Juan de Espinosa Medrano
Juan de Espinosa Medrano
El indio ilustrado


Por Toribio C. Paniura Silvestre
Fuente: Variedades Nº 250, Lima 07/11/11

Fue uno de los fundadores de la élite intelectual criolla. A pesar de su origen humilde, Juan de Espinosa destaca por su versatilidad académica. Poco se sabe de su infancia y en Calcauso –lugar donde nació- abundan los relatos ficticios.
Aquí su historia.

Juan Chancahuaña sería el nombre original de Juan de Espinosa Medrano, según la tradición oral narrada por los vecinos más antiguos de Calcauso, en Apurímac, el pueblo donde nació "El lunarejo", como también se le conoció al primer escritor indio que vivió en la época de la colonia, a mediados del siglo XVII.

Es probable que el escritor haya nacido un 24 de junio. ¿En qué se sustenta esa versión?, en que en aquella época y hasta parte de nuestra historia actual, el nombre de los recién nacidos se consignaba en función al santoral católico. Precisamente, el 24 de junio es el día de San Juan, otra prueba fehaciente es que el distrito que lleva su nombre celebra el aniversario de su creación política el 24 de junio, aun cuando esa no sea su fecha oficial (12 de diciembre).

Juan de Espinosa –empezó a llamarse así por decisión de sus padres adoptivos españoles, Martín de Espinosa y Paula Medrano– aparentemente nació un 24 de junio de 1629, o en 1632. No existe documento alguno que nos permita precisar el año exacto de su nacimiento, pero sí de su muerte, el 13 de noviembre de 1688.

De lo que no hay dudas es que Calcauso es el lugar donde nació "El lunarejo". Así está establecido y comprobado por tres fuentes: las orales, obras escritas y por el diccionario histórico y biográfico del Perú, Siglo XV-XX. (Lima, editorial Milla Batres 1986).

"El lunarejo" es de origen humilde e indígena. Los autores lo describían así: "fue una persona de regular estatura, de complexión robusta y sana, de ojos negros de expresión melancólica, de mirada concentrada y atrayente, de voz arrogante de timbre sonoro y de pronunciación clara y alturada".

La infancia de "El lunarejo" es una leyenda. No existe una información fidedigna. Según la tradición oral de Calcauso, cuando España consuma y consolida la conquista del Tahuantinsuyo, se expande también el catolicismo, es así que los españoles llegaron a la entonces Ccalccaysu o Ccaly ccaly, que en español significa "valiente valiente soy". El lugar es en la actualidad el pueblo de Calcauso, nombre ya españolizado.

En esta localidad se narra la historia de que en esas lejanas épocas, había arribado al pueblo un cura de apellido De Espinosa para evangelizar a los lugareños.

Siguiendo los ritos católicos, el sacerdote celebraba la misa en latín, un idioma extraño para los autóctonos, pero que estaban obligados a escuchar y practicar. En ese ambiente creció Juan Chancahuaña a quien le llamó la atención esta nueva lengua. Al poco tiempo, gracias a su precocidad y a sus dotes intelectuales, sorprendió al cura quien lo escuchó interpretando en latín los cánticos de la misa. De Espinosa quedó muy admirado y sorprendido por las aptitudes del niño, entonces decide llevarlo a Mollebamba donde vivía con su familia. Desde esa ocasión no había día en que el pequeño no asombrara con su talento y su capacidad intelectual. Al poco tiempo el religioso fue trasladado al Cusco y lo lleva como asistente y custodia de sus hijos.

En la Ciudad Imperial Juan tenía la misión de llevar y recoger del colegio a los hijos de sus padres adoptivos. Durante las horas de clase se quedaba observando desde el umbral de la puerta del aula, siguiendo con atención la explicación del maestro. Lo hacía sentado de rodillas. Un día, el maestro saca a la pizarra al hijo del cura y éste no respondió a la pregunta, en vista de que el amo no resolvía, el niño Juan se ofrece a responder por él. Lo hizo con precisión y satisfacción para sorpresa del maestro. El suceso fue comentado al cura y para Juan fue el primer paso que le permitió recibir el apoyo y la oportunidad de estudiar.

La tradición oral narra otra anécdota. Un día, siendo ya un clérigo de prestigio, el joven Juan de Espinosa daba su sermón en la catedral del Cusco y vio aparecer a su madre. La abnegada y humilde mujer india –como llamaban en esa época a los indígenas peruanos– había llegado caminando desde el lejano Calcauso para ver a su hijo. Se quedó en la puerta intimidada por la multitud que atiborraba el templo y le impedía avanzar. Desde el púlpito, "El lunarejo" reconoce a su madre y clama a los fieles con estas palabras: "dejad pasar a esa pobre india que es mi madre". Esta anécdota es recordada también por Clorinda Matto de Turner.

La mujer había llegado al Cusco a ver a su hijo y le llevó una porción considerable de cancha de maíz y patas de alpacas y llamas asadas al fuego, animales emblemáticos de la zona de Calcauso hasta la actualidad. La cancha, el charqui y las patas, asadas a fogón a base de excremento de llama, forman parte de la lonchera andina de incomparable sabor, aroma agradable y ecológica.

Después de abrazar afectuosamente a su madre, Juan degusta su apetitosa cancha y sus patas asadas a un costado de la puerta de la catedral, a vista y paciencia de la multitud de feligreses. Esta gastronomía original sigue vigente hasta hoy. Los pobladores andinos lo llevan como fiambre para los viajes muy distantes y es el manjar favorito y singular hasta nuestros días en Calcauso y en los demás pueblos de la provincia de Antabamba. Por esta anécdota los calcausinos somos llamados de sobrenombre como los "chuschullos" en quechua y patas en español.

OBRAS EN CALCAUSO
Luego de este encuentro, "El lunarejo" regresa a su pueblo. Allí diseña las calles de Calcauso con el fin de convertirlo en Uchuy Cusco o “Cusco pequeño".

Las muestras de estos aportes, según la tradición oral, serían los trazos de las calles del actual pueblo de Calcauso y de Mollebamba, el pueblo donde vivió brevemente su infancia. Ambos son los únicos pueblos de Antabamba, que tienen las calles siguiendo el estilo de la época, como una gran ciudad. El plano de las calles de Calcauso son perfectamente cuadradas, los locales para entidades públicas están adecuadamente ubicadas, la Iglesia y sus portales coloniales estratégicamente sitiadas. Sus construcciones, levantadas a fines del siglo XVII, muestran enormes tapiales de apariencia áspera, sus paredes tienen un ancho de más de un metro, reforzados con muros en forma piramidal en prevención de desastres naturales.

En la actualidad, la iglesia Virgen del Carmen de Calcauso forma parte del Patrimonio Cultural de la Nación, RDN. Nº.151/INC/2006. Destaca su plaza Mayor rodeada de cuatro portales al estilo cusqueño a base de piedras rústicas. También la torre del campanario está compuesta de dos campanas que tienen el mismo sonido que la campana María Angola del Cusco, la casa Coral destinada para la vivienda de los curas, la ubicación de escuelas de varones y de mujeres en diferentes lugares muy apropiadas. Este tipo de edificación y diseño son las únicas en la provincia y tal vez en todos los pueblos de esa época de Apurímac.

De Espinosa fue considerado el más alto defensor en el Perú de la escuela culterana (estética del barroco), que destacó por su intelecto, una facultad que le permitió sobresalir entre la nobleza española que residía en Cusco. "El lunarejo" fue uno de los primeros escritores y representante del siglo de oro del Perú.

SU APORTE A LA CULTURA
Gracias al apoyo del cura de su pueblo Juan de Espinosa pudo acceder al seminario de San Antonio Abad de Cusco y luego a la universidad de San Ignacio de la misma ciudad.

Antes de los 18 años ya escribía autos sacramentales, componía música sacra y dominaba el latín, griego, hebreo y, por supuesto, el quechua.

Su primera obra tal vez sea El rapto de Prosepina, drama que según la tradición lo escribió cuando aún no había cumplido los 15 años y que la pieza llegó a ser representada en Madrid y Nápoles. Para el teatro compuso El amar su propia muerte y el auto sacramental en quechua "El hijo pródigo".

También escribió obras en latín, por ejemplo, el tratado de lógica "Curso de filosofía tomística". Además, treinta de sus sermones fueron agrupados póstumamente por sus admiradores y publicados en 1695, bajo el título de La novena maravilla.

Sin embargo, fue Apologético en favor de Luis de Góngora, príncipe de los poetas líricos españoles –publicada en 1662–, la obra que le aseguró un lugar en la posteridad. En este documento hace una apasionada defensa del gran poeta cordobés, también es un ejercicio de estilo y la aplicación al análisis de los versos gongorinos.

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