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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Bethoven Medina Sánchez
"Éxodo a las Siete Estaciones" de Bethoven Medina

Por Milton Manayay Tafur
Fuente: Librosperuanos.com
Setiembre, 2016

Éxodo a las Siete Estaciones (Cajamarca, Martínez Compañón Editores, 2016) de Bethoven Medina es un libro literariamente ontológico; propone una alternativa en el tránsito existencial del ser humano, metaforizado en el éxodo, como imagen de salida, emigración, o paso de un estado a otro. Un sujeto colectivo -la humanidad- ha de transitar hacia otras condiciones de existencia y tomar posición en un mundo conformado por siete estaciones. Las estaciones designan puntos de permanencia, detenciones, residencias, espacios hacia donde el sujeto colectivo debe caminar en su búsqueda de una mejor opción existencial. El siete, por su parte, conserva su referencia a la perfección, un sentido histórico que nace de la relación humana con la naturaleza y que la tradición fijó y universalizó, extendiéndolo hacia otras prácticas y sectores de realidad. Por ende, la posibilidad existencial poéticamente sugerida está marcada desde el título del libro: alguien (la humanidad) tiene la posibilidad de emigrar (éxodo) hacia un lugar marcado por la perfección (siete estaciones). Dice el poeta: “Perfección humana -enredado destino- / entre sauces que lloran busco la luz, / y animo a los arrieros a vivir intensamente” (p. 35); “Fantásticas se mueven estaciones de la Existencia, / caen alambradas tardes, / cuando el hombre cumple su palabra, anhelados sueños” (p. 36); “¡Oh humanos! Busquemos la superación total cual gracia de girasol” (p. 37). 
 
En los 49 poemas que conforman el libro, agrupados en siete bloques (siete estaciones) compuestos por siete poemas cada uno, cada poema con tres estrofas de siete versos cada una, más los epígrafes o citas situados previamente al inicio de cada bloque, más una síntesis explicativa de su arte poética con base numerológica, más las referencias y glosario de significados ordenadas en 115 notas anexas, en todo ese conjunto, armónicamente distribuido e interrelacionado, el poeta diseña intensamente las condiciones del éxodo humano y de las matrices que definen las estaciones deseadas. Formalmente, el centro ordenador del libro son los 49 poemas; y el núcleo de esos 49 poemas es el número 7. “Este libro nace a partir del número Siete, considerando que la poesía también se sustenta en la numerología” (pp. 113-114), afirma el poeta en la nota en que añade bre-ves explicaciones sobre su arte poética, nota que, por cierto, lleva como título: “Siete veces siete”, a modo de síntesis conceptual de la organización formal, en clave, de los poemas que componen el libro. Las estaciones son siete, y su denominación está marcada por el sentido universal y particular del séptimo número: I. Siete días de la creación del universo. II. Siete notas musicales. III. Siete días de la semana. IV. Siete cuerpos del hombre. V. Siete palabras de Jesucristo. VI. Siete colores del arco iris. VII. Siete ensa-yos de la realidad.
 
El éxodo y las estaciones configuradas por Bethoven Medina -decíamos- deben satisfacer ciertas condiciones, y la fuerza poética del libro se asienta, precisamente, en esos requerimientos que el sentir del poeta demanda para el trayecto y el punto de des-tino que, respectivamente, ha de emprender y conseguir la humanidad. Las condiciones que el poeta establece para las estaciones son tres: natural, corporal y social; y la condición señalada para el éxodo es una: el Saber. 
 
Cada condición asignada a las estaciones incide en una relación: lo natural, en la relación hombre-naturaleza; lo corporal, en la relación hombre-consigo mismo; lo social, en la relación hombre-sociedad, configurándose, con ello, tres tópicos centrales que dis-curren en la armonía conjunta del poemario: NATURALEZA-CORPORIDAD-SOCIEDAD. Dado que los órdenes de condición no son yuxtapuestos sino estructurados -vinculados y vinculan-tes- conforman una gran estructura interna en que lo corporal asume la función nuclear, y lo natural y social ejercen funciones dimensionales. Es decir, la CORPORIDAD (corporal) es el núcleo en torno al cual se ordenan la NATURALEZA y la SOCIEDAD. De ahí que, de las sie-te estaciones de poemas, la cuarta estación, la central, la ocupa la CORPORIDAD (Siete cuerpos del hombre); la primera, segunda y tercera estaciones las ocupa la NATURALEZA (Siete días de creación del universo; Siete notas musicales; Siete días de la semana); la quinta, sexta y séptima estaciones, las cubre la SOCIEDAD (Siete palabras de Jesucristo; Siete colores del arco iris; Siete ensayos de la realidad). Cada sector dispone de una marca distintiva: la continuidad es la marca de la relación hombre-naturaleza; la multidi-mensionalidad, de la relación hombre-consigo mismo; la historicidad, de la relación hombre-sociedad. En este plano se configuran las condiciones de las estaciones: continuidad natural (“Descubro el mar lejano abrazado al firmamento”, p. 20); multidimensionalidad corporal (“Emocionado busco mi otra mitad que perdí al nacer”, p. 63); historicidad social (“En el Perú, los maíces se levantan insatisfechos”, p. 103). 
 
Esta distribución de las estaciones también se vincula con la tensión existencial entre lo universal (la continuidad) y lo particular (la historicidad). Lo universal está re-presentado por la primera estación (el mundo: siete días para crearlo) y lo particular está configurado por la séptima estación (la realidad peruana: siente ensayos para interpretarla). El centro articulador de esa contrariedad es el ser humano, lo somático, representado en la tercera estación (siete cuerpos del hombre).
 
Las condiciones de continuidad, multidimensionalidad e historicidad están regi-das por un componente regulador: el Saber. Si no hay Saber con función de control, no hay condiciones que se cumplan y, por tanto, no habrá éxodo satisfactorio. El Saber es el gran operador de transformación en el camino hacia las siete estaciones, es el factor que instaura la continuidad, multidimensionalidad e historicidad, haciendo tomar conciencia de ellas. La perfección de las estaciones anheladas se fundamenta en la intervención de las potencialidades cognoscitivas humanas. En todo caso, el Saber tiene Poder para iluminar el Ser. El libro comunica el ansia por un giro en la actitud humana para recategorizar el marco de conocimiento respecto a la existencia. Sólo el Saber permite RE-CONOCER LA NATURALEZA en su continuidad; RECONSTITUIR LA CORPORIDAD en su multidimensio-nalidad; RECONFIGURAR LA SOCIEDAD en su historicidad. Es decir, el éxodo es cognoscitivo, sugiere un giro en los modos de entender la realidad como base para una nueva condición existencial. No hay éxodo de un sujeto colectivo físico, sino de un sujeto co-lectivo mental. Éxodo, sí, pero en el plano de las mentalidades, en las visiones humanas acerca de la naturaleza, del cuerpo y de la sociedad. Dicho de otro modo, acceder a una nueva existencia pasa por realizar una operación de transformación en las concepciones, en los modos de pensar. El éxodo hacia la perfección, por tanto, se inscribe en el plano del Saber. El nuevo Ser ha de pasar por los filtros del Saber.
 
El rol mediador de lo cognoscitivo se vincula coherentemente con el sentido de la breve anotación que Bethoven Medina hace sobre su arte poética: “La poesía es conocimiento, no solo sentimiento. Cada poeta es el arquitecto de su propia arte poética” (p. 113). Según este enfoque, la poesía escinde su quehacer. De un lado, como creación ar-tística (arte poético), cuya base es el sentimiento, y su acción consiste en construir ver-siones sensibles acerca del mundo. De otro lado, como concepción artística (arte poéti-ca), cuya base es el conocimiento, y su acción consiste en construir versiones acerca de sí misma. Esta es la plenitud de la voz poética, la conjunción de la creación y la concepción (“es conocimiento, no solo sentimiento”). De tal modo, el Saber deviene en inherente a la práctica poética, y el poeta se posiciona como un Ser que ejerce un Saber (conocimiento) en el acto de diseñar y dar forma, efecto y dirección a su Sentir (sentimiento), es “arquitecto”. Esta idea Bethoven Medina la proyecta sobre su poemario, haciendo de éste un acto de su arte poética, en que la expresión es numerológica a través de la metaforización del misterioso siete, y en que el contenido es ontológico-existencial y cognoscitivo-gnoseológico. Otro rasgo formal de esta arte poética se relaciona con la coexistencia en el libro, de un lado, de poemas “habitualmente ligados a la expresión del sentimiento”, y de otro lado, de gráficos, epígrafes, anexos, prosa y notas “habitualmente ligados a la expresión del conocimiento”. 
 
El Saber que propone el libro es gnoseológico, explora los fundamentos generales de la relación sujeto-objeto (objeto natural, corporal, social). Esos fundamentos, sin embargo, no son conceptos nuevos y desconocidos para la humanidad, al contrario, son formas de conocer el mundo que el hombre ya las tuvo consigo en las instancias en que concibió su existencia como resultado de un acto de “creación divina”, y la operación consiste, por ende, no sólo en apropiarse de nuevos saberes sino también en reapropiarse y revitalizar viejos saberes. 
 
Así, en el plano de la relación hombre-naturaleza el éxodo gnoseológico apunta a recuperar las formas míticas del conocimiento, ir hacia los orígenes, reencontrarse con las esencias existenciales, retomar aquellas instancias en que el hombre y la naturaleza eran concebidos como constitutivos de una sola entidad; reanimar las épocas en que el saber humano miraba y captaba totalidades, sin cortes ni discontinuidades: “Mundo y Hombre, Señor, Mundo y Hombre, / el Saber deja caer parábolas al fondo del tiempo, / ahí donde melodía inédita es el sol” (p. 25). Emigrar gnoseológicamente hacia los orígenes significa para el hombre refundar lo sustantivo de su condición existencial, es un buscar-se a sí mismo, volver a caminar por caminos ya caminados: “No me extraña ser espacio, latido, nota musical, / y buscarme con linterna desde orígenes del Bing Bang, / si escritos están en el viejo testamento los pasos peregrinos” (p. 38); “aprieto mi corazón hasta mis latidos, / ya que volverte a ver, es nacer de tu Ser” (p. 47); “Solo, encerrado en celda de años, giro ¡Oh, Luna Diana!” (p. 48). 
 
La condición humana, el Ser, debe hacer el éxodo hacia lo que siempre fue movimiento y continuidad eterna, pues en la recuperación de sus auténticas formas primigenias se fundamenta la transformación anhelada: “MI Ser y los ríos, continúan su cauce hacia lo eterno, / y me convocan a la línea recta de la Esperanza, / el silencio balancea y fluye” (p. 35). La continuidad se formaliza en un procedimiento gráfico integrador que permite escribir palabras con guiones que sustituyen comas y dan cuenta de entidades totales, no fragmentadas: “Tierra – Cielo”; “Infierno – Purgatorio – Paraíso” (p. 21); “Sabiduría – Fuego – Belleza” (p. 23); “Madre – Padre – Hijo” (p. 24). La función iluminadora del Saber, en sentido existencial mítico, permite recuperar la condición integradora del mundo natural.
 
En este orden, el ser humano se categoriza como “zoo humano”, entidad humano-natural ligada al universo, cuya condición continua determina que el Ser ha de ser redescubierto e iluminado por el Saber: “y el día entre garúas baja a dar vida a los totorales, / abre ojos a gaviotas enamoradas / y alumbra luciérnagas el interior del zoo humano” (p. 20); “Con una lámpara encendida busco a Siete Santos durmientes de Efeso, / hasta ser voz del ande que recorre fatigado venado, / y despierta iluminado como un niño / ¡Saltando límites, saltando, límites saltando!” (p. 34). Sólo desplazándose hacia los orígenes continuos, el Saber podrá construir la identidad del Ser: “Hermandad de siete rayos – Madre – Padre – Hijo / mañana, tarde y noche, ante el tiempo y toda espe-cie, / se renueva la natura en las eras y desde el origen / reverdecen prados y vacunos los recorren bramando. / Descubro crustáceos en playas inéditas, a imagen y semejanza, / -soy criatura del universo- / …” (p. 34); “Alucinado desciendo del sueño antes que la aurora, / despierto a la conciencia, / y descubro olas que el tiempo escribe en el mar, / y al sentarme, y pensar de dónde vine, suspiro iluminado” (p. 50); “El Arca de Noé descansó / al sétimo mes y siete días. Desde entonces los Hombres, / reman mar adentro con la intención de desentrañar el mar profundo. / En animales y vegetales reside lo perdurable, y el amanecer con su lucero ordena mis andanzas” (p. 50). 
 
La condición gnoseológica apela por la superación de los saberes fragmentados impuestos por la racionalidad moderna, pues los límites fijos e infranqueables, proyectados sobre el mundo, tienden a desustanciar la realidad, construyendo un mundo dividi-do que empaña la vitalidad del mundo totalizante, y con ello el Saber termina imponien-do un Parecer sobre la auténtica condición del Ser. Aquel estado en que vivimos, en que el Parecer sustituye al Ser, ha de ser invertido mediante el éxodo gnoseológico, cuyo elemento de control es el Saber: “la única obligación humana es iluminar el espíritu / aunque retumbe la lluvia sobre los techos” (p. 51). El Saber interviene para que el mundo sea lo que es y no para que el mundo parezca lo que no es. La recuperación del Ser mediante el Saber es una dimensión del éxodo existencial poéticamente sugerido: “vuela mi Ser y me siento río feliz, creciendo” (p. 49); “E insto a recuperar lo nuestro / hasta caer abrazado a la piedra / que encierra las claves del Saber” (p. 19). 
 
Las parcelas conceptuales derivan de un exceso de racionalización del mundo, y la alternativa consiste en sustituirlos por integraciones conceptuales que proyecten una captación holística del mundo. Según esto, el éxodo conlleva el paso de un estado conceptual que segmenta la realidad a otro estado conceptual que totaliza la realidad. El libro de Bethoven Medina, en este orden, reprueba que la condición humana sea enten-dida desde posiciones extremas que trazan límites cerrados en la esfera del saber, y propone que la vía del conocimiento debe poner atención a la continuidad como concepto a través del cual se visualice el mundo.
 
El nuevo espacio ocupado por la existencia humana se vincula, además, con dos dimensiones integradas -o inherentes- a ella: la Vida y el Tiempo, dimensiones que parti-cipan en el nuevo estado humano, dándole extensión de condición absoluta: “LUNES: mi alegría se origina y traduce en gesto amable, / me levanta a leer albas a través de ventanas; / descubro el sol, la vida. / Al ascender senderos, caminando madreselvas, / no encuentro calma, sólo riscos abruptos, / ahí la luz aparece como antorcha / al sentir la Vida en continuo aliento” (p. 48); “Devoto del sol me arremolino en la Vida” (p. 35). 
 
Las figuras que dan cuenta del Saber son verbales y nominales. El poemario contiene una alta frecuencia de verbos que refieren “actos de conocimiento”, significados verbales en cuyo contenido se activa el proceso de conocer: reflexionar; meditar; contemplar; buscar; descubrir; preguntar. A ello se añaden figuras nominales reunidas en torno al significado “luz”: sol; día; nuevo día; lucero; iluminación; linternas; lámparas; fluorescentes; luciérnagas; y en torno al significado “orgánico”: cerebro, ojos. Dice el poeta: “Con Disco Solar busco azorado el origen como si me siguieran. / Supero la Geografía de la Luz y sus nacimientos, / y celebro el primer día / en el camino que se abre e ilumina. (…) Hecha la Luz.” (p. 19). El éxodo implicado por el iluminado Saber se metaforiza en significados vinculados con “caminar”: andanza, recorrer, ascender, descender, venir. Dice el poeta: “En animales y vegetales reside lo perdurable, / y el amanecer con su lucero ordena mis andanzas” (p. 50). 
 
Así, el ser humano vive en un mundo delineado por fronteras fijas que separan y confrontan lo universal y lo particular; la ciencia y la religión; el saber epistémico y el saber mítico; la naturaleza y la cultura. Todo es choque regido por una actitud de resis-tencia a la coexistencia. La sensibilidad poética de Bethoven Medina descarta este mun-do de confrontación para pasar -hacer el “éxodo”- hacia un mundo de reconocimiento en que las parcelas conceptuales no sean asumidas como fijas y compartimentadas sino co-mo dimensionales y dinámicas, como formantes de una sola totalidad existencial. En este sentido, la contrariedad conceptual no consiste solamente en ser diferente uno de otro, sino en ser diferente y semejante a la vez. Un caso. ¿Es la ciencia absolutamente contrapuesta a la religión? ¿La modernidad no impuso, acaso, un endiosamiento de la ciencia? ¿No es también la ciencia un instrumento utilizado por el poder? ¿No fue, aca-so, la religión el nexo, la ligazón -de ahí su nombre- que estableció el hombre con la natu-raleza para explicarla e interpretarla? ¿No es también la religión un instrumento manipu-lado por el poder? Religión y ciencia, una y otra se intersectan y comparten sectores, son dimensiones de la condición humana, son “estaciones” vinculantes y vinculadas, y tal vez, englobantes, que han marcado el tránsito del ser humano. Este carácter lo registra el libro de Bethoven Medina situando como primera estación “Siete días de la creación del universo” (semánticamente, “lo religioso”), y como séptima estación “Siete ensayos de la realidad” (semánticamente, “lo científico”). El contenido de la primera estación (“Siete días de la creación del universo”), “religiosa”, contiene los signos de la ciencia: “Existencia, hasta mis siete años infantes formé cerebro / y abrí los ojos; calcé pies nómades y carne celular. / Ahora, gozoso de vivir recorro calles y montes. Hecha la luz” (p. 19). El contenido de la séptima estación (“Siete ensayos de la realidad”), “científica”, contiene los signos de la religión: “Abrazado al Sol, ingresaré al paraíso, / al cubierto edén que llevamos adentro, energía en Unidad, / como luz en ojos todos” (p. 109). De este modo, el poeta define el sentido humanamente totalizador e integrador de su canto: 
 
mi voz que canta al hombre: a su creación y evolución” (p. 109).
 
 
Chiclayo, 2 de setiembre de 2016.
 
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