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Félix Puescas Montero o Aladino en las noches de Lima

Por Juan Carlos Lázaro
Fuente: Librosperuanos.com
Enero 2013

La poesía peruana está poblada de deslumbrantes avis raras. Por mucho tiempo, las más fascinantes fueron las de Carlos Oquendo de Amat y Martín Adán. El primero fue un verdadero fantasma, una figura invisible, casi difusa aún en las pocas fotografías que consiguieron registrarlo; el otro, una sombra solitaria y desgarrada, siempre huidiza, cuyo rastro se esfumaba en los hoteles más miserables de Lima. Otros dos: Luis Valle Goicochea, frágil y agónico, andaba ávido de misticismo del convento a la cantina entre personajes marginales y anónimos. Y César Moro, pese a su exagerada vida de surrealista y homosexual, prefirió el exilio en su castillo de grisú desde donde apostrofaba a “Lima la horrible”. Había acaso en ellos cierta inclinación inconsciente a  pasar inadvertidos, un rechazo al “personaje”, un no querer ser más que la palabra o el eco del poema que escribían y firmaban. Pero en ellos se ha dado también el caso, o el absurdo, mejor dicho, de un  reconocimiento que siempre se mostró esquivo o tardío a su obra pese a sus altos méritos.

 “Andarín de la noche”, la frase con la que Stefan Baciu definió a José María Eguren, bien podría dedicarse con absoluta propiedad a Félix Puescas Montero, poeta peruano sin clasificación ni generación, imprevisto Aladino que deambuló por la nocturnidad limeña durante tres décadas aproximadamente, indiferente al mundanal ruido, pero escuchando lleno de pasión a Debussy (por las ondas de una radioemisora de “música selecta”) y recitando a cada paso versos de Carlos Sabat Ercasty con el deleite de quien saborea un buen vino.

Félix había nacido en Piura, con más precisión en una fantasmagórica provincia de sol infernal y colinas de arena denominada Bernal, acaso semejante a la Comala de Pedro Páramo, en un año del cual él mismo prefería no acordarse. Podríamos calcular, sin embargo, que fue a fines de los años 20 del siglo pasado, porque cuando niño –según recordaría muchos lustros después ante este cronista– había marchado con su familia y con ese pueblo en respaldo de la candidatura de “el doctor Luciano Castillo”, un respetable político socialista que había bregado al lado de José Carlos Mariátegui y que fue elegido representante por Piura para el Congreso Constituyente de 1933. El personaje más importante de su vida en esa época fue su madre, dulce y tierna como la madre de Vallejo.

A mediados de los añosa 50 Félix emigró a Lima. La música de Debussy y la poesía de Nietzsche fascinan al adolescente que empezaba a nutrirse de metafísica y cosmogonía. Tiene 15 años cuando escribe su “Canto Panteísta”: “De noche, cuando sufro nostalgias siderales, / me bebo el luminoso vino de las estrellas / y ebrio de una inefable y ultraterrena dicha / monto el alado potro en que la luz cabalga…”.

Lima lo fascinaría por siempre, pero no la matinal de la inmundicia política, social y legal, sino la nocturna, la de los siete pecados capitales, la de las primeras boites en torno a la plaza San Martín; aquella que bailaba mambo y se entregaba con frenesí a la celebración de los carnavales; que vibró con la súbita celebridad de una muchacha de 18 años llamada Gladys Zender que se convirtió en Miss Universo, y que hacía de un prontuariado pero apuesto delincuente apodado “Tatán” el ídolo de las veinteañeras; aquella que mandaba al paredón al llamado “Monstruo de Armendáriz” (sin evidencias ni pruebas de su supuesta culpabilidad), y desde donde gobernaba el país con mano de hierro el “General de la alegría”.

Estos personajes y acontecimientos serían, tiempo después, parte de su vasto reportorio de incansable y entretenido conversador, donde a cada suceso le añadía la novedosa pincelada de “aquello que los otros no vieron”. Tan abundante era este repertorio, donde a veces él mismo aparecía como parte de los actores, que muchos empezaron a sospechar que el poeta adolecía de “mitomanía”. Una de esas anécdotas se refería a una mujer solo comparable a la Nadja de Breton, deslumbrante por su belleza, su magia y su libertad sin límites. Se llamaba Alma Cristina Perry y, aunque nacida en Argentina, era una ciudadana del mundo. En Lima la cortejaron muchos hombres (y también algunas mujeres), pero su amante predilecto e incondicional fue siempre Félix. Y, tal como apareció en su vida, imprevistamente, un día partió como una maga que se esfuma en el aire de la madrugada. Quienes la conocieron volverían a verla en las imágenes de Roma, ciudad abierta, de Fellini. “Ella es”, decía un fascinado Félix a sus jóvenes amigos que veinte años después conformaban su nuevo y selecto auditorio y con quienes compartía libros, paseos, bohemia y cerveza. Sus jóvenes amigos sonreíamos llenos de incredulidad ante la pantalla del cinema, concediéndole a Félix el derecho a soñar despierto. Hasta que un día, para sorpresa de todos nosotros, reapareció en Lima Alma Cristina Perry, aún deslumbrante y majestuosa, y nuevamente paseó por la ciudad –intimidándonos– del brazo de su sonriente e irónico amante. Al lado de Alma Cristina, otros personajes decisivos en la vida de Félix en ese periodo serían el escritor de literatura fantástica Felipe Buendía, el pintor Oscar Allaín, y el concertista de guitarra Lucho Justo.

La poesía de Félix Puescas Montero es un diálogo con Dios, el Tiempo y el Cosmos. Los enigmas sobre el origen y los desconocidos territorios del Universo son el manantial de muchas de sus imágenes. Y ningún espacio es más propicio para hacer poesía con esas incertidumbres que la noche. A estas inquietudes poéticas el mismo Félix llamaba “nostalgias siderales”. Estilísticamente en su verso se dejan notar las influencias de Sabat Ercasty y de Nietzsche, aunque en algunos momentos se emparenta con los de Residencia en la tierra de Neruda, que dicho sea de paso era uno de sus libros predilectos. Pero ninguna influencia es más honda que la de la música. Como bien ha anotado Lucho Justo, tender un puente del hombre hacia la música, como supremo fin de la existencia, constituyó el gran afán de su vida.

En 1989, cuando la salud del poeta se hallaba muy resquebrajada, un grupo de amigos suyos, decididos a arrancarlo del injusto anonimato, se empeñó en la publicación de un puñado de sus poemas con el título de La lámpara única. La publicación quería ser también una sorpresa para el poeta, con la cual los amigos iniciarían la reivindicación de su poesía. Sin embargo, unas semanas antes de que el libro saliera de la imprenta, Félix murió. Su nombre no aparece hasta ahora en ningún registro de la poesía peruana. (JCL)


Jirón de la Unión ‘58

La noche ahondando el infinito.
El universo clavado en el vacío
como el ojo de Dios.
La Tierra: oscuro pez
atrapado en la red de luz
de una galaxia.
América: fecunda hasta la fatalidad
flotando sobre dos océanos,
y yo, que todavía me llamo Félix,
caminando de madrugada
por el jirón de la Unión,
a la hora en que éste
se me antoja un puente abandonado
tendido sobre la eternidad.

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