Hace ocho días compré, en el campo ferial Amazonas, una colección casi completa de la revista Marka: 386 ejemplares, viejos, de un cuarto de siglo, testimonio material de una época y de una épica comunes a los hombres y mujeres de mi generación. Su lectura me ha impulsado a escribir. Y he querido ponerle a esta nota ritmo de tango, porque solo el tango, nostálgico y emotivo, puede expresar el significado de Marka para quienes hemos pasado la base cinco.
Para llegar al campo ferial de Amazonas es preciso dejar los distritos del sur, donde una optimista clase media se esfuerza, trabaja, economiza, compite y aprende para incorporarse definitivamente al sistema, para consumir según las exigencias del modelo vigente y de repente, ¿por qué no?, para emigrar algún día a Miami, al Canadá, de repente a España.
Para llegar al Centro hay que tomar la Vía Expresa y bajar en la plaza San Martín si se quiere completar el peregrinaje y sumergirse en ese mundo extraño, donde una sociedad empobrecida pero igualmente optimista trabaja y acumula con la esperanza de dejar algún día el Centro y vivir en Miraflores, incorporarse al sistema que ya nadie pone en tela de juicio y de repente, ¿por qué no? emigrar también a Miami o al menos poder hacer las compras del día en Wong.
Aquí está la Plaza, otrora centro neurálgico de la ciudad, con sus viejos bares como el Versailles, madriguera de artistas y bohemios donde se pueden rastrear los pasos de Humareda, donde todavía se escuchan los silencios de Juan Gonzalo Rose. El Negro Negro ya no está y tampoco el tumultuoso Pingüino, feudo de la Tongolele, Betty di Roma y otras mamberas inovidables. Al frente, estaba el Bar Zela, cuya clientela se componía casi exclusivamente de políticos y periodistas. El Zela era la verdadera redacción de Marka y de otras revistas que integraban la numerosa "pequeña prensa" de esos años.
Aunque Marka tuvo varias oficinas formales, ubicadas mayormente en Jesús María, la revista se escribía en la casa, en el estudio y más a menudo en la oficina de sus redactores. Los textos previos y los borradores finales se debatían en la sala principal y especialmente en el humeante y atestado mezzanine del Zela, donde se podía ver también a Alfonso Baella Tuesta corrigiendo las pruebas de su semanario El Tiempo, a Arturo Salazar Larraín escribiendo a mano los excelentes editoriales de Opinión Libre, a César Lévano preparando Jornada. La gran prensa había sido estatizada en 1974 por Velasco, que expulsó de las redacciones a los periodistas de la derecha. Año y medio después, Morales Bermúdez hizo lo mismo con los periodistas de izquierda. Y de ese modo, los cafés y los bares de la plaza San Martín se convirtieron pronto en el hogar de infinidad de revistas, semanales en su mayor parte, que expresaban las diferentes tendencias de una sociedad intensamente politizada.
Caretas, Oiga, El Tiempo y Opinión Libre representaban a la vieja prensa. Marka, El Amauta, El Amauta del Mar, Unidad, Jornada, Dignidad, Mayoría, Kausachum, La Palabra del Pueblo, etc., expresaban a esa izquierda juvenil, polémica, combativa y ya entonces irremediablemente fraccionada que emergió después del derrocamiento de Velasco. Con los grandes diarios controlados por un gobierno militar en morosa retirada, la pequeña prensa de izquierda o de derecha, redactada al calor del debate callejero, elaborada en imprentas que trabajaban por lo general al crédito, escrita por periodistas intensamente comprometidos, centralizaba el debate político en una sociedad sin elecciones, congreso, ni partidos activos.
La plaza es la misma, pero sus habitantes han cambiado. Estos jóvenes tienen prisa, parecen estar –todos- a la búsqueda de una meta inmediata; ya no están aquí los políticos, pero su espacio ha sido ocupado por los predicadores de innumerables sectas, los agresivos cómicos ambulantes, los vendedores de cualquier cosa que cuando no tienen nada que vender, venden al menos la promesa de la salvación eterna, el perdón de los pecados, la prosperidad económica mediante la bendición divina, en fin, lo que sea: hay que vender pues, eso es lo que pide el sistema y para vender hay que disputar el mercado a otros vendedores menos encarnizados.
Éste es el viejo Centro de Lima, todavía con balcones, con casas como muelas cariadas, con los ambulantes de siempre que ahora ofrecen distintas mercancías; aquí, en el Jirón, estaba La Prensa , la “Cueva de Baquíjano" como le decíamos, un confuso laberinto de oficinas, escritorios y teletipos. Los viejos cines del centro han cerrado, son ahora precarias iglesias evangélicas o atestadas academias preuniversitarias; algunos sobreviven en el lucrativo negocio de la pornografía. Las calles están atestadas de cabinas de Internet, locutorios telefónicos, expendios de loterías, electrodomésticos en venta. El Comercio estaba en el Jirón Miró Quesada, nombre escogido por algún alcalde deseoso de ganarse la benevolencia de esa poderosa familia. Caminar por el centro requiere destreza para eludir carteristas, travestis y prostitutas; cortesía para abrirse paso entre innumerables carretillas; paciencia para tolerar distintas ofertas.
El campo ferial Amazonas tiene piso de cemento, está cercado con postes de concreto, alambrón y mallas. Ahí se han instalado, ordenados y limpios, unos doscientos puestos dedicados a la compra y venta de libros usados. Miles, cientos de miles de libros. Los libreros de Amazonas son gente culta, que conoce su mercancía y a sus clientes; el lector enterado puede encontrar ahí libros de calidad, a menudo bien conservados, a precios realmente bajos. El empobrecimiento paulatino e irreversible de la clase media peruana es patente ahí, en Amazonas, en esos libros evidentemente rematados para pagar algún alquiler ineludible, alguna matrícula inaplazable, para comprar comida. O tal vez se trata de alguna herencia inapreciada, tal vez son los libros del difunto abuelo que ocupan demasiado espacio en el departamento estrecho y que se venden a cualquier precio, porque en ese rincón se puede colocar un nuevo equipo de sonido.
En la feria de Amazonas es posible reconstruir la historia, repetida mil veces, del señor Mabeuf, el erudito empobrecido de Los Miserables que tenía que vender sus libros por hambre y que, cuando se veía obligado a escoger uno para la venta "los contemplaba largamente, uno tras otro, como un padre obligado a diezmar a sus hijos los contemplaría antes de escoger". Uno se pregunta cuántos señores Mabeuf habrán pasado por la feria de Amazonas con un paquete de libros bajo el brazo, con el bolsillo vacío, con la desesperanza en el corazón. Y por eso, cuando acudo a Amazonas lo hago con respeto y ternura, pago sin regatear y me llevo a casa a esos amigos queridos de algún desconocido que no tuvo la vida o el dinero indispensable para conservarlos.
En tal peregrinaje melancólico encontré la colección de Marka, que me propongo conservar mientras me sea posible. Su lectura es un viaje al ayer.
Qué tiempos aquellos…
Velasco Alvarado había sido derrocado en 1975, en medio del desconcierto colectivo; las masas que llenaban todas las plazas del Perú permanecieron ausentes esa fría mañana de agosto, cuando un desengañado general dejó Palacio de Gobierno sin reproches ni aplausos, en lo que casi todos interpretaron como un rutinario relevo burocrático. Nadie sabía de la violenta pero silenciosa pugna interna que trizaba cuarteles, sindicatos y redacciones; casi nadie se enteró de la manera silenciosa como se restauraba, poco a poco, el viejo e inmutable Orden Establecido.
Pero algo había cambiado en el Perú durante los años de Velasco.
Eso se pudo apreciar dos años después, el 19 de julio de 1977, cuando los trabajadores peruanos acataron masivamente el Paro Nacional decretado esa fecha exigiendo el final de la dictadura, el aumento general de salarios, la estabilidad laboral y el restablecimiento de las libertades democráticas. El Paro cerró fábricas y oficinas, suspendió la actividad de ministerios y mercados, congeló el tránsito terrestre y aéreo, las comunicaciones y los servicios públicos ante la impotencia de una dictadura que comprobó como la potencia de fuego ya no bastaba para gobernar el país.
Apenas cinco meses después, más de un millón de limeños salieron a las calles la tarde del entierro de Velasco, le arrebataron el cadáver, a palo contra sable, a los empenachados Húsares del Perú, se adueñaron de la ciudad durante ocho horas interminables, expulsaron del cortejo a militares, ministros y diplomáticos y sepultaron finalmente al viejo general al calor de un homenaje multitudinario, sin duda merecido, pero que expresaba, sobre todo, la voluntad irrevocable de no volver al pasado. Ese 26 de diciembre de 1977, la izquierda peruana ganó las calles, unificada y poderosa, como no había ocurrido nunca antes y como nunca volvió a ocurrir después.
Marka expresaba, mejor que cualquier otro medio, la voluntad política de esa izquierda que se incubó en silencio durante los años de Velasco, que casi alcanzó la mayoría de la Asamblea Constituyente de 1979 y que se extinguió dos o tres años más tarde al golpe de la crisis económica, en la esterilidad del debate parlamentario y bajo los dinamitazos de Sendero Luminoso, para colapsar finalmente al pie de los escombros del Muro de Berlín
Pero la Historia todavía no estaba escrita en 1975, cuando Jorge Flores Lamas y Oscar Rubio Betancourt fundaron Marka, con un capital de diez mil soles, una indispensable dosis de optimismo y la vocación expresada de hacer un periodismo pluralista, comprometido con los intereses de las mayorías.
Impresa en formato A-4, con carátula plakfond a todo color y 32 páginas interiores en blanco y negro, Marka tuvo como directores, sucesivamente, a Humberto Damonte Larraín, Jorge Flores Lamas y Carlos Urrutia Boloña. Un gerente, un subdirector, un par de fotógrafos y dos o tres redactores integraban la corta plantilla, que ostentaba en cambio una nutrida lista de colaboradores: Luis Pásara, Víctor Hurtado, Ricardo Letts, Francisco Moncloa, Víctor Villanueva, Javier Iguíñiz, Manuel Manrique, Gregorio Martínez, Agustín Haya, Ángela Ramos, Guillermo Nugent, Pedro Franco, Guillermo Sheen Lazo, Nelson Coronel, Manuel Dammert, Carlos Trigoso, Carlos Malpica, Mirko Lauer, Juan Gargurevich, Aurora Soyer, Baltazar Caravedo, Ángel Avendaño, Jacobo Timmermann, Rafael Roncagliolo, Marcela Cárdenas, Marco Martos, Ricardo Tello y Jorge Salazar, entre otros. Esta somera relación acredita la calidad intelectual y la vocación pluralista de Marka, expresada en su consigna fundacional: "Sin enemigos en la izquierda". La economía, la educación, la cultura, la ideología, la infraestructura, la demografía, pero sobre todo la política peruana de los años 70 eran analizadas "a fondo y sin tregua" cada semana, en las páginas de Marka. Una redacción apretada y sintética, una diagramación austera con pocas fotos y sin grandes titulares eran su fórmula periodística. De cuando en cuando publicaba números especiales, "ediciones de choque" donde se priorizaban temas específicos; en esas contadas excepciones se podía exceder la extensión máxima de dos carillas por artículo, requisito ineludible.
Veinticinco abriles que no volverán…
Aquí está, por ejemplo, el número 21, del 8 de enero de 1976, f un número especial, destinado a interpretar el nuevo escenario que se inauguraba tras el derrocamiento de Velasco. En la página 26, acaricio las cuatro páginas de "Para empezar a comprender: la izquierda peruana". Un trabajo extenso, minucioso, con flujogramas y cuadros sinópticos, que describe con bastante precisión el alineamiento y las subdivisiones de los 20 partidos políticos que integraban entonces la izquierda peruana, todos ellos identificados con Marx, Engels, Lenin y Mariátegui, pero a su vez divididos en seis partidos trotskistas, dos pro soviéticos, cuatro foquistas o fidelistas y ocho maoístas. Uno solo de esos partidos tenía más de 40 años de actividad continua; siete tenían menos de veinte años y los otros doce menos de siete años, es decir que habían nacido "al calor del proceso". Solo cuatro de ellos poseían locales, dirigentes conocidos y voceros partidarios. Los demás eran organizaciones clandestinas, con algunas publicaciones y episódicas presentaciones públicas. Estábamos pues ante una izquierda básicamente joven y clandestina, que se había fortalecido durante los años de Velasco y cuyas organizaciones se preparaban, o al menos consideraban estarse preparando para la lucha armada.
No era difícil, leyendo ese trabajo, entender que la izquierda se iba a seguir dividiendo y que, en algún momento crítico, cualquiera de esas fracciones iba a "tomar los fierros".
Todavía no me explico, en cambio, porque no lo entendimos así entonces.
A diferencia de otros periódicos peruanos, - de izquierda y de derecha, hay que decirlo- , Marka valorizaba mediante salarios justos y puntuales el trabajo del hombre de prensa, siguiendo escrupulosamente el mandato de José Carlos Mariátegui "libertad para la verdad y una decorosa compensación económica para el periodista". De algún modo, Jorge Flores Lamas se las ingeniaba para comprar papel, pagar artes y fotolitos, cancelar la imprenta y pagar por quincena a los redactores, por artículo a los colaboradores. Difícil tarea, en la que seguramente ayudaba el creciente tiraje de la revista: 42 mil ejemplares en su mejor momento.
Marka defendió, sin concesiones, el fuero sindical y la libertad de expresión; se compró el pleito de los trabajadores de Cromotex y de Fundición Callao, estafados por sus empleadores; defendió los derechos de reunión, organización política y libre sindicalización, ante la sorpresa de los gobernantes de turno; veló por los derechos humanos y ejerció la más incondicional solidaridad con todos los oprimidos y todos los minoritarios. Pero sobre todo y especialmente Marka ofreció una tribuna democrática a todo aquel que tuviera algo que decir sobre los grandes temas de la época.
Cuando un comando de asesinos al servicio de Videla secuestró, en el centro de Miraflores, a las montoneras María Inés Raverta y Noemí Gianotti de Molfino, Marka no dudó en denunciar ese crimen de estado, que se estaba cometiendo en el Perú con el apoyo evidente de las autoridades. Esa noche, se recibieron en Marka quince ominosas llamadas telefónicas pidiendo guardar silencio en nombre de la seguridad nacional: a la mañana siguiente, la noticia del crimen que se estaba cometía en ese momento estaba en la primera página de Marka, cuyos periodistas siguieron el rastro de las victimas hasta las instalaciones militares de La Tiza, donde las estaban torturando. La denuncia sirvió, al menos, para salvar a otros dieciséis políticos argentinos cuyo secuestro se preparaba.
Marka tampoco dudó un minuto en informar que el poderoso general FAP Juan Tweddle Granda, presidente de la empresa estatal Aeroperú, había sido arrestado en el aeropuerto con cinco kilos de cocaína en el maletín. La noticia desconcertó a los jueces y generales que se disponían a "arreglar" el enojoso asunto y de ese modo, en plena dictadura militar, un general de tres estrellas fue a la cárcel, sentenciado a diez años por tráfico ilícito de drogas.
Pero el tema predilecto de Marka era la política nacional, que se desarrollaba justamente en el centro de Lima, en las veinte o treinta manzanas que se extienden entre la Plaza Unión, la Plaza San Martín y la Plaza de Armas. Las marchas sindicales empezaban casi siempre en la Plaza Unión, sede de la CGTP, y se desplazaban por Colmena hasta San Martín. Las manifestaciones políticas empezaban por el contrario en la Plaza San Martín y en las tardes de confrontación se convertían en manifestaciones más o menos nutridas que llegaban o intentaban llegar según el caso, por Carabaya y la Unión, hasta la plaza de Armas y Palacio de Gobierno.
Días de debate intenso, apasionado, inexorable. Tardes de pleito callejero, de palos y gas lacrimógeno, de sindicatos alzados, de calles disputadas palmo a palmo, de pancartas y consignas beligerantes. Mítines "unitarios" que invariablemente terminaban en espectaculares broncas entre las irreconciliables fracciones de la izquierda. Noches de conspiraciones interpretadas por auténticos especialistas en la materia como el viejísimo mayor Víctor Villanueva Valencia, que había participado, de una u otra manera, en todos los golpes de estado desde los años de Leguía y que se aparecía en el Zela siempre al filo de las diez, enfundado en un impermeable crema, "vestido de conspirador" según ironizaba otro amigo, diplomático de carrera y también especialista en conspiraciones, quien llegaba a la misma hora, siempre de terno y corbata, para sentarse en la misma mesa e intercambiar la información fresca que obtenía en los ministerios con la información igualmente fresca que Villanueva traía de algún confidente anónimo que siempre conservaba en los cuarteles.
La biblia que interpretaban esos dos arúspices era el clásico libro de Curzio Malaparte, Técnica del Golpe de Estado, y sus instrumentos habituales, un plano de Lima con sus puentes y cuarteles, la nómina de oficiales con mando de tropa que Villanueva siempre llevaba actualizada y la agenda del Consejo de Ministros que, de alguna manera, conseguía el diplomático. Después, poco a poco, se fueron incorporando al grupo el "chango" Antonio Aragón, perfectamente enterado de lo que ocurría al interior de la izquierda clandestina; el intransigente estalinista Gustavo Espinoza Montesinos; Guillermo Sheen, especialista en temas sindicales; el mayor Fernández Salvatecci, una especie de Villanueva rejuvenecido; también Paco Moncloa, Lucho Pásara y otros especialistas que llegaron a conformar, espontáneamente, el más completo equipo de análisis político que se haya conocido en el Perú.
Tras una semana de escoger, desarrollar y depurar las noticias, los sucesos y hasta los rumores bajo el filtro minucioso de esos analistas, la gente de Marka llegaba al martes, día de cierre, con una noción bastante exacta de lo que estaba ocurriendo y de lo que podía ocurrir. Turbias madrugadas de cierre de edición en las que era preciso redactar bien y rápido para entregar el material a tiempo a la imprenta; de algún modo, en medio del tumulto de redactores y visitantes, entre el humo de innumerables cigarrillos, el traquetear del teletipo, los teléfonos y un par de radios siempre encendidas, la gente se las arreglaba para corregir la ultima carilla al filo de las tres de la mañana, sin errores, y con un aliviado "nos fuimos" cerraba la edición y entregaba su ordenado paquete al motociclista que esperaba en la puerta, con el motor encendido. Tres horas después, puntualmente a las ocho de cada miércoles, Marka estaba en la calle.
Marka cubrió los grandes paros nacionales desde 1977 hasta 1979, las duras huelgas del Sutep, las huelgas de hambre masivas de 1978, en fin, todo el complejo proceso de cinco años en que el llamado "movimiento popular" derrotó a la dictadura de Morales Bermúdez pero perdió en el camino la oportunidad de ser gobierno. Tal vez ahora, releyendo la colección de Marka, se pueda entender de qué manera la derrota del cuarto militarismo no fue aprovechada por los vencedores, por qué conjunto de equivocaciones quienes expulsaron a la dictadura y restauraron la democracia en 1979 terminaron, apenas doce meses más tarde, barridos en las ánforas por el voto popular que legitimó el segundo belaundismo y la restauración oligárquica de 1980.
¿Dónde están los muchachos de entonces?
El 28 de julio de 1980, el nuevo Presidente Fernando Belaúnde asumió el cargo, devolvió los periódicos a sus antiguos propietarios, repuso en sus plazas a cinco mil maestros despedidos y promulgó una amnistía general. La izquierda estaba en el Congreso, minoritaria otra vez. Cuando Marka trató de reconstruir el artículo de cinco años antes sobre la composición de la izquierda peruana, se pudo comprobar que los veinte partidos de 1976 eran ya cuarenta y tres: el fraccionamiento era irreversible. Un par de meses antes, pocos habían prestado atención a los sucesos de Chuschi, donde se incendiaron algunas ánforas en un atentado que a todos pareció inexplicable. Había pasado para siempre el tiempo de los idealistas y se aproximaba la hora de los asesinos. Vocero de una izquierda dividida y desconcertada, Marka se fue extinguiendo poco a poco hasta que perdió su pluralismo, devino en herramienta partidaria y, convertida en diario, terminó copada por Sendero.
Pero esa es ya otra historia. |