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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Martín Adán
Martín Adán (Rafael de la Fuente Benavides)<br> Loco de soledad Martín Adán (Rafael de la Fuente Benavides)
Loco de soledad


Por Helio Ramos Peltroche
Fuente: Variedades 148, Suplemento de El Peruano, Lima 23 noviembre 2009

El mundo está demasiado feo, y no hay manera
de embellecerlo
Solo puedo imaginarlo como una ciudad de burdeles y fábricas
bajo un aletazo de banderas rojas.
Poemas Underwood

 

No parecía un tipo contento de vivir en esta ciudad. Para él su único refugio siempre fue la poesía (y también la bebida). Lima le parecía un "cadáver disgregado", un espacio atacado por la soledad más virulenta, un espacio muerto, perturbadoramente inacabable e innombrable. Martín Adán, el sujeto que encubre a Rafael de la Fuente Benavides –un aristócrata venido a menos, civilista y "moderado"–, no quiso nunca ser feliz con permiso de la Policía.

Su confuso arrastrarse por Lima fue para Allen Ginsberg "el movimiento de un serafín que ha perdido las alas". No era raro encontrarlo, como escribió Sebastián Salazar Bondy, en cualquier café o bar del Centro, perdido entre la múltiple fauna urbana, descuidado en su traza y su traje, "sumido en sí, huidizo y sardónico, encasquetado un sombrero deforme, cubierto por un sobretodo basto, con la barba crecida".

Ese era Martín Adán. El que también Gregorio Martínez recuerda en esa exquisita "travesía de extrabares", testimonial crónica que narra la "tranca" de tres días que se metió con el afamado vate en mayo de 1968. En la borrachera de marras también estuvieron los extintos Cesáreo "Chacho" Martínez y el mítico Juan Ojeda, que murió con "impecable soledad" arrollado por un bussing en la avenida Arequipa, allá en el año 73.

Según cuenta "Goyo", encontraron a Adán tomándose unos piscos en el bar Palermo, ese antro de los intelectuales de izquierda que entonces merodeaban la Casona de San Marcos. Dice que el viejo olía a berrinche, tenía el saco abrochado con un imperdible, sus gafas para la miopía y el sombrero de fieltro que no se lo quitaba desde hacía varias lunas.

Cervezas van, cervezas vienen, visitaron el Chinochino, el Bar Café Grau, el restaurante Master Cook (donde todos, excepto Adán, comieron un cau-cau), el Bayao y tuvieron una incursión en Balconcillo, así como en una cebichería de Lince, para al final volver nuevamente al Palermo. Solo hubo una condición para tal desmadre: no hablar de poesía, aunque sí lo hicieron de Barthes y Althusser, de los que un derechista irremediable y clerical como Adán, sabía más de lo que se suponía.

ARTISTA ADOLESCENTE
Los años deambulando por el Centro corresponden a esa etapa de viejo aniquilado, silencioso y hermético, con entradas, salidas y retornos al Larco Herrera, del que no se sabe cómo y de qué diablos vivía. Pero la vida de Adán también registra momentos de menos infortunio, sobre todo en su época de "artista precoz", cuando escribe La casa de cartón. Se trata de una novelle publicada en 1928, cuando contaba apenas 20 años, ora una rara avis de nuestras letras, ora uno de los primeros brotes del vanguardismo europeo en estas tierras del Señor.

En una minuciosa biografía sobre él, el estudioso Luis Vargas Durand dice que esa primera edición estuvo plagada de errores. La obra fue publicada a instancias de Luis Alberto Sánchez, quien escribe un cordial y entusiasta prólogo al dilecto pupilo en el Deustsche Schule. El texto también contiene un colofón elaborado por José Carlos Mariátegui, al que conoció por intermedio de José María Eguren (a quien dedica el libro).

Pese al auspicio cultural y espaldarazo intelectual de sus ilustres padrinos, La casa de cartón no despertó el interés de la crítica. Hasta él mismo estuvo un tanto inconforme porque a menudo autografiaba el libro como "un ejemplar clandestino de una edición malograda". Esto, empero, no quitó que la obra se distinga por la radicalidad con que asume una nueva estética de la escritura, pues como dice el ensayista Hugo Verani, "emprende una disolución de lo novelesco en la subjetividad lírica, en la discontinuidad, en el fragmentarismo y en la contextualizad disonante".

CASA TOMADA
Fiel a los postulados vanguardistas, el título de la novela alude a la fragilidad del mundo y a la desconfianza ante una realidad objetiva. Según Verani, Adán construye una arquitectura de papel, reducida a su condición de lenguaje que no extrae sus andamios de la observación directa de la realidad, sino de lecturas literarias. Hasta entonces ningún escritor peruano ha citado tanto (o algo) a Proust, Joyce, Pirandello, Shaw, el psicoanálisis, el cine, los tranvías...

En la onírica visión de unas semanas de vacaciones escolares en Barranco, Martín Adán nos muestra en los 39 hologramas que componen el texto, las vivencias del personaje narrador, las de su amigo íntimo Ramón (que para muchos es su álter ego) y las de la licenciosa Catita.

No hay trama narrativa. La historia se entreteje por las descripciones que el adolescente hace de las casas, las calles y los habitantes variopintos y decadentes del balneario: las viejas beatas que huelen a diablo; la gringa medio loca, fotófoba y fotógrafa; el inglés que pescaba con caña; la señorita Muller de blusita parroquial; los frailes ojerosos. O de sus amores de adolescente con acné.

MALDITOS SUDACAS
Los Gabo, Vargas Llosa, Fuentes, Cortázar (etc.) no surgieron por abiogénesis o generación espontánea. Antes que éstos hicieran "explosión", hubo próceres y precursores que por alguna u otra manera han sido pasados por alto o ignorados por el "orden establecido" cultural: Martín Adán, Juan Emar, Macedonio Fernández... La lista es larga.

Para resarcirlos de ese ostracismo y limpiarles de la mortaja la pólvora que sus nietos literarios provocaron con su detonación, Barataria, la editorial independiente española, pone en marcha su nueva colección de bolsillo "Humo hacia el sur" en la que aparecerán de dos en dos y a razón de bimestre veinte autores "pre-boom" peruanos, chilenos, argentinos, brasileños, bolivianos...

El combo de salida arranca con La casa de cartón, de Martín Adán, novela prologada por Vicente Luis Mora, y Un año, de Juan Emar (el Kafka chileno, Neruda dixit) con prólogo de Enrique Vila-Matas. Ambas ya fueron presentadas el pasado jueves 19, en Sevilla, España, por el escritor peruano Fernando Iwasaki, el director de la Feria del Libro de Sevilla, Javier López, y la directora de la colección, Claudia Apablaza.

En diálogo con Variedades, Apablaza dice que la idea de publicar estos clásicos es mostrar los grandes nombres de la vanguardia latinoamericana cuyo legado aún hoy permanece oculto. "En Europa no hay una idea clara de lo que fue la literatura 'pre-boom', pues solo se conoce desde García Márquez y Vargas Llosa, en adelante y se ha olvidado que detrás también hay un recorrido y una historia", dice.

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