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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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César Vallejo
Apuntes sobre su prosa<br>Vallejo en la narrativa peruana actual Apuntes sobre su prosa
Vallejo en la narrativa peruana actual


Por Carlos Eduardo Zavaleta
Fuente: Expreso, Lima 03/01/05

Yo creo que podemos hablar de César Vallejo como autor importante y vigente dentro de la narrativa peruana actual. Su legado no es antiguo, ni siquiera viejo; es reciente, y a medida que desde hace más de veinticinco años se le estudia como escritor en prosa, Vallejo resulta siendo uno de los pocos escritores peruanos cuya intención fue totalizadora, es decir, que él practicó diversas formas y géneros, luego de nítidos lapsos de ejercicio y experimentación en cada caso, y por ello, no sólo su enorme valor artístico es ya un legado para el lector, sino que es notable su apego a la literatura como instrumento sucesivo de meditación, de confrontación lingüística, y de búsqueda permanente de calidad estética.

Así, ascendiendo paso a paso los niveles, primero fue escritor de estampas, digo, de prosas quietas, sin dinamismo, y enseguida, a pocos, fue aprendiendo a "relatar", a "contar", a respetar gradualmente la línea argumental. Aprendió a no ser siempre un invasor poético de la prosa, y así escribió cuentos emotivos, penumbrosos, luego una novela corta psicológica y asimismo sombría, después una novela larga también andina, ambientada en un foco minero, donde confluyen a la vez los intereses de indios primitivos, de obreros a la hora del despertar humano y sindical, y de una posible y próxima liberación social; y todavía fue más adelante, logró juntar la poesía y la prosa de modo genial, pocas veces visto en lengua española, escribió el ahora llamado cuento-ensayo y los famosos "poemas en prosa" que anteceden a los Poemas humanos (1938).

Su primer libro en prosa Escalas (1923) está compuesto de seis estampas y de seis cuentos. Inclusive, siendo un primerizo en la nueva forma, Vallejo sabe muy bien la diferencia entre estampa y cuento, entre darnos una impresión y contarnos un argumento. Pero esas seis estampas que uno supone frías, estáticas, son incluso quemantes, lacerantes, pues tocan el duro tema del hombre injustamente preso, palpitando dentro de la cárcel, como un pájaro herido dentro de la jaula. La metáfora vale para todos nuestros pueblos; el hombre común sabe lo que es un encierro interminable, sabe que la injusticia y la pobreza son los encierros naturales de gran parte de nuestra población, y ahí, dentro, el narrador revive su historia personal, que no es muy distinta de la historia común. Para vivir, para protegerse, para durar, el prisionero se vale de los sueños, del recuerdo de su casa hogareña donde fue feliz con su madre y sus hermanos, y así sueña que ha sido ya fusilado, pero su angustia no concluye, hasta la muerte es falsa para no traer consigo la libertad, y descubre que sus compañeros de celda, más allá de su apariencia benigna, son asesinos, algo que él nunca será ni podrá ser.

Con esta angustia pasamos a los cuentos, que a su vez son cuadros dramáticos, aguafuertes donde se mezclan la vida y la muerte, la luz y la sombra, el recuerdo con la realidad presente, el hombre con su pariente el mono, y asimismo el mundo del jugador de azar con la asfixia en la garganta.

En conjunto, es un libro novedoso en nuestra literatura, experimental en las manos de Vallejo, quien se lanza enseguida a otra aventura, la de la novela corta Fabla salvaje (1923), pionera en destrezas psicológicas para pintarnos un proceso enfermizo, pero de algún modo imaginario, es decir, nos da un trasfondo mental de cómo surgen ideas y emociones penumbrosas, y el pequeño libro es en verdad toda una herencia para la novela peruana, pues antes de él sólo Abraham Valdelomar había logrado descripciones psicopatológicas que recuerdan a su vez atmósferas y personajes de Edgar Allan Poe.

En ese nuevo ámbito, el narrador se preocupa del paisaje de la sierra peruana, buscando una raíz emotiva que lo explique en el ánimo del protagonista; y asimismo, se dedica seriamente a pintarnos retratos físicos y conductas de personajes mestizos que asimilan y representan de algún modo ese ambiente. En fin, de buenas a primeras, sin gran experiencia previa, el narrador se ha metido en dificultades, se ha rodeado de sombras que oscurecen la conciencia, y al mismo tiempo de una obligación de describir esas sombras lo mejor posible. En ese su primer intento, a fin de pintarnos la confusión mental, cosa muy difícil de hacer, el narrador recurre inclusive a las últimas tendencias de la pintura y el dibujo, entra a saco en el cubismo y sus osadas representaciones, y nos da imágenes divididas de una especie de abismo, o sueño, o desesperación. Novela con escenario y personajes andinos, sí, a la vez con un tema sombrío, triste, allá en las alturas serranas, en medio de montañas ciclópeas y de una profunda orfandad, pero que a ratos nos concede una paz agraria y quizá feliz.

La novela El tungsteno (1931) nos ofrece otra novedad en el Perú, una novela en que campesinos, obreros, conscriptos y gente de clase media, logran, por encima de humillaciones y abusos, entender la necesidad de organizarse en un grupo rebelde, en un sindicato promotor, ojalá, de un estallido popular y de un cambio social auténtico.

Así como Vallejo fue siempre un revolucionario de la palabra y la poesía, sus pasos de experimentador en la narrativa no le fueron suficientes; avanzó todavía más y culminó un pequeño libro de pensamientos titulado Contra el secreto profesional, escrito entre 1928 y 1929, cuyo mayor éxito literario es lo que ahora podemos llamar el cuento-ensayo, género en que después fue un maestro Jorge Luis Borges, pero que aquí, en un libro concluido antes de 1930, destaca a Vallejo con brillo auténtico.

Y como si tampoco este logro le bastara, Vallejo siguió con su experimentación de la prosa, y en ese nuevo camino, escribió los de veras famosos "Poemas en prosa", que constituyen la primera parte del libro Poemas humanos (1938).

En todos estos títulos, lo más valioso sigue siendo la interrelación entre dos estilos, el barroco y el coloquial. El barroco supone el artificio, el adorno, la sombra, el plano sonoro por encima del tema, a veces incluso el olvido de la línea argumental: ésa es una conducta poética más que narrativa; y el segundo estilo es directo, coloquial, es la variante norperuana del español, el idioma materno de Vallejo en la sierra de Santiago de Chuco. Muchas veces los dos estilos se hallan en pugna, y se ven los dos niveles, cuando la cadena de hechos es pospuesta por la verbosidad del poeta, quien ha invadido la prosa con sus hábitos lingüísticos; pero a veces hay también cierto empuje del coloquio. Por ejemplo, el cuento "Más allá de la vida y la muerte" representaría el exceso verbal, la pintura fantasmagórica de una especie de "mundo al revés", sin explicación lógica; y otro cuento, el más célebre de todos, "Cera", representaría el equilibrio entre los dos estilos, o quizá una ligera ventaja del coloquial.

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