Regis Debray ha llevado una vida de lo más plena, embrollada en ideología, controversia y acción. De joven, en la Ecole Normale Supérieure [ENS], se sentaba a los pies de Louis Althusser; se entrenó en el uso de las armas con Fidel Castro; pisó las desagradecidas selvas bolivianas con Che Guevara y pasó cerca de cuatro años en la cárcel por sus problemas. En Chile fue recogido por Salvador Allende y Pablo Neruda. Diez años después se convirtió, en el Elysée, en consejero de François Mirrerrand, el único presidente socialista de la posguerra en su país. Es un revolucionario tercermundista vuelto revisionista, vuelto gaullista (su gaullismo, un lamento por la ausencia de líderes creíbles en todo el horizonte europeo). Es, sobre todo, un escéptico que clasifica las ruinas de sus anteriores ambiciones histórico mundiales, aunque de tiempo en tiempo los ojos de un optimista no reconstruido brillan detrás de la máscara del viejo liberado.
Debray nació en 1940. Él había sido muchas cosas pero nunca, hasta la década de 1990, un escritor de distinción. “Yo quería ganarme la vida con la pluma”, escribió en el primero de los tres volúmenes de sus memorias. “No sabía que escribir era un empleo y que toda intervención de un editor supone una pequeña rendición del alma”. Tenía el amor propio del escribidor incorregible, entonces, pero no mucho más, y fue Althusser, aparentemente, quien lo disuadió de una carrera puramente literaria. Con todo, Alabados sean nuestros señores, volumen dos de las memorias, es un gran libro. Fluido, ingenioso, argumentador por cierto, profundamente “literario” en el mejor sentido, pero también trabajo de una estratégica profundidad que nos atrae completamente hacia el mundo del poder y de la política, y a los caracteres de los hombres poderosos.
Es menos una continuación del primer volumen de las memorias que un retorno al mismo terreno. El primero, Les Masques [Las máscaras], apareció en 1987, Alabados sean nuestros señores, lo hizo casi diez años después en su edición original: tiempo suficiente para reflexionar sobre qué podría haberse dicho mejor o no haberse dicho para nada. Incluso así, Alabados sean nuestros señores no es una renovación; tampoco es “autobiográfica” de ninguna ortodoxa manera. Les Masques y este volumen cubren aproximadamente el mismo periodo: de inicios de los 60 hasta mediados de los 80 (un poco más, en el caso del segundo). Ambos sostienen escaramuzas en los mismos continentes —Latinoamérica y Europa— y rinden un ambiguo homenaje a los mismos maestros: Castro y Miterrand, los verdaderos “señores” del volumen dos, eclipsando tanto a Allende como al Che, sobre quienes también se discute extensamente. Les Masques es el libro más personal, con plenitud de detalles acerca de los viajes de Debray, sus estados mentales, su tiempo en Cuba, Bolivia y Chile y su glamorosa y fatídica vida amorosa, un tema que se basta solo y que provee el subtítulo del libro, “Una educación amorosa”. En la edición original Alabados sean nuestros señores es “Una educación política”; el tercer volumen, publicado en 1998 y aún esperando una traducción junto con el primero, es “Una educación intelectual”.
El Debray de Les Masques es un enigma. Su transición de estudiante brillante de la ENS en la rue d’Ulm a cuadro revolucionario en Cuba en algún momento de los primeros años 60, fue un tumbo ininteligible que una pasión por los pueblos que sufren no puede explicar por completo. Los detractores de Debray incluyen a muchos ex izquierdistas que pasaron a compromisos más elevados, como intérpretes de misterios oscuros como la narrativa en el cine, y sintieron que él se había comportado incorrectamente, incluso vergonzosamente, al tomar la lucha tan literalmente. Un remanente con mirada vidriosa en Latinoamérica no puede perdonarle su retiro hacia lo francés durante los 70, o sus reservas acerca de la teoría clásica de la guerrilla. Aquellos de la derecha francesa que alguna vez piensan en él recuerdan a Debray meramente como una desgracia nacional, tipo demasiado listo y, con todo, como lo demostró su encarcelamiento en Bolivia, demasiado engreído para conducir su vida con un mínimo de cuidado.
Les Masques trata de pasada alguna de estas objeciones, pero deja de decir convincentemente, desde su puesto de confianza por así decir, qué fue lo que condujo a Debray de París a La Habana para convertirse en el hombre al que Fidel y sus asociados se referían como “Dantón”; el confiable emisario enviado a contactarse con el Che en 1967 durante su desastrosa aventura en Bolivia; el preso que se pasó el final de sus años veinte con una camisa en harapos y una pila de libros en circunstancias que habrían hecho parecer la rue d’Ulm como un paraíso perdido. La transformación y los problemas que siguieron son descritos de manera precipitada: es obvio que Debray se fue de un mundo al otro velozmente y se puede ver pasar zumbando el panorama político, pero a uno no se le dice mucho acerca del tipo de motor. La perspectiva de un conflicto épico en el Tercer Mundo, ¿convirtió una vida encantada en una larga trifulca con la contradicción y la dificultad? ¿Fue simplemente que una persona contradictoria, difícil, había terminado siendo atraída por los encantos de la revolución violenta en lugares distantes? Estas preguntas son dejadas colgando.
Alabados sean nuestros señores es un libro mucho más ambicioso y logrado que Les Masques. A menudo la vida que aún era digna de una mirada seria en el primer volumen, se ha convertido en el segundo libro en un objeto de entretenida condescendencia, cuando aparece, lo que en la mayoría de los casos es un pretexto para la reflexión, digresión, exposición, todo hecho con rapidez estilística, admirablemente traducida por John Howe. Más cercano a una cerrada secuencia de ensayos que a unas memorias, el libro sin embargo resalta con efecto contundente las habilidades del memorialista en tres retratos no halagüeños —Castro, Guevara y Miterrand— y nos recuerda que la distancia y la deslealtad pueden hacer que un buen escritor sea aún mucho mejor.
Debray ya había viajado por EEUU —el país lo deprimió— y se había asegurado un lugar en Cuba cuando en 1963 salió para un viaje más largo por Latinoamérica. Pasando por Caracas en camino a darle una corta visita a las bases guerrilleras en el norte del país, se sintió atraído por un “jazmín español” llamado Myriam. Los visitantes en el norte con seguridad despertaron sospechas, y al regresar a Caracas, Debray tuvo que salir del país con apuro. Él y “Myriam” —quien parece ser Elisabeth Burgos, la mujer con quien se casó después, erraron por el continente; permanecieron por un tiempo en Colombia y Ecuador; fueron arrestados y detenidos por un par de días en el Perú; fueron testigos de las elecciones en Chile. Fue un viaje importante para el aprendiz de revolucionario, con Myriam, su “Virgen Morena”, actuando como guía y mentora. El placer de la relación y la inminencia de una vida en la lucha se fundieron satisfactoriamente (Myriam/ Burgos permaneció en el cuadro, en París, mucho después que la revolución hubiese amainado).
Para entonces, Debray era uno de muchos magos impacientes que salían de la nublada política de los países industrializados en búsqueda de una “clase mesiánica”, como él explica en Alabados sean nuestros señores: los campesinados y las comunidades explotadas de los países “coloniales y semicoloniales”. Su propia Adoración tuvo lugar en Bolivia, donde tropezó con el pesebre en toda en toda su simplicidad: las minas de estaño del Altiplano, donde los trabajadores ganaban $20 dólares al mes, tenían una esperanza de vida de 37 años y mantenían al ejército ocupado con una esporádica guerra a tiros. En Les Masques recuerda haber sentido “Mi lugar está con ellos”, cuando emergía de los socavones al aire frío de los Andes. No era solamente el inicio del mal de altura, como lo probarían los siguientes años.
En 1965, Les Temps modernes trajo un artículo de Debray, “Castrismo: La larga marcha de Latinoamérica”. Un ejemplar llegó a manos de Guevara y de él, al Jefe mismo. Castro estaba interesado e invitó a Debray a La Habana para la Conferencia Tricontinental —África, Asia, Latinoamérica— a inicios del siguiente año. En diciembre salió para un viaje de seis días y permaneció en Latinoamérica por seis años o más. Para cuando fue capturado por el ejército en una remota parte de Bolivia, en abril de 1967, después de separarse del Che y de su núcleo de soldados de a pie, Debray era un miembro privilegiado del entorno de Fidel, más o menos entrenado en el arte de la clandestinidad y el uso de las armas. Revolución en la revolución, su versión de varias largas conversaciones con Fidel había sido emitida en series en Radio Habana. Pese a que les dijo a los bolivianos que era un periodista que simpatizaba con el Che y que había llegado al país con la esperanza de entrevistarlo, su coartada se veía débil.
Había pasado dos semanas dando vueltas con el Che: se le ordenó que trajera consejo de La Habana y que regresara con noticias para el Jefe. El Che, en el balance de Debray, era para entonces un rebelde a kilómetros de distancia de cualquier causa accesible, y sin brújula, viviendo una pesadilla logística con solo un tenue apoyo local para esa guerrilla hecha a su medida. Su muerte apenas cinco meses después de la captura de Debray llevó a la gente a especular que el prisionero había entregado información crucial bajo interrogatorio, y que había apretado más la red. El juicio y su prolongado preámbulo fueron ampliamente publicitados. La revista Time se burlaba del revolucionario en cadenas: incluso en la tierra de la oportunidad, un traidor de clase era un traidor de clase. Debray fue fácilmente ridiculizado con bromas acerca de su padre y su madre, un miembro del concejo de la ciudad, volando a Bolivia “a rescatar a su repollito” acompañados, según Time, por su nana de la niñez. Fácil, también, fue hacer que sus políticas lucieran como los caprichos de un tonto niño rico que probablemente sería rescatado por la gente que él pretendía despreciar. Los bolivianos, sintiendo que debería pagar por sus pecados, lo sentenciaron a 20 años de prisión pero los engranajes ya estaban girando en París y La Paz.
La liberación de Debray fue acordada en diciembre de 1970. Rápidamente fue introducido a una avioneta Piper Cub y conducido a Chile. Una versión sugiere que Francia ofreció a los bolivianos algunos atractivos edulcorantes —equipos de ingeniería, botes de patrullaje fluvial y un plan de entrenamiento de pilotos— pese a que nunca se pretendió cumplir con esas promesas. Otros sostienen que el dinero realmente cambió de manos. Debray afirma en Les Masques que los franceses nunca entregaron un centavo a cambio de su libertad, ni siquiera una discreta retribución, “a pesar de lo que digan los rumores”. Entonces, todo habría sido logrado por mera persistencia. La lista de la gente que habría trabajado en el caso de Debray desde 1967 incluía al secretario de De Gaulle cuando éste era presidente, al sucesor de De Gaulle, Georges Pompidou, al personal de la Embajada de Francia en La Paz, al ministro de relaciones exteriores y varios colegas del ministerio de Quai d’Orsay. Mientras, en el lado boliviano, que se complicó por las lealtades políticas de los militares y por un rápido cambio de gobierno —hacia la izquierda, bajo Juan José Torres, un militar—, hubo presiones de un tipo menos diplomático. Los mineros del estaño habían amenazado con ir a una huelga general en su defensa, los estudiantes estaban furiosos y el Sindicato de Mujeres había jurado iniciar una huelga de hambre. Los cubanos apoyaban la agitación e hicieron rodar la versión de que Debray era un escritor de izquierda, no un emisario de La Habana.
El socorro más asiduo de Debray fue Rubén Sánchez, un oficial de alto rango del ala izquierda del ejército boliviano. Él ya había sido capturado por el Che —y liberado— pocas semanas antes de que Debray cayera en las manos del ejército. Sánchez estaba en el cuartel de Camiri cuando Debray fue llevado en helicóptero, reducido y atado. Cuatro años después fue Sánchez quien arregló los detalles de su liberación, regresando a Camiri, encarando abiertamente a una facción hostil del ejército y poniéndolo en el avión a Chile (luego de que Torres fuera depuesto en 1971, Sánchez se unió a los remanentes de la guerrilla; fue al exilio en Chile). Seguramente es cierto, como Debray sostiene, que le debió la vida a Sánchez, así como su libertad.
Esa deuda fue fácil de reconocer. En Chile, sin embargo, cuando Debray enviaba sus cartas de gratitud a los franceses —Pompidou estaba entre los destinatarios—, estuvo obligado a reflexionar sobre la delgada línea que separa la contradicción y la hipocresía. Saliendo por vía aérea a Cuba a pedido de Castro en 1965, había rechazado a Francia por entero, deseando incluso que se fuera al demonio —“mi familia, mis antecedentes, la respetabilidad, el estado”—, como un conspirador que enciende la mecha y fuga confiado en que pronto todo obstáculo para un futuro glorioso desaparecería en medio del humo. En unos pocos años estaba completamente perdido; la misma gente que había imaginado más cercana a la explosión estaba ilesa; en realidad, esa gente estaba ocupada arrastrándolo hacia terreno seguro. Debray fue puesto bajo presión, aunque sus notas de agradecimiento eran impecables como lo son muchos caballeros de menor rango cuando se inclinan tiesos ante los grandes en una fiesta de sociedad. Después se sintió “avergonzado”, como dice en Les Masques, “de mi vergüenza de entonces”, a pesar de cuán valientemente lograra ocultarla.
Con todo, la vergüenza, escribe en Alabados sean nuestros señores, es “el primer sentimiento revolucionario” y ésta ya estaba fomentando una revolución palaciega en la conciencia de Debray, incluso cuando se recuperaba de la temporada en prisión. El Chile de Allende era el lugar ideal para su convalecencia. Tenía un gobierno de izquierda, radical aunque restringido, que había llegado al poder por las ánforas, una fuente de creciente interés para Debray, entonces ya de 30 años y rumiando la “mística de la lucha armada”. El país mismo era hermoso, incluso seductor, y era fácil identificarse con sus mujeres, en particular con “Silvia”, una enamorada en el horizonte próximo. El humor parecía eternamente cordial en un país “dirigiéndose alegremente hacia un baño de sangre”. Mientras, el indicio que se había iniciado en la cárcel y que se había intensificado con su liberación se hacía más fuerte: Debray el radical en Latinoamérica iba dando lugar a Debray el francés, quien pertenecía a su propio país, entre los ideales, los paisajes y las tradiciones que había venido a querer.
En Alabados sean nuestros señores, cita una carta que escribió desde la cárcel a Philippe de Saint-Robert, un gaullista de izquierda y autor de Le Jeu de la France, que él había estado leyendo. La carta estaba firmada por “un joven francés común y corriente que, porque ama a su país y a su gente, fue a Bolivia. Cada uno juega... a su propio modo… el juego de Francia”. Por Les Masques sabemos que esto es estirar las cosas: Debray no “amaba” a Francia cuando dejó La Habana para conectarse con el Che, a menos que fuera un turbulento amor-odio. No obstante, en su mente lo francés se estaba alineando con las cosas que más importaban en el resto del mundo; quizá, también, había la sospecha de que no era digno de molestarse por aquello que Francia no hiciera bien. Liberar a Bolivia era una encomiable tarea francesa, por supuesto: él lo deja entrever desde mucho antes en su carta, elogiando un pasaje del libro de Saint-Robert acerca de la capacidad de ver “más allá de la nación, pero… principalmente a través de la nación” (como cuando mira a través de una lente). Debray entendió por esto un “auténtico internacionalismo cuya fórmula se busca en todo confín del planeta, donde sea que las naciones están luchando para nacer… una lucha que es idéntica en esencia, pero que se libra en otro lugar”. Eso, también, es estirar mucho las cosas, pero quien jala y retacea a lo Procusto como Debray podría retorcer las articulaciones de un argumento hasta que chirriaran. Al mismo tiempo fue lo suficientemente honesto como para yacer en su propia cama y aceptar que él no era ni más ni menos, ni más alto ni más bajo, que el francés que le tocaba ser: un predicamento no tan malo, ahora que lo venía a pensar.
El redescubrimiento de Debray de su ser francés —al cual todos los sentimientos nacionales propios, y las luchas, son idénticos “en esencia”— fue avisado en Chile por el encanto del lugar mismo. “El sabor de ese acogedor país llevaba una apetecible alusión a Francia”: “el vino blanco”, “las tiendas”, “las lolitas de tacones altos en las áreas elegantes de Providencia”. En Les Masques se deleita en las claras mañanas santiaguinas e imagina los primeros balsámicos días del Frente Popular en Francia. Mientras, había comenzado a enfrentar el hecho de que Cuba no era el lugar que él había recordado. En febrero de 1971, cuando “regresó a casa” —no el hogar esencial sino La Habana, el hogar adoptado de su propia invención— se sintió “un hombre diferente en un país diferente”. Un “almidón soviético había sido planchado sobre el desenfado criollo”. La revolución como un todo, observó,
Estaba siendo preparada para la senilidad prematura de sus contrapartes de Europa del Este. Como esos pueblos recién fundados en Sudamérica de los que Lévi-Strauss observó “pasaban de la frescura a la decrepitud sin nunca hacerse viejos”, las revoluciones del siglo XX irán de la adolescencia a la esclerosis sin gozar de un periodo de madurez. Un amanecer soleado, un largo invierno, una primavera marchita, un hueco negro: la pronunciada pendiente del “socialismo real” fue también la de muchos comunistas individuales… Yo no me excluiría de ese grupo.
Debray estaba a la deriva entre dos fes y dos estrellas guías, una ya desvaneciéndose: Castro, alguna vez un magnífico “jefe despeinado” ahora convertido a “verdades completamente nuevas”; la otra —François Miterrand, un ex funcionario de Vichy, inmensamente jocundo, astuto, entretenido—, aún sin llegar a su auge. Debray conoció a Miterrand a inicios de 1973: era el portador de noticias, puesto que había estado en Bolivia y conocido desde Fidel hasta el Che. Esta vez, las noticias venían de Allende para el líder de los socialistas franceses y a una recientemente acuñada alianza conocida como el “programa común”. Debray llegó a Miterrand durante la campaña en el suroeste. Cada uno aceptó al otro y por unos pocos días viajaron juntos.
Yo estaba descubriendo una Francia cantonal hasta entonces conocida para mí solo en la teoría por libros y mapas de pared. Había aterrizado por fin y estaba pasando el mejor tiempo de mi vida, alegre por demás como Lindbergh en le Bourget… Estaba tan hambriento de lo francés que un mantel de mesa a cuadros rojos y blancos, un techo con una veleta o una r bien vibrada era suficiente para ponerme en contacto con la tierra prometida.
Ocho años después, a la edad de 40, Debray llegó a ser consejero del presidente en relaciones internacionales, cambiándose en 1985 a un puesto en el Consejo de Estado. Pasó sus “años de Miterrand” incómodamente suspendido sobre el borde externo del santuario —él lo llama “el segundo círculo”— aventurando opiniones que eran recibidas con cortesía aunque a menudo ignoradas, afilando sus dotes como redactor de discursos u “oficinista en jefe de las profesiones de fe”. “Después de un poco de práctica”, recuerda, “cambié de un estilo retórico a otro de contacto personal, casi intimista. Hacia fines del primer período... podía batir kilómetros de Miterrand puro”, incluida una entrevista pregrabada para que la prensa la trascribiera, “completa, con suspiros y otros asuntos incidentales que el presidente leyó al pie de la letra sin cambiar un respiro ni un ‘mm’”. Esta fase, como otras en la vida de Debray, comienza con un apasionado deseo de enrolarse, justo como lo había sentido en Cuba, y termina con una aguda desilusión cercana a la amargura o la denuncia.
Los puyas de Les Masques contra sus anteriores parciales y conocidos —Feltrinelli, Bernard Kouchner, Yves Montand, Simone Signoret—, en Alabados sean nuestros señores son reemplazadas por logradas piezas en serie, resúmenes finales dignos de un juez de corte suprema. Los líos de faldas han desaparecido, junto con toda la diversión y la angustia que los acompañan. La ansiedad acerca del Che ha amenguado. Aunque aún es un arma de primera y última instancia para un tipo particular de gente que odia a Debray, la recurrente cuestión de la muerte del Che —que Debray trató en su anterior libro, sugiriendo que su otro compañero detenido, Ciro Bustos, fue una mina de información para el ejército— ha cesado de preocuparle. En todo lugar son evidentes temas más grandes, entre ellos la idea (elaborada en otros ensayos) de que el socialismo está enraizado en la “grafosfera”, una vieja ecología de la escritura y la imprenta, ahora eclipsada por la “videosfera”, cuya preeminencia a menudo le produce un todo irritado: “La larga historia prometeica de la gente y las profesiones del libro está siendo borrada por nuevas modas sin ancestro ni tema”. Uno de los talentos de Debray es dirigir su atención sobre este mundo ajeno, medio desvanecido, con un ceño fruncido de anciano e intentar entender cómo las “modas” proliferan y mueren sin jamás lograr una venta, como moluscos que resbalan por una inclinada superficie pulida.
Alabados sean nuestros señores discute brevemente los trabajos de Debray sobre el nacionalismo y el impulso gregario que impulsa la identidad nacional. También hay indicios del pensamiento que él había iniciado acerca de la fe en general, y la religión en particular. Sus luchas públicas más recientes, sin embargo, son temporalmente posteriores a este volumen: delicadas disputas acerca de su mal uso de la ciencia como analogía; una pelea abierta con la prensa francesa acerca de Kósovo, cuando él se opuso a la intervención militar; un torpe fracaso relacionado con su complicidad, real o supuesta, en el retiro de Aristide de Haití (Aristide afirmaba que Debray lo había empujado a renunciar). Menos controversial fue su sugerencia, de antes de la elección presidencial del año pasado, de que [la candidara socialista] Ségolène Royal sería casi preferible a Sarkozy. Aquí escribe que “en política... solo los ajenos a ella producen nuevas ideas” y que la segunda vuelta de toda elección presidencial es siempre “un concurso entre dos viejos enarcas enarcas” [énarques, graduados de la ENA, École nationale d’administration]. En ese caso, él favorecía a Royal, la enarca y política de adentro sobre el no enarca Sarkozy, alguien ajeno a la política que rápidamente se inventó su propia ruta en ella. De Gaulle está calladamente presente en el libro como un señor de fuera de escena, el tema de un anterior ensayo, Charles de Gaulle: Futurista de la nación. Aquí es descrito como un gran hombre, lo que es decir, el producto de “un gran carácter” que encontró “una gran circunstancia”: “No veo a nadie de la primera fila capaz de efectuar esa conjunción de sueño y razón... que De Gaulle logró subordinando el romanticismo de los fines al clasicismo de los medios”.
De los cuatro principales en Alabados sean nuestros señores —Debray, Castro, Guevara y Miterrand— Debray es quizá el más misterioso. Mira brevemente a los cambios por los que su propia posición ha pasado a lo largo de los años y enfrenta las contradicciones, notablemente de los años 70, cuando más de una posición estaba ocupada al mismo tiempo: “En cuanto concernía a Europa, tomé entonces una línea abiertamente reformista, y aunque hice mi autocrítica muy conscientemente, continué predicando la revolución en Latinoamérica”. Son frecuentes los momentos de buen humor a sus propias expensas — y resultan hermosamente. Son raras las afirmaciones sin inflexiones, cuando afirma sus verdades personales. De lo más revelador es un pasaje acerca de vivir odiándose a sí mismo pero fracasando al tratar con los odios de los demás: pese a que comienza con las palizas en Camiri [Bolivia], lo que él tiene en mente son los frecuentemente polémicos ataques de sus enemigos en Francia y Latinoamérica. No obstante, Debray tiene un temperamento valiente, marcial, y desprecia a Mayo de 1968 por su “ausencia de sacrificio humano”, lamentando el surgimiento de quebradizos “valores humanistas” con base en “mentalidades predominantemente femeninas y ‘afirmadoras de la vida’”. Los no occidentales, piensa, saben más; están cercanos a “los laboratorios de la verdad” donde “el hambre, la inseguridad, la fe conquistadora y la guerra” pueden ser estudiados diariamente y donde la paz es reconocida como lo que es: un interludio entre estados de hostilidad.
Los mejores pasajes del libro tratan acerca de hombres de poder. Allende calificaría si a Debray él no le hubiera gustado tan inequívocamente. Allende tenía una foto del Che sobre su escritorio dedicada “A Salvador Allende quien, por otros caminos, busca el mismo objetivo”. “Nosotros pensábamos que esto significaba “la revolución”, no “el suicidio”, recuerda Debray, “una interpretación que habría parecido escandalosa en aquel tiempo”. Con todo, Allende se quitó la vida in extremis, mientras el Che la entregó. La visión que Debray tiene del Che es severa, para decir lo menos. Hay las usuales afirmaciones acerca del entusiasmo del Che por los “campos de trabajo correctivo” en Guanaha en 1960 y cómo llevó a sectores enteros de la economía cubana a la parálisis cuando fue ministro de industrias. Pero Debray está pensando en actitudes tanto como en hechos: “el Che no fue un ángel fulminado por un golpe del destino. Él no arrebató su muerte: la había estado incubando por diez años”. El Che era “mucho más duro y menos simpático que su mayor en edad y buscador del poder. Menos demagógico que Fidel y mucho menos democrático. Las magníficas fotografías de Korda y Burri nos han dejado a un soñador sensible, cuando en realidad la gentileza y la amabilidad no estaban entre sus características más salientes”. No lo pensaba antes de enviar a “un recluta sin armas a la primera línea con órdenes de conseguir un arma del enemigo, usando un cuchillo o sus propias manos”. Mostraba “mal carácter” al amenazar poner a “un honorable viejo combatiente” frente al pelotón de fusilamiento como desertor “solo por tropezar durante una emboscada y perder su rifle”; era culpable de un “rigor” lunático al condenar a un hombre hambriento a tres días sin comer por robar una lata de leche condensada. “Qué fértil malentendido fue, en 1968, convertir en un emblema de la revuelta antiautoritaria, desde París a Berkeley, a ese creyente en un autoritarismo sin límites”.
Como “el último mensajero entre los dos compañeros en armas”, Debray le tiene mucho más cariño a Castro, un caribeño enérgico, abierto, que radiaba de lejos una “cordialidad tropical” más atractiva que la “frialdad melancólica” del Che, el “eremita armado”. El Castro de Debray tiene algo del Zorro y algo de Don Quijote; está muy inclinado a la tradición oral —hora tras hora de discursos— pero es un apasionado de los libros, aunque en sus últimos años no lea nada sino historia. Debray recuerda en Les Masques que cuando era llamado a prácticas de guerrilla inopinadas, un regalo que Fidel daba a sus favoritos a menudo en la madrugada, el piso del Oldsmobile del Jefe estaba regado con armas de pequeño calibre, y la parte de atrás, de libros —las memorias de Churchill pero también una novela de Cortázar y varios manuales de ganadería. Debray sugiere que la Biblioteca Portátil Fidel se redujo a una colección de “solo historia” cuando se obsesionó... con los historiadores del futuro y su propia imagen póstuma”.
Deshacerse de su mentor cubano es algo que Debray lamenta. Fue, como lo deja entrever, una serie de muertes colectivas de su parte: “Desafíliate, mata al Padre, adquiere otro, reafíliate, mata de nuevo”. Pero los hechos deben haber hecho la decisión más fácil. En prisión, recuerda, había oído que Fidel había apoyado la invasión de Checoslovaquia; y en Chile, que el poeta Heberto Padilla había sido obligado a hacer una humillante autoacusación del tipo que ahora se inflinge al personal de las grandes corporaciones. Hacia 1989, cuando el veterano revolucionario Tony de la Guardia fue al paredón de fusilamiento con el general Arnaldo Ochoa después de los juicios montados de La Habana, el Líder Máximo no tenía ya más sorpresas para Debray. La Guardia le dijo a sus ejecutores “asegúrense de que mis hijos no se hagan soldados como yo, porque yo he sido traicionado”. Estas últimas palabras, nos dice Debray, “emergieron después, porque en un país de secretos, todo es filmado: el amor en las alcobas, la muerte al aire libre”. Tony y su hermano Patricio, recuerda, con la misma facilidad podían desarmar pistolas ametralladoras Uzi o sostener las virtudes de un óleo de Miró, y “hacían palidecer a los mugrientos académicos bolcheviques que yo conocía”. Añade que desde las ejecuciones “me he referido a Fidel como ‘Castro’”.
El de Miterrand es el retrato más matizado. Hay muy poco de sus políticas pero pronto se hace evidente que Debray tiene una baja opinión de él, baja sin duda por haber estado alguna vez ambos tan enamorados. Debray describe los encantos de su sujeto, junto con sus faltas —cercanamente estudiadas desde dentro de la cancha— con un ojo Saint-Simoniano, elogiando su magnanimidad pero dedicándose principalmente a dos de sus más grandes defectos, como él los entiende. El primero, para usar un debrayismo, es “mediológico”: el literato Miterrand estuvo demasiado feliz de abandonar la grafosfera para servir las necesidades de la videosfera al fundar una presidencia personalizada, y no lo fue menos durante su enfermedad, cuando el destino de la nación parecía colgar de cada detalle de su enfermedad. Alguna vez un “hombre de la pluma”, al final se convirtió en “un hombre de la imagen, monopolizando la pantalla con sus estados mentales y sus confesiones en vivo, director-productor de su propio ego en incontables informes noticiosos, películas, entrevistas”.
El segundo es que Miterrand no haría la suerte de levantamiento de pesas pesadas intelectuales que Debray esperaba de él como buen líder. El presidente clasificaba a “los amigos de la Idea, junto con los elfos y las hadas”, dice, ofreciendo una cita de Miterrand a modo de evidencia: “‘Una cierta idea de Francia’... la expresión es del general de Gaulle. Eso no me gusta. Yo no necesito una idea de Francia; Francia es algo que yo vivo”. Para Debray, esa ‘cierta idea” de De Gaulle —apunta alto, ganes o pierdas, pero nunca te contentes con la mediocridad— fue buena, aunque una idea de cualquier tipo era un comienzo. No tener idea, rechazar la ideas de plano, era simplemente un sinsentido. Es extraño que Thatcher, más ideóloga que De Gaulle e igual de enérgica acerca de “ciertas ideas” —apunta bajo, nunca pierdas, encuentra grandeza en las cosas de la mediocridad— y Miterrand fueran a llevarse tan bien.
La “lucidez de rango medio” de Miterrand, sostiene Debray, no fue una compensación para su carencia de una idea, puesto que desde cerca, como explica, “un mal punto parece tan bueno como uno bueno”. Y en cuanto al “antiintelectualismo de Miterrand”, dice, “me había parecido indicar una valiente libertad mental, levantada con algo de dandismo y astuta maña: realmente expresaba una alergia a la exposición deductiva y, me temo, a la misma idea de verdad”. El veredicto es duro pero también su consecuencia. Hasta donde veía Debray, la presidencia de Miterrand coincidió con el vaciamiento de la izquierda en Francia. Se convirtió en un conjunto de gerentes y políticos interesados en capturar la opinión pública, aferrándose hábilmente al poder por 14 años a un gran costo en términos de la “filosofía” del socialismo y lo que él describe como el “alma” del socialismo. “Y ahora —reflexiona— todos estamos más ligeros, física y moralmente”. Está de acuerdo en que esto fue parte de una historia más grande que se desenvolvía mucho más allá de las fronteras de Francia y que quizá puede no importar; o que quizá le importe demasiado a él. “Hay iglesias para la gente preocupada con el significado de la vida. Cada uno a su propio catecismo”. El espíritu del mundo hegeliano aún acecha a través del libro, y su secuencia final, como decimos en la videosfera, incluye una cruel yuxtaposición de dos visiones, la primera, de Napoleón en su hora de victoria, atisbada por un entusiasmado filósofo alemán en 1806, la segunda, la del voluntarioso Miterrand, examinado desde un conjunto de decaídas habitaciones en el Elysée por un escritor francés fatigado por el mundo y un ex revolucionario convertido en estadista menor:
Como Hegel, quien, después de la batalla de Jena observó la esencia del mundo pasar a caballo bajo su ventana, yo seré capaz de decirles a mis nietos, con una ligera sonrisa torcida, que a veces observé la escena de un mundo sin esencia pasar bajo la ventana de mi oficina, con su Renault 25 a prueba de balas aplastando la gravilla blanca... hasta pasar las rojas plumas de la Guardia Republicana.
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