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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Gamaliel Churata
De la fosa común del olvido De la fosa común del olvido

Por Darwin Bedoya
Fuente:

Churata, Chullpa Derruida (*)

Hay en el Perú dos mentalidades que conviven sin conocerse: una centrista, endógena, andina, inspirada por el qeshwa y el aimara; otra, centrífuga, exógena, inspirada no precisamente por España, sino por la molicie y la gracia del virreinato. Dos típicos representantes del primer grupo, son Uriel García y Gamaliel Churata. Ambos pertenecen al verdadero Perú profundo, y por lo mismo, al menos hasta ahora, han vivido y laborado en los hipogeos de la conciencia literaria. La obra del último sobre todo, la del puneño, tiene el encanto y la belleza de una chullpa derruida. Más que entenderla, se la presiente, y se advierte en sus bellos trozos dispersos una rara unidad peruana. Es triste descubrir que donde más se la ha valorizado, fue en Bolivia. De Churata dijo Fernando Diez de Medina: “Hombre y escritor. Un drama vivo. Un tesoro subyacente”. En cambio, en Lima, ha pasado totalmente inadvertido. No se le detectó y cayó a la fosa sin hacer ruido alguno. Y va a ser difícil que proliferen flores en su tumba.

Las armas y las letras

No siempre andan juntas y de buen acuerdo las armas y las letras. Para su armonía, es imprescindible que las primeras se conviertan en arados y las segundas en simiente. En pocas palabras, que laboren para el bienestar del pueblo. En Puno se dio el caso de que se encontrasen los precursores de lo que en el Perú se está iniciando. Corría el año 1929 y Churata había fundado ya el Grupo Orkopata. Su espíritu, para aquel entonces, era esotérico, no por sus misas negras, sino, sencillamente, porque lo que se buscaba era vivir y sentir al compás de la tierra. Por esos días estaba en Puno el capitán César Coppo, del Regimiento de Infantería No 15. Coppo, como Julio C. Guerrero, como el capitán Lazo, como el mayor Manuel O. Velásquez, era uno de los precursores de lo que es el militar moderno. De tropero que fue, llegó a la Escuela Militar, donde obtuvo la Espada de Honor; viajó a Europa y desempeñó, luego, en Italia, el puesto de Agregado. Desde allí aprendió a mirar más de cerca el Perú profundo. Amaba la justicia social y soñó en hacer de la selva un emporio de riqueza para los peruanos. Ni qué decir que ese espíritu estudioso y alerta se apartó pronto de las filas, tal como le ocurrió a Guerrero, ese crítico socio-militar eminente, y a Velásquez, matemático y músico, intérprete de Beethoven y polígloto. Si volvieran ahora; estarían en filas. Estarían transformando su espada en arado. Los que todavía viven de entre ellos, sentirán la dicha de ver germinar sus ideales. Coppo era amigo y admirador de Churata, como lo fue Guerrero cuando estuvo en La Paz. Ambos vinieron de puntos extremos (en esos años, el militar era lo más opuesto al escritor). Se recelaban mutuamente. Pero los precursores se valen de puestos invisibles para vencer obstáculos insalvables. Y Churata, escritor que debía vivir en el exilio, encontró el mejor amigo en el militar Coppo, a quien le venía estrecha la milicia de esos tiempos. Y también Coppo hubo de desaparecer, como un desterrado, en pos de sus ideales, en las sombrías selvas de Marcapata.

El escándalo

Coppo era el único que asistía uniformado a las reuniones de Orkopata, que se llamaban Pascanas Nocturnas. Allí se discutía, se polemizaba, se bebía y se fraternizaba. En una de esas reuniones, Churata y Coppo plantearon la necesidad de crear la República Social de los Incas. Mirado desde nuestra época ese planteamiento, se le consideraría (como ya lo ha apuntado maliciosamente alguien) como un retroceso histórico. En realidad, esa iniciativa significaba la reforma agraria en pañales, la revalorización del indio, su reincorporación a la sociedad peruana, en la que, analfabetos, al hombre y a la mujer indios no se les ofrecía otra perspectiva que el de pongos o mitanis. Ambos sintieron que, excluido el indio de la verdadera función ciudadana, privado de su lengua para los fines culturales, el Perú era un hemipléjico. La pluma y la espada, las armas y las letras vinieron a constituir un solo instrumento en esta tarea de convertir una extensión geográfica episódica y alienada, en una verdadera patria. La compenetración de estos generosos y avizores espíritus fue tan grande, que la noche del 28 de julio de 1929, cuando se inauguró el Círculo Militar con un gran baile al que asistió lo más genuino de la sociedad puneña, siendo anfitrión el coronel Ricardo Flores, Comandante del Regimiento N° 15, y en momentos en que se danzaba alegre y elegantemente, al penetrar de improviso un indio alto y emponchado, alicoreado y bramando (indio que no era otro que Churata), de no mediar esa gran comprensión espiritual entre Churata y Coppo, hubiera podido ocurrir algo muy grave. Churata ingresó allí evidentemente para protestar de lo que él llamaba una farsa social. Al ver ingresar en la sala tan descomunal y descompuesta estantigua, las parejas, lejos de estrecharse más, se separaron, preparándose cada cual a tomar las de Villadiego. Otros perfilaban ya una acometida feroz contra Churata, lo que habría ocurrido, sin duda, si Coppo, reconociendo a su amigo, y comprendiendo sobre todo el significado de su imprevista visita, no se le hubiese acercado amistosamente para desarmar al belicoso espíritu de su admirado amigo, que trepado a una silla, vociferaba, charango en mano: “Yo soy la raza aimara que protesto en este momento”. Feliz acontecimiento aquél en que dos hombres comprensivos y coincidentes, podríamos decir sinérgicos, transformaron lo que estaba por ser un escándalo de órdago en un toque pintoresco, en algo así como el de un desusado instrumento en una orquesta rutinaria.

Este es el genial Churata, la chullpa derruida, que alguna vez dijera, premonitoriamente: “En un desconsuelo moral, el hombre alza los ojos al cielo en busca de la verdad, y sólo concibe la muerte”. Sí, querido Gamaliel, la muerte será contigo como lo fue con Vallejo: el hilo de Ariadna en el laberinto de la incomprensión.

(*) De: "Antología y Valoración" de Gamaliel Churata. Impreso por encargo del Instituto puneño de cultura, el 30 de mayo de 1971.

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