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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Antonio Gálvez Ronceros
Entrevista: Maestro del cuento Entrevista: Maestro del cuento

Por Marcel Velázquez Castro
Fuente: Suplemento Dominical. El Comercio, Lima 04/12/06

Antonio Gálvez Ronceros (Chincha, 1932) es hincha del Deportivo Municipal, aprecia el buen vino y su plato preferido es el seco de pato. Conserva su primer escritorio regalado por su madre. Ha dirigido por muchos años el Taller de Narrativa de la Universidad de San Marcos. Es uno de los cuentistas más apreciados de nuestra tradición literaria. Su conversación fluye como un río de palabras incontenibles, pero con el ritmo y la profundidad de la sabiduría de la vida.
 

¿Cuál fue el paisaje social en el que naciste?
Mi infancia transcurrió en Chincha Alta. Estudié en el colegio José Pardo donde asistían desde hijos de hacendados y grandes comerciantes hasta hijos de maestros y campesinos. El mundo rural rodeaba a Chincha, y aún la rodea, de modo que quienes vivíamos en la ciudad realizábamos incursiones a la campiña, ese espacio estaba dominado por el campesino mestizo, el cholo costeño. En cambio, el campo profundo, regido por la cultura de la hacienda y latifundios, estaba poblado por la figura del negro. Eran zonas campestres muy alejadas y de difícil acceso. Mi primer libro Los ermitaños recrea el mundo y el lenguaje del primer escenario y Monólogo desde las tinieblas del segundo.

¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?
Cuando tenía alrededor de ocho años visité la Biblioteca Municipal de la provincia, pero como siempre he parecido algo más joven de lo que soy, la directora de la biblioteca me vio entrar en la sala de lectura y me preguntó ásperamente: "Tú, ¿sabes leer?", (debió ser porque estaba con la cara sucia o seguramente asoció el color de mi piel con la incompetencia lectora) y como le respondí que sí, no muy convencida me señaló la carátula de un diario local para que leyera los titulares y así comprobó que, efectivamente, yo sabía leer. Luego fue donde estaban los anaqueles y regresó con un libro grande, uno de los volúmenes de la enciclopedia El tesoro de la juventud. Después de leer fragmentos del texto, me retiré y no volví más al local. En la secundaria, tuve unos amigos vecinos, familiares de la nueva bibliotecaria, y después de la cena, como quien va a la esquina a conversar, nosotros íbamos a la biblioteca. Como estaba interesado en convertirme en pintor, leí muchas biografías de pintores del Renacimiento y llegué a poseer un conocimiento del que carecían los profesores de Arte y de Historia Universal locales. Pero no fue sino hasta que ingresé a la universidad que mis lecturas empiezan a ordenarse.

¿Cómo y en qué contexto ocurre tu llegada a Lima?
En 1954, durante el gobierno de Odría llegué a Lima para prepararme para el examen de admisión a La Cantuta. Así, pues, a finales del verano de 55 ya estaba empezando mis estudios universitarios y, claro, las vacaciones las pasaba en la campiña. Para mí, la universidad fue una oportunidad de seguir leyendo, tuve, además, profesores de gran valía como Luis Alberto Ratto, Guillermo Deli, Manuel Moreno Jimeno, Washington Delgado y Abelardo Oquendo. Este último publicó mi primer cuento "De perros" en el suplemento cultural de El Comercio en 1956. Más tarde, a finales de los sesenta, cuando frecuentaba el Bar Palermo conocí a Oswaldo Reynoso, Eleodoro Vargas Vicuña, Miguel Gutiérrez, Gregorio Martínez, entre otros. Formé parte del grupo Narración, que nació por las afinidades relacionadas con el oficio de escritor, y el común interés en la escritura y la lectura de ficción narrativa. Las discusiones y planteamientos políticos eran parte del horizonte ideológico de la época, pero solo será en el segundo número de la Revista Narración que se asumirá una posición política determinada.

Los ermitaños fue tu primer libro, ¿cómo fue el proceso de escritura?
Tenía yo una historia que me obsesionaba, elaboraba mentalmente párrafos breves y los "mejoraba" constantemente, es decir, los corregía. Ese cuento se titula "Joche" y aparece en Los ermitaños. Es quizá mi cuento más ambicioso porque trata sobre la muerte. Escribirlo me tomó cerca de cuatro años, entre 1957 y 1961. Yo quería terminar mi primer libro y eso significaba terminar aquel cuento, pero sucede que hasta el sesenta me encontraba en Chincha, así que me dije: "si me quedo acá, no termino nunca". Entonces salí para Lima y pude terminar el cuento y escribir uno más.

¿Cómo fue la elaboración del libro Monólogo desde las tinieblas? ¿Por qué elegiste narrar "desde adentro", es decir, que los mismos personajes afroperuanos fueran quienes contaran la historia?
Terminé de escribir Monólogo desde las tinieblas en 1974 y se publicó al año siguiente. La intención era escribir los cuentos, algunos desde la base de la anécdota y otros desde la invención, pero sin salirse de la verosimilitud que permite el universo cultural y lingüístico de los afroperuanos, de tal modo que algunas de sus fórmulas de lenguaje provoquen el humor, pero haciendo que éste brote de los personajes mismos sin que ellos se den cuenta, y que así sea descubierto por el que está afuera del universo del relato. El recorrido de los personajes se inscribe en su vida cotidiana, de donde, a fin de cuentas, nacen los conflictos que los envuelven. En la edición de 1999, agregué al libro seis cuentos más que permiten redondear un conjunto de saberes populares para la vida, pero explorando más los mecanismos sociales de discriminación racial.

Una de las estrategias más frecuentes en tu obra es la delicada y sutil ironía. ¿Qué papel desempeña la ironía en la retórica de tus textos?
Es una herramienta muy importante. En la sociedad hay algunos fantoches, algunas imágenes sagradas, en todo sentido, que son en el fondo ídolos de barro. La actitud irónica, justamente, trata de derribarlos. El descreimiento que anida en una actitud irónica se orienta hacia eso. La burla sesgada va socavando y en el fondo es una suerte de revancha que se toma uno frente a las cosas "sagradas" que le imponen a uno desde que tiene uso de razón en la sociedad. Por ello, la actitud irónica está presente en la mayor parte de mis trabajos, incluso los del género expositivo, donde se nota más.

Aventuras con el candor es un libro de inquisiciones en el lenguaje popular, una cala vertical en costumbres y sentidos del habla de Chincha, Lima, La Habana. El lenguaje ha sido tu gran pasión.
El libro es una selección personal de artículos y crónicas periodísticos publicados en La República y otros diarios. Mi criterio fue seleccionar textos que de algún modo estuviesen unidos por un tono que trata de descubrir la actitud desacralizadora, desde la perspectiva y las posibilidades del imaginario popular, es decir, aprovechando la imaginación y la ironía como recursos importantes. Aventuras con el candor es una fiesta del lenguaje popular.

La experiencia y la problemática del maestro constituyen un eje temático de tu último libro, tú estudiaste pedagogía en La Cantuta ¿cómo entiendes, según tu experiencia, la relación entre el maestro y el estudiante?
Siempre he concebido la relación que vincula al maestro con el alumno como una relación amigable, conversacional. Por lo tanto, una relación, creo, en la que el tiempo puede resultar divertido, cómodo, pero de ninguna manera ni rígido, ni brutal, ni pesado. Echar mano, de vez en cuando, de algunas anécdotas en las que puede descubrirse el ingenio de algunos personajes a propósito del tema que se está desarrollando, pues la riqueza que tienen las actitudes de los hombres es importante para animar y fortalecer la relación entre alumno y maestro.
 
Datos adicionales
Bibliografía

Los ermitaños. Lima, 1962. Colmillo Blanco, 1987.
Monólogo desde las tinieblas. Lima: Inti-Sol Editores, 1975; PEISA, 1999.
Historias para reunir a los hombres. Lima: Extramuros, 1988.
Aventuras con el candor. Lima: Extramuros, 1989.
Cuaderno de agravios y lamentaciones. Lima: Fondo Editorial UNMSM, 2003.
 
Premios obtenidos
1er premio del concurso de cuento convocado por la Asociación Universitaria Nikkei del Perú, 1974.
1er premio de cuento en el concurso convocado por la Municipalidad de Lima, 1982.
 

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