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Cronwell Jara Jiménez
La clave del buen escritor está en el sentimiento<br>Entrevista a Cronwell Jara La clave del buen escritor está en el sentimiento
Entrevista a Cronwell Jara


Por Virginia Vilchez Samanez
Fuente: LibrosPeruanos.com
Lima, 30 julio 2007

Cronwell Jara (Piura, 1950), uno de los narradores en actividad más notables y representativos del Perú, considera que la clave del buen escritor está en el sentimiento, ya que “las grandes obras nacen de un gran sentimiento”. “Si yo no tengo la fuerza del sentimiento, entonces no podría escribir ni un cuento, ni un poema”, señala. Jara nos cuenta, en esta oportunidad, sobre sus inicios como escritor y voraz lector y nos da algunos consejos para promover la lectura.
 

¿Como te iniciaste en la escritura?
Sin saberlo, desde niño como cosa de juegos escribía poemas, cuentos... y en el colegió ganaba premios. También gané un importante premio durante el llamado Ciclo Básico, en “Oxford”, apenas ingresé a la universidad San Marcos y eso me estimuló. A los veintitrés ya tenía cajas de poesía, de cuentos, de fabulas, dos tres novelas, pero, al compararlos con las obras de los grandes maestros, me di cuenta que escribía pésimo y que mi obra no valía para nada. Nada de nada. Para remate, un día una amiga leyó un cuento suyo que me pareció lo más fabuloso y lo más exquisito. Y que lo mío, en cambio, ya me parecía un asco. Y desde luego decidí quemar todo. A partir de allí, “sin obra”, en la más absoluta desolación e inconformidad, me iba a las bibliotecas del Jr. Montevideo, a la del Congreso de la República o a la del ´Patio de letras´ a leer, y, sobre todo, para averiguar por qué era bueno Hemingway en sus diálogos, por qué Borges y Cortazar eran buenos. Y me dediqué cinco, seis años a estudiar ese obseso por qué. De allí comprendí reglas, constantes, modos, estilos; entendí que toda literatura implica un gran sentimiento –arrebato, pasión- y equilibrio en todo, y salió el método. Estoy hablando del año 74, 75 más o menos.

-¿Y cuál fue el aporte de la universidad a tu formación como escritor?
Por suerte tuve profesores geniales y muy nobles. Y sobre todo grandes amigos. Pero, al inicio todo fue muy difícil para mí. Yo, cándido y jovencito, al preguntar como en la primaria y secundaria: cómo se escribe un cuento, cómo un poema, solía recibir otra vez como respuesta “tú escribe nomás”; fue cuando entendía que yo necesitaba una metodología en todo lo que es el oficio de la escritura; cómo iniciar un cuento, desarrollar un tema, buscar los temas. Y así pasaron los años. Investigando, releyendo, analizando. Por el 78, 79 participé en un concurso con el cuento Hueso Duro y gané el Premio José Maria Arguedas a nivel nacional. Ese mismo año obtuve una mención honrosa en el COPÉ y el primer lugar en el concurso ENRAD Perú “Cuento para televisión”. Entonces me dije: aquí hay algo. Voy a continuar con la misma pasión, pero con otro ojo, el ojo del que estudia, del que analiza, del que busca el por qué de la genialidad de un escrito. De allí viene mi interés por los libros de metodología. Estoy haciendo un segundo libro, que ya lo acabé. Lo estoy corrigiendo.

- ¿Por qué ese tu interés especial por la metodología?
Me nace como una gran curiosidad desde niño, siempre quise saber cómo se escribe un gran cuento. Cómo lo lograban los grandes maestros. Pero en el colegio los profesores nunca me dieron una solución. En la universidad la creí hallar de modo indirecto, a través de los análisis y críticas realmente sabias de los profesores. Pero, faltaba algo más. Esta frustración se la conté un día, en la universidad, a Marco Martos quien me dijo que me entendía y lamentaba que eso sucediera porque era verdad que aquí no se daba importancia a la metodología, a dominar técnicas para construir literatura, sino a la crítica literaria. Uno salía de la universidad como crítico literario y yo nunca quise eso. Discutí un día con mis propios compañeros de aula. Ellos querían salir como críticos literarios y sobrevaloraba eso. No a la creación, el acto de producir obras. Y yo quería eso. Y, finalmente, años después, presenté mi tesis justamente con una metodología que apuntaba a ver la literatura de otro modo: desde la perspectiva del proceso creador. Con qué recursos puedo desarrollar un cuento. Felizmente los tiempos habían cambiado con los vientos a mi favor. A partir de entonces –qué curioso- ahora me doy con que en la Universidad Mayor de San Marcos hay estudios para magíster sobre creación literaria, cómo producir obra, cómo crear poemas, cuentos, novelas. Por fin se valora el acto creador. Una praxis para crear, producir. Por fin se proponen metodologías. Cualquier método que sirva o aliente el proceso creativo, ‘inspirador’. Pero, a los muchachos que van a mi taller les advierto: sí, para escribir debemos partir de una metodología, cualquiera que nos estimule a soltar la pluma, aunque no existe método para darnos un talento. El talento nace con uno, tú y tu perra vida, apaleada y sufrida, lo hacen; y el método sólo lo estimula, te pule un estilo, un modo de crear, una forma de sentir, te prepara dándote reglas y técnicas para que ofrezcas una joya literaria.

-¿Cuando te inicias en literatura infantil? Pregunto esto porque Montacerdos y Hueso Duro no son cuentos para niños ¿verdad?
Esos cuentos tienen personajes niños pero no son propiamente para niños. Aunque, en esencia, yo no veo la diferencia entre un cuento para niños y un cuento para adultos, no veo la diferencia entre novela y cuento, entre poema y cuento, poema y novela, ¿sabes por que? Porque el niño elige aquello que le conviene o le gusta. Y los gustos de los niños a veces son inesperados o insospechables. No les podría gustar El Principito o El Platero y yo, pero sí Harry Potter. Aunque sí, es cierto, el cuento para niños posee una sensibilidad misteriosa especial. Y lo mismo hay que sentir eso para crearlos. Hay un momento en que miro por un lado y, de repente, me digo, quiero hacer un cuento para niños. Una locura. Un improntu. El último que hice fue el Torito saxofonista. He hecho por allí, 6 ó 7 cuentos más, aparte de que tengo inéditos unos 8 o 9 –sin contar unos 19 con el tema ecológico que escribí para mi amigo Narciso Wong-; como me nace la necesidad de hacer otros cuentos –no para niños- como, por ejemplo, “Esopo, esclavo de la fabula”, que lo acaba de publicar la editorial San Marcos. Me parece que es lo mejor que he hecho en mi vida.

-Dijiste hace unos momentos que cuando empezaste a escribir, también leías para saber cómo escribían los maestros. Algunos jóvenes se abstienen de leer alegando que no lo hacen porque no quieren recibir influencia sino ser ellos mismos. ¿Qué opinas de eso?
Una vez estando en la ANEA haciendo talleres se presentó de casualidad la nieta de Ventura García Calderón a leer poemas. Era una chica muy bonita, buena persona, muy delicada y su poesía gustó, la gente quedó encantada y hubo señoras que le preguntaron ¿quiénes son tus maestros? ¿De dónde saca usted tan linda poesía? ¿A quiénes has leído? ¿Qué influencias reconoces en su obra?. “Yo tengo que reconocer -dijo ella muy orgullosa- que no he leído a ningún poeta de la gran literatura universal y yo, por lo tanto, no tengo ninguna influencia. Mi poesía fluye natural en mí, como brota el agua de un manantial”. Y la gente la aplaudió y algunos hicieron gestos y, luego, muy amiga mía, ella me preguntó sí había respondido bien. Le contesté que no, porque había dado a entender que el escritor es mejor si es ignorante. El escritor debe ser el que más lee, no solo cuentos y poemas. Debería leer, antropología, filosofía, economía, leer de todo. Ningún escritor genial se hizo solo, ni Vallejo, ni Shakespeare, ni Homero, nadie. Y creo que perdía a la amiga.

-Entonces tú aconsejarías a los jóvenes que quieren ser escritores, leer y leer...
Como decía, uno recoge todas las experiencias y luego encuentra su propia voz, su propio estilo. El escritor joven debe preocuparse sobre todo de encontrarle el tono al poeta –o aquel secreto sentimiento sobre el cual construye su obra-, y lo mismo al cuentista o al novelista. El sentimiento es la parte más secreta y misteriosa, como poderosamente invisible, en toda obra de calidad. Tanto que muchos no hablan de eso. Como si lo ocultaran. Pero te digo, hay autores extraordinarios, muchos de ellos, que hablan sobre la construcción del cuento y de la novela, te hablan de mil formas, pero nadie te habla de lo más importante en un cuento o novela, en una obra de arte, que es aquel sentimiento –tristeza, nostalgia, desolación, desgarro o arrebato- que siempre nos transmite, y con lo cual nos conmueve y motiva a seguir leyéndolo o a escucharlo. Escucho a Beethoven y me emociono, escucho a Vivaldi y me encandilo a García Zárate y lloro de emoción. Leo a Vallejo y me encandilo, pero a todos ellos les encuentro lo mismo: sus obras son hechos de pasión, nacen de un gran sentimiento. Y eso quiere decir: Si yo no tengo ‘fuerza del sentimiento’, entonces no podría escribir un buen cuento o un buen poema. Y García Márquez lo dice muy bien cuando habla de Cien años de soledad. Me doy cuenta de que mi novela esta eslabonada, mas que por las palabras, mas que por las técnicas, por un gran sentimiento. El sentimiento es, por lo tanto, fundamental.

-Pasando a otro tema. En el Perú se está aplicando el Plan lector para promover la lectura. ¿Cuál es, en tu opinión al respecto y cuál es tu experiencia particular?
Me inicié de la mejor manera: con tres importantes narradores orales, mi padre, mi abuela Ruperto y a mi madre Carmela. Y la abuela, aparte que sabía contar, nos narraba de todo un domingo y muchos domingos allá por los años 56, 58: desde la vida de un bandolero, la vida de un cóndor, cómo se caza a un cóndor. En tanto que mi padre intervenían contando sus anécdotas, sus aventuras de mataperro, pícaro, aventurero y juguetón aparte de gran bromista. Mi padre nos decía: “me escapé de mi casa a los 13 años, me capturó el capataz pero después, a los quince años, volvía a escapar para siempre...”. Y mi madre cuando nos refería algo, una anécdota, una aventura, todo lo decía con tanta nostalgia que se oía a poesía, natural y limpia… Y me fascinaban estas historias. Ahí aprendí. Hasta que un día, cuando a los 13 años, le dije a mi padre que quería ser escritor. Entonces él me dijo, con su mano apoyada en mi hombro, “yo te voy a ayudar”. Nunca me falló, nunca me dijo ¿que haces escribiendo, ocioso? Me apoyó en todo y se alegraba cuando ganaba premios. Ellos estimularon, sin darse cuenta, mi sensibilidad y mi imaginación.. De ahí nació Las huellas del puma, por ejemplo. Esto, aparte de que siempre mi padre nos compraba libros: cuentos para niños, pero me acuerdo en especial de dos cosas, de Las mil y una noches, en la edición Thor, y de una maravillosa colección enciclopédica en donde me empapé tanto de literatura, cuantos, fábulas, poemas, pero sobre todo de las biografía de los genios como Shakespeare, Bethoven, Mozart, como las de muchos otros…

-¿Cómo estimular la lectura...?
Te cuento una anécdota: un amigo me pidió que le aconsejara cómo hacer de su hija una buena lectora. Y todo partía de que su hija le había pedido que le cuente cuentos. Entonces le dije ¿Quieres que tu hija se vuelva una lectora extraordinaria? Voy a decirte algo que yo ya hice con unos alumnos. Siguiendo mis indicaciones, leyó hasta aprendérselo de memoria, un cuento mío, Kuti, la niña que quería la luna y fue donde su hija para decirle “tengo una historia que te la voy a contar”. Durante varias noches le contó una y otra secuencia, creándole suspenso, de modo que a ella le gustó tanto que cada vez le pedía: “cuéntamelo de nuevo”. Mas cuando vio que ella estaba muy cautivada por esa historia, le dijo: ahora tú, cuéntamela. Ella pidió repetición, porque a los niños les gusta que les repitan tres, diez veces. Y también se aprendió la historia, y cuando eso ocurrió entonces él le dijo: ¿sabes que ese cuento está en un libro y que ese libro existe? ¿Quieres leerlo? Y ella: “¿Harías un acto de magia?” Y él: “Sí. Yo puedo hacer una acto de magia ¡y te hago aparecer ese cuento en un libro para que tú lo leas” Y ella: “Sí, quiero ver a Kutí, al rey Yoveraqué”. “Pues, anda y mira lo que hay debajo de tu almohada, ahí estuvo siempre”. Entonces ella fue corriendo y levantó la almohada y allí estaba el cuento y ella: ahhhh. Vio en el libro a Kuti en su torre y vio los collares que le salía a la luna, vio al venadito y a la venada amamantando a su criatura y vio a Yoveraque, el papa de Kuti, y vio al Hombrecito Con Cara de Rana que le bajó la luna. Se quedó maravillada, hasta que dijo: “yo voy a leer, voy a leer” y trató de adivinar, con mucha alegría, mucha emoción lo que decía el cuento, ¡porque no sabía leer! Pero, muy motivada, la niña aprendió rapidísimo y ahora le gusta la lectura. Y así inició otro libro y otros más. Luego, ¿si tú quieres que tu hija aprenda, entonces háblale primero, cuéntale una historia famosa –para ti, no para él o ella-, convérsale primero con todo el cariño del padre y madre, y después le dices acá esta el libro. Ella va ha querer profundizar, va ha querer ir más allá. Y así ella algún día querrá también escribir y escribir no significa que vaya ser poeta o cuentista, puede escribir otras cosas, pues la escritura es indispensable para todo el mundo. Puede ser historiadora, antropóloga, arqueóloga, ingeniero, pero ingeniero pegado culto, que es mejor a un ingeniero no culto, ¿cierto?

-¿Hay otras formas de estimular la lectura?
Hay formas sutiles. Es cuestión de imaginación. Y aquí el profesor debe ser muy imaginativo y un gran motivador para crear lectores. ¿Cómo se logra ello? Logrando que sus alumnos se regocijen o se maravillen con lo que cuenta. No me pongo de modelo pero digo, cuando leo un cuento, “miren esta joya, este dialogo, este argumento. Esto es calidad”

-Con la presencia de la televisión o de Internet, les resulta difícil a los docentes estimular la lectura. ¿Qué les recomendarías?
El maestro es el primero que debe dar el ejemplo, debería ser quien más lee y el primero en regocijarse con la lectura. Debe contar la historia muy a su manera pero del mejor modo, para después provocarles la lectura y hacerles comentar, reflexionar. En mi época yo era callado, nadie me provocaba la palabra, era tan mudo que nadie se fijaba en mí, en la universidad también me ocurrió eso. Pero, felizmente, hubo un profesor que sí me provocó y motivó, y me costaba hablar. Tenía una lengua de piedra, escuchaba, entendía pero no soltaba; escribía sí, pero no hablaba. Esto de la comunicación es importantísimo, es fundamental. Vital para quien ya profesional deberá desenvolverse en cualquier ambiente. Pero cuando uno es joven, eso depende mucho del maestro. El maestro, sin ningún ánimo de castigar o sancionar, sino de alentar, debe conversar los temas que va ha tratar. Es quien ya de antemano debe haber leído y reflexionado el tema que va a tratar, y luego soltar sus experiencias, sus conocimientos, con los alumnos.

-Según el Plan Lector, los alumnos deben leer un libro por mes. Si tú fueras profesor, ¿qué criterios utilizarías para escoger un libro para el mes?
Buscaría, entre otras cosas: que el libro sea ‘musical y poético’, que encandile, que guste o estremezca del mejor modo poético; y esos son los libros de Arguedas, Huarma kuyay (Amor de niño), los cuentos de Eleodoro Vargas Vicuña, Tayta Cristo. De allí pasaría a Ribeyro y a otros de gran vuelo artístico como. Y va a depender, si leer a autores peruanos, americanos o a autores universales. El problema viene cuando algunos profesores quieren que el alumno lea primero a los clásicos universales, y al final, leer a los autores peruanos... Claro que hay clásicos que gustan, por ejemplo, El licenciado Vidriera, de Cervantes, es preciosa, o las Fábulas de Esopo, El asno de oro de Apuleyo, son obras con las que te puedes deleitar. Pero hay otras que son pesadas, por ejemplo algunos clásicos latinoamericanos son aburridos, pesados, monótonos, cansan. Pero habría que diferenciar, elegir bien y también tener en cuenta que no por ser peruanos todos poseen la misma calidad. Sobre todo ahora, con quienes aparecen con grandes bombos y platillos, creador por un buen marketing…
 

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