Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
Lista completa de artículos
 
Artículos recientes:
 
¿La teoría literaria en crisis?: Darwin al rescate.

Rudyard Kipling y el Pisco: "la gloria de un amanecer tropical"

¿Existió un Jesús histórico?

Franz Kafka, hombre común

La Atlántida como invención platónica: mito y documento político

El liderazgo, tanto en música como en educación

Una biografía del Kamasutra

La información, Google y las bibliotecas en la era digital

Joseph Stiglitz: ¿Pesimista o sesgado ante la globalización?.

Laura se salva del fuego: El final feliz del manuscrito inédito de Vladimir Nabokov
 
 
 
 
 
 
 
 
El Einstein político
 

Por William Lanouette, publicado originalmente como “The Political Einstein”, en Issues in Science and Technology (Online, Winter 2008: http://www.issues.org/24.2/br_lanouette.html). Traducido por Alberto Loza Nehmad.

Reseña del libro Einstein on Politics: His Private Thoughts and Public Stands on Nationalism, Zionism, War, Peace, and the Bomb. David E. Rowe y Robert Schulmann (compiladores). Princeton and Oxford: Princeton University Press, 2007; 523 pp.

 

Si usted ha pensado en Albert Einstein como es a menudo presentado por los medios noticiosos (como ese famosamente despeinado genio, alejado en su propio mundo abstracto), entonces Einstein on Politics: His Private Thoughts and Public Stands on Nationalism, Zionism, War, Peace, and the Bomb [Einstein sobre la política: Sus opiniones privadas y sus posiciones públicas sobre el nacionalismo, el sionismo, la guerra, la paz y la bomba] ofrece algunas sorpresas. En 1946, una imagen en la portada de Time puso E = mc2 en medio de un hongo atómico, detrás de un “Einstein cosmoclasta” que mira sin expresión alguna al lector. Cuando en 2000 Time proclamó a Einstein como su “Persona del siglo”, se fortaleció su estereotipo como “la representación del intelecto puro, el profesor despistado con dejo alemán, el cliché cómico de un millar de películas”. Cierto, la revista en efecto reconoció a Einstein por haber “denunciado el macartismo y urgido el fin de la intolerancia y el racismo”, pero lo desestimaba como políticamente “bienintencionado aunque ingenuo”, una opinión ampliamente compartida actualmente.

El genio científico de Einstein realmente nos hizo difícil conocer sus opiniones políticas. Intimidados por una brillante visión de las cosas que va más allá de nuestra percepción, dudamos en buscar su consejo político. Einstein, por su lado, conocía sus propias limitaciones, y en 1930 admitió que “Mi interés apasionado por la justicia social y la responsabilidad social siempre se ha mantenido en curioso contraste con una marcada falta de deseo de una asociación directa con hombres y mujeres”.

Con todo, desde sus días como un joven académico en Europa hasta el final de su ilustre vida en 1955, en los Estados Unidos, a la edad de 76, Albert Einstein fue un defensor comprometido y a menudo ingenioso de la dignidad humana y la necesidad de una libertad creativa. También fue un vigoroso escritor y conferencista que propugnaba la paz mundial y se oponía al fascismo y el militarismo cuando los demás científicos apenas si se molestaban por esos temas.

Hoy en día, respetamos a Einstein por su oposición a la diseminación de armas nucleares, pero todavía es más conocido por un famoso acto político: en 1939, firmó una carta al presidente Roosevelt que advertía acerca de la investigación nuclear alemana y urgía una respuesta de Estados Unidos. Einstein no tuvo ningún otro rol en el Proyecto Manhattan que construyó e hizo caer la bomba A; estuvo sorprendido cuando se la usó e hizo una incesante cruzada contra ella. En su último acto político, una semana antes de morir, Einstein firmó con Bertrand Russell un manifiesto que llamaba a los científicos del mundo a renunciar a trabajar en armas de destrucción masiva. Ese desafío llevó a las Conferencias de Pugwash sobre Ciencia y Acontecimientos Mundiales y a sus persistentes iniciativas de control de armas, que florecieron durante la Guerra Fría y continúan hasta hoy.

Un libro anterior, Einstein in Peace, publicado en 1960, reveló el perdurable pacifismo de este creativo y problemático hombre junto con sus a menudo estériles esfuerzos de crear un mundo más pacífico. Ahora, con Einstein on Politics, tenemos un volumen complementario que revela tanto al hombre mismo como a las varias maneras en que intentó doblegar la política y a los políticos para lograr sis grandiosamente pacíficas metas. En 192 piezas, descubrimos a Einstein reaccionando, conspirando, meditando y proclamando, a menudo con agudos detalles, su necesidad de darle forma a los acontecimientos polícos. Las cartas de Eintein a colegas confiables, a diarios y a los líderes del mundo revelan convicciones e ideas intensamente personales. Sus discursos, entrevistas, prefacios, declaraciones y manifiestos nos muestran, todos, una mente y un corazón resueltos a hacer del mundo un lugar más seguro y cuerdo. La indignación moral de Einstein es especialmente incisiva en su “Manifiesto a los europeos” cuando estallaba la Primera Guerra Mundial. “Ésta [la guerra] sería no solo un desastre para la civilización sino… un desastre para la supervivencia nacional de los estados individuales… — advirtió—, a fin de cuentas, la razón misma en nombre de la cual toda esta barbaridad ha sido desatada”.

Los editores han elaborado útiles introducciones y han identificado tres importantes períodos políticos en la vida de Einstein. Primero vino el colapso de la Alemania imperial, de 1919 a 1923, cuando las esperanzas de Einstein en la paz mundial acicatearon sus esfuerzos para detener el militarismo. De 1930 a 1932, una segunda fase de intensa actividad política de Einstein, él visitó los Estados Unidos para hablar y escribir sobre los ideales democráticos wilsonianos y contra el aislacionismo de EEUU. Este esfuerzo terminó con su remordimiento por el fracaso en la Conferencia de Génova para el Desarme, de 1932, y su aceptación de que el “pacifismo militante” no era rival para los avances fascistas en Europa.

La tercera intensa oleada política de Einstein comenzó seis meses antes de que dos bombas A destruyeran Hiroshima y Nagasaki; entonces escribió, nuevamente, al presidente Franklin Roosevelt, esta vez advirtiendo acerca de las consecuencias de la posguerra que planteaban las nuevas armas. Einstein compartía con muchos la esperanza en un movimiento mundial de los gobiernos, representado por primera vez en las nuevas Naciones Unidas. A menudo escribió, y habló ampliamente por la radio y en mítines públicos, acerca de cómo las armas nucleares deberían impelir a las naciones a cooperar o perecer. Dirigió el Comité de Emergencia de Científicos Atómicos para educar al público acerca de la amenaza que sus colegas habían creado. Y en 1949, en una vibrante carta a sus connacionales norteamericanos denunció el racismo de su nuevo país.

Los lectores preocupados en cómo afecta la ciencia a la sociedad, deberían leer en esta colección tres ensayos de Einstein que dan testimonio sobre sus originales e intemporales ideas y sobre los problemas de la ciencia de hoy.

Primero, lean “La Conferencia sobre desarme de 1932”, que apareció en The Nation en septiembre de 1931, donde Einstein escribió que “los logros de la era moderna en manos de nuestra generación son tan peligrosos como una navaja de afeitar en manos de un niño de tres años. La posesión de maravillosos medios de producción no ha traído libertad, solo preocupación y hambre”. Al advertir sobre “el desarrollo técnico que produce los medios para la destrucción de la vida humana…”, Einstein insistía en que “la tarea del individuo que vive en estos críticos tiempos no solo es meramente esperar y criticar”.

Segundo, lean “Se ganó la guerra, pero no la paz”, cuando Einstein desafió a los asistentes a una cena de aniversario del Premio Nobel, en diciembre de 1945, al comparar a los científicos atómicos con Alfred Nobel, quien había inventado la dinamita y luego, como reparación, instituyó premios que promueven la paz y la ciencia. “Hoy en día —dijo Einstein— los físicos que participaron en forjar la más formidable y peligrosa arma de todos los tiempos, están acosados por un sentido igual de responsabilidad, para no decir culpa”. Con un gobierno mundial posible en mente, Einstein dijo a sus compañeros científicos que “la situación llama a un esfuerzo valiente hacia un cambio radical en toda nuestra actitud, en el concepto político entero”.

Finalmente, lean el punzante ensayo de Einstein sobre “La mentalidad militar”, que The American Scholar publicó en 1947. Aquí Einstein comparó a Estados Unidos de la segunda posguerra con Alemania bajo el kaiser Wilhelm II. “Es característico de la mentalidad militar —escribió— que los factores no humanos (bombas atómicas, bases estratégicas, armas de todo tipo, la posesión de las materias primas, etc.) sean tenidos como esenciales, mientras el ser humano, sus deseos y pensamientos, en suma, los factores sicológicos, son considerados como secundarios y no importantes”. Einstein advertía que “En nuestro tiempo la mentalidad militar… conduce, por necesidad, a la guerra preventiva. La inseguridad general que va de la mano con esto, resulta en el sacrificio de los derechos civiles del ciudadano en aras del supuesto bienestar del estado”.

Esta reseña no puede ni siquiera empezar a capturar el rango de las opiniones políticas de Einstein, aunque su amplitud es sugerida por los diez títulos de los capítulos: “La Primera Guerra Mundial y su impacto, 1914-1921”. “La ciencia encuentra a la política: La revolución de la relatividad, 1918-1923”. “Antisemitismo y sionismo, 1919-1930”. “El internacionalismo y la seguridad europea, 1922-1932”. “Artículos de fe, 1930-1933”. “La Alemania de Hitler y la amenaza al pueblo judío, 1933-1938”. “El destino de los judíos, 1939-1949”. “La Segunda Guerra Mundial, las armas nucleares y la paz mundial, 1939-1950”. “Rusia soviética, la economía política y el socialismo, 1918-1952”. “Libertad política y la amenaza de la guerra mundial, 1931-1955”.

Hay que reconocer que a veces Einstein divagaba, como lo hizo en cartas de los años treinta a Sigmund Freud acerca de la naturaleza de la agresión política humana. Al leer sobre los intercambios entre ellos, uno puede preguntarse acerca del entendimiento de Einstein (y de Freud) acerca de la realpolitick. Con todo, Einstein también encuadró y afirmó realidades vitales, como cuando en 1954 advertía sobre cómo el “temor [de EEUU] al comunismo ha conducido a prácticas que se han hecho incomprensibles para el resto de la humanidad civilizada y han expuesto a nuestro país al ridículo”.

Einstein tuvo una visión sardónica de su propia celebridad y de su rol entre los medios noticiosos. Después de enfrentar a un grupo de reporteros cuando llegó a New York en 1930, notó que ellos “hicieron preguntas particularmente inanes a las que repliqué con bromas baratas que fueron recibidas con entusiasmo”. Pero Einstein también podía ser mordaz acerca de las ideologías políticas rivales, como cuando escribió un poema sobre “La sabiduría del materialismo dialéctico, 1952”:

Con sudor y esfuerzo sin par
¿Llegar a un pequeño grano de verdad?
Tonto es quien se esfuerza para hallar
Aquello que simplemente mandamos como línea del Partido.
Y quienes se atrevan a expresar dudas
Rápidamente encontrarán su cráneo aplastado,
Y así educamos, como nunca antes,
A los espíritus resueltos a aceptar la armonía.

Y con todo, tan crudamente como Einstein veía la política, él también veía la paz. Esa esperanza brilla a lo largo de todo el volumen. Consideren recurrir a éste cuando busquen una sorpresa, porque a pesar de toda la imagen y reputación de Einstein como despistado, aquí se revela como un pensador y activista político a tono con sus tiempos, y a menudo más adelante que ellos.