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Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios |
por Alberto Loza Nehmad |
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Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
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| La vida y la leyenda de Cyrano de Bergerac |
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Por Jonathan Keates, originalmente publicado como “The Paladin of Panache”, Literary Review (Londres), edición de febrero (http://www.literaryreview.co.uk/keates_02_08.html). Traducido por Alberto Loza Nehmad
Reseña del libro de Ishbel Addyman, Cyrano: The Life and Legend of Cyrano de Bergerac (Simon & Schuster 307 pp.)
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Casi todo cuanto la mayoría de nosotros creemos que sabemos acerca de Cyrano de Gergerac fue inventado por el dramaturgo francés del siglo XIX Edmond Rostand (1868-1918). El rol del personaje del título de ese drama de 1897 es el de un brillante espadachín, poeta y epigramista de relumbrante versatilidad. Tiene una enorme nariz, sobre la que él es más divertido que quienes buscan burlarse de ella. Este sentido del humor le debe mucho al hecho de que es gascón. Durante el sitio de Arras levanta el espíritu de sus asediados soldados compañeros, los aliteradamente llamados cadets du Carbon de Castel-Jaloux, con un atractivo sentimental para las beldades de Dordogne. Se enamora sin esperanzas de su encantadora prima Roxane, ella misma cautivada por el más joven y físicamente más impresionante barón Christian de Neuvillette. El tímidamente mudo Christian hace que Cyrano la enamore por él y que le escriba sus cartas de amor, pero es muerto antes de que Roxane pueda descubrir la verdad. En el acto final del drama, el ahora envejecido héroe cae víctima de una cobarde emboscada y muere después de confesarle a ella que el alma elocuente que Roxane adoraba como resultado de del cortejo de Christian, había sido todo el tiempo la de su narigudo substituto.
El espectacular éxito del Cyrano de Bergerac de Rostand se debió no solamente a su atrevido y aventurero argumento, sus melifluos alejandrinos o la manera en la que el mismo Cyrano parecía ajustarse como un guante al actor Benoît-Constant Coquelin. En realidad la obra trata tanto de la Francia de fines del siglo XIX como de la vida de un autor y duelista del reino de Luis XIII. Comparables solo a los estadounidenses en su necesidad de sentirse bien con ellos mismos, los franceses, cuidando aún las heridas de la guerra francoprusiana, andaban buscando a alguien a quien culpar por sus nada familiares sensaciones de inferioridad, y encontraron que los británicos y los judíos lo harían mejor que nadie. Cyrano de Bergerac fue estrenada poco antes de que el incidente Fashoda casi produjera una guerra con Gran Bretaña. Mientras, el caso Dreyfus, aunque en ese momento el capitán mismo languidecía en la Isla del Diablo, había alcanzado su fase crítica, con Zola listo para publicar su famoso Yo acuso ante los mismos “decentes” elementos antisemitas para quienes escribía Rostand. Por tanto, todo el impulso de la obra es consolatorio. Francia, gallarda, romántica, cuna de la alta cultura y del vivir refinado, supervivirá, su estilo personificado por un héroe cuya gran nariz difiere muy significativamente de esos ganchos siniestros populares entre los caricaturistas parisinos antijudíos del período.
Pero ahora aquí está el Cyrano de Ishbel Addyman para ajustarnos la imagen un poco. Tómese Bergerac, por ejemplo, ese lugar desde cuyo mal construido aeropuerto con aspecto de corral, los británicos de hoy se precipitan a las ciudades de Dordogne y Lot con su bolsa de té Typhoo y su mermelada Oxford. A pesar de la presencia de dos estatuas del paladín, la ciudad no tiene ningún derecho a él. Descendiente de un vendedor de pescado de Cerdeña, Savinien Cyrano nació en Sens, al sureste de París, en 1619. El “de Bergerac” deriva del nombre de algunas praderas vinculadas a una de las propiedades de la familia, cerca a Chartres. El joven Savinien, un rebelde en la escuela y en casa, dejó Sens tan pronto como pudo irse a París, reinventándose exitosamente como un aristócrata y siguiendo a su amigo Henri Le Bret cuando ingresó al ejército. Al unirse a los cadetes gascones de Castel-Jaoulox, fácilmente podía pasar por uno de ellos eliminando el “Savinien” y convirtiéndose en Cyrano de Bergerac, con una reputación que defender como duelista (más de cien “lances de honor”, de acuerdo al admirativo Le Bret).
Mientras tanto, ganaba celebridad con su pluma. Apareció una tragedia, La muerte de Agripina, seguida de una miscelánea de cartas satíricas y amorosas, y dos notables obras de ciencia ficción que describían viajes al sol y a la luna. La Iglesia, para nada debilitada por sus intentos recientes, no obstante exitosos, de amordazar a Galileo, señaló a Cyrano como un peligroso librepensador que se reía de la creencia en brujas, cuestionaba la doctrina de la Real Presencia [divina en la eucaristía] y se burlaba de los jesuitas por su hipocresía.
Como un libertino en el sentido del siglo XVII, o sea como alguien que se burla de la conformidad por la conformidad misma, Cyrano era difícilmente ortodoxo en su vida privada. Aunque pudo haber flirteado con su prima Madeleine, enfáticamente ella no era una Roxane que irradió la breve trágica vida de su primo con una pasión incandescente. En lugar de ello, Addyman convincentemente demuestra que él era homosexual y que se mezclaba con personajes como Théophile de Viau, el mejor poeta francés de su generación y sospechoso de sodomita, o del por completo dudoso Charles Coypeau Dassoucy, autodenominado “rey del burlesque”, quien viajaba con un entorno de encantadores chicos de coro.
Lo que es más, la “enfermedad secreta” de Cyrano, a la que se refiere en una nota reconociéndole una deuda a un cirujano barbero parisino, puede bien haber sido sífilis. En su etapa terciaria, la enfermedad a menudo ataca al cerebro, y Addyman sugiere que esta es la razón de varias contemporáneas referencias a él como un loco. Su muerte en 1655, sin embargo, más probablemente parece haber sido el resultado de una paliza callejera instigada por los jesuitas y del subsiguiente maltrato a manos de su hermano Abel, quien lo hizo confinar en un asilo para lunáticos por una pretendida preocupación por su bienestar.
Cyrano como un gay anticatólico escritor de ciencia ficción con sífilis, quizá no es lo que Rostand y su audiencia en el Théâtre de la Porte St-Martin tenían en mente como representante de la gloire de la belle France. Ishbel Addyman, sin embargo, convincentemente lo presenta en éste, su primer libro, como uno de los más fascinantemente enigmáticos personajes del siglo XVII, original, inconoclasta, arriesgado y no carente de cierto glamour fatal.
Ella es experta presentando los detalles de los varios trasfondos de la época, históricos y culturales y, no a diferencia de su héroe, es una intrépida duelista ante sus más pomposas o deshonestas fuentes literarias. Aquí hay material suficiente para otro tipo completamente diferente de drama sobre Cyrano. Esperemos que un dramaturgo moderno sea lo suficientemente acometedor para intentarlo. |
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