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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Juan de Espinosa Medrano
La poética indiana: El Lunarejo, primer crítico literario en América

Por Johnny Zevallos
Fuente: La Primera, Lima 12/02/07

El siglo XVII significó la consolidación del Cusco como espacio primordial para artistas criollos e indígenas. Tanto la producción dramática como la literatura erudita integraron los aportes literarios de sacerdotes españoles y criollos, así como de nobles indígenas cusqueños. Al permanecer la élite andina en la antigua capital del Incario, la administración colonial aseguró este fenómeno cultural a través de una agresiva política evangelizadora. La Iglesia Católica auspició la producción intelectual castellana y quechua, convirtiendo al Cusco en un importante ámbito intelectual.

Este esfuerzo eclesiástico se vio precozmente afirmado con el impacto del teatro quechua, entre los que destacan el Ollantay y el Usca Páucar, de autor anónimo, El pobre más rico, de Gabriel Centeno de Osma, El rapto de Proserpina y el sueño de Endimión y El hijo pródigo, ambos de Juan de Espinosa Medrano (1629-1688), apodado “el Lunarejo”. Quizá, el aporte del Lunarejo al autosacramental quechua afianzó las aspiraciones de la doctrina católica en su afán de acercarse a la élite andina, pues el tema central desarrollado en sus producciones dramáticas vinculaba su amplio conocimiento de la tradición clásica con el quechua.


El Lunarejo

Juan de Espinosa Medrano escribió el primer estudio crítico en América, el Apologético en favor de don Luis de Góngora (1662). Si bien la obra del poeta español Luis de Góngora y Argote (Córdoba, 1561-1627) gozó de una auspiciosa acogida en Hispanoamérica, Espinosa aprovechó la injuria lanzada por el portugués Manuel de Faria y Sousa (1590-1649) en contra del poeta cordobés para plasmar un discurso que fundara la élite intelectual criolla. El estudio de Espinosa comprende un análisis de la obra poética de Góngora. Por un lado, explora la estructura del verso castellano; y por otro, incursiona en la renovación de la teoría literaria. Hasta antes del Apologético la crítica se inclinaba por resaltar el buen uso de la gramática, como lo advierte la edición anotada de Manuel de Faria (1638) para Los Lusiadas. La defensa de Góngora respondería a la consumación de la poesía castellana en las Soledades y en la Fábula de Polifemo y Galatea para definir la figura del “genio poético”. El propósito central de su estudio estaba dirigido a modificar los modelos de la crítica literaria expuestos por Faria y Sousa, antes que prejuzgar al ensayista portugués.

La temprana atención que el Lunarejo señala en la métrica y los procedimientos retóricos para con el discurso poético conllevan a establecer al hipérbaton, y sus distintas licencias poéticas, como uno de los ejes para definir una nueva concepción del discurso lírico barroco. A mi juicio, el análisis literario que realiza Espinosa Medrano gira en torno a dos aspectos importantes: 1) plantea los efectos del lenguaje poético desde un rigor eminentemente científico y; 2) produce el primer análisis crítico interdisciplinario al consultar los aportes filosóficos y retóricos de textos grecolatinos.


El predicador

El texto en su conjunto consta de doce secciones: la misma distribución de la Eneida de Virgilio o La Cristiada de fray Diego de Hojeda. Al igual que en la Poética, de Aristóteles, y en el Arte poética, de Horacio, reafirma su intención de interpretar los aportes estéticos de Góngora. Espinosa Medrano quiere ser predicador y guía de los hechos que expondrá en su crítica. Veamos ahora algunos puntos importantes del Apologético:

La métrica hispana expuesta por el cusqueño le permite adentrarse en el modelo poético seguido por Góngora, en tanto heredero de la tradición greco-latina y española. Su nutrida instrucción en torno a los poetas clásicos es un condicionante para echar por tierra los postulados de Faria, quien no duda en comparar al cordobés con Mahoma –en cuanto corruptor de la composición lírica. Si bien el Lunarejo entiende el oprobio hacia quienes no comprenden la innovación de las licencias poéticas, la limitación que ejercía la crítica literaria anterior entorpecía el sentido esencial del texto.

El estudio de Espinosa Medrano llega a su punto más alto con su análisis de las Soledades y la Fábula de Polifemo y Galatea. La identificación del genio poético, como enigma para descifrar el sentido del texto, configura la relación evidente entre el autor y el receptor de la poesía gongorina. El análisis interpretativo de Faria le sirve para involucrarse como lector de la Fábula. La significación mitológica no depende –asegura el Lunarejo– de una imitación exacta con respecto a los modelos clásicos, sino, en la apropiación de los mismos para sugerir al mundo hispánico como nuevo espacio poético.


Un nuevo esquema

A manera de colofón, las dos últimas secciones cierran el primer estudio crítico indiano. Los criterios usados por Juan de Espinosa priorizan, sin duda, la propuesta de un nuevo esquema de interpretación literaria bajo las mismas categorías que la retórica clásica había expuesto en la Antigüedad. Estos mismos cánones coinciden en la premisa sobre la que gira su análisis: “ajenos descuidos nos gastan el papel, el tiempo y la vida, sin acordarse de que, mientras pelean, no nos han enseñado ni un átomo de la verdad” (sección XII).

En consecuencia, ¿la aproximación a la lírica gongorina en el Apologético debe entenderse como la aplicación de un nuevo estudio literario o se sugeriría, acaso, la inserción de los criollos americanos en la producción intelectual hispana? ¿Era consciente el autor de la importancia de su aporte crítico? Si bien Espinosa Medrano se propone corregir la apreciación española con respecto al sector criollo a través de un extraordinario estudio crítico, reafirma su preocupación por profundizar el papel del erudito en la intelectualidad hispana. Es probable que el Lunarejo haya querido presentarse ante la corona como el mentor de la élite letrada en Indias en su intención de obtener favores por parte la metrópoli, como también lo hicieran el Inca Garcilaso y Guamán Poma de Ayala aunque desde perspectivas distintas. El constante afán de Espinosa por reconocerse criollo, a pesar de que su origen étnico no ha podido ser identificado, se suma a su labor evangelizadora en su producción dramática quechua. Esta posibilidad, sin embargo, no llegó a consolidarse como acredita su testamento donde se consigna la austeridad de su enterramiento.


Clérigo y literato

Juan de Espinosa Medrano (1629-1688), conocido como “el Lunarejo”, fue clérigo y literato.

Lo llamaban así por el lunar o lunares que marcaban su rostro, y en vida fue ya toda una leyenda. Se sabe que gracias a su precoz talento se le abrieron las puertas del Seminario de San Antonio Abad y luego las de la Universidad de San Ignacio, donde se graduó. Políglota y polifacético, antes de los 18 años ya escribía autos sacramentales, componía música sacra y dominaba el latín, el griego, el hebreo y, por supuesto, el quechua.

Su primera obra tal vez sea El rapto de Prosepina, drama que llegó a ser representado en Madrid y Nápoles. También para el teatro compuso El amar su propia muerte, y el auto sacramental en quechua El hijo pródigo. Además, escribió en latín el tratado Curso de filosofía tomística, y treinta de sus sermones fueron agrupados póstumamente en 1695, bajo el título de La novena maravilla.

Fue su Apologético en favor de don Luis de Góngora la obra que le aseguró un lugar en la posteridad. Publicada en 1662, es una apasionada defensa del gran poeta cordobés, pero también un ejercicio de estilo y la aplicación de ideas avanzadas para su época y, en algún caso, próximas a las de la estilística del siglo XX, como lo remarca Dámaso Alonso.

Espinosa Medrano murió el 13 de noviembre de 1688, en medio del sentimiento general de un pueblo que lo había acogido como suyo.

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