Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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Rudyard Kipling y el pisco:
“La gloria de un amanecer tropical”
 

Por Jonathan Yardley, publicado originalmente como “The story of booze, hooch, brew and the veritas in vino”, The Washington Post, 27 de Julio de 2008. (http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2008/07/24/AR2008072402749_pf.html). Traducido por Alberto Loza Nehmad.

Reseña del libro de Iain Gately, Drink: A Cultural History of Alcohol, (Gotham, 546 pp.)

 

Iain Gately, un escritor británico que hace seis años publicó Tabaco: Una historia cultural de cómo una planta exótica sedujo a la civilización, vuelve ahora su atención al trago, tema (no es necesario decirlo) de similar carácter aunque mayor importancia. Drink: A Cultural History of Alcohol [La bebida: Una historia cultural del alcohol], es meticuloso, informativo, vivazmente legible e ingenioso. Es probable que sea disfrutado más por quienes beben un ocasional (o más que ocasional) trago que por quienes no lo hacen, pero es un tema central que debería ser de interés para todos los lectores: quiérase o no, el alcohol ha estado y siempre estará con nosotros, una importante parte de la historia, cultura y sociedad humanas. No puede ser eliminado a voluntad, como debería ser entendido sobre todo por los estadounidenses, quienes sufrieron durante la prohibición y sus atroces consecuencias.

Es mejor, más bien, encarar la ineludible realidad e intentar entender las muchas maneras en que, a lo largo de los tiempos, hemos usado y abusado de él, lo hemos explotado y hemos sufrido por él, lo hemos refinado y hemos sido cambiados por él. Gately entra directamente en materia en su párrafo inicial:

El alcohol es una parte fundamental de la cultura occidental. Es la parte más controversial de nuestra dieta, pues simultáneamente alimenta e intoxica la constitución humana. Su equívoca influencia sobre la civilización puede ser igualada a los caracteres polares de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. A veces su lado filantrópico ha parecido estar en ascenso, a veces el psicopático ha andado suelto. A lo largo de la historia, el lugar del alcohol en nuestras comidas, medicinas y actividades de recreo han sido un asunto de fiero debate. Mientras algunas culturas lo han distinguido como un fluido sagrado cuyo consumo debería estar limitado a las ocasiones ceremoniales, otras lo han tratado como un tipo de alimento y han ignorado, o le han dado un lugar, a los efectos incidentales que podría tener sobre la psique, y unas pocas han inclusive intentado excluirlo por completo de la sociedad. Esas diversas opiniones a menudo han sido simultáneas, incrementándose así el misterio que rodea al alcohol. Tanto en la Grecia antigua como en la actual, se le ha reconocido los poderes de la inspiración y la destrucción.

Para los griegos antiguos, el alcohol era una parte esencial de una sociedad civilizada: “Nuestra palabra vino [wine, en el original] deriva del oin de los griegos, cuyo consumo era considerado como una de las características definitorias de la civilización helénica y como un punto de diferencia entre sus miembros y la población del resto del mundo, a quienes ellos llamaban barbaroi, o bárbaros”. Roma, “la siguiente gran civilización bebedora que emergió en el mundo clásico”, fue transformada “de una sociedad sobria, sospechosa del alcohol y de la ebriedad, en una gran productora, poblada con experimentados y exigentes bebedores”, y su imperio se extendió así como lo hicieron sus permisivas actitudes hacia el alcohol.

Aunque en la mente popular el cristianismo está a menudo asociado con la oposición al alcohol, la verdad histórica sugiere otra cosa. Desde el inicio, “el rito más importante de los cristianos era la ceremonia de la eucaristía, en la cual se reunían para compartir pan y vino, de acuerdo a las instrucciones de su fundador”, aunque la iglesia “diferenciara esta obligación sagrada del beber secular, que ella desalentaba, salvo en moderación”. Después, algunas santas órdenes, en particular los cistercienses, jugaron roles esenciales en el desarrollo de técnicas sofisticadas para fabricar vino y cerveza, y hasta hoy algunas bebidas están cercanamente identificadas con sus orígenes monásticos.

La subsiguiente historia del alcohol se caracteriza por el crecimiento y la aceptación de su consumo, marcada por períodos de reacción y temperancia. En la Edad Media el alcohol fue la “panacea universal, recomendad por luminarias como Arnald de Villanova (muerto en 1315) como una cura para casi todos los males”. En su Gran libro de la destilación (1512), Hieronymus Braunschweig escribió sobre el aqua vitae [agua de la vida, en latín]: “Alivia las enfermedades que vienen del frío. Conforta el corazón. Sana todas las heridas de la cabeza, nuevas y viejas. Le da un buen color a las personas... alivia el dolor de los dientes y provoca un aliento dulce... sana la fatiga. Provoca buenos apetito y digestión... Quita los eructos... Da valor a una persona joven y le da una buena memoria”.

El desarrollo de la destilación (descubierta y perfeccionada por los musulmanes) alteró de gran manera el mundo del alcohol. El surgimiento de las bebidas fuertes, especialmente el ron y el gin, tuvo repercusiones mucho más allá del mero consumo del alcohol. El ron fue una de las fuerzas impulsoras del comercio esclavo y contribuyó con fuerza con muchas celebradas fortunas de Nueva Inglaterra. También fue usado por los colonizadores [estadounidenses] como un “regalo o endulzador” para los americanos nativos, cuya afición y susceptibilidad hacia él produjo infelices repercusiones que persisten hasta el siglo XXI. El gin se hizo común en Inglaterra a inicios del siglo XVIII, desatando en Londres un prolongado y destructivo frenesí: “En 1700, el adulto británico promedio bebía un tercio de galón de gin al año. Hacia 1723, las estadísticas sugerían que cada hombre, mujer y niño en Londres se echaban más de medio litro de gin por cabeza a la semana”, habiendo resultado esto en “impresionantes niveles de ebriedad”, principalmente entre los pobres. El gin era empleado por la elite británica para distraer y paliar los efectos de la pobreza, aunque finalmente las cosas se pusieron tan malas que se produjo una legislación correctiva y la juerga amainó.

El whisky, escrito con una “e” en las colonias americanas, era parte de la herencia de los escoceses provenientes de Irlanda, y se destilaba donde ellos se ubicaran, de ahí las grandes maltas de Escocia y los igualmente grandes aunque enteramente diferentes bourbons de Kentucky y Tennessee. La imposición de 1791, de parte del nuevo gobierno federal, de un impuesto al whiskey fue vehementemente rechazada en Pennsylvania y condujo a la Rebelión del Whiskey de 1794, uno de los primeros desafíos a la autoridad de George Washington, que él respondió rápida y firmemente.

Inicialmente, Estados Unidos incuestionablemente fue una nación de beodos: “En 1810, las estadísticas federales muestran que seis estados productores de whiskey juntos destilaban anualmente una cantidad de galones dos veces mayor al número de gente de todo el país... Si las estadísticas pudieran predecir el efecto de la bebida sobre una población, por su propio derecho los estadounidenses debieron haber languidecido en masa en pilas de gente aquejada de consunción, con su tasa de nacimientos y esperanza de vida colapsadas, y el crimen debiera haber explosionado”.

Nada de esto sucedió, pero estos hábitos de beber en exceso condujeron, quizá inevitablemente, al movimiento por la temperancia que ha sido una persistente presencia en la vida estadounidense. Este movimiento también ha tenido sus excesos, de manera más catastrófica la prohibición, aunque organizaciones como Madres Contra el Manejo en Estado de Ebriedad, han tenido una influencia positiva al fomentar la moderación, si no la abstinencia”. Las fuerzas de la temperancia estuvieron [en Estados Unidos] en alza durante la década de 1980 — escribe Gately— y mejor armadas que nunca con munición médica y estadística como para enfrentar al demonio bebida. Además, un espíritu seco atravesó la década. El consumo estadounidense estaba en declive... Los gustos del consumidor estaban cambiando. Era chic lucir bronceado, delgado y con tono muscular”. Eso es verdad actualmente, pero mis propias observaciones sugieren que los profesionales urbanos veinteañeros de 2008 favorecen más el alcohol que sus contrapartes de hace dos décadas.

Al llevarnos desde la antigua Grecia a Madres Contra el Manejo en Estado de Ebriedad, Gately no pierde ni un compás, al menos ninguno que yo pueda identificar. Desde la industria australiana del vino hasta el beber asumido como una “prerrogativa masculina” en Japón; desde el descubrimiento de Louis Pasteur de 1862 acerca del rol central de la levadura para convertir “los azúcares del vino y la cerveza en alcohol” y la moda del ajenjo y su final prohibición en muchos lugares, incluyendo el desplazamiento de beber en bares a beber en casa, hasta la asombrosa popularidad del coñac francés en Hong Kong: todo está en este libro, autoritativamente y frecuentemente narrado de manera entretenida. Como un ejemplo de lo último, tengo especial predilección por este párrafo:

Otros escritores británicos siguieron a [Oscar] Wilde hacia el oeste poco después de 1880, y todos estaban igualmente enamorados de la líquida hospitalidad que recibieron en los Estados Unidos del Pacífico. Rudyard Kipling, quien encontró a San Francisco como una “loca ciudad, habitada en su mayor parte por gente perfectamente insana cuyas mujeres son de una notable belleza”, estuvo muy cautivado por el ponche de pisco [Pisco punch, en el original], una bebida entonces de moda y cuyo principal ingrediente era un brandy peruano. Dulce al paladar pero altamente potente, esta ambrosía inspiró a Kipling a especular sobre su composición: “Tengo la teoría de que está compuesto de alas de querubes, la gloria de un amanecer tropical, las nubes rojas del atardecer y fragmentos épicos perdidos por los maestros muertos”.

Suficiente. Dado que esta reseña comenzó citando las palabras iniciales de Gately, terminemos con sus palabras finales: “Cheers, Kan pei, Chin-chin, Prost, Yum sing, Skol, Slainte, À votre santé, Na zdrowie, The King o’er the water o tan solo ¡Salud!