China había estado esperando mostrarse como un mundano y tolerante anfitrión de los Juegos Olímpicos. No obstante, el festival deportivo ya se ha convertido en un desastre de relaciones públicas para el país. La represión en Tibet y las enérgicas medidas restrictivas en curso, han revelado la medida en la que el país permanece siendo un estado policial.
La imagen de Qianci, de 4 meses de edad, en los brazos de su madre, Zeng Jingyan, es difícil de olvidar. La bebé llora con toda la fuerza de sus pulmones, su cara arrugada es la imagen del miedo. Por supuesto, ella no sabe por qué los camarógrafos se inclinan sobre ella, cegándola con sus luces y aterrorizándola con los micrófonos suspendidos terroríficamente cerca a su rostro. Todo cuanto puede escuchar es a su madre, maldiciendo y llorando al mismo tiempo, condenando amargamente al gobierno y secándose valientemente las lágrimas del rostro. La madre finalmente retira a la bebé de la conmoción y la lleva a casa, a la urbanización enrejada en la que vive, un lujoso ejemplo de la renovación urbana preolímpica de Tongzhou, un suburbio de Beijing. La comunidad se llama “Ciudad Libertad Bo Bo”.
El nombre es la cumbre del cinismo. Quinci pasará al menos parte de su niñez en esta Ciudad Libertad sin su padre Hu Jia, de 34 años de edad. Una corte de Beijing acaba de sentenciar al disidente Hu a tres y medio años de prisión por lo que ella denominó “incitar a la subversión contra el poder del estado”, un acto que consistió en que Hu supuestamente publicó en Internet cinco artículos críticos del gobierno chino.
En realidad, los jueces condenaron a Hu, un experto en computadoras, porque publicó el tipo de mensaje de bienvenida —a los invitados de China a los XXIX Juegos Olímpicos— que los gobernantes no pueden tolerar. A ojos de ellos, lo que Hu escribió pone en riesgo todo el sistema de gobierno. “Venga a Beijing — escribió Hu el pasado septiembre en una carta abierta a los visitantes— pero no olvide que esta enorme celebración, el vasto océano de flores, las sonrisas de las anfitrionas y las orgías de fuegos de artificio, no olvide que esta ciudad impecable con sus estadios de vanguardia y avenidas adornadas con las banderas de cada país imaginable, que esta enorme vocación de armonía bajo un lema dictado por el partido —‘Un mundo, un sueño’— tiene un amargo lado oscuro”.
Tortura y opresión
En realidad, para muchos chinos es más una pesadilla que un sueño, y a veces una pesadilla sangrienta. Ésta oprime a un país que de acuerdo a Hu, “no tiene elecciones, ninguna libertad religiosa, ninguna corte independiente y ningún sindicato independiente”: China es un país, escribe Hu, “en el que una efectiva policía secreta mantiene la tortura y la opresión, y donde el gobierno se involucra incluso en la violación de los derechos humanos y no está preparado para cumplir con las obligaciones internacionales”.
El camino de la antorcha
Por supuesto, estas son las palabras de un obstruccionista cuya imagen de China es la de un hombre que ha pasado años haciendo campaña en favor de los pacientes de SIDA y de peticionarios que han perdido sus departamentos como resultado del frenesí constructor olímpico de Beijing. Que su visión es verdadera, es algo que ahora experimentará de primera mano. Estos son días oscuros para China, para las Olimpíadas y para el resto del mundo.
Después de la supresión de rebeliones en la capital tibetana Lhasa y en las enormes provincias occidentales del país, Occidente está sufriendo el choque de darse cuenta de ello. Muchos pensaban que China, a medida que surgía para convertirse en un poder económico moderno beneficiándose de una globalización al estilo occidental, estaba saliendo de un pasado regado de violaciones de los derechos humanos. Ahora, repentinamente se ha revelado una vez más como una deprimentemente ordinaria dictadura del viejo tipo, y como un estado policial que funciona perfectamente, en el cual levantar la mano en protesta es una empresa peligrosa.
Casi cada día trae una nueva y amarga desilusión para los extranjeros que estaban demasiado dispuestos a admirar a China, y a maravillarse del horizonte urbano de Shanghai, del frenesí de la modernización que se ha posesionado de la economía china y de las congestiones de tránsito nocturnas creadas por los orgullosos dueños de autos en las megaciudades chinas. Ahora, sin embargo, las autoridades chinas están ocupadas eliminando la esperanza de que la ascensión de China a la riqueza y al poder global pudiera llevar automáticamente a la liberalización política; o de que las cafeterías Starbucks inevitablemente fomentarían la discusión democrática; o de que los autos sedán Audi pudieran garantizar una libertad ilimitada. Cualquiera de esas aspiraciones es ahora, claramente, algo del pasado.
Medidas contra activistas
Irónicamente, son los Juegos Olímpicos —vistos como algo así como una recompensa por el éxito económico chino— los que están revelando que China no ha cambiado sino poco desde que los tanques arrollaran la Plaza Tienanmen en 1989 y eliminaran un naciente movimiento democrático. “Es crecientemente claro que gran parte de la actual ola de represión ocurre no a pesar de las Olimpíadas sino realmente debido a las Olimpíadas”, escribe Amnistía Internacional en un informe de inicios de Febrero acerca de las medidas represivas chinas contra los activistas.
Parece que en China, que muchos en Occidente tendían a considerar como una dictadura algo benevolente y rica, las cosas no han cambiado mucho después de todo. El día que la llama olímpica fue encendida en Grecia, una corte china sentenció a Yang Chun Lin, un trabajador desempleado, a cinco años de prisión por exigir “derechos humanos en vez de Juegos Olímpicos”.
El informe de Amnistía denuncia que Beijing, en su carrera acelerada hacia los juegos, ha agudizado sus medidas contra los activistas pro derechos humanos así como contra mendigos y vagabundos. La policía china ha compilado listas de organizaciones no gubernamentales extranjeras (ONGs) y de conocidos activistas, diseñadas para ayudar a las autoridades a intervenir más rápidamente cuando haya demostraciones. En meses recientes, cada vez más gente ha sido internada en campos de reeducación. En enero, los medios de Beijing informaron sobre una campaña de limpieza para “erradicar las actividades ilegales que dañan la imagen de la ciudad y amenazan el orden social”.
En los campos de reeducación, administrados por la policía, los prisioneros están a merced del humor de sus supervisores. Frecuentemente los testigos informan que policías borrachos se entretienen por la noche ordenando a los internos “a pelear con sus compañeros prisioneros”, alentándolos por tanto a pelear entre ellos. Otras víctimas de los campos de reeducación se quejan de la falta de cuidado médico y de la comida podrida.
La “camarilla del Dalai”
Las autoridades han estado especialmente diligentes para desalentar a los 210 millones de usuarios de Internet de China a que expresen cualquier crítica. Desde el pasado otoño, cada 30 segundos han estado apareciendo mensajes de la policía en las pantallas de algunos usuarios, una inequívoca advertencia de los ciberpolicías chinos contra los peligros de una oposición imprudente. El gobierno está investigando incluso a los usuarios de telefonía móvil que supuestamente usan mensajes de texto para “poner en peligro la seguridad pública”.
Pero la represión gubernamental está en su punto más brutal en las regiones de Tibet y del occidente de China, plagadas de rebelión, donde las protestas continúan tres semanas después de que comenzaran los levantamientos. Ocho tibetanos fueron supuestamente muertos cuando fuerzas del gobierno cayeron contra una demostración en Tibet, el pasado viernes 4. Para finalmente pacificar las provincias rebeldes, Beijing anunció los planes del gobierno de llevar a juicio a más de 1000 tibetanos este mes. Entre los acusados se incluye a gente arrestada después de los disturbios y a quienes se entregaron a las autoridades esperando una sentencia leve.
Las denuncias contra ellos fueron reveladas en una extensa descripción de los eventos que los embajadores chinos enviaron a los miembros de la prensa mundial la semana pasada. El gobierno insiste en que los rebeldes fueron “incitados a la rebelión” por “la camarilla del Dalai” en un esfuerzo para lograr por la fuerza su “separación” de China. Bajo la ley china, esto es considerado como “incitación a la rebelión” y “poner en peligro la unidad nacional”. Ambos son crímenes que conllevan penas severas. Pero incluso si esta rebelión es rápidamente ventilada en las cortes, ¿será olvidada cuatro meses después, cuando la llama olímpica alcance Beijing una vez más?
Un “viaje de la armonía”
El llamado “viaje de la armonía” de la antorcha olímpica alrededor del mundo (que posiblemente incluiría una procesión a través de Lhasa después de un viaja a la cima del Monte Everest), bien podría convertirse en una fuente de interminable vergüenza para los chinos. Habrá protestas antibeijing y protibet en prácticamente toda estación a lo largo del camino, con la probable excepción de la capital de Corea del Norte, Pyongyang.
El último jueves en Estambul, un manifestante desconocido logró llegar a cinco metros de la antorcha antes de que la policía lo detuviera. El portador de la antorcha logró esquivar el obstáculo, pero no antes de que su escolta de seis chinos musculosos con azules trajes olímpicos de carrera, anteojos de sol y gorras de béisbol saltara a posición de combate. Beijing, que ha elegido no confiar la protección de la llama a las fuerzas de seguridad de los respectivos países, ha desplegado un séquito integrado por sus propios guardianes de la antorcha olímpica.
En Londres el domingo y en París el lunes, las escenas fueron incluso peores, con la llama siendo realmente extinguida en la capital francesa y con la cancelación del último tramo de la carrera. Las manifestaciones se hicieron violentas y docenas de manifestantes fueron arrestados en ambas ciudades. El martes, China una vez más mostró una interpretación absolutista de las protestas, diciendo en una declaración del ministerio de relaciones exteriores: “Expresamos nuestra fuerte condena contra la deliberada interrupción del relevo de la antorcha olímpica por parte de fuerzas separatistas que buscan la ‘independencia tibetana’”.
Se ha programado para el día martes la llegada de la antorcha a San Francisco, y los manifestantes ya se han preparado para una entusiasta acogida. El lunes los activistas tibetanos escalaron el puente Golden Gate para colgar banderas en apoyo a Tibet.
No hay antorcha para Chinatown
Como en el caso de Bangkok, muchos atletas y celebridades se están rehusando a llevar la antorcha a través de sus respectivas ciudades. Los alcaldes están cambiando las rutas de relevo anunciadas y están dando a conocer nuevas rutas en el último minuto. En Indonesia, la llama será prácticamente contrabandeada a través de la ciudad, Yakarta, sin casi ninguna participación pública. Debido a que tantos de sus residentes son de origen chino, San Francisco fue elegida como la única estación olímpica en Estados Unidos. Pero ahora la antorcha probablemente no será llevada a través del mundialmente famoso barrio chino, Chinatown. Durante días, los manifestantes han estado congregándose a mediodía frente al palacio municipal cantando: “Rechacen la sangrienta antorcha china”.
El recorrido de la antorcha
Los activistas han anunciado dos relevos alternativos de la antorcha. La “Antorcha de los Derechos Humanos” y la “Antorcha de la Libertad Tibetana” llegarán a San Francisco varios días antes que la llama olímpica. El martes, se espera que el ganador del Premio Nobel Desmond Tutu y el actor Richard Gere asistan a una manifestación y una vigilia en la Plaza de las Naciones Unidas.
La llama será ahora llevada solo cerca de tres kilómetros a través de la capital de India, New Delhi, desde la fuertemente custodiada puerta del palacio presidencial hasta la famosa Portada de la India. Y en lugar de los 105 atletas, políticos y estrellas de Bollywood originalmente programadas para asistir, no más de 10 a 15 portaantorchas se pasarán la llama. La más importante estrella del fútbol de India, Bhaichung Bhutia, un budista del estado oriental de Sikkim, ha declinado participar. “Lo que está sucediendo en Tibet no está bien”, dice. “No llevaré la antorcha”.
Profesionales de las relaciones públicas en Occidente ya han desarrollado un nombre para el llamado Viaje de la Armonía de China, que se está volviendo una dramática fuente de vergüenza para Beijing. Ellos han denominado a la antorcha olímpica como “Llama de la Vergüenza”. No obstante, hasta ahora todos los llamados al boicot han sido hechos a medias y se han encontrado con el temor de ofender al creciente poder mundial, con la disponibilidad a proteger las inversiones de negocios y con la indisposición a ofender a los atletas olímpicos. Pero el evento atlético ya ha perdido su atractivo: la esperanza de que la cosmopolita celebración finalmente establecería a China como un miembro pleno del mundo moderno, se ha evaporado.
La promesa de los juegos
La historia era completamente diferente al inicio del milenio. En el verano de 2001, el Comité Olímpico Internacional (COI) se reunió en el Teatro Bolshoi de Moscú para escoger al finalista, y la elección era clara. Le tomó a Beijing tan solo dos vueltas de elecciones para surgir como la ganadora; las otras contendientes, Toronto, París, Osaka y Estambul no tenían oportunidad de gsnar. China era el lugar perfecto para el Comité, que para tomar sus decisiones toma en cuenta tanto la idea del entendimiento internacional como los intereses de los auspiciadores.
Para cuando el Comité tomó su decisión, el país se había batido y puesto en forma como un gigante económico, produciendo bienes para Occidente y ofreciendo la promesa sin paralelo de 1,300 millones de potenciales consumidores. Otra razón de que el voto fuera tan claro fue que Beijing había perdido ante Sidney ocho años antes.
Deng Xiaoping, el gran promotor de una nueva China, vino con la idea de llevar los juegos a su país. En 1990, un año después de las revueltas estudiantiles y de la masacre de Tienanmen, se tuvo los Juegos Asiáticos en Beijing, que recibieron a 6,122 atletas de 37 países. Fue el más grande acontecimiento deportivo en la historia china. Cuando recorrió las instalaciones atléticas, Deng dijo que eran tan buenas que sería una vergüenza no ser anfitriones de los Juegos Olímpicos en el futuro cercano.
Juan Antonio Samaranch, entonces presidente del Comité Olímpico y ya viejo, fue un apoyo especialmente influyente para el plan de Deng. Unos pocos meses antes de la decisión de 1993 del Comité sobre las Olimpiadas de 2000, Samaranch y el alcalde de Beijing recorrieron unas cuantas veces la Plaza Tienanmen en bicicleta, a plena vista de las cámaras. China incluso liberó a los críticos del régimen para apoyar su propuesta, pero las reservas eran aún demasiado grandes. Beijing perdió por solo dos votos, mientras Samaranch seguía apoyando la causa china, diciendo incluso que “estaríamos muy complacidos” si China fuera a postular nuevamente.
Nueva China
La China que ocho años después compitió por la sede olímpica con Moscú, era un país diferente. Ningún disidente fue entonces liberado. Y esta vez la solicitud china fue menos una petición para ser reaceptados en la comunidad internacional que una exigencia hecha por un país desbordante de confianza en sí mismo: una nueva China que incluso planeaba cubrir el sitio de la masacre de 1989 con arena para el relajado evento de las competencias de voleibol de playa. El representante chino ante el Comité Olímpico, He Zhenlian, prometió que el mundo entero se beneficiaría si los juegos les fueran concedidos a China.
Muchos argumentos del actual debate del boicot ya habían sido considerados entonces. Una abrumadora mayoría del Comité de Asuntos Externos en la Casa de Representantes de EEUU estaba opuesta a que se le concedieran los juegos a Beijing, arguyendo que el número de violaciones de los derechos humanos en China era “repugnante”. El Parlamento Europeo expresó similares sentimientos. Thomas Bach, el actual presidente de la Federación Deportiva Olímpica Alemana y entonces vicepresidente del Comité dijo: “Hay dos escuelas del pensamiento. Una dice que los juegos no deberían ser concedidos a un país mientras éste no satisfaga cierto estándar de derechos humanos. La vieja escuela dice que los juegos ayudan a abrir el país”.
Bach y Samaranch creyeron a los chinos porque querían creerles. Liu Jingmin era entonces el teniente alcalde de Beijing y actuó como una suerte de portavoz del comité de postulación de la ciudad. Las promesas que hizo en la primavera de 2001 lindan ahora con lo grotesco. “Si se permite a Beijing ser anfitriona de los juegos —dijo— ayudará al desarrollo de los derechos humanos”. Lui sugirió que China se convertiría en un país liberal e incluso habló de una “completa libertad” para los periodistas.
“Errores del pasado”
Entonces, cuando la decisión de conceder los juegos a Beijing parecía tan perfecta, los propugnadores internacionales de la idea soñaban con una fiesta maravillosa en la que los chinos subirían al centro del escenario como ciudadanos globales tolerantes y afables, y que estarían en control perfecto de la organización de un gigantesco festival atlético, y que todo eso tendría lugar en una ciudad limpia con una arquitectura extravagante. La “pacífica ascensión” de Beijing sería observada por 30,000 periodistas y medio millón de visitantes del extranjero.
Incluso los más importantes sinólogos de EEUU como Richard Baum, creyeron en la atención global, “juntos con la fuerte motivación de Beijing para presentar al mundo exterior los mejores juegos posibles, se evitará que los líderes chinos repitan los peores errores políticos del pasado”.
El Partido Comunista Chino, por su parte, esperaba marcar algunos puntos con muchos ciudadanos escépticos y probar que el partido y solo el partido sería capaz de manejar tal empresa organizativa y ayudar a los chinos a retomar su orgullo y confianza en sí mismos. Su razonamiento era que cualquiera que se entusiasmara con los juegos, no podría evitar amar también al Partido Comunista.
El tabú del boicot
Sin embargo, en su ardor el liderazgo del partido cometió un error fatal. Creyó que podía mantener la política fuera de la gala olímpica, al mismo tiempo que se ocupaba de explotar los juegos para sus propios fines. Cuando los activistas de los derechos humanos, los ambientalistas y los tibetanos también empezaron a usar las Olimpíadas como un foro para sus propios intereses, los líderes chinos se mostraron totalmente atónitos y ultrajados. Ahí fue cuando comenzaron a hacer llamados para que los juegos sean apolíticos.
Pero ese cambio vino demasiado tarde. Cualquier solidaridad internacional que Beijing disfrutara antes, se perdió en Lhasa, mucho antes de que los atletas llegaran en agosto. Pese a ello, casi ninguna nación en verdad quiere perderse el “Festival de la Juventud”, y quedándose fuera probablemente lograrían muy poco. En realidad, como lo muestra la experiencia, los boicots tienden a producir reacciones nacionalistas más que a mejorar el récord en derechos humanos.
En la carrera hacia la extravagancia olímpica de los nazis en 1936, la Unión Atlética Amateur de EEUU consideró hacer un boicot pero, por estrecha mayoría, decidió participar a pesar de todo —a pesar del abierto racismo de los nazis que tenían eslóganes como “Los negros no tienen por qué asistir a los Juegos Olímpicos”.
El partido nazi, tanto a pesar como en razón de la masiva oposición extranjera, puso en escena un espectáculo de propaganda de proporciones no oídas antes, completo con películas de Leni Riefenstahl que exageraban el físico del atleta ario. Con todo, uno de los más duraderos recuerdos de las Olimpíadas de 1936 fue el de Jesse Owens, el fenomenal atleta negro de EEUU que pasó a la historia como la superestrella de los juegos de Berlín.
Una cachetada
En 1980, naciones enteras por primera vez boicotearon las Olimpíadas porque el anfitrión, la Unión Soviética, estaba ocupando entonces Afganistán. El entonces Secretario de Estado Cyrus Vance, dijo que no enviaría equipos deportivos de EEUU a “una nación que está actualmente involucrada en una guerra agresiva”, y que “tener las Olimpíadas en una nación que está luchando contra otra es otorgarle el manto olímpico a las acciones de esa nación”.
El camino de la antorcha
Junto con los alemanes occidentales, 41 comités nacionales olímpicos se unieron al boicot de EEUU, otros 24 tuvieron la oportunidad de refrenarse de asistir por razones financieras o atléticas, o simplemente no respondieron a la invitación. Pero muchas organizaciones atléticas desafiaron a sus gobiernos, haciéndole solamente algunas concesiones al boicot como faltar a la ceremonia de apertura o marchar sin sus banderas nacionales. Los soviéticos solo salieron de Afganistán a fines de los 80, y se vengaron manteniéndose alejados de las Olimpiadas de Los Ángeles en 1984.
En cada caso, sin embargo, los más fuertemente afectados por los boicots fueron los atletas quienes, después de años de entrenamiento y preparación, tuvieron que quedarse en casa. Políticamente, no se consiguió nada. Con estas experiencias en mente, la comunidad atlética alemana estuvo inicialmente reluctante cuando se discutía el boicot a Beijing. Los atletas se sintieron aliviados cuando la Federación Alemana de Deportes Olímpicos anunció su oposición al boicot. “Los juegos olímpicos son el evento máximo para los atletas”, dijo el lanzador de martillo Markus Esser, añadiendo que un boicot caería como “una cachetada”.
Hasta hace poco, los funcionarios olímpicos habían estado tercamente callados sobre los eventos en Tibet, citando repetidamente el viejo y equivocado argumento de que las Olimpíadas y la política son dos asuntos separados. Pero el lunes, el presidente del Comité Olímpico dijo que estaba muy preocupado “por la situación internacional y por lo que está sucediendo en Tibet”. Los atletas, sin embargo, han estado más dispuestos a tomar una posición.
Posible exclusión
Anna Batke, saltadora con garrocha de la ciudad oestealemana de Mainz, anunció sus planes de protestar en Beijing, diciendo que considera su obligación “llamar la atención contra la injusticia”. Imke Duplitzer, esgrimista, planea no asistir a la ceremonia de apertura porque le recuerda “un poco a 1936”, cuando “un régimen también se presentaba al mundo con las Olimpíadas”.
Pero los atletas tienen pocas posibilidades cuando se trata de protestar. De acuerdo a la Carta del Comité, las expresiones de puntos de vista políticos son tabú en las instalaciones olímpicas. Los atletas trasgresores enfrentan la amenaza de la descalificación y la revocación de sus medallas. Esta restricción empujó al equipo alemán de waterpolo, uno de los favoritos a una medalla de oro, a llegar a la idea de usar batas color naranja para imitar el color de las túnicas de los monjes budistas. Otros atletas olímpicos apoyan el portal de derechos humanos "netzathleten.de" y planean llevar brazaletes impresos con las palabras “Deportes para los derechos humanos”. Tibet no puede esperar más que estas restringidas muestras de solidaridad de atletas ansiosos de no poner en riesgo sus carreras.
Quien viole la prohibición de propaganda inadmisible “puede ser excluido inmediatamente y después de una evaluación del caso individual”, dijo la semana pasada Walther Tröger, representante alemán del Comité Olímpico. “Por supuesto —añadió—, cualquiera que no quiera tomar parte en los juegos por razones de conciencia es libre de tomar su decisión”.
¿Estaba Tröger alentando a que los atletas hicieran boicots individuales? Serían el momento y la oportunidad correctos para influenciar a China. Es claro que el concepto chino de una brillante autopromoción ya no está funcionando. Tampoco una estupenda ceremonia de apertura ni ninguna otra cosa cancelarán el recuerdo de la brutal represión en Tibet.
Despachando a las almas inconvenientes
Antes del mes pasado, el futuro había parecido color de rosa para el emergente poder mundial. Con sus rascacielos y sus estilizados aeropuertos, y con sus representantes negociando su paso por los mercados y las ferias de comercio internacionales con tanta facilidad como en un restaurante de fideos chinos local, comprando su entrada en fondos de inversión y corporaciones multinacionales, China ahora aparece como un país moderno, capitalista. Sus ciudadanos nunca han estado tan bien como ahora. Se les permite hacerse ricos, viajar, comprar departamentos, estudiar en Harvard y hacer muchas de las cosas que no habrían soñado hacer hace solo 30 años. Y pese a todo, cualquiera que se oponga al sistema aún arriesga severas penas.
El Partido Comunista mantiene un elaborado sistema de granjas administradas por el estado y de clínicas psiquiátricas, campos de trabajo y de reeducación, prisiones y “escuelas legales”, todos ellos lugares a donde los comunistas pueden despachar a las almas inconvenientes. De acuerdo a informes de las víctimas, China preolímpica es aún un lugar donde los prisioneros en custodia policial son golpeados y torturados. A la ley, si existe, se la pliega y estira. La práctica de mantener a todos los miembros de la familia responsables por los crímenes de un miembro de la familia es un lugar común, como en el caso de Hu Jia, cuya esposa Zeng Jingyan vive bajo constante supervigilancia.
No se necesita de jueces para enviar a los ladronzuelos, prostitutas, drogadictos o a los seguidores de organizaciones religiosas prohibidas como Falun Gong, a campos de reeducación por cuatro años. La policía tiene la autoridad de tomar tales decisiones. Actualmente más de 300,000 prisioneros están detenidos en 310 de esos campos. Y no se necesita de jueces para que un funcionario decida extender la sentencia de un delincuente por años solo porque no ha demostrado suficiente arrepentimiento.
Los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley tienen el derecho de detener en la cárcel a los sospechosos por semanas, a menudo rehusándoles el acceso a abogados. El disidente Hu fue interrogado una noche durante horas. Para evitar que su esposa hablase con los periodistas, la policía amenazó con quitarle a su hija y le dijeron que solo se la devolverían para amamantarla.
Un tono tajante
Muchos juristas chinos sienten que la omnipotencia de la policía va demasiado lejos. El gobierno también está empezando a a considerar la moderación del draconiano código criminal del país. Una reforma propuesta pide limitar la “reeducación mediante el trabajo” a una sentencia máxima de 18 meses, así como dar a los sospechosos el derecho a un abogado. Debido a que cada vez más criminales, algunos de ellos inocentes, han sido ejecutados en años recientes, la Corte Suprema del Pueblo estableció nuevas cámaras para revisar todas las decisiones de las cortes provinciales. Pero esto solo se hace sobre la base de registros escritos. No se oye a ningún testigo. Sin embargo, los expertos informan que menos criminales están siendo ejecutados que en el pasado. Aunque el número de ejecuciones permanece siendo un secreto de estado, las estimaciones para 2007 alcanzaban los 6,000. Este es aún número mayor que el de todos los países juntos donde se aplica la sentencia de muerte.
Solo unas horas después de la sentencia de Hu Jia, el estadounidense John Kamm está sentado en un sofá beige del cuarto 402 en el Hotel Renaissance de Beijing. Kamm, fundador de la Fundación Duihua (Duihua significa “diálogo”), visita Beijing cada tres meses.
En conversaciones discretas, Kamm intenta asegurar la liberación de prisioneros políticos, o por lo menos, mejorar su situación. Esta vez él también planea entregar una lista de prisioneros políticos a los chinos. “El estado de ánimo en Beijing es más tenso de lo que he conocido desde 1989”, dice Kamm, acomodándose los anteojos. Aunque la recepción de los funcionarios chinos fue amable, el tono fue tajante. “No hay señales de que los chinos cambien de opinión en respuesta a la opinión pública internacional”.
Y la pantalla se oscureció
De acuerdo a los datos oficiales, 742 personas fueron arrestadas el año pasado por ofensas como “amenazar la seguridad del estado”, muchas de ellas en la región musulmana de Xinjiang. “Es el doble de 2005”, dice Kamm. “El año de las Olimpíadas, 2008, será también un año récord en arrestos políticos”.
Para empeorar las cosas, los líderes del Partido Comunista están enfrentando nuevas preocupaciones en un área enteramente diferente, una que fue la imagen del éxito hasta hace poco: la economía. Los datos económicos han sido relativamente gratificantes hasta ahora. El índice de la bolsa de valores china se ha más que cuadruplicado desde mediados de 2005. Prácticamente toda la República Popular, incluidos los escolares, estudiantes y jubilados, parecen haberse convertido en accionistas.
Para ser capaz de jugar en el mercado de valores, millones de chinos han hipotecados sus departamentos, especulando que los planificadores del Partido Comunista difícilmente permitirán que suceda un crash antes de los Juegos Olímpicos. Además, Beijing ha hecho su parte para impulsar el mercado de valores. Un número récord de negocios propiedad del estado han sido convertidos en corporaciones negociadas públicamente en bolsa, y cada vez más imágenes del éxito han sido anunciadas por todo el mundo, como la oferta pública inicial de la compañía minera Shenhua Energy, el pasado otoño. Los ejecutivos de la compañía fueron puestos en fila ceremonialmente sobre una alfombra roja, incrédulos ante lo que ellos veían que sucedía sobre el tablero electrónico por encima de sus cabezas. El precio en bolsa de Shenhua dio un salto de 90 por ciento el primer día.
“¿Por qué Beijing no hace nada?”
Pero la fiebre de las acciones por las Olimpíadas ya se había enfriado antes de que los mojes tibetanos se levantaran. Un exceso de nuevos valores se trajo abajo los precios, alimentando crecientes temores de que China pudiera también ser afectada por la crisis financiera mundial. El índice de Shanghai ha bajado en más de 40 por ciento desde su punto más alto del año pasado.
“Está cayendo de nuevo, está cayendo”, esas fueron las últimas palabras de un accionista llamado Xie, antes de morir en la sala de ventas de una compañía de valores de Chongqing a mediados de marzo. El inversionista, de 61 años, había perdido en el mercado cuatro quintas partes de sus ahorros. Al día siguiente, un inversionista, desesperanzado por la caída del mercado, saltó desde el piso 23 de un rascacielos de Shenzhen. La semana pasada, un accionista se detuvo frente a la bolsa de valores de la ciudad ondeando una bandera con las palabras furiosas: “¿Por qué Beijing no hace nada?”. El hombre se fue solo cuando llegó la policía.
El camino de la antorcha
El premier Wen Jiabao busca aplacar a sus súbditos casi semanalmente a medida que viaja por el país. En algunos lugares estrecha las manos de granjeros hambrientos y lamenta la creciente brecha entre ricos y pobres. En otros, expresa su simpatía para con los clientes de supermercados cuando se quejan de los precios en alza, especialmente la carne de cerdo. Los comunistas de China están muy nerviosos, incluso sin los problemas tibetanos. Treinta años después de que Deng proclamara sus nueva política de reforma y reabriera el país, el progreso está creando rupturas cada vez más profundas al interior de la sociedad china. Esto hace a la China moderna crecientemente más difícil de gobernar, que es precisamente la razón por la que sus líderes tienen tan altas esperanzas en las Olimpíadas.
Finalmente China estaba dirigida a una meta común, una meta que tendría a todos regocijados: si no fuera por el diabólico Dalai Lama, los tibetanos a los que él ha incitado y a quienes los apoyan en la comunidad de los medios internacionales.
Beijing había esperado que los juegos distrajeran la atención de las tensiones étnicas y de los lados oscuros del milagro económico chino. Cada tarde al inicio de los programas de noticias en la televisión estatal, a los televidentes se les anuncia la cuenta regresiva de las Olimpíadas. Los locutores leen fervientemente las declaraciones celebratorias del gobierno, pero incluso este programa es incapaz de maquillar las crecientes preocupaciones económicas.
Problemas para los auspiciadores
La amenazadora recesión en Estados Unidos es de gran preocupación para China. Repentinamente Beijing se está dando cuenta de cuán dependiente es su economía del superpoder al otro lado del Pacífico, un cliente importante que también es el mayor deudor de China.
Debido a que año tras año China debe continuar proveyendo de trabajos a millones de nuevos trabajadores, incluso un hipo económico menor podría tener un impacto potencialmente explosivo sobre la sociedad China.
En realidad, incluso sin Tibet, el mundo, incluidos los auspiciadores extranjeros de las Olimpíadas, tendrían razón suficiente este año para dar una mirada crítica hacia detrás de la fachada china. Hace solo cuatro años, la empresa automotriz alemana VW difícilmente podía contener su regocijo. La compañía pagó una suma enorme por el derecho de ofrecer sus vehículos en el mercado motor olímpico. Pero ese entusiasmo se ha disipado. En las oficinas principales de la compañía en la ciudad centroalemana de Wolfsburg, el representante de VW Andreas Meurer tiene la desagradable tarea de reducir los compromisos de la compañía. A diferencia de Coca-Cola o Microsoft, dice Meurer, VW no es un “auspiciador internacional”. Más bien, añadió, la compañía está ofreciendo apoyo puramente logístico que se relaciona “puramente con China”.
Retirarse, dice Meurer, sería “contraproducente”. Pero VW no podría retirarse, incluso si lo quisiera. En su mercado extranjero más importante, la compañía opera sobre la base de una inversión conjunta con dos de las corporaciones estatales más poderosas de China, ambas profundamente enraizadas en la política industrial del gobierno. Si VW fuera a boicotear las Olimpíadas equivaldría a que Hu Jintao se desinvitara a sí mismo.
Otros auspiciadores alemanes, como Adidas y la compañía de logística para el transporte Schenker, también se hallan en un predicamento. En casa son vilipendiadas como los financiadores de un show político de propaganda, pero en China incluso restringidos llamados a la moderación serían interpretados como ponerse del lado de Tibet, llevando posiblemente a un boicot nacional de sus productos. Tanto en la prensa del gobierno como en Internet, se muestra plenamente la ira de China contra las críticas occidentales sobre el tema del Tibet. Es como si China hubiera retrocedido el reloj algunas décadas.
El chauvinismo también es difundido por televisión. La veterana de la TV Xing Zhibin, llevando un traje conservador y un peinado anticuado, ha pasado las últimas tres décadas proclamando por las noticias de la noche cada nueva dirección ideológica. Recientemente, ella ha estado dirigiendo los ataques contra el Enemigo Público Número Uno: el Dalai Lama. No pasa un día sin advertencias de nuevos ultrajes planeados por el Dalai Lama. “De acuerdo a nuestras informaciones, los separatistas tibetanos planean ahora formar unidades suicidas para lanzar ataques violentos”. ha anunciado el Ministerio de Seguridad Pública.
El Occidente con el “cerebro lavado”
La propaganda cae en oídos dispuestos. Para la mayoría de chinos, no es una cuestión de democracia o dictadura, ni siquiera de derechos humanos. Lo importante para ellos es la unidad de la patria y el dominio de los chinos del grupo étnico han sobre las minorías étnicas como los tibetanos. Lo que hace aparecer la respuesta del resto del mundo como un ataque. Las simpatías occidentales por Tibet evocan los recuerdos chinos de la partición extranjera. Los imperialistas occidentales fueron los primeros, cuando ellos abrieron a la fuerza el país en el curso de la Guerra del Opio de 1840 a 1842. Después invadieron los japoneses, cometiendo masacres y subyugando a grandes partes de China.
Ahora, después de décadas de control del Partido Comunista, los jóvenes chinos poseen un candente orgullo nacional que se inflama con facilidad. Además, Internet es una salida perfecta para el embotellado sentimiento antieuropeo. “Antes usaron cañones”, escribe enojadamente un blogger en el popular portal sina.com. “Ahora aparecen con su democracia y sus eslóganes de derechos humanos”. Otro blogger acusa a Occidente de estar con el “cerebro lavado”, una clara inversión de las acusaciones occidentales contra China.
El desafío se está difundiendo incluso en los lugares más oficiales. Los juegos son un evento para el mundo entero, no un escenario específicamente hecho para China, dice Jiang Yu, la portavoz del ministerio de asuntos externos de Beijing. “No piense que China estará aislada si nadie aparece”, añade.
Casi parece que los Chinos se pesaran de haber apostado por las Olimpíadas. La prensa occidental está disparando con ambos cañones contra China antes de que empiecen los juegos, escribe Liu Zuokui de la progubernamental Academia de Ciencias Sociales. “Las malvadas intenciones de esta gente están siendo descubiertas ahora”, añade.
Nada es dejado a la suerte
Los políticos chinos ya no invocan imágenes de un festival feliz para los amantes del deporte de todo el mundo. Más bien, su retórica enfatiza la seguridad y la meta de “preservar la estabilidad”. Su temor a quienes hacen el mal fue reforzado recientemente cuando los asistentes de vuelo en un avión que iba de Ürümqi a Beijing descubrieron a una mujer del grupo étnico uighur que había contrabandeado gasolina a la cabina y aparentemente planeaba encenderla.
Las autoridades están peinando las biografías de los periodistas y los atletas extranjeros en busca de actividades políticas. Los policías orgullosamente mostraron a los representantes de la prensa cómo son capaces de hacer el seguimiento de todos los paraderos de ómnibus cercanos al estadio de Beijing. Nada es dejado a la suerte. La ceremonia en la plaza Tienanmen de la semana pasada, cuando los funcionarios chinos recibieron la llama olímpica de Grecia, ofreció solo el ejemplo más reciente. Policías y soldados sellaron un amplio perímetro alrededor del centro de China para el evento, y un gran número de detectives se mezcló con los participantes invitados y los periodistas.
Sin embargo, en medio de tal atmósfera, ¿para qué le sirven ya las Olimpíadas a Beijing? El presidente y líder del Partido Comunista Hu Jintao, por su parte, no mostró la traza del más mínimo entusiasmo cuando le pasó la antorcha al primer corredor el pasado lunes. Al corredor se le dio una escolta de policía y fue protegido de la gente. “Si Hu y el premier Wen pudieran hacer las cosas como desean —dice una fuente familiar con el Partido Comunista Chino—, ellos cancelarían los juegos”.
Pero esa sería una imperdonable señal de debilidad. Más bien, el partido está cerrando filas, cerrando los ojos y perseverando. Hu, rígido como una tabla, con un traje oscuro y una corbata roja, paseó por la Plaza Tienanmen. Detrás de él se veía iluminado un gigantesco retrato de Mao, y frente a él estaba el mausoleo donde yace el cuerpo embalsamado de su predecesor. Beijing usó la ensayada aparición en TV de Hu para implicar que aunque está permitiendo que flamee la llama olímpica, ésta lo hace dentro del viejo esquema ideológico.
Beijing censuró incluso las informaciones sobre el cambio de mano de la llama olímpica. Cuando la cadena japonesa NHK, que puede recibirse en los hoteles chinos, difundió informes sobre las protestas contra el cambio de posta de la antorcha, los censores interrumpieron inmediatamente el programa. Y la pantalla se oscureció.
Por Rüdiger Falksohn, Detlef Hacke, Andreas Lorenz, Gerhard Pfeil, Jan Puhl and Wieland Wagner |