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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Alfredo Bryce Echenique
"En el Perú, de jóvenes, todos somos cerveceros"

Por José Gabriel Chueca
Fuente: www.peru21.com (06/06/05)

Acaba de presentar Permiso para sentir (Editorial Peisa), la segunda parte de sus antimemorias -iniciadas con Permiso para vivir- y Alfredo Bryce sigue siendo un corazón descubierto. Leer sus libros o conversar con él es asomarse a su sensibilidad sin reparos y a su memoria de paisajes sentimentales.

"Sería bueno, cuando esté viejo, completar un tercer volumen de memorias. Lo titularía Arrabal de senectud pero, ahora, tengo en el tintero dos novelas", confiesa Alfredo Bryce. Conversamos en la acogedora casa de Anita, su esposa.
 
¿Cuáles serían los títulos?
Una es La vida más triste de mi vida y el otro es un viejo título que vengo arrastrando hace mucho. Es aquella frase que pronunciara mi mama cuando la llamé una vez. ¿Mama, cómo estás? 'Aquí, chinito. Dándole pena a la tristeza'. Ni Vallejo logró ese registro.

En Permiso para sentir es muy directo. Habla fuerte e incluso de su familia.
Sí. Incluso sobre ellos, pero he metido la pata. El otro día dije, en TV, cosas muy duras sobre mi hermano Eduardo y él tiene hijos. Estoy muy arrepentido. Ellos conocen a su padre mejor que nadie y les ha dolido que yo no los considerara al hablar. Gracias a Dios, he tenido la oportunidad de conversar con uno de sus hijos mayores, quien hablaba en nombre de sus hermanos. Tuvimos una larga charla y me hizo saber su malestar. Prometí que iba a disculparme públicamente. Espero que me perdonen.

Es el tipo de problemas que genera escribir memorias, supongo.
Claro. Yo admiré increíblemente a mi hermano cuando era muchacho. Era el campeón, el bailarín que yo nunca pude ser. Las chicas se morían por él, yo me moría por las chicas, sin éxito alguno.

¿A quién mostraba sus primeros escritos? ¿Quién era su cómplice literario?
No lo tuve. Mis amigos del colegio -fue en secundaria donde descubrí mi vocación-, a quienes adoro y sigo viendo, me decían que no era verdad. Se reían de mí. Decían, 'Bryce se va a Europa a estudiar para bohemio'.

Qué pesados...
Lo decían con cariño, pero me dolía. Y todas esas bromas quedaban como el comentario de un coro alegre a la tragedia que representaba que mi padre se opusiera frontalmente a mi vocación. Cuando llegué a París, tenía 25 años y no había escrito una línea y empecé a sufrir horriblemente, porque quizá -ya había empezado a creérmelo- era un farsante. Luego, abandoné París para aislarme en Perugia y, después, en Míkonos.

¿Y qué respuestas encontró?
Tampoco me creían, porque yo vivía en la calle Francesco Innamorato; entonces, mis cartas iban con ese remitente. Y decían, 'otra locura de Alfredo'. Terminé mi primer libro de cuentos en el cuartucho donde vivía en Perugia. Recuerdo que cuando logré escribir mi primer párrafo, lo releí y me dije, me ha gustado, me bañé en lágrimas. Fue como una catarsis de años.

¿Y su primera publicación?
La pena es que mi padre no llegó a ver mi primer libro publicado. Pero me escribió una carta, muy breve, cuando estaba ya muy enfermo, en la que me decía, 'por primera vez comprendo que hay una persona que no necesariamente tiene que seguir mis consejos. Te deseo todo el bien. Trata de ir siempre hacia arriba'. Y murió.

En su cuento Páginas de un diario, escribe acerca de un niño en el colegio a quien le gusta una chica. ¿Ese amor era real?
Todos mis libros, hasta No me esperen en abril, narran cosas reales. En ese cuento, la niña se llama Cecilia, porque tuve miedo de usar el nombre de la persona real. Era Tere Ghezzi. Ella dominó muchos años de mi vida y los domina hasta ahora como un recuerdo maravilloso. Es una amiga maravillosa que todavía me dice que cuando tengamos 80 años tenemos que pasar una noche juntos. Y antes me decía que yo era insoportable, porque lo fui.

¿Cómo?
Yo era increíblemente dominante, celoso, me tenía hasta miedo por mis celos, que provenían de una enorme inseguridad mía. Y ella culpabilizaba mucho. Y claro, vivimos momentos privilegiados, nadie era tan feliz como nosotros, pero estaban también esos temores y cosas.

¿Cuáles son los tragos de su vida?
Bueno, los peruanos, en la juventud, somos todos cerveceros. Es lo más barato.

¿Recuerda su primera tranca?
Fue criminal. Yo era muy chico y unos amigos mayores me hicieron creer que nos íbamos a 'chupar' una botella de pisco cada uno y la de ellos era de agua. Y yo me zampé una entera. Perdí la memoria, perdí todo. Pudieron matarme con delirium tremens.

No estuvo Eduardo para ayudarlo.
No. Creo que él no lo hubiera tolerado. Después, en París, llegó el vino tinto, que era barato. Tintorro, digamos. Baratieri. Después, fui mucho tiempo whiskero, hasta que me empezó a caer mal. Y tuve la suerte -la absoluta chiripa- de que se tradujera un libro mío en Suecia. Y mi editor es dueño de vodka Absolut, así que descubrí el vodka Absolut y el vodka tonic, que era el trago de mi mamá también. Y hasta ahora soy vodkero aunque, en Lima, normalmente, me tomo un pisco sour con el almuerzo y, ya después de la comida, me tomo un vodkita.

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