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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Carlos Eduardo Zavaleta
El gran legado de Zavaleta El gran legado de Zavaleta

Por Ricardo González Vigil
Fuente: El Comercio, Lima 08/05/2011
http://elcomercio.pe/impresa/notas/gran-legado-zavaleta/20110508/753987

Fallecido en abril, como Vallejo y otros grandes escritores, Carlos Eduardo Zavaleta nos deja una obra narrativa vasta, caracterizada por introducir en nuestro medio las modernas técnicas literarias.

Sobreponiéndome a la congoja que me embarga ante su sorpresivo fallecimiento el 26 de abril (seguía cumpliendo sus actividades hasta horas antes de su partida definitiva), ya que tuve el privilegio de ser su amigo, intentaré sintetizar el enorme legado a la literatura peruana que nos ha dejado Carlos Eduardo Zavaleta (1928-2011).

Maestría y versatilidad narrativa
Cultivó con destreza el relato en todas sus dimensiones: el microcuento (o cuento brevísimo), el cuento, la novela corta (‘nouvelle’) y la novela propiamente dicha, incluyendo una obra amplia y totalizante, la mejor de todas sus novelas (una de las más admirables que se publicaron en una década fecunda en grandes novelas peruanas: los años 90, protagonizada por él junto con Miguel Gutiérrez, Edgardo Rivera Martínez y Laura Riesco, además de los internacionalizados Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique): “Pálido, pero sereno” (1997).

Reconociendo la maestría de esa novela mayor, y de varios de sus microcuentos y novelas cortas (una joya a destacar: “Los Ingar”, que en 1955 significó con el cuento “El Cristo Villenas” una temprana maduración de la nueva narrativa, asimilada de Joyce y Faulkner, en los años de despegue narrativo de la Generación del 50), su contribución principal corresponde al cuento. Es un hecho constatable: con Ricardo Palma y Julio Ramón Ribeyro conforma el trío de autores peruanos con mayor número de textos antologables en la narrativa breve. Dentro de la Generación del 50, pródiga en cuentistas perdurables (Eleodoro Vargas Vicuña, Oswaldo Reynoso, Antonio Gálvez Ronceros, José Durand, Luis Loayza, Enrique Congrains, Sebastián Salazar Bondy, Alfonso La Torre, Armando Robles Godoy, Sara María Larrabure, Rosa Cerna Guardia, Luis Rey de Castro y el propio Mario Vargas Llosa, señaladamente), la más brillante del cuento en el Perú, únicamente cede el cetro a Julio Ramón Ribeyro.

Y, precisamente, le debemos a Ribeyro un elogio certero de Zavaleta: “Aparte de escritores peruanos como Vargas Llosa y Bryce, que han alcanzado ya renombre internacional, aprecio a Carlos Eduardo Zavaleta, de mi propia generación. Zavaleta es un excelente narrador, que tanto en sus cuentos como en sus novelas, trabajos con una gran destreza, ha cubierto amplios sectores de nuestra realidad y tratado problemas psicológicos y sociales inéditos. En muchos aspectos es un innovador. Es una lástima que no goce del mayor reconocimiento internacional que merece”.

Su aporte narrativo ha sido puesto de relieve por los esclarecedores estudios de Alberto Escobar (en los años 50-60), Manuel Baquerizo, Luis Fernando Vidal y Antonio Gonzalez Montes; así como por las valoraciones múltiples “Zavaleta, novelista y ensayista” (U. San Marcos, 1998), “Ensayos sobre Carlos Eduardo Zavaleta” (Instituto Cultural Peruano Norteamericano, 2008) y, sobre todo, la editada por Tomás G. Escajadillo hace dos años. Urge reconocerlo, desde la enseñanza escolar, como el más versátil de nuestros cuentistas: cultivó el neoindigenismo y el neorrealismo urbano (ambientado en Lima y en diversas ciudades extranjeras, en las que cumplió labores de diplomático), el relato psicológico y el realismo social, el registro farsesco y el trágico, tomando el pulso como ningún otro cuentista a las transformaciones experimentadas por la sierra y por la capital (hasta la nueva Lima del “desborde” de “todas las sangres”) a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

Fundador de la nueva narrativa
En sentido estricto, la “nueva narrativa” en el Perú palpita ya en algunas páginas (con montaje de tiempos y fantasía lúdica) de Abraham Valdelomar y cobra forma en los años 20 y 30 con el vanguardismo, dándose las primeras muestras de monólogo interior (Adalberto Varallanos y “Duque” de José Diez Canseco) y de recepción del surrealismo y del “Ulises” de Joyce. Un conocedor del vanguardismo, Manuel Moreno Jimeno, permitió que José María Arguedas leyera entusiasmado “Las palmeras salvajes” de Faulkner en 1941. De otro lado, Ciro Alegría se nutrió de lecciones de Thomas Mann y John Dos Passos en “El mundo es ancho y ajeno” (1941).

Sin embargo, la instalación de la “nueva narrativa” en el Perú recién cuajó con la Generación del 50, transformando definitivamente nuestro sistema literario en lo tocante a la narrativa (en el lenguaje poético, sí fue transformado radicalmente en 1910-1940, por Eguren, Vallejo, etc.). Y Zavaleta fue el que primero (ganó los Juegos Florales de San Marcos en 1947) y de modo más decidido (sus tesis universitarias sobre Faulkner, sus enseñanzas en la Universidad de San Marcos, sus ensayos y traducciones, su rol en las revistas “Centauro”, 1950-1951, y “Letras Peruanas”, 1951-1964) bregó por el triunfo del nuevo lenguaje narrativo en nuestra literatura. Lo ha reconocido nada menos que Vargas Llosa, nuestro mayor virtuoso en la “nueva narrativa”: “A él le debo, sin duda, haber descubierto por esa época (años 50) al autor de la saga de Yoknapatawpha Country (Faulkner)” (“El pez en el agua”).

Cabe añadir que nos ha legado valiosos panoramas y antologías, examinando sobre todo el proceso de nuestra “nueva narrativa”: “El gozo de las letras” (1997 y 2002), “Narrativa peruana, siglo XX (Brevario)” (2003) y “Narradores peruanos de los 50 (Estudio y antología)” (2006).
 

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