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Estupidez y lógica

Por Gustavo Flores Quelopana
Fuente: Librosperuanos.com
Octubre, 2015

La estupidez es una roca inexpugnable:
Todo lo que da contra ella se despedaza.
Gustave Flaubert

 

Si la estupidez no fuese tan lógica no hubiese prosperado tanto en el género humano. En verdad la estupidez es un vino poderoso que embriaga con sus vapores a quien ose o no a cruzarse en su camino. Por eso siempre he tenido la sospecha de que el hombre no es estúpido por accidente sino por sustancia. O mejor, el hombre necesita de una gran dosis de estupidez para a contrapelo dar sentido a su vida. Incluso Goethe le dio la necesaria importancia diciendo: “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”.
 
Además, lo estúpido muchas veces tiene la ventaja de ser jocoso, y al hacer estallar la hilaridad se enlaza con la felicidad. Esto provoca cierto incremento en la respetabilidad de la estupidez. Por ejemplo, ¿cuál es el lápiz más peligroso del mundo? Lápiz tola. O sea, mientras más idiota más gracioso. Si esto no fuese cierto no habrían pasado a la inmortalidad histórica los comediógrafos griegos y romanos como Aristófanes, Menandro, Plauto, el barroco Moliere, y los contemporáneos Charles Chaplin, Laurel y Hardy, Woody Allen, entre otros. La comedia no es exactamente estúpida, al contrario, es un arte bien elaborado que explota los vicios, defectos y debilidades de personajes y personas comunes. Pero una cosa es la estupidez en la comedia, otra es que la estupidez sea cómica y otra que la estupidez sea tomada en serio. Razón tenía Michael de Montaigne al decir: “Nadie está libre de decir estupideces, lo grave es decirlas con énfasis”.
 
El asunto es que la estupidez humana suele ser remitida por comodidad a la ilogicidad. ¿Pero, acaso, es esto cierto? Cuando observamos la historia y la vida cotidiana con cierta serenidad no se tarda uno en darse cuenta de la cantidad insólita de cosas estúpidas que llena la vida humana. Konrad Adenauer expresó cierta vez: “Hay algo que Dios ha hecho mal. A todo le puso límites menos a la tontería”. Pero no seamos tan inclementes porque incluso las cosas estúpidas, como la avaricia y el lujo –muy bien estudiado por Werner Sombart (1863-1941) en sus libros El Burgués y Lujo y capitalismo- suelen ser factores importantes en los cambios históricos. De manera que si el hombre es la criatura racional por excelencia, hay que interrogarse: ¿Tiene todo esto un sentido lógico? ¿Cuál es la esencia de la estupidez? ¿Puede el hombre vivir sin la estupidez? En el fondo el problema de la estupidez nos remite a la estructura misma de la racionalidad. ¿Exigirá la intonsa estupidez su derecho a ser incluida en una nueva teoría de la razón? Por lo demás, así como hay épocas donde la sesera se llena de razones graves y profundas, también las hay en las que está ocupada por la trivialidad y la ridiculez.
 
A propósito de las contradicciones ínsitas en una misma época recuerdo una anécdota trivial y a la vez grave, que ilustra el imperio omnímodo de la estupidez. En una reunión social Einstein, el científico más conocido y popular del siglo veinte,  se encuentra con el símbolo del humorismo y cine mudo, Chaplin, y en el decurso de la conversación, Einstein le dice a Chaplin: Lo que he admirado siempre de usted es que su arte es universal, todo el mundo le comprende y le admira. A lo que Chaplin manifiesta: Lo suyo es mucho más digno de respeto, todo el mundo lo admira y prácticamente nadie lo comprende. Dos genios pasándose la oscilante pelota de la estupidez del mundo. Nadie como Chaplin, cuyo personaje encarna al vagabundo de maneras aristocráticas, corazón bueno pero sin un centavo en los bolsillos, para expresar mejor que nadie las contradicciones estúpidas y crueles de nuestra época.
 
Para el ínclito Ariosto nadie está exento de la mancha de la tontería. Así, codicia, orgullo, vanidad, credulidad, prejuicios, burocratismo, fanatismo, incredulidad, erotomanía y otros defectos hacen del hombre un ser estúpido. La obra cumbre de la estupidez podría acabar con la raza humana en un exterminio nuclear. La estupidez es una epidemia, un lujo devastador, destructivo y costoso de la humanidad. Solamente el inteligente comprende que es estúpido, y esta comprensión se convierte en el acto supremo de la inteligencia. Por ello, razón tenía Moliere al razonar que un estúpido ilustrado es más estúpido que un estúpido ignorante. De modo que no hay que exagerar para darnos cuenta de la importancia histórica y filosófica que tiene el cavilar sobre la relación que guarda la estupidez y la lógica. Lo misterioso es que no sabemos realmente qué es la estupidez, esquiva es su definición, pero no es expresión del temor, sino que es algo más complejo y sus términos forman una verdadera legión. Muchas veces hasta resulta sensato hacerse el estúpido. Estupidez por sensatez resulta siendo la suprema contradicción lógica en la vida concreta, pero lo más interesante es que resulta siendo efectiva por razones pragmáticas. Es curioso que en Hispanoamérica la palabra pendejo es sinónimo de tonto, torpe, estúpido, pero en el Perú significa lo contrario, o sea sagaz, astuto, avisado. Por eso en nuestros lares corre un viejo adagio que reza así: El pendejo es el que navega con la bandera de cojudo. Otra suprema contradicción del disimulo o hacerse el sonso. Por lo demás, es intrigante la contradicción entre el homo sapiens y la estupidez, pero lo más seguro es que no es un defecto de la mente sino del espíritu. Así como hay hombres sensatos sin ser sabios hay también hombres sabios con estupideces. Con experiencia lo decía Oscar Wilde al afirmar que resulta siendo suficientemente sensato hacer tonterías de vez en cuando.
 
Pero yo tengo la profunda impresión que la estupidez tiene su propia lógica. Y con ello no sólo nos referimos a la ironía sino también al disparate. La nueva lógica nos ha demostrado que la inteligencia humana maneja varios sistemas lógicos al mismo tiempo y en situaciones diversas. La lógica de la estupidez no es una parodia de la lógica formal, aunque tenga esa apariencia por su forma pero por su contenido constituye un propio ejercicio lógico de la razón. Lo encantador de la estupidez es que tiene la virtud de jugar con la posibilidad de las contradicciones locales como la lógica minimalista, y también puede pasar a considerar fatal a la contradicción como en la lógica intuicionista clásica. Por ejemplo, como cuando Laurel o el Flaco enciende fuego con su pulgar y cuando Hardy o el Gordo hace lo mismo se quema el dedo. Si esto es así, entonces no es cierto que con la lógica no se puede reír, sino, al contrario, hace posible el reír.
 
La gran pregunta que se podría dilucidar de todo esto es si la lógica de la estupidez es una verdadera lógica de la deducción o si tiene una lógica privilegiada. Lo singular del caso es que la estupidez tiene sus leyes y dichas leyes del pensamiento estúpido siendo un desafío para el pensamiento correcto sin embargo ayudan para la cognición del mundo objetivo defectivo. Pero dichas leyes no sólo ayudan a la cognición de taras y defectos sino a la tolerancia propia y con ello hace la existencia más soportable. La estupidez cómica puede ser un gran medio de consolación y diversión pero también de insubordinación. Con ello no sólo tiene una función epistémica y timética, sino principalmente relajante y motivadora. El hombre sabe que la inteligencia artificial, por ahora, no puede reír y eso se convierte en motivo de burla y de acusación de la estupidez de la máquina. Hacer que la máquina ría y haga estupideces implicaría traducir en lenguaje artificial o en algoritmos la lógica de la estupidez. Hasta que ocurra esto recordamos la siguiente cantinflada: Dos amigos paseando por un parque de atracciones se encuentran con una maquina sabia, uno de ellos le dice al otro:- ¡Juan esta máquina es una maravilla lo adivina todo! El amigo incrédulo se ríe diciéndole que eso son tonterías, y que para demostrárselo va a introducir una moneda, dicho y hecho, introduce la moneda y con voz metálica le responde la maquina:
-Qué quieres saber. El incrédulo le dice: ¿Dónde está mi padre? Le responde la máquina: jugando al dominó en la bodega de la esquina. El incrédulo riéndose estruendosamente le dice a la maquina: mi padre murió hace cuatro años. A lo que le responde la maquina: tu padre está jugando al dominó, el que murió hace cuatro años es el marido de tu madre
 
Desde el principio del mundo apareció la estupidez, por estupidez el hombre perdió el Paraíso. El prejuicio, el fanatismo, la ambición y la ignorancia son sus formas principales. Pero hay algo muy especial en la verdadera estupidez y es que no duda y menos el estúpido. Dichoso el estúpido que está libre de dudas, pero esto suele ser un estado temporal y a veces permanente incluso en hombres muy inteligentes. Un libro muy ilustrativo al respecto es de Paul Tabori, Historia de la estupidez humana, y allí muestra que la Avaricia ocupa el primer lugar desde tiempos inmemoriales y en la actualidad nosotros lo podemos apreciar en la inequidad que reina en la globalización neoliberal. Desde las minas del rey Salomón hasta los negocios especulativos de las megacorporaciones privadas podemos ver el imperio de esta forma de estupidez. Si el fin justifica los medios, entonces es comprensible lo dicho por Napoleón: “Cuando se hacen tonterías, éstas por lo menos deben dar resultados”.
 
Otra de sus ilustres formas más importantes es la Vanidad, la cual es alimentada por la lógica de la ambición, el servilismo y la absurda autodegradación del alma y del cuerpo. Actualmente la vanidad ha salido de las cortes reales europeas para instalarse en la vida del hombre común a través de la moda incentivada por el consumismo del mercado capitalista. La moda postmoderna del sistema fetichista de la apariencia y el espectáculo refleja la estupidez generalizada de la sociedad de consumo donde el individuo alienado pierde su personalidad. La normalización de las necesidades artificiales bajo el imaginario capitalista impone la frivolidad y la teatralidad del cuerpo como experimento. La Generación X y su moda andrógina revelan muy bien lo que Lipovetsky describe en su libro El imperio de lo efímero. Yo creo que la moda es el campo privilegiado en el que se va contra la recomendación de Sartre: “Nadie debe cometer la misma tontería dos veces, la elección es suficientemente amplia”.
 
La locura del orgullo se refleja también no sólo en la manida afición en los árboles genealógicos sino en la acumulación de grados y títulos para fines puramente promocionales y ascenso social, antes se trataba de aumentar la fama y la gloria ahora se trata de acceder a mayores ingresos económicos y aumentar el ritmo de vida consumista de la vida alienada. Se dice que estamos en la era del conocimiento pero en realidad se está en la era del consumismo frenético. El conocimiento se ha convertido en un medio para un fin económico y el hombre mismo ya no tiene dignidad sino precio. La estupidez del consumismo supera a la del burocratismo. Si el burocratismo es estúpido y maligno, comienza con la adquisición de autoridad, lo que atrofia la inteligencia, no tiene piedad, es ilógico, ama las frases largas y complicadas, es pomposo, ama los secretos, se divorcia de la realidad y no cree en la justicia sino en el papeleo; en cambio el consumismo es más mentecato y pérfido, comienza con la acumulación de cosas materiales, lo que atrofia la voluntad, no tiene saciedad, es absurdo, ama las frases directas y cortas, casi telegráficas, se divorcia de las necesidades reales, , es exhibicionista, ama el espectáculo, convierte lo real en ilusión y no cree en la justicia sino en el libertinaje.
 
Pero la estupidez humana no se limita a cosas banales, pues también invade fueros majestuosos como el de la justicia. La estupidez de la justicia con su suprema majestad puede también ser expresión de la suprema estupidez. La manía de pleitar, la legislación múltiple, el juicio a animales, el lenguaje engorroso son cosas pequeñas con la actual falta de castigo para los responsables de la crisis hipotecaria del 2008 que provocó un verdadero Crash financiero. La justicia no tiene nada que decir, está callada respecto al infierno ecológico chino, el estilo de vida californiano, el mito del desarrollo sostenible, el desequilibrio físico-social, la amenaza de terrorismo nuclear, el creciente abismo social global y el antropocenio destructivo. Guarda un silencio sepulcral ante toda esta locura. En otras palabras la justicia está envilecida y callosa en sus estúpidas circunvoluciones codigeras. Avanzando en terreno más interesante la estupidez se hace del corazón mismo de la filosofía y así convierte a la duda escéptica en el prodigio teorético de los últimos tiempos. La filosofía de la postmodernidad la representa en alma y cuerpo. La estupidez de la duda escéptica hizo mucho daño a inventores, científicos, poetas, humanistas y enciclopedistas, y lo más lamentable es que la duda se apodera ahora no sólo de las masas sino del hombre eminente, y ahora vemos a éste que marcha al unísono marcando el paso con la mediocridad ambiente del nihilismo cultural y la cultura del espectáculo. La locura de la incredulidad es otra muestra de la estupidez humana en un mundo sin Dios ni trascendencia.
 
Las ciencias tampoco son indemnes a la estupidez humana y se encarna en el naturalismo biologista, sucedáneo del materialismo. Ya Searle reducía la conciencia a un problema biológico y a la mente a un problema cerebral, sin darse cuenta que la physis biológica conduce a la physis ontológica, ésta a la metafísica y ella a la teológica. Se trata de un conciliábulo de inmanentistas y temporalistas que reducen el problema de la vida a lo biológico sin tomar en cuenta la dimensión preternatural, espiritual y eterna de la vida humana. Las ciencias genómicas tienen la virtud de poner fin a la idea cartesiana-hobbesiana de que las ciencias son éticamente neutras, pero tienen el defecto de desarrollar un bioderecho que amenaza con la manipulación de genes con fines subalternos. La medicina individualizada, el uso de transgénicos y la biotecnología en vez de ponerse al servicio de la demanda de alimentos, medicinas y de un ambiente sin contaminación son puestos al servicio de la ganancia megacorporativa. Los fines militares y las élites económicas amenazan  a las ciencias de la vida dando un sesgo inmanente a la primacía del criterio ético, para así sepultar cualquier consideración religiosa, metafísica, teleológica y trascendente que estorbe a sus intereses. Es una estupidez no frenar el uso irresponsable de la biotecnología. A propósito de uso irresponsable aquí viene una anécdota a cuento: Una mujer entra a una farmacia y le pide al farmacéutico: – Por favor, quisiera comprar arsénico. Dado que el arsénico es muy tóxico y letal el farmacéutico quiso saber más datos antes de proporcionarle la sustancia. – ¿Y para qué querría la señora comprar arsénico? – Para matar a mí marido.
– ¡Ah, caramba! Lamentablemente para ese fin no puedo vendérselo. La mujer sin decir palabra abre la cartera y saca una fotografía del marido haciendo el amor con la mujer del farmacéutico. – ¡Mil disculpas!, dice el farmacéutico no sabía que usted tenía receta. Después de este esparcimiento estúpido volvamos a lo nuestro. El avance de la ciencia le quitó al hombre identidad porque el dualismo idealista o materialista lo redujo a subjetividad o mecanismo maquinal. Pero cada vez es más notorio que frente a la estupidez de las ciencias de la vida hace falta recuperar el horizonte de lo trascendente para devolverle al hombre su identidad integral.
 
La estupidez también ha sabido penetrar en la tenaz supervivencia de los sueños de la humanidad que se muestra en los mitos y ensueños. La manipulación de estos sueños ha generado creencias seudocientíficas estúpidas (seres extraterrestres, juventud eterna, invulnerabilidad, invencibilidad, etc.). La racionalidad mítica ha sido envilecida y manipulada para mantener a las masas subordinadas a los prejuicios del poder y del mercado. Pero la estupidez erótica se lleva la mejor performance. Vivimos un erotismo degradado. No sólo reviste en los países postindustriales todas las formas de sadismo y perversión, sino que sus derechos son defendidos como cosa buena. Esta forma de locura y bestialización degenerada del sexo es directamente proporcional al grado de cosificación y deshumanización operada por un aparato económico-social que ha puesto sobre el hombre el dinero y a la ganancia como dios supremo. A propósito de erotismo y estupidez viene a cuento un chiste español: “-Cariño, ¿por qué le has dicho a todo el mundo que tienes sida si lo que tienes es cáncer de pulmón? -Porque me voy a morir, pero a mi mujer no se la folla nadie”. Hay quienes opinan que la estupidez de la mujer es inofensiva y encantadora, en cambio la del hombre es peligrosa cuando no mortal. De cualquier forma si se inventase una vacuna contra la estupidez, el estúpido sería el primero en creer no necesitarla.
 
Con semejante multiformidad parece muy dificultoso determinar la esencia de la estupidez, pero de algo sí estamos seguros, a saber, tiene su lógica y es muy importante en la vida humana. Pero por qué. El sentido significativo de la estupidez es lo torpe inesperado lingüístico o gestual que causa risa. Por ejemplo, “Creo que tengo el peor trabajo del mundo”, dice el cepillo de dientes; “¿Estás seguro?”, le responde el papel higiénico. Tiene todo esto un sentido lógico preciso. O esta otra: “Yendo a buscar agua Marte, pudiendo venir a Galicia”. Entonces, ¿Cuál es la esencia de la estupidez? Si consiste en la falta de entendimiento para comprender o carencia de destreza para hacer las cosas, entonces estamos ante un defecto, una defección, una debilidad. ¿Puede el hombre vivir sin la estupidez? Aparentemente no, siempre seremos incapaces de algo. Pero todo esto ¿nos remite a la estructura misma de la racionalidad? El hombre para existir no tiene lógica privilegiada, sino que su razón en diferentes situaciones emplea diferentes lógicas y una de ellas es la de la estupidez. ¿Exigirá la enterada estupidez su derecho a ser incluida en una nueva teoría de la razón? Sin duda, no puede ser remitida simplemente al cajón de sastre de la irracionalidad. Su intonsa presencia tiene demasiada importancia entre tanto estropicio de la historia de la humanidad. Por lo demás, en nuestra ligera época sin valores el que cree llevar una vida controlada y dirigida por una racionalidad sin estupidez es candidato al premio de la estupidez absoluta.
 
No querer ver esta nuestra realidad trivial y ridícula, obedece a nuestro narcisismo antropocéntrico, exacerbado por la modernidad egocéntrica y egolátrica. Lo asombroso es que en medio de tanta tontería nos pueda seguir gustando una cantata de Bach, una sinfonía de Beethoven o un grabado de Durero. Lo cual ratifica que el hombre es portentoso en su grandeza y ridículo en su miseria. Nada expresa mejor esa oscilación antitética de nuestra naturaleza entre la sensatez y la estupidez.
 
Coda
Tanta imbecilidad en el mundo tecnológico-científico me tienta a suscribir la tesis de Marina, Cipolla, Trueba, Aprile y otros, a favor del retroceso de la inteligencia humana. Pero a diferencia de ellos pienso que el florecimiento de la imbecilidad no está en relación directa con el repliegue de la evolución de la inteligencia, sino con relaciones sociales específicas que favorecen al tonto, someten a las personas lúcidas a los mentecatos, frenan al genio y contribuye a la expansión del estúpido.
 
Bibliografía
Tabori Paul, Historia de la Estupidez Humana, Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires 1964
José Antonio Marina, José Antonio Marina, Las culturas fracasadas. El talento y la estupidez de las sociedades, Anagrama 2015
José Antonio Marina, La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez. Anagrama 2013
Gabriel Sala, Panfleto contra la estupidez humana, Colección Cielos Abiertos
Carlo M. Cipolla, Las leyes fundamentales de la estupidez humana, Crítica 2013
Tucho Balado, Tesis doctoral de un extraterrestre. ¿Y si fuese cierto que los humanos somos genéticamente imbéciles?, Ven te lo cuento ediciones, 2013
Giancarlo Livraghi, El poder de la estupidez, Ares y Mares, 2010
Antonio Real, Manifiesto contra la estupidez, Ed. Anantes 2013
José Luis Trueba Lara, La tiranía de la estupidez, Taurus 2012
Pino Aprile, Elogio del imbécil, Prólogo de Tonino, Booket 2011
Riviere, M, Lo cursi y el poder de la moda, Editorial Espasa Calpe, Buenos Aires, 1992, p. 161
Lipovetsky, Gilles, El imperio de lo efímero, Ed. Anagrama, 1990
Debor, Guy, La Sociedad del Espectáculo, Ed. Pre–Textos, Valencia, 1999
Esther Vilar, El encanto de la estupidez, Plaza Janés 1987
Enric Llado, La estupidez de las organizaciones, Rigden 2014
Juan López de Uralde, El planeta de los estúpidos, Planeta, Madrid 2010.

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