Julio Ramón Ribeyro: Una vida con la literatura*
 
 
 
 
Gabriel Garcia Hiegueras
 
 
 
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Por Gabriel García Higueras (**)
 
 

“Al escribir trato de narrar algo de lo cual he sido testigo real o imaginario, algo que ocurrió en mi contorno o que inventé pero que me impresionó y que me parece que da una versión subjetiva, tal vez parcial, pero nunca falsa, de mi realidad, realidad generalmente sombría o inaceptable, que yo trato de imponer a mis lectores, apasionadamente, para comunicarme con ellos y hacerles compartir mis predilecciones y mis odios.”

Julio Ramón Ribeyro, La tentación del fracaso II. Diario personal (1960-1974).

 

Amberes, inicios del otoño de 1957. En el cuarto de una pensión austera, bajo la luz crepuscular, un joven magro de tez blanca, entre bocanadas de humo, registraba en su diario íntimo:

“Comprobación interesante: hasta qué punto la labor creadora implica la autodestrucción del creador. Escribir es como hacer el amor: una cosa brutal, fatigante, en la cual morimos y renacemos. Luego de escribir una página caigo extenuado en la cama, los ojos ardientes, la náusea del tabaco y la sensación de la consumisión física. Y ello es el precio de veinte líneas, ni buenas ni malas, que serán probablemente corregidas o eliminadas, pero en cuya elaboración hemos puesto lo mejor de nosotros mismos”.

Estas líneas, testimonio intenso del extenuante proceso de creación literaria, fueron escritas por el peruano Julio Ramón Ribeyro, a la edad de 28 años.

Durante su estada en Bélgica, las horas que le dejaba libre el trabajo en la fotografía, las dedicaba a la escritura de cuentos, de una novela y de su diario personal. En éste asentaba desde hacía siete años, con gran poder expresivo, impresiones personales acerca de los avatares de su vida cotidiana, su entorno y la evolución de sus sentimientos: su entusiasmo y desaliento, sus sueños y dudas, sus añoranzas, las ilusiones y desventuras amorosas, los amigos, la vida desordenada, los estragos en su salud, la severa mirada autocrítica hacia sus empeños en el quehacer literario y las notas dedicadas a los autores que leía con fruición.

En aquel tiempo, trabajaba de manera discontinua en una novela que había principiado en Munich casi dos años antes. Acerca de tal manuscrito, Ribeyro escribía el 6 de octubre:

“Me acongoja ver tanto trabajo acumulado y vano, donde hay cuatro o cinco páginas inspiradas que merecen un mejor destino. Decisión de concluirla a cualquier precio, renunciando a mis nuevos y tentadores proyectos. Más tarde me será difícil reencontrar el tono. Mientras continúe inconclusa no podré formarme una idea acerca de su valor, ni aventurar ninguna corrección”.

El hilo argumental de dicha novela se despliega en el mundo rural, en una hacienda de la sierra norte del Perú. Es desde la mirada de un adolescente, proveniente de Lima, que se descubre la vida en aquella hacienda y el tramado de relaciones ambiguas en una familia de terratenientes. La visión que se propone del mundo de los señores o patrones corresponde al de una clase en decadencia. El título original de la novela era Crónica de un reino perdido, que sería rebautizado por el de Crónica de San Gabriel.

Al año siguiente, encontrándose en su ciudad natal, Ribeyro hubo de dar cima a esta obra. El libro fue publicado en Lima, en 1960, y mereció el elogio de la crítica, que puso de relieve sus valores literarios. Crónica de San Gabriel habría de convertirse en una de las novelas de mayor belleza, por su lenguaje y estilo, de la narrativa peruana.

Páginas biográficas

Santa Beatriz, un barrio mesocrático de la capital peruana, vio nacer a Julio Ramón Ribeyro Zúñiga el 31 de agosto de 1929. Entre los recuerdos de infancia que el escritor convocaba, aparecía la imagen de su adusto padre reuniendo en la sala de la casa a sus cuatro hijos para leerles cuentos o fragmentos de novelas. Este hecho alentó en el pequeño y retraído Julio Ramón el interés por los libros y la lectura. Muchos años después, Ribeyro, evocando tal episodio, reconocía en su padre a la persona que primordialmente había contribuido a su formación literaria, y pensaba que cuando decidió dedicarse a la literatura lo que buscaba, en el fondo, era escribir los libros que su padre no había conseguido plasmar (el padre de Ribeyro murió tempranamente, a mediados de la década del cuarenta).

Homero, Cervantes, Salgari, Dumas y Verne fueron algunos de los primeros autores que, durante su infancia, Julio Ramón leyó con exaltación.

Un hecho importante en la vida de la familia Ribeyro ocurrió cuando se avecindó en Miraflores, distrito del sur de Lima colindante con el mar. Julio Ramón tenía seis años de edad, y este hecho marcaría su niñez y adolescencia (en el otrora idílico Miraflores, se ambientarían muchos de sus cuentos, como los que conforman Relatos Santacrucinos, obra de carácter autobiográfico).

Entre 1937 y 1945, cursó estudios en una institución católica: el Colegio Champagnat de Miraflores. En la escuela, Julio Ramón no fue un alumno brillante, tampoco destacó en el deporte; aunque sí gustaba del fútbol. Era un niño tímido y afecto a la soledad. De estos años datan sus primeros escarceos literarios: inicialmente fueron poemas, inspirados en la obra de Zorrilla y Espronceda, y más tarde, durante los últimos años de la secundaria, comenzó a escribir cuentos.

En noviembre de 1949 salió a la luz pública, por vez primera, un cuento de Ribeyro. Con el título de “La vida gris”, apareció en Correo Bolivariano, una revista que publicaba en Lima la Embajada de Venezuela. Su protagonista era Roberto, un anodino e insípido personaje de clase media, quien “a todos les era indiferente, y por todos pasaba desapercibido”. Este ser de existencia mediocre, prefiguraba la galería de hombres pequeños, grises y tristes que poblarían sus relatos y que configuran la geografía humana del mundo ribeyriano.

En 1946, inauguró sus estudios de Letras y Derecho en la Universidad Católica, en Lima. También asistió a algunos cursos que se impartían en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos, en cuyos patios se vinculó con escritores noveles y jóvenes intelectuales que, a la vuelta de algunos años, cobrarían fama en el mundo de las letras peruanas. Fue gracias a este círculo de amigos que algunos cuentos de Ribeyro se difundieron en revistas locales. Por esos días, era considerado por sus coetáneos como una juvenil promesa de la literatura peruana. Sus relatos cortos publicados y otros que Ribeyro había leído en veladas literarias así lo anunciaban.
Además del ejercicio literario, aquellos fueron años de bohemia, tal como lo anota en su diario de 1950, y que fue uno de los tópicos de su segunda novela: Los geniecillos dominicales, publicada en Lima, en 1965.

Él prosiguió sus estudios de Derecho, aunque se mostraba escéptico ante la posibilidad de ejercer algún día esta profesión. Sintiéndose decepcionado y sin darle un rumbo definido a su vida, escribió en su diario el 3 de junio de 1950:

“Sólo ansío viajar. Cambiar de panorama. Irme donde nadie me conozca. Aquí ya soy definitivamente como han querido que sea. Conforme me aleje irán cayendo mis vestiduras, mis etiquetas y quedaré limpio, desnudo, para empezar a ser distinto, como yo quisiera ser. Pero, ¿a dónde ir? Si llevo dentro de mí el germen de todo mi destino, ¿para qué hacer rodar por todos los paisajes, como un circo ambulante, el espectáculo de mi vida equivocada?“.

El año de finalización de sus estudios universitarios, en 1952, obtuvo una beca promovida por el Instituto de Cultura Hispánica para estudiar periodismo en España. Una neblinosa mañana de octubre de 1952 en el puerto del Callao, Ribeyro, junto con otros amigos becarios, partía a bordo del Americo Vespucci con destino a Barcelona.

Periplo europeo

En Madrid, Ribeyro vivió durante nueve meses, alternando sus estudios de periodismo con múltiples lecturas y viajes alrededor del país. Al término de la beca, obtuvo otra subvención que lo condujo a París, donde concurrió a la Universidad de la Sorbona.
En la Ciudad Luz, residió en hoteles del Barrio Latino, donde vivían también jóvenes coterráneos. Al expirar la beca, Ribeyro conoció la penuria económica (recibía de su familia una modesta contribución mensual), que lo impulsó a realizar esporádicos trabajos alimenticios. De este modo, fue conserje de un hotel, cargador de bultos en una estación de ferrocarril y se dedicó al ramassage, que consistía en recoger periódicos viejos de las casas y venderlos al peso. Este último trabajo lo compartió con algunos amigos peruanos, quienes montados en triciclos, recorrían las calles de París en busca de periódicos y revistas usados.

El pintor limeño Benjamín “Morros” Moncloa, quien había conocido a Ribeyro en el colegio Champagnat, lo frecuentó diariamente en París (coincidían en los mismos cafés y hasta vivieron en el mismo hotel de la calle de Buci). Moncloa recuerda a su gran amigo como una persona notablemente inteligente, bastante reservada y tímida. En la entrevista que el pintor nos concedió en marzo de 2007, refirió una curiosa anécdota del escritor: durante su primera estada en Francia, Ribeyro hablaba defectuosamente la lengua de Molière. En cierta ocasión, sentados a la mesa de un café, Ribeyro ordenó un vaso de agua (en francés, verre d'eau), pero, dada su incorrecta pronunciación, el mesero entendió pernod, que es una bebida alcohólica con sabor a anís. Era tan grande la timidez del escritor que cuando le sirvieron el licor, no solicitó su cambio y acabó por bebérselo.

Otra experiencia relatada por Moncloa concierne al ramassage. Por la voluntad de cooperar con sus amigos, Moncloa compró una camioneta para la recolección. Esto favoreció las condiciones de trabajo y permitió transportar mayor cantidad de periódicos. Sin embargo, los demás miembros del gremio protestaron, considerando esta nueva modalidad como un acto de competencia desleal. De manera que el ensayo duró sólo pocos meses.

Fue en 1955 cuando, gracias al mecenazgo de parientes y amigos en Lima, se publicó el primer libro de Ribeyro: Los gallinazos sin plumas, en una edición económica. Los ocho cuentos de ese libro transcurren en Lima, retratan a las clases populares y se desenvuelven en ambientes sórdidos. Sus protagonistas son seres marginales: recogedores de basura, albañiles, pescadores, empleadas domésticas. El cuento inaugural y que da título al volumen narra el oscuro drama de dos muchachos, Efraín y Enrique, que, explotados brutalmente por su abuelo, don Santos, se dedican a recoger basura de un barrio residencial de Lima para alimentar a un cerdo. Su autor confesó, alguna vez, que mientras escribía este cuento en París, en 1954, él mismo, en su cargo de conserje de hotel, se ocupaba de sacar los cubos de basura a la calle.
Entre las notas destacables del primer libro de Ribeyro, apuntamos su estética realista, la sólida estructura de sus cuentos, y su lenguaje diáfano, fluido y armonioso. Su estilo acusaba influencias de los maestros del género cuentístico como Chéjov y Maupassant.

Con esta obra, su autor inauguró, junto con otros escritores de su generación (Enrique Congrains Martín, Oswaldo Reynoso, Eleodoro Vargas Vicuña y Carlos Eduardo Zavaleta), la moderna narrativa peruana. Hasta la década precedente había predominado la novela realista, cuyos temas centrales fueron: el mundo andino, la vida del campesino y los problemas agrarios. Surgía ahora una narrativa de temática diferente, que incorporó nuevas técnicas, y cuyo escenario era lo urbano.
Otro aspecto de la vida del escritor, durante su estancia en París, fue la intensa y tormentosa relación amorosa que vivió con una joven peruana, a la que en su diario alude únicamente con la inicial C.

La obtención de una beca para estudiar fotografía, condujo a Julio Ramón a Alemania en los comienzos de 1956. Un dato por demás curioso fue que arribó a Munich sin saber alemán. Alquiló un cuarto en las afueras de la ciudad, en casa de una familia obrera, donde el crudísimo invierno (31 grados bajo cero) lo forzó a permanecer enclaustrado durante tres meses. En esos días, para combatir la depresión y poseído de un febril impulso creativo, trabajó incansablemente en una novela (Crónica de San Gabriel). Al cabo de tres meses, el libro estaba casi terminado.

Ribeyro también residió en Amberes, donde trabajó en un taller de fotomecánica. En Bélgica, conoció un nuevo y frustrado amor: Mimí, a quien le dedicó su primera novela.
Tras residir algunos meses en Alemania, Ribeyro inició los preparativos de viaje para reintegrarse a su país, con el fin de ejercer la profesión de abogado.

Intervalo en el Perú y regreso a Francia

Después de cinco años de peripecias en Europa, Ribeyro retorna al Perú a mediados de 1958. Se reencuentra con la familia y los amigos.

En ese año, una editorial local publicó su segundo libro, intitulado Cuentos de circunstancias. Este volumen está constituido por once cuentos, escritos en Lima y ciudades europeas, en los que Ribeyro incursiona en la narrativa fantástica, en relatos cortos de carácter autobiográfico y otros en los que asoma su vena humorística. Uno de los cuentos más leídos y comentados de ese libro se titula “La insignia”, de impronta kafkiana.

Por otro lado, en 1959, la Universidad San Cristóbal de Huamanga encomendó al escritor la dirección del Departamento de Extensión Cultural, por lo cual se trasladó a Ayacucho, en la sierra peruana, donde residió durante tres meses.

En 1959, Ribeyro ensayó el género dramático con una obra titulada Vida y obra de Santiago, el pajarero, ambientada en el período virreinal, y estrenada en Lima en 1960, que le mereció el Premio Nacional de Teatro. Al año siguiente, por su novela Crónica de San Gabriel, obtuvo el Premio Nacional de Fomento a la Cultura “Ricardo Palma”.

El 30 de mayo de 1960, Ribeyro escribía en la intimidad de su casa miraflorina: “Tomo conciencia de que soy un artista y eso no me consuela. Un pequeño artista solamente, pero honesto, que jamás ha hecho trampa en su oficio. Largo camino y apenas un aprendiz. Pero es cierto que me falta decisión, que soy un poco cobarde. No me resigno a vivir sin amor y el camino del gran arte se tiene que hacer forzosamente solo”.

A Ribeyro le resultó difícil adaptarse nuevamente al medio peruano. A más de ello, se frustró su proyecto de convertirse en profesor de la Universidad de San Marcos. Así las cosas, decidió emprender el retorno a Europa.

Merced a una beca concedida por la Embajada de Francia, regresa a París, en 1960, donde ejerce el periodismo como redactor y traductor de la agencia France Presse (en esa época laboraba allí su joven compatriota Mario Vargas Llosa, antes de que alcanzara su consagración como novelista). Sobre su nuevo empleo, anotó el 21 de abril de 1961: “[…] seis horas de trabajo diario, a menudo fatigante, pero decorosamente pagado”. En esta agencia de noticias laboró durante diez años.

Por aquellos días, la crítica en el Perú reconocía a Ribeyro como una de las voces mayores de la nueva literatura. En 1961, en un artículo titulado “Fisonomía actual de la narrativa peruana”, publicado en la revista cultural Fanal, su autor, el lingüista y profesor universitario Luis Jaime Cisneros, sostenía que Ribeyro se situaba “a la cabeza de las nuevas generaciones” de narradores.

En 1964 se publicaron dos libros de nuestro escritor: Las botellas y los hombres y Tres historias sublevantes. Los diez cuentos del primer libro narran, en lo fundamental, las miserias, las frustraciones y los fracasos de personajes procedentes de la clase media (destaca en esta obra la riqueza y los matices psicológicos de éstos). El segundo libro es un tríptico: los tres cuentos que lo conforman se ambientan en diversas regiones del Perú y sus protagonistas tienen en común el combate contra la adversidad, mas perecen derrotados en su lucha.

A mediados de los sesenta, Los gallinazos sin plumas se publicó en francés, y Crónica de San Gabriel apareció en alemán. Su segunda novela, Los geniecillos dominicales, se publicó en Lima, en 1965, y recibió el Premio Nacional de Novela “Expreso”. La novela galardonada se desarrolla en ambientes de Lima y narra los proyectos, las aventuras y los desarreglos de un grupo de jóvenes de la pequeña burguesía.

Hasta la década de 1960, Ribeyro había escrito obras de factura apreciable y había cosechado algunos importantes premios en su país. No obstante, su plenitud como escritor estaba por revelarse.


París, mayo de 1971. En una bella tarde de primavera, Julio Ramón Ribeyro, apoyado en la baranda del balcón de su departamento en la place Falguiére, observaba el reverdecimiento de los árboles. Mientras dejaba caer otra colilla sobre la vereda de la plaza desierta, oteaba el horizonte e ideaba historias para sus próximos cuentos. Después de la jornada periodística en la agencia France-Presse, por las tardes se concentraba en su labor creadora. Para poder escribir, requería de su espacio habitual de trabajo, en el que siempre había cigarrillos, vino tinto y un cómodo sillón. Durante tres o cuatro horas diarias, las teclas de la máquina de escribir no cesaban de sonar en aquel departamento atestado de libros y folios. Fue aquella una época fecunda de su trabajo narrativo.

Por entonces, el escritor había formado una familia. En 1966, se casó con la peruana Alida Cordero, con quien tuvo a su único descendiente: Julio.

Viviendo su autoexilio por más de diez años (viajaba a Lima esporádicamente), seguía vinculado espiritualmente con su patria. De continuo se informaba de lo que allí acontecía e inquiría sobre la vida literaria limeña. Su íntima ligazón con el Perú se expresa en su obra, que, habiendo sido escrita en Europa –casi en su totalidad–, se ambienta en escenarios peruanos.

En 1972 fue nombrado consejero cultural de la Delegación Peruana ante la UNESCO. Tal puesto oficial le procuraba los suficientes ingresos que le permitieron llevar una vida sin sobresaltos económicos. Esta actividad, además, le otorgaba tiempo de ocio creativo.

Habitualmente, Ribeyro se reunía con su círculo íntimo de amigos, integrado sobre todo por pintores. Frecuentaba a Julio Cortázar, que fue el único escritor célebre residente en París de quien se hizo amigo (Ribeyro recordaba a Cortázar como “un hombre muy cordial y sencillo; muy amable, sobre todo, con los escritores jóvenes”, y recordaba que, con sus amigos, casi no hablaba de literatura, sino del tango y de la buena comida). Además, departía con jóvenes compatriotas intelectuales que vivían o estaban de paso por París, a quienes les brindó su amistad y orientación. Uno de ellos fue el escritor Alfredo Bryce Echenique, con quien llegaría a cultivar una amistad entrañable (en algunas de las novelas de Bryce, Ribeyro figura como personaje).
A fines de 1972, la salud de Ribeyro se vio seriamente afectada por el cáncer, dolencia que lo llevó a someterse a dos cirugías. En su diario escrito entre 1973 y 1975 se puede encontrar varias referencias a sus padecimientos físicos.

La Palabra del Mudo

En tanto que los libros de Ribeyro venían publicándose en otros idiomas, las limitaciones del mercado editorial peruano, hacían de Ribeyro un autor poco leído en su propio país. Fue gracias al editor Carlos Milla Batres que las obras de nuestro escritor volverían a ver la luz en los años setenta. La reunión de los cuentos escritos entre 1952 y 1972, contenidos en cuatro libros publicados (Los gallinazos sin plumas, Cuentos de circunstancias, Las botellas y los hombres y Tres historias sublevantes) y dos inéditos (Los cautivos y El próximo mes me nivelo) aparecieron en Lima en dos tomos bajo el título general de La palabra del mudo.

En una carta del autor al editor, fechada el 15 de febrero de 1973, Ribeyro escribía: “¿Por qué LA PALABRA DEL MUDO? Porque en la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que en la vida están privados de la palabra, los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia sin sintonía y sin voz. Yo les he restituido este hálito negado y les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias.”

Alguien interpretó el título como una referencia al propio Ribeyro, hombre parco y reservado, que eludía las entrevistas y evitaba hablar de sí mismo, debido a su proverbial timidez, a su desinterés por la figuración y al celo por preservar su intimidad.

La publicación de La palabra del mudo fue uno de los sucesos editoriales de 1973.

Otras publicaciones

A este título siguió la reedición de Los geniecillos dominicales, Crónica de San Gabriel y la publicación, en 1976, de su tercera novela: Cambio de guardia. Este libro, escrito entre 1964 y 1966, se mantuvo inédito porque la coyuntura política no había favorecido su publicación. A través de la yuxtaposición de secuencias, la novela narra un conjunto de situaciones que se reflejaban en la historia contemporánea del Perú, tales como la dictadura militar y la corrupción política. En ésta se muestra cómo las decisiones de quienes detentan el poder afectan de manera radical la vida del habitante común. Según lo declaró su autor en una conferencia sustentada en Lima en 1984, dicha novela se estructuró sobre la base de tres ideas: el azar, la imbricación entre los personajes y la imposibilidad de descubrir la verdad.

También su producción teatral fue reunida en un volumen publicado en 1975.
Al año siguiente, el conjunto de sus ensayos y artículos de crítica literaria que destinó para su publicación en periódicos y revistas, se editó en un libro intitulado La Caza sutil.

El 20 de diciembre de 1975, Ribeyro anotaba en su diario:

“Yo establezco una diferencia muy nítida entre escribir y publicar. Escribir es para mí un asunto personal, una tarea que me impongo porque me agrada o me distrae o me ayuda a seguir viviendo. Publicar, en cambio, es un fenómeno diferente, una gestión que encomiendo a otra parte de mi ser, al administrador, bueno o malo, que todos tenemos dentro. El autor se desentiende de lo que hace el administrador, el cual generalmente considera a la obra como una mercancía y la vende a quien sea para equilibrar el presupuesto doméstico. De este modo puedo decir sin contradecirme que escribo porque me gusta y publico para ganar dinero. Lo que no impide reconocer que no me gusta todo lo que he escrito y al cabo de veinte años de publicar he ganado sumas irrisorias que el decoro me impide precisar”.

Prosas apátridas

Uno de los libros más celebrados de Ribeyro, singular tanto por su contenido y forma, cuanto por su destino editorial, es Prosas apátridas. Publicado en Barcelona en 1975, “se trata de textos que no se ajustan cabalmente a ningún género, pues no son poemas en prosa, ni páginas de un diario íntimo, ni apuntes destinados a un posterior desarrollo”, escribió su autor. De ahí la designación de “apátridas”, en razón de que “carecen de un territorio literario propio”. Originalmente fueron 89 prosas; en la segunda edición se ampliaron a 150, alcanzando en las últimas ediciones 200 textos.

Muchas de estas prosas surgieron de las anotaciones de su diario íntimo. En aquéllas reflexionó, con sabiduría, agudeza y escepticismo, sobre diversos motivos (la literatura, la amistad, la niñez, la vejez, la historia, escenas de la vida cotidiana, etcétera), aspecto que da a esta obra un carácter misceláneo. Prosas apátridas, que bien pueden considerarse como el autorretrato espiritual de Ribeyro, es de todos sus libros el que más ediciones ha alcanzado.

Silvio y la clave de la vida

En 1977, se publicó en Lima el tercer tomo de La palabra de mudo, compuesto por el libro Silvio en El Rosedal, que integran trece cuentos. Esta creación puso de manifiesto la madurez literaria de Ribeyro. El relato que da título al libro tiene por protagonista a Silvio Lombardi, hijo de inmigrantes italianos, quien hereda de su padre una hacienda en la sierra peruana. Silvio tenía vocación musical, pero la hubo de sacrificar por encargarse del negocio familiar. Instalado en su nueva propiedad y disfrutando de la belleza del paisaje rural, distingue en el rosedal (que daba nombre a la hacienda), en la disposición de las rosas, una figura geométrica, en la que cree descubrir un mensaje oculto, que busca descifrar de manera obsesiva. Este relato, que tiene por motivo el enigma de la vida y la búsqueda existencial, es uno de los más emblemáticos y también uno de los favoritos de este narrador.

Nuevas ediciones

En 1983, se publicó en España, por primera vez, una antología de sus cuentos. La selección, preparada por el autor, llevó el título de La juventud en la otra ribera, y apareció bajo el sello editorial de Argos Vergara. Ese mismo año, Tusquets Editores, que había dado a conocer Prosas apátridas, publicó Crónica de San Gabriel y Los geniecillos dominicales. Con ello, las obras del escritor peruano conquistaron a una legión de lectores en la Península y en otros países de Hispanoamérica.

De otro lado, nuestro personaje recibió en 1983 el Premio Nacional de Literatura, y tres años más tarde, por sus aportaciones a la cultura nacional, fue condecorado por el Gobierno con la máxima distinción oficial: la Orden “El Sol del Perú”.
Diez años después de la publicación de su último libro en Lima, vio la luz Sólo para fumadores, conformado por siete relatos. El primer cuento que le da título, de tono autobiográfico, narra la relación estrecha que a lo largo de su vida tuvo con el cigarrillo, que asociaba al acto de escribir.

Dichos de Luder fue el pequeño libro de carácter aforístico, publicado en 1989, donde Ribeyro a través de las sentencias de Luder –su alter ego– manifiesta su inveterado escepticismo.

Los últimos años

Desde la década de 1970, Julio Ramón venía considerando el proyecto de retornar definitivamente al Perú y hacerse propietario de una casa en el malecón de Miraflores, donde pudiera escribir, recibir a sus amigos y ver los atardeceres frente al mar. A inicios de los noventa, Ribeyro se instaló en Lima y adquirió un apartamento ubicado en el último piso de un edificio en el malecón de Barranco, un barrio tradicional. El pequeño apartamento tenía dos niveles y una magnífica vista a la bahía de Chorrillos. En ese espacio transcurrieron sus tres últimos años.

El escritor Guillermo Niño de Guzmán, quien intimó con Ribeyro durante ese tiempo, califica aquellos años como “exultantes”. Acaso, fuese una de las épocas más felices en la vida del cuentista, en la que conoció de nuevo el amor.

El talante tímido, reservado y distante que lo había caracterizado, dio paso a una faceta nueva de su personalidad: frecuentemente asistía a locales públicos, donde era posible verlo departiendo gustosamente con jóvenes que se acercaban a dialogar con él.

Durante el verano, en pleno atardecer, se podía ver la figura delgada de Ribeyro en su mirador barranquino: sentado en la terraza, con el pelo agitado por el viento, contemplando el mar.

En ese tiempo, preparó la edición del cuarto tomo de La palabra del mudo (integrado por los libros Sólo para fumadores y Relatos santacrucinos) y del diario que venía escribiendo desde 1950.

1992 fue un año pródigo en publicaciones: apareció el último tomo de La palabra del mudo, comenzó la publicación de su diario personal (que lleva el sugestivo título de La tentación del fracaso) y vio la luz la quinta edición de Prosas apátridas. Además, en las presentaciones de estos libros, participó su autor ofreciendo sendas ponencias.
Asistí a la presentación del cuarto tomo de La Palabra del Mudo, en la Municipalidad de Miraflores. Entonces fui testigo de la multitud que se congregó aquella tarde para escucharlo. Tan grande fue el número de concurrentes, que el Salón de Actos quedó abarrotado. Muchos asistentes pugnaron por ingresar al local, pero no lo consiguieron. Entonces, desde la calle comenzaron a ovacionar a Julio Ramón, quien al terminar su intervención, apareció en el balcón del edificio para saludar a sus fervorosos lectores. Se trató de un emocionante acto de admiración y de cariño, que Ribeyro difícilmente podría olvidar.

1994 puede ser considerado, con justo título, el año de Julio Ramón Ribeyro. El sello editorial Alfaguara de Madrid publicó una prolija edición de sus Cuentos Completos (como parte de una colección que incluía a Onetti y Cortázar). Tusquets de Barcelona publicaba Cambio de guardia, y en Lima el Fondo de Cultura Económica presentaba su Antología personal, mientras que Jaime Campodónico reeditaba los cuatro tomos de la Palabra del mudo. Asimismo, a comienzos del mes de junio, en Madrid la Casa de América le dedicó la Semana del Autor, con la realización de un coloquio en torno a su obra, al que asistió el propio Ribeyro.

En agosto de ese año, nuestro escritor fue distinguido con el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (considerado como el Nobel hispanoamericano) y dotado de 100 mil dólares. Esta noticia fue muy celebrada en el Perú, pues se trataba del merecido reconocimiento internacional al conjunto de la obra de uno de los más notables cuentistas del continente.

El pintor Benjamín “Morros” Moncloa, viejo amigo de Ribeyro, recuerda la alegría que embargó a los amigos del escritor cuando se informaron de la premiación y las reuniones y almuerzos que organizaron para festejar tan importante suceso.

Irónicamente, cuando llegó la hora del triunfo, Ribeyro sufrió un revés en su precaria salud. Después de veinte años, el cáncer había recrudecido. Así, como si se tratara del malhadado destino de los personajes de sus relatos, Ribeyro, encontrándose convaleciendo de una delicada intervención quirúrgica, no pudo viajar en noviembre de 1994 a la ciudad de Guadalajara, en México, a recibir el galardón. Su esposa e hijo lo hicieron en su nombre.

Antes de que los tenues rayos de sol comenzaran a asomar en el neblinoso firmamento limeño, en un cuarto del Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas se apagaba la vida de Julio Ramón Ribeyro Zúñiga. Tenía 65 años. Era el 4 de diciembre de 1994.

A la mañana siguiente, los periódicos de la capital informaban en primera plana de su deceso. Lima lloraba la desaparición de su narrador.

Como detalle anecdótico, durante el velorio, su hermano Juan Antonio y Guillermo Niño de Guzmán, amigo muy cercano de Ribeyro, colocaron en el ataúd una botella de Burdeos y varios paquetes de su marca preferida de cigarrillos.

En la lápida de su tumba, en medio del verdor del cementerio Jardines de la Paz, el epitafio reza la última de las Prosas apátridas: “La única manera de continuar en vida es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro.”

Valor literario

Cierto día, escribió Julio Ramón Ribeyro: “Yo no vivo de la literatura ni para la literatura sino más bien con la literatura”, indicando con ello que escribir no era para él un medio ni un fin en sí mismo, sino una actividad que lo acompañaba siempre. Su quehacer literario adquirió forma en una serie de géneros: el cuento, la novela, el ensayo, el teatro y la literatura intimista. De éstos fue el cuento el que mejor se adaptaba a su temperamento de escritor y a su sistema de trabajo (alguna vez, afirmó: “Yo no soy un maratonista de la literatura, sino un corredor de distancias cortas”). Pensaba que la realidad peruana era tan compleja, heterogénea y fragmentada que era muy difícil representarla en una sola obra. Y postulaba que el género cuentístico permitía ir aproximándose a esta realidad, como si se tratara de la técnica del mosaico.

Al promediar los años cincuenta, su primer libro de cuentos, Los gallinazos sin plumas, inauguró el neorrealismo narrativo en el Perú. La temática de sus primeras obras fue de carácter social. En éstas refleja el tono de frustración y desencanto de la sociedad peruana, a través de una galería de personajes de la clase media limeña y de los sectores marginales, construidos con profundidad psicológica. Además, en sus cuentos, caracterizados por su impecable arquitectura, cultivó las vertientes fantástica y autobiográfica.

Ribeyro es un escritor clásico. Su estilo diáfano, sobrio y matizado está despojado de artificios literarios, pues este creador no fue proclive a introducir innovaciones técnicas en materia de lenguaje.

Alfredo Bryce escribió sobre Ribeyro, en 1987: “(…) fue, sin duda alguna, por edad y por calidad, el escritor más injustamente excluido de aquel festín de la literatura que fue el boom de la narrativa latinoamericana”, añadiendo que “puede ser fácilmente considerado como nuestro Borges o nuestro Rulfo, es decir, un verdadero maestro del arte de narrar y hasta un escritor francamente genial”.

Tras su muerte, Ribeyro ingresó al templo de los clásicos contemporáneos de las letras hispanas. En España se reeditan sus libros, y en varios países su obra es materia de importantes tesis universitarias y estudios literarios, varios de los cuales se han publicado y otros se encuentran en vías de publicación. También, investigadores de su vida, situados a ambos lados del Atlántico, vienen escribiendo su biografía.

En cierta ocasión, Julio Ramón Ribeyro, refiriéndose a las motivaciones de su oficio de escritor, indicó, entre varias razones, que escribía para “continuar existiendo, una vez muerto, aun cuando sea bajo la forma de un libro, como una voz que alguien hará el esfuerzo de escuchar. En cada lector futuro, volvemos a nacer”. La palabra de Ribeyro continuará viva (es la “palabra inmortal”, a decir de su estudioso Jorge Coaguila) a través de su universo de lectores y de las gentes marginales que pueblan la ciudad, aquellos seres que están impedidos de realizar sus sueños, a los que Ribeyro, con maestría y sensibilidad, supo darles voz.

 

Bibliografía

Cisneros, Luis Jaime: “Fisonomía actual de la narrativa peruana”, en Fanal, Vol. XVI, n° 59, 1961, pp. 2-9.
Coaguila, Jorge: Ribeyro, la palabra inmortal. Lima, Jaime Campodónico Editor, 1995.
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Perfil
Gabriel García Higueras (Lima, 1966), es licenciado en Historia por la Universidad de San Marcos y candidato a doctor en Historia por la Universidad de Huelva (España). Es autor del libro de ensayos Trotsky en el espejo de la Historia (Lima, 2005).

 
* Publicado en dos partes en la revista cultural Sudestada (Buenos Aires), números 57 y 58, abril y mayo de 2007.