José de la Riva Agüero
José de la Riva Agüero, el político José de la Riva Agüero, el político

Por Héctor López Martínez
Fuente: Domingo, El Comercio, Lima 18/10/2004

Historiador señero, de erudición caudalosa y amplísima -como escribió el siempre recordado don Aurelio Miró Quesada Sosa-, de severo rigor documental, abrió también caminos e incitó vocaciones para trabajar en campos culturales hasta entonces poco frecuentados en el Perú.
 

La faceta política

Epicteto, el filósofo estoico de origen frigio (50-138 d.C.) dejó este noble pensamiento que recogieron sus discípulos: "El hombre sabio no debe abstenerse de participar en el gobierno del Estado, pues es un delito renunciar a ser útil a los necesitados y una cobardía ceder el paso a los indignos". Obviamente no sabemos si Riva-Agüero conoció esta frase, pero adecuó su conducta cívica fielmente a ella.

El 29 de mayo de 1909 un grupo numeroso de miembros del Partido Demócrata, cuyo jefe era don Nicolás de Piérola, asaltó Palacio de Gobierno y luego de momentos de violencia, con muertos y heridos, hizo prisionero al presidente de la República, Augusto B. Leguía, que fue "paseado" por las calles de Lima en medio de vejámenes mientras se le pedía la renuncia. Ya en la Plaza de la Inquisición la exigencia fue aún más perentoria pues Leguía se negaba a dimitir. En esa circunstancia fue rescatado por un piquete de caballería a costa de más muertos y heridos. El fuero militar juzgó a los sublevados del 29 de mayo imponiendo penas severas a dos de los hijos de don Nicolás de Piérola (que fue absuelto) y a su hermano Carlos. La sentencia se dictó el 13 de setiembre de 1911. El día anterior el joven catedrático de San Marcos, José de la Riva-Agüero, con el ánimo de reforzar un proyecto de ley de amnistía presentado en el Senado, publicó en El Comercio una vigorosa carta criticando la política internacional de Leguía y apoyando a los revolucionarios pierolistas.

Civilista por estirpe, Riva-Agüero percibía ya el talante autocrático de Leguía, su deseo de aferrarse al cargo a toda costa, como lo haría entre 1919 y 1930. La respuesta del gobierno fue inmediata: ordenó la prisión de Riva-Agüero. El joven intelectual y opulento aristócrata fue encerrado en un inmundo calabozo de la Intendencia, en nada mejor que una ergástula.

La reacción de los estudiantes sanmarquinos, y de muchos profesores, fue inmediata y viril. Salieron a las calles a expresar su protesta y enfrentaron las cargas de los gendarmes de caballería. Ante el cariz que tomaban las cosas en la cámara de Diputados se presentó un voto de censura contra Juan de Dios Salazar y Oyarzábal, ministro de Gobierno, que renunció de inmediato. Riva-Agüero -como dice Basadre- fue puesto en libertad ese mismo día a la una de la tarde. ¡Había nacido un líder!
 

Una esperanza frustrada

José de la Riva-Agüero y Osma, descendiente del primer presidente de la República del Perú, poseía largamente los atributos intelectuales, morales y aun económicos, para ser un ejemplar presidente de la República. José Vasconcelos (1881-1959), el muy destacado político y escritor mexicano que trabó una cordial amistad con Riva-Agüero, durante su estada en Lima, escribiría: "En país más organizado, más capaz de aprovechar a sus hijos, ¿qué duda cabe?, Riva Agüero hubiese sido un presidente glorioso... Un Riva-Agüero, presidente peruano, hubiera levantado la categoría de todo el continente hispánico".

A su vez el diario La Prensa de Lima dijo en su entonado y encomiástico editorial con motivo de la muerte del incomparable polígrafo: "Tenía las condiciones necesarias para impulsar al Perú por el camino de una acción renovadora, a la vez ordenada y fecunda, inclusive el aliento de una mocedad entusiasta. Pero en el Perú fallan las mejores posibilidades, y se frustran los más brillantes destinos". Y más adelante añadía: "Sin embargo, Riva Agüero ha dejado un soberbio ejemplo de valor moral, de firme entereza, de lealtad a las convicciones, de honradez indiscutible".

El talentoso, aunque ególatra, Ventura García Calderón, amigo y coetáneo de Riva-Agüero, cuando se refiere a las andanzas políticas de éste en su libro Nosotros, explica: "Valiente hasta la temeridad cuando se trataba de defender su honor -y lo probó en un duelo famoso- se acobardaba ante cualquier fracaso eventual como si la política no fuera precisamente un juego de ajedrez, un riesgo también".
 

El Partido Nacional Democrático

En 1913 había muerto don Nicolás de Piérola, jefe y fundador del Partido Demócrata. Destacados elementos jóvenes de ese partido como Amadeo de Piérola, José Gálvez y José María de la Jara y Ureta, se unieron a un grupo también joven de connotados civilistas para fundar, en febrero de 1915, el Partido Nacional Democrático, teniendo como jefe y gonfalonero a José de la Riva-Agüero. Obviamente el objetivo principal era lanzarlo como candidato a las elecciones presidenciales de ese año, aunque después se trabajó en la candidatura de Manuel Vicente Villarán, que no prosperó. Las cosas no marcharon como se esperaba. Luis Fernán Cisneros, brillante escritor y periodista, le puso el remoquete de "futurista" a la flamante agrupación política y la denominación hizo fortuna.

El programa del Partido Nacional Democrático, su declaración de principios, era impecable desde el punto de vista intelectual, dentro de los cauces de un liberalismo legalista, progresista y moderado. Por otra parte era evidente que estaba impregnado de valores culturales, espirituales y morales. Sus elementos directivos no podían ser más selectos. Allí estaban Carlos Arenas Loayza, Carlos Arana Santamaría, Carlos Alayza y Roel, Diómedes Arias Schreiber, Rufino Aspiazú, Juan Bryce Cotes, Enrique Bianchi, Víctor Andrés Belaunde, Óscar Miró Quesada y José de la Puente Olavegoya, entre otros nombres igualmente destacados. Lamentablemente esta pléyade no tuvo voceros periodísticos, un error incomprensible tratándose de personas que en su mayoría eran excelentes plumas y contaban con los medios económicos para publicar no uno sino varios diarios que debieron circular no solo en Lima sino en todo el país. "Los acompañantes de Riva Agüero -explica Carlos Miró Quesada Laos- eran civilistas sin decirlo, o pierolistas sin Piérola, constituyendo un conjunto confuso e inoperante que no llegó a actuar y que muchos años después, a fines de 1930, resurgió con el nombre de Acción Republicana, que lanzó la candidatura frustrada de José María de la Jara y Ureta".

Después de su largo autoexilio en Europa, durante el "oncenio" de Leguía, José de la Riva Agüero fue designado, en mayo de 1931, alcalde de Lima, cargo que desempeñó hasta los primeros meses del año siguiente. En 1933 fue presidente del Consejo de Ministros ocupando la cartera de Instrucción, Justicia, Culto y Beneficencia. Renunció a mediados de mayo de 1934, a raíz de la dación de la ley de divorcio, por negarse (como ferviente católico) a firmar la promulgación respectiva.

Creo que José de la Riva Agüero como Antonio Maura, el gran político español en los inicios del siglo veinte, estaba convencido de que los cambios debían hacerse "desde arriba", buscando el bienestar de la ciudadanía y la grandeza del país, sin rendir parias a la grita demagógica y turbulenta. El Perú, desgraciadamente, no pudo disfrutar del talento y patriotismo de Riva Agüero en la jefatura del Estado. Como dijo Raúl Porras Barrenechea justicieramente, el generosísimo mecenas de la Pontificia Universidad Católica "fue un paladín de la tradición, del orden y de la fe, un espíritu de brecha, un caballero sin miedo y sin tacha de la verdad. Tuvo el coraje, en una época de acomodos, de ser honrado y sincero, sin tretas ni malicias, incapaz de los fingimientos y mentiras que llevan al éxito, y tuvo, sobre todo, como señal de auténtico apostolado, la virtud, que es en el Perú un delito inexpiable, de decir siempre la verdad".

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