Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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¿Está EEUU acompañando su propio funeral?
(Sobre el último libro de Eric Hobsbawm)
 

Por Jonathan Liu, publicado originalmente como “Is America Fiddling at Its Own Funeral”, The New York Observer, 19 de Marzo de 2008 (http://www.observer.com/2008/america-fiddling-its-own-funeral). Traducido por Alberto Loza Nehmad

Reseña del libro de Eric Hobsbawm, Guerra y paz en el siglo XXI

 

Eric Hobsbawm¡Qué diferencia hace una década en el curso (y el discurso) del imperio¡

En el añ0 303, el emperador Diocleciano emitió el Edicto contra los cristianos, que abrió el paso a la gran persecución que aún lleva su nombre. A lo largo del Imperio Romano hubo entonces mártires, mártires por todo lado; las iglesias fueron arrasadas y los funcionarios romanos, purgados: fue la razia más dura de la historia romana.

Hacia 313, (San) Constantino estaba a cargo. El Edicto de Milán había otorgado tolerancia oficial a la nueva religión. El centro del poder romano estaba moviéndose irrevocablemente al este, hacia Bizancio, y Europa estaba bastante encaminada hacia convertirse en el fragmentado reino cristiano del cual finalmente surgiría el moderno estado-nación tal como lo concemos ahora.

O quizá —y aquí nos estamos moviendo del curso al discurso—, tal como lo recordábamos ayer.

Al inicio de nuestra propia década de Diocleciano, no había libro que estuviera más de moda que el de Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio. Impresionante en sus alcances y agilidad (con sus autores posando como los Marx y Engels del milenio; o al menos como unos Deleuze y Guattari Y2K), las más de 450 páginas de Imperio notablemente dejaban de ofrecer mucha información específica acerca del gobierno colonial, de las guerras coloniales o, en fin, de las colonias. Esos asuntos, explicaban los autores, eran el origen del rancio y viejo imperialismo, el precursor industrial larvario de la era de la información, el imperio hipercapitalista, post-todo, contra el cual el destino exige que luchemos.

Pero, ¿quiénes son exactamente los muchachos malos de esta novedosa formación social? (asumimos que ya no lo son los hombres malos con cañones y barcos y teorías raciales). Es suficiente decir que, cerca al año 2000, Imperio era un concepto tan tentacular y tendencioso como el de Matrix: “La política se da inmediatamente”, escribieron los Sres. Hardt y Negri. “El Imperio se forma sobre este horizonte superficial donde están incrustados nuestros cuerpos y mentes. Es algo puramente práctico”.

Ya.

La broma, por supuesto, es después de ocho años y de algunos cientos de miles de iraquíes muertos, incluso la más sombría de las distopias de fines de los 90 —¿recuerdan esas festivas protestas contra la Organización Mundial del Comercio?— se ha hecho inaguantablemente anticuada. Ahora que la tortura por agua está de loca moda, un manguerazo rompemanifestaciones no parece tan malo.

A medida que la década inimaginable llega a su término, sospecho que la lectura que capture el espíritu de la época bien podría llegar a ser la de Eric Hobsbawm, On Empire: America, War, and Global Hegemony [el título original traducido es “Acerca del Imperio: Estados Unidos, guerra y hegemonía global”. En español ha sido publicado como Guerra y paz en el siglo XXI], en alcance y tenor la misma antítesis del libro de Hardt y Negri. No hay nada impresionante en la última obra del Sr. Hobsbawm: 97 páginas, cuatro ensayos cortos, considerablemente más preguntas que respuestas. El subtítulo puede ser la afirmación más definitiva hecha en todo el libro. La modestia del Sr. Hobsbawm a veces encanta y ocasionalmente irrita, y ésta hace de Guerra y paz en el siglo XXI una lectura casi tan esencial como lo permiten los tiempos.

Los admiradores del autor encontrarán que “modesto” es un adjetivo sorpresivo, especialmente desde que que “ambicioso” describe más exactamente sus 60 años como historiador profesional. Eric Hobsbawm es el tipo de intelectual que solo la Mancomunidad Británica (nacida Imperio) parece producir en cualquier cantidad hoy en día: erudito y accesible, un académico de la vieja escuela que escribe para una audiencia popular. Con noventa años de juventud es también un marxista cuyo marxismo llega sin adjetivos como “cultural”, “feminista” o “post” cualquier cosa. El proyecto que definió su carrera (una historia en cuatro partes del mundo moderno, La era de la revolución: 1789-1848; La era del capital: 1848:1875; La era del Imperio: 1875-1914; y La era de los extremos: 1914-1991) ciertamente despliega toda la certeza inherente en ese “ismo” sin barnices.

El nuevo libro empieza como una recapitulación y extensión del heroico proyecto del Sr. Hobsbawm. En el primer ensayo de la colección, “Acerca del fin del Imperio”, él comienza con una medida personal de los extremos. Sin contar a los escandinavos y a los suizos, escribe, “cuando nací todos los europeos vivían en estados que eran partes de imperios, ya sea en el sentido tradicional monárquico o en el sentido colonial que tenía la palabra en el siglo XIX”. Así, también, vivían los africanos y los asiáticos del sur y del sudeste. El Imperio Otomano se acababa de disolver y el Imperio Chino tenía solamente seis años de fenecido. “En el curso de mi vida, todo esto ha desaparecido”.

Claramente, para el Sr. Hobsbawm el imperio es un fenómeno específico (aunque históricamente predominante), definido por la nada ambigua estratificación física, económica y social entre la metrópoli y la periferia (colonia). Critica agudamente y con dureza a los nostálgicos que imaginan a esa situación, a pesar de todas su faltas, como más ordenada y tolerante que lo que vino después; la idea de una Pax Romana o una Pax Britannica que promovieran “la globalización y la paz mundial” es “falsa”. Los viejos imperios bien pueden haber sido pacíficos al interior de sus fronteras, pero una condición necesaria de esta estabilidad interna era la existencia de un sistema internacional de rivalidad entre las grandes potencias: toda Roma necesita su Cartago.

Lo que sucedió con todo aquello desde el nacimiento del Sr. Hobsbawm es narrado en un segundo ensayo apropiadamente titulado “Guerra y paz en el siglo XX”. Sucintamente dicho: “La claridad fue reemplazada por la confusión” de dos maneras. Primero, “la línea entre los conflictos interestatales y los conflictos al interior de los estados, esto es, entre las guerras internacionales y las guerras civiles, se hizo brumosa”, como lo evidenciaron los estadounidenses en Vietnam y los soviéticos en Afganistán. Segundo, “la distinción clara entre guerra y paz se hizo oscura”. Ahora que escribo esto, China y el gobierno de Taiwan están oficialmente “en guerra”; los Estados Unidos y la insurgencia iraquí, no.

La Era del Imperio ha acabado, entonces, porque los estados no son más los actores globales primarios, y las relaciones entre los estados no son los determinantes primarios de la vida y la muerte. Los lectores perceptivos notarán la ironía: a pesar de todas sus diferencias en tono y enfoque, el Sr. Hobsbawm no está lejos de los Sres. Hardt y Negri es su determinismo unidireccional. Las innovaciones tecnológicas y económicas del último siglo “llevaron a su fin a la historia tal como la hemos conocido en los pasados diez mil años”, escribe el Sr. Hobsbawm; por primera vez, “gracias a la prevaleciente tecnología del mercado libre, los estados están realmente [cediendo el poder] a los contratistas privados con fines lucrativos”. Similarmente, en estos estados la supervigilancia electrónica globalizada “no ha hecho más efectivos al poder del estado y al de la ley, aunque ha hecho menos libres a los ciudadanos”. Son ecos, parece, de ese Imperio “puramente práctico” que lo abarca todo.

Pero la edad de Imperio termina ahí. En 2008, el Sr. Hobsbawm carece del lujo de una convicción de viejo marxista o del de la convicción de una nueva Teoría. De ahí que la fuente de la instructiva modestia de Guerra y paz en el siglo XXI, la pregunta que la recorre a lo largo sea: dado todo esto, dada la evidente ascensión del la globalización y la declinación del poder territorial, ¿cómo podemos explicar una década en la que Estados Unidos ha seguido una estrategia que, desde todo punto de vista, luce como la del derrotado imperialismo? ¿Cómo podemos explicar un desastre que no debería estar sucediendo?

El Sr. Hobsbawm no pretende tener una respuesta, ni siquiera una versión consistente del problema. Al inicio escribe “Solo un poder imperial potencial permanece”; una docena de páginas después: “[L]a vieja era de los imperios no puede ser resucitada, y mucho menos aún puede serlo una superpotencia única”. Su ensayo final, “Por qué la hegemonía de Estados Unidos difiere de la del Imperio Británico”, detalla la miríada de incongruencias entre los Estados Unidos contemporáneos y el imperio del siglo XIX por excelencia, e incluso usa la analogía directa para advertir contra el exceso imperial: “El ganar grandes guerras demostró ser fatal para los imperios, tanto como perderlas: una lección de la historia del Imperio Británico que Washington podría asumir como suya”.

Hay momentos en los que Guerra y paz en el siglo XXI deja entrever una respuesta, o al menos una interpretación lógica digna de seguir. Quizá estamos experimentando el retraso entre la realidad vivida y las instituciones construidas: “La globalización”, escribe el Sr. Hobsbawm, “no llega tan lejos cuando se trata de política, doméstica o internacional”. En otras palabras, los cuerpos como la ONU aún están organizados a partir de países territoriales. De esta manera, tal vez, Estados Unidos es meramente un estado nacional a lo Tom Sawyer, matándose de risa con su propio funeral.

Y esto también va a pasar. Uno siente, sin embargo, una conclusión considerablemente más escalofriante. Uno siente, viendo a un historiador brillante luchar contra un presente ingobernable, el espectro de una contingencia aterrorizante, un azar esencial que hace de cualquier versión del “imperio” en general, nada más que una ficción consoladora.

¿Qué habría sucedido si la enfermedad no hubiera forzado a Diocleciano a abdicar? ¿Qué habría sucedido si Constantino no hubiese sido criado por una madre cristiana?

Al final de Guerra y paz en el siglo XXI, originalmente entregado en la forma de discurso en Delhi, el autor expresa su desesperanza. “Francamente, no puedo verle un sentido a lo que ha sucedido en Estados Unidos desde el 11 de Septiembre de 2001”, admite el Sr. Hobsbawm. “No hay una racionalidad en ello”.