| |
Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios |
por Alberto Loza Nehmad |
|
| |
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
|
| |
| |
|
 |
¿La teoría literaria en crisis?: Darwin al rescate
Un grupo de investigadores piensa que la ciencia evolutiva puede revigorizar los estudios literarios |
| |
| Por Britt Peterson, originalmente publicado como “Darwin to the Rescue”, The Chronicle of Higher Education, Vol. 54, Nº. 47, 1 de agosto de 2008 (http://chronicle.com/free/v54/i47/47b00701.htm) . Traducido por Alberto Loza Nehmad. |
| |
Ante cualquier apocalipsis que se aproxima, imaginario o no, abundan los profetas. Para la academia literaria, que ha estado imaginando su propia desaparición por casi tanto tiempo como el de su existencia, los profetas siempre parecen mirar hacia la ciencia, con sus tranquilizadoras especificidad y concreción. Cuando a inicios del siglo XX la moderna disciplina de la crítica literaria estaba en formación, los investigadores concentraron sus esfuerzos en la filología, un campo de estudio que se pensaba era más sistemático que el análisis literario puro. Cuando los Nuevos Críticos hicieron su debut en los años 20 y 30, su meta era dar un rigor casi científico a la teoría literaria: explicar en detalle los atributos formales de un “buen poema” y ofrecer una guía de cómo exactamente descubrirlos. Luego, en 1957, en Anatomy of Criticism, el crítico canadiense Northrop Frye preguntó: “¿Y qué si el criticismo es una ciencia tanto como un arte?” Y algo del pensamiento posestructuralista que empezó a filtrarse a Estados Unidos desde Francia en los años 60 asumió como su basamento las teorías lingüística y psicoanalítica.
Sin embargo, muy pocos activistas pro ciencia sugirieron que los investigadores literarios en realidad deberían trabajar de la manera en que lo hacen los científicos, usando métodos como la acumulación de datos y la formulación y prueba de las hipótesis. Frye inclusive sostenía que mientras el crítico debería entender las ciencias naturales, “no necesita perder el tiempo en emular sus métodos. Entiendo que hay una tesis doctoral por ahí que muestra una lista de las novelas de Hardoy según el orden de los porcentajes de melancolía que contienen, pero uno no siente que esa suerte de procedimiento debiera ser alentada”.
Durante las últimas dos décadas, sin embargo, un núcleo de investigadores literarios ha comenzado a alentar exactamente ese tipo de procedimientos, y recientemente ellos se han puesto muy estridentes al respecto. Los más prominentes (al menos en los medios no académicos) son los darwinistas literarios, cuyo trabajo enfatiza el descubrimiento de los patrones evolutivos del comportamiento al interior de los textos literarios (la Ilíada en términos de dominación y agresión, o Jane Austen en términos de los rituales del emparejamiento) y se ubica firmemente contra 30 años de lo que ellos ven como teorías literarias anticientíficas como el posestructuralismo y el marxismo. En los últimos años, tales críticos han tenido el honor de una larga visibilidad, aunque socarrona, en The New York Times Magazine y, en mayo, recibido un lugar en la página de Ideas del Boston Globe, donde Jonathan A. Gottschall, uno de los principales proponentes del darwinismo literario y profesor adjunto de inglés en Washington y Jefferson College, explicó por qué el enfoque es para él, como lo dice, “el camino y la luz”.
Sus comentarios han estado recibiendo una amplia atención en la blogosfera, quizá porque tocan carne: la idea de que los estudios literarios tradicionales están en declinación o ya muertos, es ahora intercambiada casi casualmente. Los síntomas son muchos, desde la discusión de los libros como una vieja tecnología hasta el estrecho mercado laboral y la creciente dependencia del trabajo de profesores adjuntos en las humanidades. Y, como Gottschall, muchos académicos ven la teoría literaria como una fuerza alienadora que ha alejado a los estudiantes de sus disciplinas, y dividido las disciplinas hasta el punto, a veces, de la guerra abierta.
A pesar de esto, muchos investigadores literarios son escépticos de la idea de que el darwinismo literario salvará el sector que tienen en el mundo académico. Y algunas de las más fuertes críticas vienen de quienes uno podría pensar son aliados: otros miembros del sueltamente definido grupo de críticos literarios que abren nuevos rumbos con estudios que incorporan la teoría científica e inclusive, en algunos casos, el método empírico. Los darwinistas literarios son “un grupo muy pequeño de gente que se posiciona como mártires de la causa... porque esperan ser reprendidos por todos los demás en el campo”, dice Lisa Zunshine, profesora de inglés en la Universidad de Kentucky, quien trabaja con enfoques cognitivos para el entendimiento de la literatura. “No obstante, a pesar de la publicidad que están consiguiendo, no veo que realmente estén atrayendo a mucha gente”.
Los darwinistas literarios discrepan. El artículo de Gottschall en el Globe es un manifiesto vigoroso que delinea el triste estado de la academia literaria y apunta al método científico como el único bote salvavidas a la vista. “Los profesores de literatura deberían aplicar los métodos de investigación de la ciencia, sus teorías, herramientas estadísticas y su insistencia en hipótesis y pruebas”, escribe. “La alternativa es dejar que los estudios literarios sigan marchitándose”. Da dos demostraciones de su enfoque. La primera es un estudio acabado de publicar en la revista Human Nature, donde él reúne descripciones de la belleza en los cuentos de hadas de todo el mundo para probar si los cuentos occidentales le dan una importancia extraordinaria a la belleza femenina. La segunda es una comparación de las reacciones de “500 investigadores literarios y lectores ávidos” ante personajes de novelas británicas del siglo XIX, para medir si el autor está verdaderamente muerto, en otras palabras, si el significado de un texto es derivado principalmente de la experiencia particular de cada lector, como lo ha sostenido la teoría literaria.
Los temas de los dos experimentos no son accidentales. El darwinismo literario se concibe como la principal oposición a la teoría cultural en todas sus formas: marxismo, posestructuralismo, psicoanálisis freudiano y lacaniano, feminismo y demás. En la concepción darwinista literaria, la teoría cultural (subjetiva, deliberadamente obtusa, politizada, basada en supuestos superados) es la enfermedad que le ha sobrevenido a la academia, y el rigor científico es la cura. “La mayoría de las grandes ideas de la teoría literaria ha sido intentada y rechazada en otras disciplinas. Así, el psicoanálisis ya no tiene ninguna vida en la psicología: solo existe en las humanidades. El marxismo realmente no tiene ninguna vida en la teoría política o en los salones de clase de economía”, dice Gottschall. “Lo que quiero decir es que comenzamos con estas malas teorías, y el trabajo basado en premisas defectuosas va a ser él mismo defectuoso”. Por supuesto, las pruebas que cita en su artículo del Globe encuentran que son falsas la crítica feminista a la tradición occidental como enfocada únicamente en la belleza, y la idea posestructuralista de la “muerte del autor” (no todos los darwinistas literarios suscriben la dependencia que Gottschall tiene de los estudios cuantitativos; otros tratan las ideas científicas más como un esquema teórico para la lectura que como una guía para el método).
El darwinismo literario también está atrayendo la atención porque reúne investigaciones de carácter evolucionista en varios campos. Investigadores como Gottschall; Joseph Carroll, de la Universidad de Missouri (San Luis); y el investigador de Nabokob Brian Boyd, de la Universidad de Auckland, han encontrado mucho terreno común con los psicólogos evolucionistas. El libro de 2000, The Blank Slate: The Modern Denial of Human Nature [La tabula rasa: la negación moderna de la naturaleza humana], de Steven Pinker, un psicólogo evolucionista y cognitivo de la Universidad de Harvard, se lee como una obra adjunta a los escritos de Gottschall y Carroll: “Las teorías dominantes del arte de élite y del criticismo en el siglo XX, crecieron a partir de una negación militante de la naturaleza humana. Uno de los legados es el arte feo, confuso e insultante. El otro es pretencioso y constituye una investigación ininteligible. ¿Y se sorprenden de que multitudes de gente se mantengan apartadas?”. En un artículo aparecido el año pasado en Philosophy and Literature, una reseña de la seminal antología darwinista social The Literary Animal: Evolution and the Nature of Narrative (El animal literario: La evolución y la naturaleza de la narrativa, Northwestern University Press, 2005), compilada por Gottschall y David Sloan Wilson, un biólogo en la Universidad del Estado de Nueva York (Binghamton), Pinker escribió que, a pesar de varias preocupaciones metodológicas, encontraba el libro “apasionante”. Añadía: “No es frecuente que uno esté presente en la génesis de un nuevo campo del conocimiento”.
No obstante, los darwinistas literarios han sido mucho menos bienvenidos por la mayoría de teóricos literarios. En 2005, refiriéndose a la teoría de la unidad de los conocimientos científicos y literarios expuesta en el libro de 1998 de E.O. Wilson, Consilience: The Unity of Knowledge (Concurrencia: La unidad del conocimiento, Alfred A. Knopf, 1998), Louis Menand, profesor de inglés de Harvard, escribió que los departamentos de humanidades “definitivamente no deberían desear la concurrencia [de esos conocimientos], que es un pacto con el demonio”. Al tiempo que los científicos han criticado los métodos que Gottschall usa en sus experimentos como no científicos, los investigadores literarios a menudo han afirmado que las preocupaciones del darwinismo literario son menos que literarias. Natalia Cecire, una bloguera literaria y estudiante de posgrado de la Universidad de California (Berkeley), escribió una apasionada denuncia: “Para ser un crítico literario, Gottschall parece alarmantemente no conciente de qué es lo que realmente hacemos”. En desacuerdo con el hallazgo de Gottschall de que la sociedad occidental no es la única sexista, ella se lanzó a la carga: “Reto a Gottschall a que muestre citas de ‘investigadores’ (plural) que han dicho eso, no Naomi Wolf sino críticos literarios verdaderos”.
Los darwinistas literarios esperan y casi cortejan este tipo de rechazo. Los investigadores tienden a verse como ajenos: habiéndosele negado trabajos en universidades de prestigio, puestos con nombramiento y dinero de becas debido a la naturaleza iconoclasta de su trabajo, Gottschall aún es profesor adjunto, y dice que cree que nadie con una “inclinación principalmente darwiniana” ha sido nombrado, excepto aquellos que inicialmente comenzaron con un camino más tradicional. “Es verdad que estamos promoviendo posiciones que parecen perturbadoramente ajenas o amenazadoras para la mayoría de profesores que sirven en comités de contratación, equipos editoriales, y quienes conforman la fuente principal de los lectores arbitradores”, dice. Carrol dice que “está impaciente” por que llegue el día cuando él pueda tan solo “dedicarse y hacer el trabajo”, en lugar de verse forzado a explicar constantemente su enfoque y defenderlo.
Con todo, tanto Gottschall como Carrol están seguros de que sus ideas finalmente ganarán la aceptación mayoritaria. Carroll habla del darwinismo literario como si ejerciera una influencia del tipo de “caramelo y palos” sobre la academia literaria. “Palos significa que los académicos mayoritarios van a sentirse más asediados, provinciales y dejados de lado, y caramelo es que van a sentir que en esto hay algo nuevo que pueden hacer”. Gottschall añade: “Pienso que los investigadores jóvenes más ambiciosos, estudiantes de posgrado y similares, verán algo de glamour en esto, algo que los puede motivar en sus estudios. Y probablemente también habrá resistencia contre esto pero, otra vez, tengo confianza en las ideas y pienso que ellas ganarán”.
Un ataque menos esperado, sin embargo, viene de investigadores similarmente marginados que, como Zunshine, de Kentucky, estudian campos como teoría del conocimiento e investigación literaria empírica. Como los darwinistas literarios, tales investigadores, en varios grados, trabajan en al punto de encuentro entre la teoría literaria y los métodos científicos. Quienes se vuelven hacia la teoría cognitiva caen en diferentes subcampos, inclusive los críticos literarios que usan datos empíricos y colaboran con neurocientíficos y psicólogos experimentales para estudiar las conexiones entre las funciones cerebrales y la lectura. Algunos adherentes, como Nancy Easterlin, de la Universidad de Nueva Orleáns, en su trabajo se basan tanto en la teoría cognitiva como en la psicología evolutiva. Easterlin trabaja con una amplia gama de enfoques, inclusive un feminismo con bases darwinistas y lo que ella llama “ecocriticismo cognitivo”. Son los investigadores literarios pro ciencia que no usan la psicología evolutiva quienes tienden a ser los más escépticos de que los darwinistas literarios tendrá éxito en transformar para siempre los estudios literarios.
Para algunos de los investigadores literarios que usan la ciencia cognitiva, eso se debe que sus antecedentes intelectuales incorporan la teoría cultural así como la ciencia, y están en guardia contra desechar 30 años del nuevo pensamiento. F. Elizabeth Hart, profesora asociada de Inglés en la Universidad de Connecticut, formada en la literatura del Renacimiento y con un interés en cómo la teoría cognitiva afecta, por ejemplo, las concepciones de la metáfora, dice que desconfía de un enfoque que deja de lado el énfasis sobre los efectos que la cultura tiene sobre el individuo. “Tenemos que encontrar una teoría que cree, que explique o que permita una interfaz entre el individuo como agente y la (para usar una frase marxista) superestructura que se impone sobre el individuo. Se tiene que tener un modelo que tenga a ambos en cuenta”, dice ella. Zunshine acusa a los darwinistas literarios de “arrojar al bebé junto con el agua de la bañera... Es algo ridículo decir que el método científico puede ayudarnos a echar luces sobre todas las cuestiones a las que ha estado abocada la teoría literaria”.
El investigador literario Franco Moretti, ahora en la Universidad de Stanford, no está en el campo de los estudios literarios cognitivos, pero su trabajo frecuentemente es agrupado con los de los empiristas debido a su naturaleza particularmente científica y matemática. Por muchos años él ha estado escribiendo sobre las conexiones entre la evolución y la teoría literaria. En un mensaje de e-mail reitera el argumento de que el darwinismo literario no trata la forma literaria, y que está preocupado con temas externos que evitan la naturaleza literaria de la literatura: “Si el darwinismo literario logra mejorar la manera de entender y explicar la forma literaria, entonces será un gran paso hacia adelante, pero si elude la forma o simplemente no la ‘ve’, entonces no significará nada”.
Joseph P. Tabbi, profesor de inglés de la Universidad de Illinois (Chicago), quien estudia la intersección entre la teoría cognitiva y la literatura del siglo XX, dice del experimento de Gottschall con los cuentos de hadas: “Si se está interesado en las cuestiones del sexismo, se necesita mirar más que las expresiones de los estereotipos; se necesita mirar la manera en que la narrativa toma forma; se necesita mirar las cuestiones de finalización en la narrativa, cuestiones de secuencia y cuestiones que caen en la categoría de la narratología. No estoy seguro de que tomando muestras y haciendo un procesamiento estadístico se pueda ir muy lejos”. D.T. Max, autor del artículo aparecido en The New York Times Magazine, le encontró el punto a esa objeción cuando escribió: “No pienso que, inclusive estirando la imaginación, los primates evoquen ‘The Waste Land’ o ‘Finnegan’s Wake’. El tono, el punto de vista, la confiabilidad del narrador: estos son tropos literarios que a menudo eluden a los darwinistas literarios”.
Y otros atacan a los darwinistas literarios inclusive desde otro flanco, cuestionando sus credenciales científicas. Aunque algunos que se llaman darwinistas literarios sí tienen una formación científica (y varios científicos escribieron artículos para The Literary Animal, inclusive E.O. Wilson), muchos en el grupo no tienen ninguna formación en estadística o en biología evolutiva, y frecuentemente trabajan solos en vez de en equipo con científicos, a diferencia de muchos de los teóricos cognitivos y los críticos literarios empíricos (Carroll dijo que recientemente se dio un “curso acelerado” de análisis estadístico, pero ni él ni Gottschall tienen ninguna formación oficial). Alan Richardson, profesor de inglés en Boston College, quien trabaja con la teoría cognitiva, escribe en un mensaje de e-mail que el trabajo que él ha visto de los teóricos literarios evolucionistas “está plagado de errores básicos en el diseño del estudio y la metodología”.
David Miall, profesor de inglés y de estudios de cine de la Universidad de Alberta, quien trabaja en equipo con un psicólogo para realizar estudios empíricos sobre la respuesta del lector al texto, dice que con los darwinistas literarios “lo que uno encuentra es solo otra manera de figurarse la interpretación de textos, y no estoy seguro de que necesitemos eso tan urgentemente,... a menos que realmente ellos tengan algo nuevo que decirnos sobre la naturaleza del texto. Y si hay algo nuevo, debería haber una manera de validarlo empíricamente. De modo que en ese sentido, la resistencia de ellos a hacer estudios empíricos parece ser una real discapacidad. Es decepcionante que ellos no pasen a la siguiente etapa”. La recomendación de Miall es que se pruebe empíricamente si los lectores están realmente influenciados para pensar acerca de las estrategias del emparejamiento y otros patrones evolutivos que los darwinistas leen en los trabajos que ellos examinan.
Tanto Gottschall como Carroll están acostumbrados a responder a tales críticas y lo hacen de manera preventiva en la mayoría de sus publicaciones. En un próximo número de la revista Style, Carroll responderá a cerca de 3o investigadores sobre varios aspectos del darwinismo literario. Y en cuanto a la cuestión de si es un enfoque que puede tratar completamente los problemas literarios, Gottschall escribe en un libro suyo próximo a aparecer, Literature, Science, and a New Humanities (Palgrave Macmillan ed.): “Sospecho que siempre habrá cuestiones vitales de las humanidades que rechacen toda herramienta y artefacto del organon de la ciencia. Además, no quiero dar a entender que los estudios cualitativos firmes no puedan ayudarnos a generar más conocimientos confiables”.
El ensayo de Gottschall en The Literary Animal también incluye una extendida defensa del uso de los métodos cuantitativos para los estudios literarios y alega que en la historia del conocimiento humano, muchos campos (inclusive la medicina y la sociología) han resistido la importación del análisis estadístico: “Crucialmente, el caso no es que los investigadores en esos campos finalmente descubrieran que todo podía ser reducido a números después de todo. Más bien, ellos vinieron a darse cuenta de que las herramientas cualitativas y cuantitativas eran ambas por demás indispensables para una exploración razonablemente completa de sus campos de estudio, siendo cada una de las herramientas adecuada para diferentes tipos de cuestiones” (a pesar de esa posición conciliatoria impresa, sin embargo, en persona Gottschall a menudo parece estar aguantándose una denuncia completa de los estudios literarios tradicionales, mientras aclara: “no estoy llamando a la aniquilación ni al genocidio totales de la disciplina”).
Los proponentes del darwinismo literario también han asumido la cuestión del rigor científico de esta teoría. Carroll dice: “Mucha gente realmente dice eso, y una de las respuestas a ello es que la gente que lo dice, no ha leído la mayoría de las cosas que está rechazando”. Gottschall señala que gran parte de sus escritos ha sido publicada en revistas científicas. Admite, sin embargo, que bajo el nombre de darwinismo literario “hay también mucha basura. Realmente ha habido mucha basura. Ahora la pregunta es ¿qué prueba esto? ¿Prueba realmente que todo esto es fútil y yijadista? ¿Prueba que lo que necesitamos es hacer un mejor trabajo?, porque uno también sale y encuentra enormemente deprimentes listas de problemas en los enfoques cuantitativos”.
Y en cuanto a si el darwinismo literario salvará a la crítica literaria, las opiniones también están divididas. En efecto, otros investigadores de la teoría literaria y de la investigación empírica parecen mucho menos mórbidos que Gottschall y Carroll en cuanto al tema. Muchos ven crecer los números en sus propias especialidades; no es inusual oír historias acerca de investigadores en el campo de la teoría cognitiva y en los estudios literarios, por ejemplo, que han estado trabajando en aislamiento por décadas y que ahora están recibiendo mayor reconocimiento de sus colegas, de instituciones académicas y editores académicos. Para ellos, el futuro luce mucho más brillante que lo que parece para los teóricos literarios evolucionistas, quizá porque el campo de los estudios cognitivos fuera de la esfera literaria es tan animado.
Zunshine, en realidad, ve al darwinismo literario como una fuerza que podría añadirse al desempleo y la desesperanza de estudiantes y profesores, y no al revés: “Digamos que soy profesor de inglés, tengo estudiantes de posgrado y les digo: ‘tienen que olvidar todo en lo que sus colegas han estado trabajando por los últimos 30 años, porque todo es teoría literaria, todo está equivocado, y ahora ustedes tienen este nuevo enfoque científico’. Ahora, déjeme preguntarle, ¿qué sucedería si un estudiante de posgrado que escuchó esto sale al mercado de trabajo?”.
Inclusive los investigadores de la corriente mayoritaria que han proclamado el fin de los estudios literarios están cautos acerca de la solución ofrecida por el darwinismo literario. William Deresiewicz, ex profesor asociado de inglés en la Universidad de Yale, escribió un sombrío artículo en The Nation que es frecuentemente citado por Gottschall como evidencia del apocalipsis. Deresiewicz dice “Esto no es decir que algunos de esos métodos no puedan ser útiles; no voy a hacer una afirmación a priori como esa, pero me preocupa que ellos procedan de un fracaso o de una falta de disposición para reconocer o ver que la ciencia y la literatura representan diferentes áreas del conocimiento. Andrew Delbanco, profesor de humanidades en la Universidad de Columbia y autor del artículo de 1999 aparecido en The New York Review of Books, “The Decline and Fall of Literature”, llama a esta actitud “escepticismo cautamente abierto. El tipo de cosa reduccionista que yo podría imaginar como proviniendo de esto, me parecería como si se moviera en la dirección opuesta. No pienso, sin embargo, que uno debiera cerrar su mente a esto”.
Para los darwinistas literarios, sin embargo, la urgencia es tan grande que ellos ven su propio trabajo, cualesquiera sean sus errores, como la última y mejor esperanza de la academia literaria, solo si, por supuesto, ésta tiene el coraje de aceptar lo inevitable. “Estamos desesperados”, dice Gottschall. “El campo está realmente, realmente desesperado. La moral está muy baja. Nadie sabe realmente qué hacer. Todos están diciendo qué soy, de alguna manera; ellos tienen las mismas críticas, el mismo sentimiento de que nuestros viejos caminos están simplemente agotados. Pero cuando se trata de cómo resolver estos problemas, de cómo recuperar relevancia y consecuencia en el mundo, de cómo asegurar un lugar para la disciplina en el futuro, la gente se pone tímida acerca de ésta y otras soluciones más agresivas”. |
| |
| |
| |
|
|
|
|