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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Blanca del Prado, una figura olvidada

Por Jorge Cornejo Polar
Fuente: Expreso, Lima 20/06/04

El 2003 se cumplieron cien años del nacimiento de la escritora Blanca del Prado (Arequipa 1903 – Córdoba, Argentina, 1979). Ni ceremonias ni homenajes recordaron la fecha a pesar de la extraordinaria pureza de su voz lírica y de que en su obra la presencia del Perú es piedra angular. Tal vez el que gran parte de la vida de Blanca transcurriera en Córdoba, donde publica casi todos sus libros, explique el olvido. Pero no lo justifica por cierto. Las líneas que siguen quieren precisamente recordar la figura y la obra de una poeta que no debe ser olvidada.


La morriña del terruño

Blanca del Prado, que había nacido en Arequipa en 1903, se trasladó más tarde a Lima donde frecuentó asiduamente a José Carlos Mariátegui, quien no sólo la distinguió con una amistad especial sino que reconoció la calidad de su poesía (varios textos de Blanca figuran en las páginas de Amauta). Es en ese entorno donde conoce al pintor argentino de origen italiano José Malanca con quien se casa en 1930. Poco después el matrimonio se instala en Córdoba, donde había nacido Malanca. En esta ciudad, su segunda patria, pero con el pensamiento y el corazón puestos en su Arequipa y en el Perú, se escribe la obra de Blanca del Prado.


Blanca, poeta

Dos líneas sostienen temáticamente la estructura de la poesía de Blanca del Prado en sus primeros libros: Caima, (1933), Los días de sol, 1938. Una es la aproximación entrañable, casi religiosa al paisaje natal. La otra, una evocación nostálgica de personajes y circunstancias de su querida Arequipa. Los libros siguientes, En todos los olvidos, (1946), y Cuentos Poemáticos, (1947), renuevan esta visión mágica del mundo natural y aunque no se la mencione, el recuerdo de la tierra sigue jugando papel importante. Los dos últimos libros –Yo no quiero mirar la primavera, (1968), y Elegías, (1979)– dan cuenta de un cambio mayor. Y es que en 1967, al morir su esposo, la cristalina voz de Blanca se oscurece, el tono elegíaco predomina y revela la intensidad de un gran amor al que la muerte del amado ha sumido en la desolación. Lo que no cambia es la forma. De comienzo a fin su obra está escrita en prosa poética, modalidad difícil que Blanca maneja con maestría admirable.

“Desde el recuerdo, maduran en mis ojos del pueblo” es el inicio de un texto. Y este verso podría servir de cifra a Caima, conjunto de delicadas prosas poéticas que brotan cálidas de una memoria que la lejanía aviva y la nostalgia estremece. El libro, trabajado con gran amor por las palabras, revela también un tino especial para jugar con su sonoridad: “Rosa, jardín, paloma, viento, niña, nube, cielo, azul, sol, agua, canto...” se lee en el poema apropiadamente titulado Canto. Confiesa Blanca que enseñó estas “candorosidades” a Mariátegui, quien las calificó de poemas y así se animó a publicarlas.

Los días de sol renueva la comunión de Blanca con el paisaje y algunos personajes característicos. Pero el libro ofrece varias novedades: el sentimiento maternal ya insinuado al final de Caima por un lado, la utilización de la forma narrativa en dos pequeños relatos por otro. Y la aparición inesperada de un hermoso canto a los muertos de la guerra civil española: Qué silencio tan alto se ha formado en mis palabras, porque no existe un nombre que fulmine el pesar de España. Es el silencio de los miles de muertos en España.

La memoria del corazón está detrás de muchos de los textos de En todos los olvidos, conjunto de prosas poéticas en las que la amorosa consideración del paisaje es –rasgo característico en la obra de Blanca– el motivo principal. El tema del tiempo comienza a aparecer con fuerza (Sobre el tiempo, Corazón de la tarde, En las márgenes del tiempo) y no falta alguna arte poética como El pálido clima o Cuando todo se torna canción algunos días.

Unas palabras finales para Elegías. Testimonio de inmenso dolor ante la muerte del esposo, estas prosas poéticas están lejos de la queja sensiblera o el lamento melodramático. Estamos sólo ante la pena honda transfigurada en alta poesía. Yo no quiero mirar la primavera, el intenso poema inicial da la tónica del libro: Yo no quiero mirar la primavera, yo no quiero mirar siquiera la paloma llevando esos días azules en el pico. Ido el amado todo parece perder sentido.

Las prosas poéticas de Blanca del Prado constituyen sin duda una estancia importante en el proceso de la poesía peruana del siglo XX. Y su vida consagrada al amor y a la poesía son ejemplares. No hay que olvidarlo.

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