdo para nuestro pensador se convierte en geografía íntima, ideario de vida y estética personal.  
 
En tres décadas de leer sus escritos, siento que este opúsculo de tono confesional abre pistas para acercarnos al “centro de gravedad” de su vigoroso corpus textual e identificar el epicentro que mueve -como los sismos- el conjunto de su Obra. Lo encontramos en dos conceptos-sentimientos: la errancia (Aínsa lo prefiere en francés, errance) y el recuerdo, es decir la Memoria. Tengamos presente que la búsqueda colectiva de Paraíso, de Tierra Prometida, tan arraigada en la tradición cristiana, con la aparición imprevista de América en el siglo XVI -época muy estudiada por nuestro autor- se transforma en búsqueda de una isla edénica, donde no hay trabajos forzados, no hay “ordeno y mando”, las ninfas andan desnudas y todos se alimentan de frutas y peces al alcance de la mano. Este es el sentido de su aforismo: “a cada uno su isla feliz”, ínsula a hallar donde sea que esté. Significa también una invitación a la errancia, hasta encontrar una tierra de arraigo. 
 
Ya en los años setentas, estudiando la obra de su compatriota Juan Carlos Onetti, Fernando Ainsa conformó su visión del novelista en términos de “fugas, destierros y nostalgias”. Allí puso la primera piedra de su arquitectura conceptual. Para tener cada uno su propio suelo, su eu-topos, hay que comenzar por el u-topos, utopía, es decir armarse de una fe que mueve montañas y atraviesa océanos. Así, en el ciclo utópico iniciado por Ainsa con Los buscadores de la utopía (1977, Monte Avila) se advierte una energía movida por un eu-topos, por la esperanza del pueblo llano de tener su propio suelo, impensable en la jerarquizada feudalidad europea. Al leer Necesidad de la utopía (1991), comprendimos que el término “necesidad” no tiene intención metafórica sino material, concreta: mostrar que en la condición humana habita un ser utópico, dotado de sentido de felicidad, que explora, que experimenta, con un éthos natural de vida, no de muerte. En ese éthos se reconocen todos los seres vivos, conceptúan los biólogos.
 
En el tiempo histórico, esa búsqueda organizada de paraíso lo ilustra bien tanto su libro De la Edad de Oro a El Dorado como Historia, utopía y ficción en la Ciudad de los Césares, ambos publicados en 1992, que constituyeron aportes novedosos en la historiografía iberoamericana sobre la Utopía, en tanto géneros del relato histórico y literario. En esos años, trabajando en la UNESCO conversábamos mucho estos temas, ideas que resultaron claves para llevar adelante dos gratas iniciativas editoriales que trabajamos juntos: Memoria de América en la poesía. Antología 1492-1992, y Mensaje de América. Selección de Ensayos en el cincuentenario de la UNESCO, publicados en la Colección Unesco de Obras Representativas (1992, 1996, respectivamente). 
 
II
 
La vena utópica ha continuado irrigando los trabajos de Fernando Ainsa en la década actual, enriquecida ciertamente por nuevas confluencias, como son la valoración de las categorías de logos y topos en sus propuestas de “geopoética” contemporánea, una manera de correlacionar territorio, razón e imaginación en el mapeo creativo americano: Comala, Macondo, Machu Picchu, Nueva York, París,  son capitales de nuestra literatura. El ensayismo creador y crítico de Fernando Ainsa se beneficia mucho de sus facultades interdisciplinarias, de su experiencia de mundo como funcionario de Naciones Unidas, de ser un intelectual-hombre de acción, que en su momento fue diligente promotor de programas de lectura y de la libre circulación del libro en nuestro continente. Esta libertad creadora se pone en evidencia en su libro Ensayos (2014), donde -ante la acometida academicista de cortar el vuelo imaginativo con insípidas monografías- expone las bondades del Ensayo como género inteligente, versátil para el debate de ideas, y claro para el lector, poniendo en vigencia el apotegma de Ortega y Gasset: “la claridad es la cortesía del filósofo”.
 
Otra inquietud siempre latente, que emerge hoy con renovado protagonismo, es el papel de la memoria en la historia y la sociedad actual. En su más reciente libro, Los guardianes de la memoria. 5 ensayos más allá de la globalización, no sólo habla el pensador de utopías sino también el intelectual que conoce de políticas de Estado, el cientista social preocupado por las tendencias hiper-consumistas de la globalización y de su impacto en el recalentamiento climático. Se manifiesta clara la voz del ciudadano que resiste a la captura del poder político y económico por grupos de la plutocracia mundial, al surgimiento de poderes fácticos no-electos que vacían de contenido la democracia. Ante las debilidades de la democracia, aboga por un renacer de las prácticas republicanas: nos alerta ante el “peligro creciente de democracias sin demócratas, de políticas sin políticos” y de “elites instaladas en el poder, que confiscan la voluntad general, que emana del pueblo soberano”.
 
Este libro expone una afilada actitud crítica: una revisión a fondo de la globalización-realmente-existente, y la necesidad de alentar una “segunda mundialización”, que cierre el paso a la mercantilización de la vida. En esta necesaria relectura de los tiempos que corren, resulta pertinente repensar esa familia de ideas que han ido perdiendo vigencia, como “postmodernidad”, “otredad”, “identidad”, “hibridismo”, “desarrollo”, “crecimiento” -y también “utopía”- pues van quedando anémicas de contenido, dejan de ser operacionales porque no expresan la magnitud de los cambios planetarios que se están produciendo. 
 
 Solo dos datos para entender las dimensiones del problema: la OMT calcula que este año se desplazaran por el mundo 1300 millones de persones -un quinto de la población mundial-, 900 por turismo y 400 por motivos de trabajo. Es una tendencia fuerte desde hace 3 décadas. Millones de personas de diferentes culturas y regiones del mundo seguirán desplazándose intensamente, cohabitando, conviviendo, moviendo la sopa genética como nunca. Así, conceptos como “identidad”, “otredad”, “hibridismo” resultan pálidas expresiones de la fuerza real del cambio en curso. Estos millones que se movilizan cada año por su “isla feliz” encarnan la “errancia” anunciada por Fernando Ainsa. Este torrente de interculturalidad acelera por supuesto los cambios en la geopolítica de las culturas y en las memorias del mundo.
 
Otro dato crucial lo aporta el consumo cotidiano de los 7 mil millones de habitantes: para la próxima década se requiere que la producción de carne se triplique y la de pollo se cuadruplique. Parece un dato prosaico, un impensado… Como se sabe, los métodos actuales de producción de carnes son lo más ecocidas para el planeta: aumenta el recalentamiento climático, desatando un caos en el equilibrio de la biosfera. De modo que para sobrevivir hay que pensar en otros modelos de consumo humano y de producción de alimentos. En el campo prospectivo las utopías están casi mudas. En materia de producción tenemos que pensar en un más allá del “desarrollo”, el “crecimiento” y el “extractivismo”. No queda otra opción que asignar esta magna tarea a las ciencias interdisciplinarias, a las tecnologías innovadoras no contaminantes, a la economía creadora, y a un concepto de educación para el consumo basado en el principio de duración.
 
Doy la palabra a Fernando Ainsa para que nos ayude a perfilar una nueva conciencia terrenal:
“La utopía ya no puede ser sinónimo de proyecto unívoco y radical de ruptura totalizante, cuando no totalitaria. En un mundo donde la sociedad civil recupera su capital social, la noción de la utopía clásica se vincula con el diálogo intercultural, la apertura plural a la alteridad, la creación de espacios de mediación y mestizaje y debe de inscribirse en la mundialización de los espíritus que, con sus luchas y resistencias, plantea alternativas reales y posibles a la globalización económico financiera imperante, una inevitable segunda globalización que ya está en curso.”
 
¿Qué enseñanzas nos lega la visión histórica de la Utopía? Con autoridad Fernando Ainsa precisa que la Utopía ya no puede ser un “proyecto unívoco y radical de ruptura totalizante”. En efecto, la Utopía, el ser utópico, aparecieron en la historia antigua y el renacimiento como relatos del imaginario social, manifestación de una arraigada esperanza humana por el mejoramiento colectivo, que se expresó bien en los géneros oracular, profético, narrativo, poético, teatral etc. Pero del siglo XVIII hacia adelante se produjo un cambio cualitativo a tomar en cuenta, como apunta Stéphanie Rosa en Cómo la utopía devino programa político (París 2016, Classiques Garnier, 398 pag.), que es cuando el relato utópico tradicional en Europa se despoja de su ropaje literario y ficcional para convertirse en un claro Programa Político, de demanda de justicia social ante el Estado y los poderes reinantes. 
 
Tesis defendida en la Sorbona, que rescata textos marginados o clandestinos que demuestran que los escritos de Etienne Gabriel Morelly y Gabriel Bonnot de Mably tuvieron amplia circulación en la Revolución Francesa, gracias al trabajo de promoción y agitación de ideas que hizo Gracchus Babeuf, líder de la corriente de los “comunautistas”. Estos textos nutrieron al primer movimiento popular proto-socialista, que llevó a Babeuf a la muerte por guillotina, condenado por El Directorio por originar la “conspiración de los iguales”.
 
Se trata de una investigación oportuna, tanto por recuperar textos históricos de los márgenes como por aportar una visión renovada de las mutaciones del relato utópico. Este enfoque valora debidamente la influencia del hecho americano en la configuración del discurso de la Utopía en el renacimiento, y destaca la influencia del Inca Garcilaso en el siglo XVIII, cuyas obras fueron bien conocidas por Morelly y Mably (ver parte I del libro, “Morelly o el adiós a la novela”). Esto es una novedad en Europa, pero no del lado Iberoamericano, donde desde hace 3 décadas intelectuales como Ciro Bayo, Juan Gil, Fernando Ainsa, Edgar Montiel, Horacio Cerutti, entre otros, han publicado estudios con este enfoque, y existe una red universitaria de utopologos que trabajan en esa perspectiva. 
 
Atentos a repensar el mundo, hoy en día podemos decir con Ainsa que las utopías dejaron de ser castillos en el aire o sueños dorados y se transforman en Defensa del Bien Común Planetario, con programas científicos globales de conservación de la madre Biosfera, y ojalá gobernado por una ciudadanía cosmopolítica soberana. 
                                                                         
 EM / París-Lima, julio 2016       
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