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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Juan de Espinosa Medrano
Una maravilla rescatada

Por Ricardo González Vigil
Fuente: El Comercio, Lima 09/01/12
http://elcomercio.pe/impresa/notas/maravilla-rescatada/20120109/1358415

A fines del año pasado apareció uno de los libros más importantes publicados en el 2011, gracias al esfuerzo conjunto del Congreso del Perú, el Banco de Crédito del Perú y la Sociedad Peruana de Estudios Clásicos: la primera edición moderna (y la segunda, en general) de una obra maestra del barroco hispanoamericano, “La novena maravilla” de Juan de Espinosa Medrano, llamado El Lunarejo. La edición ha estado a cargo de Luis Jaime Cisneros, recientemente fallecido (“sin duda el mejor conocedor de la obra de Espinosa Medrano”, sentencia Martha Hildebrandt en la presentación del volumen), y de José Antonio Rodríguez Garrido, destacado discípulo de Cisneros y uno de los más notables especialistas en letras coloniales peruanas (con varios aportes sobre el Inca Garcilaso, El Lunarejo, etc.) e hispanoamericanos (ganó un premio de investigación sobre sor Juana Inés de la Cruz).

Se trata de “una edición fiel en lo sustancial al texto original (la edición de 1965)” (p. XXXII). De un lado, detecta y corrige las erratas en “la escalofriante cifra de 235” (p. XIX), registra Cisneros, dando razón al temor que tuvo El Lunarejo de que publicaran sus escritos en el Perú, sin el cuidado debido. De otro lado, moderniza la ortografía para facilitar el acceso del público actual, ya que su encomiable objetivo es “volver a poner en circulación uno de los textos más importantes de la prosa barroca en el Perú a fines del siglo XVII” (p. XXXII), conforme aseveran Cisneros y Rodríguez Garrido. Para apuntalar dicha lectura, el estudio preliminar de Cisneros aborda características del estilo barroco actuantes en El Lunarejo; y Ramón Mujica Pinilla, en su prólogo, enfoca diversas cuestiones histórico-culturales.

Al respecto, hagamos notar que, en la aprobación de la primera edición, el dominico Ignacio Quesada, desde Madrid, lamenta que no se preste atención ni estímulo al talento de los indígenas y mestizos andinos. Lo cual concuerda con una preocupación central de El Lunarejo: en una línea que nos recuerda al Inca Garcilaso, defendió las raíces culturales y las cualidades intelectuales de los americanos, oponiéndose a los prejuicios europeos que nos veían como bárbaros o salvajes o, en todo caso, semisalvajes.

Dichos prejuicios han sido tan fuertes que todavía ahora, en las historias literarias (con la excepción de la de César Toro Montalvo, quien reproduce exaltado muchos pasajes de “La novena maravilla” y, sobre todo, del excelente panorama colonial de Carlos García Bedoya, más el volumen sintético que redacté como tomo XIV de la “Enciclopedia Temática del Perú”, editada por El Comercio en el 2004) y colecciones canónicas (verbigracia, la Biblioteca Ayacucho, núm. 98, de 1982), suele presentarse a El Lunarejo como el autor del “Apologético a favor de D. Luis de Góngora” (varias veces reeditado, sobresaliendo la excelente edición anotada por Luis Jaime Cisneros), cual si fuera solo digno de memoria en tanto defensor de Góngora. Lo que pasa es que se privilegia a los grandes del Siglo de Oro de España y su influencia en los autores hispanoamericanos: la gloria de Espinosa Medrano supeditada a la de Góngora, y no basada en una evaluación conjunta de su variada y extraordinaria producción propia.

Un primer perjuicio de esa óptica es que se ha circunscrito a El Lunarejo al gongorismo. Ya arremetió contra ello Cisneros en un artículo: “Descubriremos tal vez en próximos estudios que lo mejor de Espinosa Medrano –y quizá lo peculiar– está en su coincidencia barroca, más cercano de Quevedo y Gracián en lo ideológico, y más próximo a Góngora solo en lo lingüístico y en lo ornamental” (“Lexis”, 1987). Agreguemos que su teatro converge con el barroco de Calderón de la Barca, más algunas huellas de Lope de Vega y Tirso de Molina; y, en el terreno filosófico y teológico, con la Segunda Escolástica y la Contrarreforma.

Y el perjuicio de fondo: reducirlo a un agudo comentarista de Góngora, escamoteando que es uno de los mayores artistas de la prosa colonial (digno de acompañar a la armonía renacentista del Inca Garcilaso, con su barroco andino), el orador artísticamente más insigne de las letras coloniales hispanoamericanas (el fruto espléndido: “La novena maravilla”), un dotado dramaturgo (en quechua y en español) y una figura cimera en temas filosóficos y lógicos.

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