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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Armando Villanueva
Los Inicios

Por Osmar Gonzales
Fuente: Librosperuanos.com
Noviembre, 2015

El mejor homenaje que podía haber recibido el histórico líder del aprismo, Armando Villanueva del Campo, por el centenario de su nacimiento, es la publicación de una obra como la que ha llegado a culminar Javier Landázuri, quien trabajó muchos años con aquel tratando de dar forma a este conjunto de documentos que revelan aspectos sustanciales de nuestra historia política en un momento excepcional forjado con hombres excepcionales.

En efecto, Los inicios 1 es un nuevo acercamiento en el conocimiento de la fundación de la APRA y luego del APRA. Además de su belleza formal, 2 es un torrente de información por el cual el lector se debe sentir agradecido, pero al mismo tiempo seguramente abrumado por la abundancia de temas de interés que contiene en sus 683 páginas. Se trata en verdad de tres cuerpos que pueden ser leídos autónomamente: 90 cartas inéditas (reproducidas facsimilarmente) de personajes que dieron vida al APRA; el llamado “Libro Rojo”, que es el acta de fundación del Partido Aprista, y la edición facsimilar de los primeros 16 números de la revista APRA, primer órgano oficial de dicho partido. A los documentos se suman las palabras preliminares del propio Villanueva del Campo, “La fundación del aprismo peruano”, y el exhaustivo ensayo de Landázuri, “La Edad Prometeica”.

Los inicios es la concreción del proyecto del líder aprista, quien resguardó durante décadas la documentación que ahora comentamos, a la que se suma la perteneciente a otro líder histórico del aprismo, Luis Heysen. A Villanueva no le alcanzó la vida para ver concretada su ambición, pero gracias a la labor encomiable de Landázuri ahora podemos acceder a esta valiosa información.

El prólogo de Villanueva es generoso con los lectores y revela honestidad intelectual al plantear su visión de la/su historia y exponer sus opiniones sobre los personajes de la trama peruana de los años 20 del siglo pasado. Es conmovedor su relato sobre la historia del Libro Rojo y cómo llegó a sus manos; asimismo, es admirable cómo un adversario político, Pedro Benvenutto Murrieta, funcionario del gobierno de los años 30, le obsequió los ejemplares de APRA, que ahora podemos leer. Villanueva también nos ofrece información acerca de los partidos políticos de la época, proporcionando datos usualmente desconocidos.

Landázuri nos presenta un extenso, minucioso y documentado ensayo en el que analiza la información riquísima que tiene ante sus ojos. Ajeno a posiciones unilaterales y prejuiciosas no escatima en elogiar incluso a aquellos que son distantes de sus opciones ideológicas, ni en criticar a los cercanos a él. Pero lo más interesante, su mayor aporte, es narrar el entramado político que solo pudo ser producto de sus protagonistas, quienes variarían el curso de la historia con sus decisiones.

Es una historia preñada de intrigas, derrotas, triunfos y de pasiones llevada a cabo por hombres apasionados. Casi se podría decir que el hilo que enhebra todo lo que nos relata Landázuri es el de las pasiones políticas. Después de todo, lo que propone el autor es justamente restituir de su humanidad a aquellas figuras que desde diversas posiciones hemos convertido en partes de nuestras personales y colectivas mitologías. Desde este punto de vista, Landázuri tiene toda la razón cuando afirma que Haya y Mariátegui terminan siendo mucho más grandes que los mitos que hemos construido sobre ellos.

En este marco de ideas, los fundadores del aprismo y del socialismo peruano aparecen, a la luz de estas fuentes documentales descubiertas para la opinión pública, como hombres de carne y hueso. Y llegado a este punto me quiero referir a las fuentes mismas con relación a nuestros personajes.

Antes quiero dejar establecido que tanto Haya como Mariátegui son nuestros padres fundadores, y, como tales, los lugares que ocupan en nuestra historia y vida política son inamovibles. Nada ni nadie podría sacarlos de donde están. Ningún documento desempolvado ni un nuevo descubrimiento “arqueológico” podrá socavar la trascendencia histórica de ninguno de ellos. Por esta razón, pienso, no tiene sentido alguno escamotear la difusión de registros hasta ahora guardados con celo excesivo e improductivo. Si la CIA desclasifica documentos sobre la Guerra Fría y Moscú sobre el stalinismo, ¿por qué habremos de ser exagerados en la reserva de nuevos/viejos documentos que tratan sobre una historia que pronto cumplirá el siglo?

El argumento de que es mejor preservar el secreto para no facilitar armas al adversario, carece de sentido, como también es inverosímil decir que muchos todavía no están preparados (siempre ellos, no nosotros, claro) para procesar la nueva información. Considero más bien que es el momento adecuado para poner todas las cartas sobre la mesa. Al fin de cuentas, no se trata de determinar quién ganó el partido, si Haya o Mariátegui, sino cómo se jugó el mismo. Si hemos de ser crudos en el balance, diría que todos perdimos con la ruptura entre ambos fundadores. El país perdió la ocasión de maximizar todas sus posibilidades: el pueblo perdió ante las plutocracias, el Estado ante la corrupción, la política ante el espectáculo y la inteligencia ante la trivialidad.

Ahora sí, quiero detenerme en la pertinencia de las cartas como fuente de información. Últimamente, se ha rescatado a las correspondencias personales como una fuente de análisis en las ciencias socio-históricas, pues son contenedoras de información que otros documentos no poseen. En el caso específico de Los inicios este valor es mayor por su peculiaridad que paso a describir. Si bien es cierto que las cartas son usualmente privadas, en este caso hay que entenderlas como documentos políticos y, en tanto ello, son documentos públicos. En reiteradas oportunidades, Haya de la Torre le dice a su corresponsal ocasional que discuta su carta con los otros miembros de la célula correspondiente; es decir, no es solo para el corresponsal individual sino para el colectivo político. Pero al mismo tiempo, no son documentos que aparecen para el consumo del lector anónimo. Para ser más precisos, son cartas semi personales o semi públicas, como se prefiera. Por dicha razón, las cartas reproducidas facsimilarmente en esta publicación exceden los linderos personales y se convierten en documentos de discusión política. Precisamente por este aspecto es que guardan importancia y trascendencia.

Es impresionante observar cómo Haya y Mariátegui bregaron por dar forma a sus proyectos políticos, ambos desde condiciones de desventaja. Desde el exilio, Haya y su máquina de escribir enviando cartas y documentos de definición política. Labor incesante, sin tregua, multiplicándose y tratando de reducir las distancias por medio de la palabra escrita; él que fue un orador excepcional hubo de recurrir a la escritura, aunque sin la plasticidad y poder de convencimiento que mostraba cuando empleaba la palabra hablada. Sus propios corresponsales se lo decían y lo comentaban: Haya cuando escribe, afirman, es tosco, irónico y confrontacional; pero cuando habla es persuasivo, empático, sutil. No es difícil imaginar la desesperación de Haya por no estar en el Perú y verse obligado a observar desde lejos la vitalidad de las luchas populares a las que se moría por dirigir.

Mariátegui también, desde su silla de ruedas y prácticamente confinado a su casa de Washington Izquierda, emprendió una febril comunicación epistolar desde su máquina de escribir, aunque es más común en él que en Haya las cartas manuscritas. Tampoco nos resulta difícil comprender su frustración al no poder ser parte activa, como antes, de la vida literaria, de las constantes reuniones sindicales del proletariado limeño, de los foros de debates políticos.

Aunque de diferentes maneras y bajo condiciones distintas, ambos debieron hacerse presentes desde lejos en la dinámica sociedad peruana de su tiempo; ambos se vieron obligados a actuar desde sus particulares exilios. Ahí es cuando las cartas cobran una importancia capital.
 
Dentro de lo dicho, es necesario subrayar que todas estas cartas se deben leer en clave política, no existe una coma que no tenga un sentido político. Sea con mensajes explícitos o subliminales, el contenido político siempre está presente. Tanto en Haya de la Torre, como en Mariátegui, Ravines, Heysen y otros, la impronta política es sustancial. Y no es casual. A mi entender, ellos, su generación, fundan el campo político peruano como uno autónomo y diferenciado de otras esferas. La vida nacional en constante cambio los obligó a ello; si querían ser los líderes de las nuevas clases emergentes debían actuar con su misma velocidad. Buscaron dotar de forma política a inéditos sujetos sociales, activos y multitudinarios, y con colores distintos a los oligárquicos. Tiempos nuevos que demandaban organizaciones políticas diferentes. La ciudadanía debía empezar con la militancia. Luis Alberto Sánchez resume el momento en carta dirigida a su antiguo maestro pero luego adversario político, José de la Riva Agüero: “es el tiempo de la masa”, es decir, la política adquiría un carácter distinto al del tiempo oligárquico.

Nuestros personajes se esfuerzan por dar forma a doctrinas y programas, se adscriben a ideologías y trascienden los linderos nacionales. Constituyen bases nuevas para el debate sobre el poder, al cual se buscaría acceder sin pudicia. Por lo tanto, se establecen fronteras nítidas entre los amigos y los enemigos. Están prohibidos los términos medios, se destierran las indefiniciones.

Esta angustia por estar a la altura de las nuevas circunstancias se observa no solo en los documentos públicos de discusión que propusieron los fundadores de la APRA, sino también, y quizás con mayor urgencia, en las 90 cartas mencionadas. Esto se puede constatar en la formación de un lenguaje diferente (se crean nuevos términos, o se resignifican anteriores: semifeudal, imperialismo, revolución plebeya, pueblo, fe, mito), organizaciones (alianzas, partidos, frentes, todos con jerarquías, militantes, disciplina, sanciones), pensamiento (doctrinas políticas, visiones del país, debate ideológico), y también una moral propia.

Este aspecto, el de la moral política, constituye el mejor ejemplo del esfuerzo de nuestros personajes por constituir la política como un campo autónomo, deslindándola de valores religiosos y fundamentando sus fines dentro de sus propios límites. De esta manera, aquello que puede ser visto como inmoral desde otros terrenos, en la lucha política es plenamente legítimo. Este fue un tema de discusión en varias de las cartas reproducidas. Se percibe el esfuerzo por definir los contornos de la moral en la política en las cartas de Haya, Heysen, Ravines, y del propio Mariátegui. Seoane muestra más dudas, aunque al final se incorpora a la lógica de aquellos. Todos los mencionados son nuestros Maquiavelo, Schmidt, nuestros Lenin. La lucha política se realiza con sus propias reglas que no coinciden necesariamente con las de otros campos de la vida social.

Si no se entiende lo anterior puede herir susceptibilidades la dureza, por ejemplo, que muestra Haya de la Torre hacia sus camaradas, aun cuando estos plantean problemas o situaciones personales o familiares legítimas: enfermedad de un padre o fallecimiento de algún familiar, por ejemplo. Haya de la Torre no admite estas sensiblerías o debilidades de carácter, según decía. El individualismo debía subordinarse a la política, a sus objetivos, a la revolución. Por eso casi no hay referencias personales o a la familia. (Solo existe una carta en la que se puede leer el envío de saludos a la familia, y pertenece, qué increíble, a Ravines, en comunicación con Mariátegui). Aparece entonces la figura del militante, o en palabras de Haya de la Torre, el soldado de la política.

Para el líder trujillano, la política contiene un carácter militar, la disciplina partidaria debía ser similar a la de los cuarteles. Y a la disciplina debía sumarse las jerarquías, si no todo recaería en el caos sin un liderazgo claro y ejemplar. En varias cartas, Haya de la Torre enfatiza en la figura del jefe. Por ello, no tiene problemas en criticar a sus compañeros o camaradas, incluso a los más cercanos, pues lo principal para él era mantener la convicción revolucionaria. De esta manera, deslinda los campos entre los amigos y los enemigos. Es inevitable rememorar las polémicas de Lenin con sus camaradas bolcheviques, su dureza incomprensible hacia ellos, pues todo lo subordinaba al objetivo revolucionario. Evidentemente, Haya quería ser el Lenin peruano, con justicia se le puede reconocer como el primer marxista-leninista de nuestra vida política.

Todos estos temas son motivo de idas y venidas, de discusiones sustentadas con perspectiva doctrinaria, conocimiento histórico, audacia política. Uno como lector es un privilegiado que puede expectar esta especie de masa acuática que se mueve incesantemente hasta encontrar su nivel. Así, las cartas −escritas semana a semana, y a veces diariamente−, van tejiendo una red entre Lima, Berlín, Buenos Aires, París, México y otras ciudades, constituyendo la plataforma de una discusión política de alto calibre, tensa y de gran profundidad analítica.

En este terreno debemos ubicar la actuación de nuestros personajes principales. Evidentemente, resaltan Haya y Mariátegui, pero también emerge la figura de Eudocio Ravines, un personaje que ha sido prácticamente desconocido. A ellos agregaría la importancia de Heysen, a mi entender el soporte de la naciente organización aprista.

Mucho se ha escrito sobre la famosa polémica entre Haya y Mariátegui, quizás con definiciones de antemano. La hagiografía y el prejuicio cumplieron un papel oscurecedor. Así, las conclusiones se podían saber simplemente conociendo el nombre del autor. Creo que ahora no se debe acometer su comprensión desde la postura soberbia de quién ganó el debate, si Haya o Mariátegui.3  La realidad es más compleja, como siempre.

Simplista es la reducción también acerca del enfrentamiento que se ha construido entre ellos: el político versus el intelectual, pues en verdad, Haya fue un político ideólogo y Mariátegui un intelectual que incursiona en la política. Lo que los caracterizó fue su esfuerzo por unir ambas esferas. Cada uno tenía una identidad particular. Haya privilegió la acción a la cual debía servir el pensamiento; Mariátegui priorizó el esclarecimiento doctrinario para definir el curso de la acción, pero esto es una distinción analítica, no una diferenciación fáctica. Sus cartas y publicaciones ratifican lo dicho. Considero que los que los diferenciaba, en última instancia, era su distinta concepción sobre la importancia del tiempo. Para Haya la acción debía rendir frutos hoy; para Mariátegui las ideas debían fructificar mañana; nuevamente, estamos frente a una distinción analítica, no se puede afirmar que a Haya no le interesaba el futuro ni que Mariátegui desdeñaba el presente. Solo estoy tratando de describir sus puntos de observación y de actuación. Y esto tiene historia.

Cuando Mariátegui partió a Europa en 1919 estaba dejando su esteticismo literario decadentista y se comenzaba a acercar a las luchas obreras, que en ese año consiguieron la legalización de las 8 horas laborales. A su regreso, en 1923, ya había madurado ideológicamente gracias al marxismo y a las experiencias europeas que le mostraron un mundo desconocido. Por su parte, Haya de la Torre iba abandonando su filoanarquismo pero a punto de partir al exilio e iniciar su periplo norteamericano-europeo y ruso, en donde encontraría su propia madurez que le permitiría redactar los textos fundacionales del aprismo.

La vuelta de Mariátegui al Perú portaba su promesa que había realizado en Italia, junto con Carlos Roe, Palmiro Maquiavelo y César Falcón, la de fundar el partido marxista peruano. El encuentro con Haya fue cordial, prueba de ello es su coincidencia en las Universidades Populares González Prada y la revista Claridad, pero ya estaba incubado el conflicto sobre el liderazgo político de las clases populares (lo que se mostró larvariamente en la divergencia con respecto a la jornada anti-leguiista del 23 de mayo por la Consagración del Corazón de Jesús y que marcó el inicio del liderazgo de Haya de la Torre). Luego, cuando postula Haya a la APRA como alianza de clases, Mariátegui no encontraba obstáculo a su proyecto político, lo que sí sucedería pocos años después.

En efecto, en 1928, el Plan de México y la candidatura ficticia de Haya de la Torre, posibilitaría la emergencia con absoluta claridad el conflicto ya incubado. Mariátegui cuestiona el bluff y además incide en que la APRA es una alianza y no un partido. Haya reacciona con dureza, enfila contra Mariátegui con excesiva crueldad (refiriéndose a su invalidez, por ejemplo), y pone énfasis en que el APRA está organizado como partido; entonces cambia el lenguaje: ya no habla de la APRA, sino del APRA. La crítica de Mariátegui conmueve el proyecto de Haya y obliga a los integrantes de la naciente organización si no a tomar decisiones aún, sí a protagonizar debates fundamentales. El error de Mariátegui en este contexto crucial fue separarse de la APRA y no encarar la lucha política en ese terreno. Por el contrario, decidió crear otro proyecto con la fundación del Partido Socialista. Las cartas de ese momento crítico son las más notables de toda esta correspondencia.

El ofuscamiento de Haya se debe entender también porque la Célula de París iniciaba un proceso de deslinde con el aprismo. Ravines, quien siempre trató de igual a igual a Haya, reclamaba a la APRA como suya, en el mismo nivel de aquel y de Mariátegui. La definitiva separación de la Célula de París sería un terremoto político para el naciente aprismo. Ravines, ligado ya a Moscú, pensaba en la centralidad de un partido comunista, aunque sin la independencia intelectual que exigía Mariátegui.

Haya se vio así cuestionado por dos frentes y consideraba que había un complot urdido por Ravines y Mariátegui en su contra.4  En verdad, cada uno iniciaba los ensayos de sus propios proyectos. La extensa carta que le dirige Haya a Ravines desde Berlín el 2 de marzo de 1929, con anotación a mano “Confidencial”, es una pieza central en el tiempo de la ruptura provocada luego del lanzamiento del Plan de México, pero previo al desbande de los apristas de París. La depresión que sufre Haya provoca que vuelva la tuberculosis que se había manifestado en 1924 en Europa. Económicamente está en situación grave. El proyecto subversivo había abortado. Renuncia entonces a la conducción del aprismo (que luego no sería aceptada) para pasar a ser un soldado más de la revolución, según sus palabras; incluso piensa renunciar a la ciudadanía peruana. Acusa a Mariátegui de haber boicoteado su nombre en Amauta producto −dice− del odio escondido que tenía por él, y afirma que lo procesará por colaborar con Leguía dividiendo al proletariado. Es más, señala que su deportación a Panamá fue obra de Mariátegui y que el fascismo le levantará un “monumento … con pata”. En resumen, para Haya, Mariátegui es un instrumento de la reacción, además de abundar en crueles alusiones a su invalidez (en dos cartas alude al muñón de Mariátegui,5  también se burla de su trono con ruedas, afirma que con pata quería el poder y sin pata se hace la víctima, entre otros agravios).

No pasa desapercibida la contradicción en el argumento de Haya, pues había dicho innumerables veces que Mariátegui solo era un creador de imágenes literarias, sin embargo, lo acusa de acciones que solo puede llevar a cabo un político consumado.

Poco después ocurriría el rompimiento de la Célula de París con el aprismo, y también la del APRA con la Asociación General de Estudiantes Latinoamericanos (AGELA), fundada por el político uruguayo Carlos Quijano, vinculada a la Comintern, y considerada desde entonces por el aprismo como declarada enemiga. Se abre un tiempo de nuevas definiciones para Haya y los apristas.

Cazurro, Ravines prefirió oponerse a Haya y no a Mariátegui. Seguir siendo parte del APRA era toparse con el liderazgo de Haya, quien tenía un plan diferente. Sin embargo, acercarse a Mariátegui tenía más sentido, pues ambos coincidían en el mismo proyecto: fundar el partido marxista, sea cual sea su nombre, aunque sea un motivo de lucha soterrada. Por otro lado, Ravines era el hombre de la Conmitern, más que el propio Mariátegui, quien ya había tenido desavenencias con el comunismo soviético. Permanecer al lado de Mariátegui permitía a Ravines iniciar su proceso de cooptación. Julio Portocarrero fue uno de los que jugó a su favor.

Irónicamente, Haya y Ravines, tenían más coincidencias entre sí en su concepción de la política que con Mariátegui, especialmente en lo referente al tema de la acción política y la subordinación a ella del esclarecimiento doctrinario. A ambos habría que sumar al gran amigo de Mariátegui, César Falcón, quien lo fustigaba por hacer de Amauta una revista literaria y no un órgano de construcción del Partido Comunista, retardando, decía, la promesa hecha en Italia.

Lo que identifica a Haya, Ravines y Falcón es lo que podemos llamar su anti-intelectualismo funcional. Los tres consideraban que el debate que planteaba Mariátegui era un aspecto secundario y subordinado a la lucha política. En las cartas de Haya es constante encontrar su crítica a Mariátegui por lo que llamaba su intelectualismo. Pero es irónico que Mariátegui también tuviera severas críticas a los intelectuales, solo se salva en su mirada el llamado intelectual revolucionario. Sus crónicas agrupadas en La escena contemporánea son elocuentes al respecto. Haya se refiere con desdén a la intelligentzia, al intelectual revolucionario que sueña, al escritor como Mariátegui que está más preocupado en las frases pulidas que en la lucha por el poder; cuestiona a los intelectuales de ilusiones tropicales, en suma. Por ello, es especialmente significativo lo que le dice a Heysen en una carta de 1924. Este, al parecer, en una comunicación que no conocemos, le increpa a Haya por el olvido del buen escribir. Este responde casi iracundo: no se trata de escribir bien, eso no es lo importante, sino la acción política.

Haya es un producto del contexto de ese momento en el que se priorizaba la acción, pero deseo plantear que existe un elemento personal que lo lleva a asumir esta actitud anti-intelectual, especialmente cuando se refiere al autodidacta Mariátegui. Es el hecho de que en la Universidad de San Marcos Haya se vio impedido de presentar su tesis sobre Palma y Prada porque en el último año el profesor Luis Miro Quesada lo desaprobó. Es muy probable que este suceso le causara una gran frustración y amargura, y desde entonces expresó cada vez que pudo su desdén hacia lo académico, aunque él mismo fuera un lector apasionado y un escritor prolífico, que utilizaba la palabra escrita y hablada para fundamentar su proyecto político. La “Carta al soldado chileno” es una bella muestra de su capacidad escritural. Con esto quiero decir que su desprecio hacia lo intelectual era aparente y más una careta que expresión real de lo que pensaba. No deslizo la idea que si hubiera obtenido el grado de doctor Haya hubiera dejado de ser político; nada de eso, siempre político, su figura hubiera tenido otras peculiaridades y quizás uno de los temas de su polémica con Mariátegui hubiera sido sobre el carácter de la literatura peruana. Pero esto es ucronía solamente.

Con respecto a Mariátegui, Landázuri plantea una interpretación que me resulta sumamente sugerente. Haciendo una contabilidad de las cartas del Amauta, señala que es repetitivo en señalar la mala condición de su salud. Lo que Landázuri sugiere es que esta insistencia es la forma que eligió de construir su figura política, y fue tan exitoso en ello que Haya encontró un escollo magnífico que nunca pudo superar. Desde este punto de vista, Mariátegui sería entonces un estratega político −no solo intelectual− de primer nivel.

Luis Alberto Sánchez sería el primero que aludiría a la “agonía de Mariátegui”. No es de extrañar, pues fue uno de sus más cercanos amigos. Entre 1923, año en el que Mariátegui regresa al Perú, y 1930, año de la muerte del Amauta, Sánchez maduró personal e intelectualmente al lado de aquel. Todavía no se había acercado al aprismo. Por eso no aparece una sola vez en las 90 cartas que comentamos. Se podría decir que Sánchez fue mariateguista (Landázuri lo denomina mariateguista-leguiista). Esta cercanía intelectual y afectiva lo impulsó a escribir una semblanza de Mariátegui sentida y admirativa que publicaría en la revista de breve existencia, Presente, en 1931, dirigida por, además del propio Sánchez, Jorge Basadre, Alcides Spelucín, Honorio Delgado, y otros. Resumiendo el derrotero de Sánchez, se puede decir que después de su juvenil arielismo (en el Colegio La Recoleta fundó la revista Ariel, precisamente), pasó a su mariateguismo crítico, y, a partir de 1931, ancló en su definitivo aprismo.

Esta “agonía” de Mariátegui puso en jaque a Haya de la Torre, y por ello este trató en constantes oportunidades de desacreditarlo como político burlándose de su invalidez, de sus fiebres constantes (Manuel Seoane diría “fiebrecillas diarias”). Mariátegui construyó sobre sí mismo una imagen doliente con propósito político, pero Haya reaccionó con una agresividad desmedida, con violencia verbal excesiva.

Pero por otra parte, Haya también se cuidó de cultivar una imagen de él en la que predominaba −se ve en sus cartas también−, el de ser un hombre perseguido, condenado al exilio, acosado, siempre en peligro de muerte. Coherente, en un momento proyectó editar un folleto que se debería llamar “Nuestros desterrados”, para el cual le insistía a Heysen que le pidiera a Mariátegui dos páginas como prólogo.

A pesar de sus diferencias, tanto Mariátegui como Haya hicieron lo mismo: buscaron volver sus condiciones adversas en virtudes, pero siempre con fines políticos.

Leer a Haya, Mariátegui y a todos sus compañeros generacionales, nos devuelve a la interpretación política, al debate doctrinario, al deslinde ideológico. El uso por ellos de un lenguaje eminentemente ideológico-político nos remite a una interpretación de la historia y de la sociedad desde el problema del poder y la dominación. Y eso se extraña hoy, cuando el análisis social y político se ve invadido por un lenguaje ascético proveniente de la economía que evade dichos problemas. Creo que nadie puede imaginar a Haya de la Torre definir al APRA como la alianza de los sectores C, D y E, por ejemplo. Nadie le haría caso. Él habla de clases sociales, de explotación, de dominación, y de la salida política revolucionaria que propone ante esa situación.

Últimamente han aparecido libros que desde la izquierda hemos tratado de entender la vida y la obra de Haya de la Torre, incluyendo documentación desconocida. Más allá de las valoraciones que les demos a esas obras, existen como registros de un interés. Es tiempo que ahora intelectuales apristas aborden la vida y la obra de Mariátegui, domesticando en lo posible los prejuicios y las celebraciones de antemano de las consideradas victorias.

Haya y Mariátegui, Mariátegui y Haya, no importa el orden, unían la acción y la doctrina, potenciaban mutuamente sus posibilidades, aunque no supieron entenderse, quizás era imposible que ello sucediera. La disputa por el liderazgo, y como dice Villanueva, los conflictos de personalismos, explican en parte la ruptura. Se dividieron pero los sucesores no supimos restañar las heridas y, por el contrario, azuzamos los enfrentamientos. Pero tengamos en cuenta que una vez muerto Mariátegui y que Ravines asume la dirección del convertido por él en Partido Comunista, el Amauta desapareció literalmente como fuente de identidad de la izquierda peruana. Así, sería el PC de Ravines el que impediría toda posibilidad de acuerdos con el APRA.

El acta fundacional del aprismo que es el Libro Rojo, cuya primera reunión fue el 20 de setiembre de 1930, con Haya en el exilio todavía, nos trae información interesante, como justamente la identificación de Ravines como el enemigo. Poco antes, Haya había escrito a Heysen sugiriéndole “romperle el alma” a aquel. En otras palabras, el enfrentamiento visceral del aprismo fue con el Partido Comunista de Ravines, no con los mariateguistas.

El mariateguismo reavivaría a mediados de los años 50, pero en el momento que el APRA giraba en sus alianzas políticas. De este modo, se perdió nuevamente toda posibilidad de acercamiento entre ambas fuerzas políticas. Una historia de desencuentros.

Quiero llamar la atención sobre esta coyuntura crítica y fundacional y la velocidad con la que desarrollarían los hechos. Recordemos algunos fundamentales ocurridos en 1930: el 16 de abril muere Mariátegui; el 20 de mayo Ravines transforma el Partido Socialista en Comunista (quizás apurándose antes del recordatorio del nacimiento del Amauta, 14 de junio); el 25 de agosto el Presidente Leguía es depuesto; dos días después Sánchez Cerro toma el mando del país; luego se convocaría a elecciones para un nuevo Congreso Constituyente.

Las discusiones del naciente Partido Aprista giran en torno a su participación en las elecciones, a las alianzas con el Partido Socialista y otros de la izquierda, se acuerda el voto a la mujer (que luego Haya desestimaría para el debate constitucional), la necesaria candidatura presidencial de Haya y, evidentemente, en cómo dar forma a su organización. Acuerdan publicar una revista. El 12 de octubre de 1930 aparecería el primer número de APRA, (que en 1931 publicaría una nota de homenaje a Mariátegui por el primer aniversario de su muerte). Es un acto fundacional en un momento fundacional.

Haya de la Torre supo actuar en un momento que le favorecía. Luego de la muerte de Mariátegui, su rival más conspicuo, y la caída de Leguía, que le permitiría volver al Perú, quien quedaría como adversario sería Ravines, quien desde su concepción leninista de un partido de cuadros, dejó a Haya el campo libre para su comunicación apasionada con las multitudes. Desde ese momento, 1931, la organización aprista avanzaría como la seña política de identidad de la sociedad plebeya peruana.

Por todo lo anteriormente descrito, refresquemos nuestras discusiones y debates con toda la documentación posible que podamos rescatar a la mano. El libro de Villanueva y Landázuri nos ofrece esta posibilidad. Esta obra puede constituir un cierre ante la polémica famosa entre Haya y Mariátegui, y el inicio de entender su ruptura ya no desde las causas, sino desde las consecuencias que ella produjo, y partir de este giro reconstruir una agenda política para el futuro. Aunque pienso que ello será tarea de futuras generaciones. Con un APRA carente de intelectuales, e intelectuales de izquierda agotados, hoy no existen posibilidades de una refundación de la izquierda peruana.

Admito que mi mirada sobre ellos, con el tiempo histórico transcurrido y el biográfico propiamente mío, se ha modificado. Considero que Haya y Mariátegui no eran opuestos sino complementarios, pero ellos mismos fueron incapaces de verse así. Es un reclamo que debo hacer.

Desde mi punto de vista, este es un libro bisagra, a condición que nos pongamos sobre los hombros, como aquellos que protagonizan esta historia, la responsabilidad de pensar sobre nuestro país. La nueva documentación que eventualmente se encuentre ya no cambiará sustancialmente la mirada que tenemos sobre nuestros padres fundadores, se trataría de producción marginal, solamente. De aquí en adelante ya no deberá haber ningún reparo en hacer público todo documento antes considerado secreto o inconveniente.

Notas
___________________

1 Javier Landázuri (editor), Los inicios, Fundación Armando Villanueva, Lima, 2015
2 Mirko Lauer la califica como “obra de arte”, “La máquina del tiempo”, La República, Lima, 16 de noviembre de 2015
3 Si hemos de contrastarlos, esto debería tener una fecha límite: 16 de abril de 1930, fecha en la que murió Mariátegui. Y para entonces, el socialismo y el aprismo eran apenas proyectos, ideas, ilusiones. Pequeños grupos con grandes metas. Así, no se puede decir que ninguno se impuso al otro.
4 Precisando, hay que decir que la polémica fue de Haya con Mariátegui. Lo que ocurrió con Ravines fue un golpe de estado en París en contra de Haya; hasta donde conocemos, no hay un debate entre Ravines y Haya sobre el partido, la revolución, la ideología u otro tema.
5 La del 2 de marzo de 1929 es reproducida por Alberto Flores Galindo en su artículo “Un viejo debate: el poder”, en Socialismo y Participación núm. 20, 1980.

* Texto leído en la presentación del Libro Rojo. Los Inicios de Armando Villanueva el 18 de noviembre en el Centro Cultural Inca Garcilaso de la Vega.

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