Déjenme poner mis cartas sobre la mesa. En muchas ocasiones, tanto en Francia como en Inglaterra he oído o leído a mujeres de mi generación, la generación de las hijas que Simone de Beauvoir no tuvo, decir qué cuán importante libro fue para ellas en su juventud Le Deuxième Sexe, cómo formó su pensamiento. Las oigo sin poder comprenderlas. Para mí, ésta, la obra más importante de Beauvoir, es una tesis académica francesa pasada de moda y bolsuda, gimiendo bajo el peso de fechas y ejemplos de todo tipo apilados encima. Muchas de sus afirmaciones ya estaban pasadas incluso en los círculos medianamente liberales mucho antes de que se escribiera. Con todo, a pesar de su extrema copiosidad, tiene enormes vacíos en su cobertura y áreas centrales obtusas. Creer, como Beauvoir aparentemente creyó toda su vida, que “una mujer no nace sino se hace”, ya es una carencia substancial. Una peor, sin embargo, fue su completa incapacidad —señalada incluso por sus contemporáneos más simpatizadores— de entender la maternidad como algo que no sea sino una trampa inutilizadora.
Así, ¿por qué me molesto por ella, y qué busco reseñando esta nueva y subversiva biografía? ¿Soy, con toda seguridad, una testigo hostil? Bien, no. Porque Les Mandarines, con el cual ganó el Premio Goncourt en 1954, fue una de las primeras novelas que leí en francés, y abrió entonces mi corazón y mi mente a su clásico talento para crear un mundo donde entrara el lector, a su excelente oído para el discurso, y a su maravillosamente seguro estilo, al mismo tiempo crujiente y sensible. Desde entonces, he leído sus otras novelas e historias, aunque no todos con el mismo placer, y he absorbido en mi corazón y en mi mente un número de pasajes de sus memorias, que (se ha hecho crecientemente obvio) fueron hasta cierto punto también creaciones, tanto como sus novelas fueron versiones de su propia vida. Ella ha sido malamente servida por la traducción inglesa, y ha sido puesta, en una concesión idiomática, en un inglés ni británico ni americano que sin duda oscureció más a la dotada novelista que había detrás del icono feminista. Es mi esperanza que en una futura generación, cuando las varias causas a las que ella y Sartre se unieron se hayan convertido tan solo en parte del tejido de la historia, y el mismo Sartre haya sido relegado a la semioscuridad a la que en gran medida pertenece, lo mejor y más verdadero en los escritos de Beauvoir aún levanten una respuesta en el pecho de los lectores.
Este libro, sin embargo, no hará nada para rescatar su reputación como escritora, ni está dirigido a ello. En realidad, no hará nada ni por su reputación ni por la de Sartre en la mayoría de los capillas intelectuales. A partir de la muerte de ambos, en los ochenta, con seis años de separación, ha habido una filtración incesante de revelaciones y reevaluaciones. Nos hemos enterado de la medida en la que ambos en ese equívoco par fueron compañeros de viaje, por toda una década después de que las revelaciones de las brutalidades estalinistas y del levantamiento de Hungría destruyeran el mito para todos, salvo para los más sectarios miembros del partido. Nos hemos enterado de cómo así no tuvieron ninguna parte significativa en la resistencia durante la guerra, aunque consiguieran crear la posterior impresión de que habían estado de lleno en ella. Incluso más revelador, nos hemos percatado de la existencia de un burbujeante guiso de resentimientos, acusaciones e intereses en conflicto, y de la existencia de herederas adoptadas (una de él, otra de ella) riñendo por papeles personales. Debió haber habido, una siente, algo que no concordaba en la estructura de su legendaria y muy jactanciosa unión libre, y en su noción de lazos “contingentes” alrededor del lazo central, para que todo terminara tan escuálidamente, y tan empapado en píldoras y alcohol.
Ahora, en este abrasivo estudio, se aclara cuánto y cómo el compacto Sartre-Beauvoir se convirtió en una parodia de todas sus declaraciones de honestidad y libertad. Carole-Seymour Jones se ha ganado la confianza de la “hija” y albacea de Beauvoir, y ha tenido acceso a hasta ahora desconocidas cartas que Beauvoir declaraba haber perdido; también ha seguido las huellas de la intérprete rusa por la que Sartre inocentemente esperaba plantar a Beauvoir, y las del manejador de la KGB encargado de esta mujer. Ha hablado con la protegida judía a quien Beauvoir abandonó durante la guerra, y a otras del harem (“la familia”) de mujeres inadecuadas que Sartre mantenía para reforzar su frágil autoestima. A través de cartas y diarios, le sigue el rastro a las agonías de los irreparados celos femeninos de Beauvoir, agonías que, por supuesto, ella expurgó de sus memorias publicadas pero que aparecen reveladoramente en su ficción. También escuchamos del amorío clandestino que Beauvoir mantuvo por muchos años con el influenciable marido de Olga, otra miembro de la “familia”. La descripción de Seymour-Jones es infatigablemente detallada e imparcial. Ella domina bastante de la vida política francesa de varias décadas. Afirma, en su introducción, que aún admira a sus personajes principales. Una se pregunta cómo se las arregla para ello.
En este centenario de Beauvoir, algunas secciones del París literario ya están declarando que aquellos que por las recientes revelaciones se han vuelto contra el círculo Sartre-Beauvoir, son “burgueses” y “sexualmente remilgados”. Pero, no es la promiscuidad sexual como tal lo que choca, sino la mala fe que evidentemente la acompañaba, un clásicamente burgués nido de víboras en el que los vulnerables eran explotados y desechados, mientras los explotadores continuaban dándose aires por sus avanzadas ideas. Hay un momento revelador, a mitad del libro, cuando la autora describe a sus dos personajes centrales como”pegados por sus mentiras”. Ella se refiere a su cambiante reposicionamiento en los años después de la Ocupación, pero la frase podría quedar igualmente como un epitafio para su vida entera juntos.
El título, con su referencia al notorio estudio del siglo XVIII, de Laclos, acerca del proxenetismo en la alta sociedad, lo dice todo. Sartre, a pesar de todo su libertarianismo, sexualmente era un pez muerto, prefiriendo la iniciación de las vírgenes u otras conquistas exóticas al sexo con una igual conocida. Por supuesto Beauvoir conocía esto, y desarrolló un temor de toda la vida de que su gran anunciada unión no superviviría. Su solución fue proveerle de amigas a quienes ella podía controlar. Varias de ellas eran jóvenes pupilas del liceo de ella, y en más de una ocasión hubo quejas formales de los padres, sobre que Mademoiselle de Beauvior era una influencia siniestra y probablemente una lesbiana. De la media docena de mujeres anexadas de esta manera a “la familia”, después una cometió suicidio, dos se hicieron drogadictas y otra quedó permanentemente tan traumatizada por la traición y el abandono que Beauvoir, alguna vez, sintió punzadas de culpa. La única que salió por encima de todo esto fue la última, una amante a la que Sartre adoptó como hija (la naturaleza incestuosa de la fantasía “familiar” se hace completamente obvia) y quien luego, junto con la pobre Beauvoir, ya vieja, fue a la guerra por el legado literario de Sartre.
Estaría de acuerdo con la autora en que Beauvoir esencialmente no fue lesbiana: la trepidante naturaleza de su muy publicitado amorío con el desagradable Nelson Algren indicaría esto. Pero la explícitamente apasionada relación que desarrolló a lo largo de su vida con otras mujeres sí sugiere una sexualidad algo voluble. En esto ella parece, como en otros aspectos de su ser, haber estado detenida en una fase de revuelta adolescente contra “valores burgueses” que nunca superó. Por supuesto, Sartre tampoco: la única diferencia entre estos dos productos de hogares disfuncionales de la clase media era que, mientras Beauvoir disfrutaba la vida en una serie de hoteles de la Rivera Izquierda deliberadamente escogidos por su suciedad, Sartre por años continuó teniendo una base hogareña y comidas a pedido en el cómodo departamento de su madre viuda. Ninguno de ellos, sin embargo, tuvo ningún escrúpulo en recibir ayuda económica, por muchos años, de parientes a quienes abiertamente despreciaban.
Los años de gloria de este par vinieron cuando, como una distracción de su cálida relación con la Unión Soviética, ganaron duradera fama pública hablando contra la guerra que Francia hacía en los años 50 y 60, completa con torturas, para retener Argelia como una colonia francesa. Me gustaría pensar que, en este caso, la pareja realmente tuvo la visión clara y fue valiente. Después de leer el libro, sin embargo, tengo una insidiosa sospecha de que estos pigmeos morales estuvieron realmente en contra del movimiento Argelia francesa debido al tipo de gente que tocaba ese eslogan con la bocina de sus autos en los mítines parisinos. Ahí había, indudablemente, miembros de la burguesía, ese molino de viento hacia el que los Famosos Dos nunca se cansaron de inclinarse. |