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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Eduardo Chirinos
La música verbal de Eduardo Chirinos La música verbal de Eduardo Chirinos

Por José Miguel Oviedo
Fuente: Peru21, Lima 10/10/06

Un análisis del recientemente publicado poemario No tengo ruiseñores en el dedo, del escritor peruano Eduardo Chirinos.
 

En su inagotable variedad y su constante transformación, la poesía puede ser muy distintas cosas a lo largo de los tiempos, pero es sobre todo su música, esa precisa suma de ritmos, tonos y timbres que puede alcanzar -como si fuesen notas en un pentagrama- la materia verbal. Esa música verbal no sólo se debe al uso del verso -pese a que es su vehículo habitual- porque existe también en la poesía en prosa, que de ninguna manera confundimos con la prosa narrativa. Tampoco es un mero mecanismo retórico o un puro efecto acústico del lenguaje poético: es la voz misma del poeta y parte fundamental de su visión, algo que lo hace original e inconfundible aunque sus temas sean los de siempre. Es decir, en el sentido está el sentido porque las imágenes crean una onda o resonancia que alcanza al lector y lo conmueve. Sin el menor propósito de establecer una comparación con el autor del que me ocuparé, sino de ofrecer una ilustrativa analogía, invoco estos insuperables versos de Garcilaso: "El dulce lamentar de dos pastores./ Salicio juntamente y Nemoroso,/ he de cantar sus quejas imitando,/ cuyas ovejas, al cantar sabroso,/ estaban, de pacer olvidadas, escuchando". Es obvio que bastaría cambiar un solo sonido para que el significado desapareciese o fuese otro.

He pensado en todo esto mientras leía No tengo ruiseñores en el dedo (Valencia: Pre-Textos, 2006, 64 pp.), el último libro de poemas de Eduardo Chirinos (Lima, 1960), porque sentí que los sonidos estaban cargados de emoción. Aunque su visión es propia de un creador contemporáneo, en muchos momentos escuchaba ecos y reverberaciones de nuestra tradición clásica. Su voz es melodiosa, pausada, cadenciosa, serena y reflexiva; eso lo distingue de los poetas de su generación, entre los cuales es común la búsqueda de la disonancia o el coloquialismo (lo que es perfectamente legítimo). La cualidad rítmica de su poesía no es su única virtud, pero sí la esencial, el corazón de su lirismo: no un ornamento sonoro ni el simple instrumento de lo que nos dice, sino una parte entrañable e inseparable de su mundo creador, sin la cual este no existiría.

No fue así desde el comienzo, como puede comprobarse revisando su primer libro, escrito cuando iba a cumplir 21 años y que tituló Cuadernos de Horacio Morell (1981), que, por curiosa coincidencia, acaba de ser reeditado (Lima: Universidad Católica Sedes Sapientae-Estruendo Mudo, 2006). Así, podemos tener a vista el primer y el último Chirinos, y apreciar la evolución de ese joven creador que decidió inventar al apócrifo Horacio Morell y atribuirle el material que él había escrito en prosa y verso. Quizá lo hizo para disimular su heterogeneidad y dispersión presentándolos como papeles sueltos encontrados tras el "suicidio" del presunto autor. Pero, luego, más visiblemente a partir de Abecedario del agua (2000) y sobre todo de Breve historia de la música (2001), libro ganador del Premio Casa de América (Madrid), su poesía tomó el rumbo y el perfil que hoy lo distingue. La presente obra no hace más que confirmarlo.

El breve volumen está dividido en cuatro secciones; en las dos primeras el tema dominante es el amor; en las restantes aparece como el trasfondo de un conjunto de reflexiones -de tono marcadamente melancólico y resignado- sobre los ciclos de la naturaleza, el tiempo y la creación. Pero en general, el amor es aquí una pasión filosóficamente serena y lúcida, que tiende a distanciarse del placer que la despierta; quizá sea oportuno recordar que Chirinos es también crítico y que está acostumbrado a examinar el fenómeno poético, analizando en la obra de otros lo que conoce intuitivamente en la suya. Ya se trate del tema amoroso o de otro, la dicción es básicamente la misma porque se apoya en procedimientos de composición, estructura y lenguaje que se mantienen constantes; nos acostumbramos a su encanto y seducción como a una música cuyas líneas melódicas podemos reconocer fácilmente: sin dejar de ser rigurosa y profunda, suena simple, discreta y transparente. En verdad, más que la música misma, la sombra o recuerdo que deja en la mente y que nos permite revivirla ya sin oírla.

Chirinos nos abre su mundo interior usando un repertorio de símbolos y elementos recurrentes: miradas, palabras, silencios, la luz, el mar, el sueño. Los trata apoyándose en un sistema de reiteraciones y variantes, de fórmulas anafóricas y ritornellos, de ecos y desdoblamientos de la frase poética dentro del verso o mediante encabalgamientos, que crean una sensación de expectativa y familiaridad rítmica. Con frecuencia, el poema es un sutil juego que se inicia con solo un par de esos elementos, sigue con un despliegue donde se combinan con otros y finalmente se repliega volviendo al comienzo. El resultado es una circularidad análoga a la forma como una composición musical presenta sus motivos y luego va incorporando nuevos acordes y tonalidades al tema central. Todo eso asegura la sinuosa fluidez del movimiento imaginístico, que hace de cada poema una entidad difícil de fragmentar sin destruirla: el primer verso pone en marcha un movimiento que se mantiene vivo hasta el final y aun más allá, porque parece vibrar y resonar en nosotros. Por eso es conveniente citar al menos un breve poema en su integridad y advertir sobre todo lo que se pierde en las citas restantes; este se titula Albada: "La noche es sólo un parpadeo/ azul en la memoria. Su luz// nunca se ha ido: es tu cuerpo.// Tu cuerpo que ahora despierta/ y canta perfumado en mi cuerpo".

El motivo amoroso suele tener como contrapartida el de la poesía misma, al punto de que a veces son indiscernibles; esa ambigüedad entre cuerpo y palabra, entre mujer y creación genera una red de secretas relaciones y correspondencias; por ejemplo, En el miraje de tu vientre nos depara una sorpresa en su mismo arranque: "¿Dónde el cobijo de tus senos, Poesía?/ ¿dónde el ansia, de tus piernas, dónde...". Progresivamente, lo amoroso va cediendo su lugar -sin desaparecer del todo- al motivo del quehacer poético que nace del estímulo erótico. Antes de dormir es un hermoso texto que comienza creando un clima nocturno no muy diferente al de los poemas amorosos, pero pronto nos damos cuenta de que se trata más bien de una posible arte poética; entre referencias a sonidos y silencios advertimos un atormentado esfuerzo por expresar algo que se resiste ("No/ no es eso exactamente") y al cabo hace explícito cuál es el arduo dilema que enfrenta en la quietud de la noche: "Escribir:// callar: cerrar los ojos. Ecos que rebotan en las piedras y de nuevo/ el ladrido el dolor el golpe seco".

Entre las varias referencias literarias (al verso de Huidobro que da título al libro, al italiano Umberto Saba) hay una que resulta significativa porque supone un retorno a su propio pasado poético: en el poema titulado Horacio Morell, vuelve a ese personaje que inventó en su juventud como álter ego; el viejo fantasma reaparece para decirle: "No eres lo que quise que fueras.// No eres/ quien fui para que fueras. Aunque a veces/ nos confundan como al hijo con su padre". En esta especie de autocrítica a su propio pasado, tenemos una confirmación de la circularidad antes indicada, otra vez el sistema de ecos, retornos y reformulaciones que configuran una constante línea melódica: la inconfundible voz del poeta.
 

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