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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Carlos Eduardo Zavaleta
Zavaleta: Zavaleta: "Yo no tengo envidias blancas"

Por Pedro Escribano
Fuente: La República, Lima 07/03/08
http://www.larepublica.com.pe/content/view/208066/28/

Escritor acaba de cumplir ochenta años y de publicar la novela Huérfano de mujer. No tiene celos de los que están arriba porque, dice, ha sido un formador de escritores.

Claudio, el provinciano, y Rosa, la limeña, se unen en matrimonio. Alcanzan la felicidad, pero sin embargo ronda la fatalidad. A Rosa le detectan un cáncer que acabará con su vida. El escenario es la Lima de antaño, del 50 para adelante, la de los cambios convulsivos. Huérfano de mujer (Ed. Alfaguara) es la novela en la que Carlos Eduardo Zavaleta narra esta historia que en mucho se parece a la de sí mismo.

–Uno es huérfano de padres. ¿El título da otros sentidos?
–El título está tomado de la carga emotiva de huérfano de padre y huérfano de madre porque ello está considerado como el máximo dolor y es un dolor de por vida. Pero también cuando una mujer está contigo años, en una vida en común, uno también es huérfano de mujer.

–Usted lo ha dicho, Huérfano... está marcada por el dolor
–Sí, el dolor lo describo como una especie de noche. Para mí toda obra debería contener lo que se llama día y noche, la luz y la sombra en un mismo libro. Ulises, por ejemplo, presenta, por un lado, el mundo de la luz y la razón y, por otro, el mundo más difícil de describir, el penumbroso, el brumoso, el lado oscuro.

–El lado oscuro, brumoso, de Huérfano... es la muerte…
–Así es, y está rondando desde el principio. La muerte de Rosa es la tercera. Primero fue la madrina, después la madre y luego ella. En un momento ella dice "esto me parece una persecución".

Adiós al médico

–¿Qué hizo que "traicionara" la profesión de medicina?

–No la "traicioné, en realidad he aprendido de ella. Yo tenía 16 años y parecía ser un estudiante precoz de medicina, pero ser precoz no es siempre garantía de cordura. Lo hice porque mi hermano mayor con su quinto año de medicina salvaba vidas, entonces lo idealicé y yo también quise ser médico. Pero me equivoqué.

–¿Qué tomó de la medicina para su escritura?
–El curso de Anatomía, por ejemplo, me subyugó y por eso escribí la novela Un joven en la sombra. Me permitió ingresar al cuerpo humano, que es una maravilla y que uno nunca llega a comprender del todo. Pero después medicina no me gustó, cuando llamaban a clases o para los exámenes, no iba, siempre me quería escapar. Yo quería ser escritor. Le dije a mi padre, pero no aceptó. Mi hermano habló y mi papá se calmó, pero eso sí le dijo "tú lo vigilas". Tenía miedo que me haga bohemio.

–En San Marcos, ¿qué leía?
–A T. S. Eliot y Joyce, entre otros, pero poesía. Empecé a traducirlos.

–Es clásico decir que Zavaleta introdujo a Joyce y Faulkner al Perú.
–No es clásico, es la pura verdad y lo hice antes que ninguno…

–Sí, lo sabemos, pero en qué instante se da cuenta de que eran buenos para nuestra escritura.
–Yo creo que ha sido a través de Antonio Marichalar, cuando leía su traducción de El retrato de un artista adolescente. Ahí entendí varias cosas. Pero también cuando leí a Aldous Huxley, cuando combina su narración con otras páginas que son pensamientos de sus personajes. Esa alternancia me gustó. Entonces empecé a escribir una novela en donde también hubo influjos del existencialismo y de la tragedia griega, de allí la tendencia a la sombra, a la muerte, eso se ve en El cínico.

–¿No le hubiera gustado tener tipología de personajes? Los Bryce son aristocráticos, Ribeyro de clase media limeña.
–No, uno tiene los personajes que le nacen. Tú no te propones los personajes, ellos te proponen a ti. Los personajes están allí, en el pasado, en tu familia, por las calles, solo los complementas con la ficción. Esos personajes se convierten en animadores de la novela cuando son perfilados, dibujados por la literatura. Yo no escribo poesía, pero como un homenaje a la poesía hay que cuidar mucho el lenguaje, no solo en la propiedad del vocablo, sino cuidar que sea una especie de imán. Es decir, que de una cosa central comience a atraer a todo, como las limaduras de hierro ante un poderoso imán.

–VLl ha dicho que usted le enseñó a leer a Faulkner...
–Es la verdad, pero también debió decir que nuestros primeros diálogos fueron sobre Joyce. Solo recuerda a Faulkner. Joyce era el maestro, Faulkner el discípulo.

–Uno a veces tiene envidias blancas, ¿usted las tiene?
–No, yo no tengo envidias blancas porque yo he formado a esos que están arriba, especialmente a uno y en contra de él mismo porque no quería ser literato, yo lo transformé.

Corregir mucho los originales

–¿Antes era difícil publicar?

–No había editoriales. Ahora todo el mundo publica libros.

–¿Eso es bueno o malo?
–Yo creo que es malo, por la profusión que hay, además por los textos que aparecen en la informática, pues hay una cantidad tremenda que leer y no sabemos seleccionar, profundizar. No sabemos descubrir quién vale y quién no. Hay que tener un buen ojo crítico, aunque a veces te equivocas.

–¿Qué le podemos decir a los narradores jóvenes?
–Mira la suerte de mi generación. Tenemos libros primarios bien logrados. Los libros iniciales de Ribeyro, Vargas Vicuña, Sebastián Salazar Bondy, míos, entre otros, estaban bien logrados. Es decir, hubo una especie de maceración intelectual y del lenguaje, florecíamos. A los jóvenes hay que decirles, por encima del egoísmo y la tendencia a la egolatría, que hay que pensar que el reino de la literatura es muy vasto, mundial, por tanto no hay que creerse que uno es especial. Hay que entrar en la tradición literaria, leer mucho y seguir sus gustos, profundizarlos y enseguida ponerse a prueba. Tener un tiempo sus originales y corregir.

Perfil
Carlos Eduardo Zavaleta. Nació en Caraz en 1928. Dejó sus estudios de Medicina para estudiar Letras en la U. de San Marcos. Ha publicado Los aprendices, Retratos turbios, El Cristo Villenas, Pálido, pero sereno, Vestido de luto, etc.

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