hace mucho. Todo escritor que escribe en español actualmente quiere a Grossman como traductora. Además, en una industria editorial estadounidense presta a esconder de los compradores de libros el hecho de que un libro traducido es, de hecho, una traducción, ella es también una de los pocos traductores cuyo crédito aparece en la cubierta.
Grossman es alta, de cabello ondulado con reflejos plateados. Hay algo de Lauren Bacalliano en su aspecto y en su ronca, auténtica dicción de la costa este. Es una voz que es directa y genuina, y que no se da aires literarios. Criada en un barrio de clase media de Philadelphia, fue a una secundaria para señoritas, “por mis pecados”, dice, aunque la escuela tenía una buena reputación. Una estudiante renuente, Grossman estaba “muda de aburrimiento”. Eso, hasta que conoció a la maestra de español Naomi Zieber. Grossman tenía buen oído y facilidad para memorizar. Encontró que aprender idiomas era algo para lo que ella era buena. Grossman también encontró a alguien a quien emular. “Ella era una mujer tan humanitaria”, dice Grossman de su maestra. “Era seria y exigente, pero no rígida. No se podía hacer tonterías en clase. Aprendí tanto en su clase que pensaba ‘Oh, todo lo que ella haga, lo voy a hacer’”.
Gossman estudió en la Universidad de Pennsylvania con una beca y se especializó en español. Fue ahí donde publicó su primera traducción, un poema del escritor español ganador del Premio Nobel, Juan Ramón Jiménez, en la revista literaria de la universidad. Después se dirigió al oeste, a la Universidad de California, Berkeley. En 1962 viajó a España con una beca Fulbright, y regresó a New York para terminar su doctorado en estudios latinoamericanos. Su tesis doctoral sobre el poeta chileno Nicanor Parra llamó la atención de su consejero académico, quien conocía a Ronald Christ, entonces director de lo que ahora es la revista Review, de la Americas Society La recomendó a Christ, y ella comenzó haciendo reseñas.
Lo que sucedió luego continuaría por el resto de su vida: la gente la llamaba para encargarle trabajos. Christ le pidió a Grossman que tradujera el cuento del escritor argentino Macedonio Fernández, “Cirugía psíquica de extirpación” [The Surgery of Psychic Removal], acerca de borrar la memoria. Grossman estaba dudosa. “Le dije ‘Ronald, no soy traductora. Soy una crítica literaria’, y él dijo ‘Llámate como quieras. Prueba esto’”. Grossman recuerda que le encantó el trabajo. Vinieron otros proyectos, incluida una novela del escritor peruano Manuel Scorza, publicada por Harper&Row en 1977. Luego vino la oferta de García Márquez. Ella recuerda que un agente literario que vivía en su edificio la llamó y le preguntó de frente, “Edie, ¿estás interesada en traducir a García Márquez?”. Grossman torna los ojos y resopla recordando ese día y dice que respondió “¿Qué? Por supuesto que estoy interesada”. Grossman remitió 20 páginas de una prueba de traducción de El amor en los tiempos del cólera [Love in the Time of Cholera] a Knopf y fue escogida, “Supe que este escritor era excéntrico cuando me escribió diciendo que en español él no usa adverbios que terminan en –mente y que le gustaría que evitara adverbios que terminan en –ly en ingles”. Ella recuerda pensando ¿cómo se dice en inglés sino slowly [lentamente]? “Bien, yo salía con todo tipo de cosas, como without haste [sin precipitación].
La antigua oficina de Grossman está arrinconada en una lejana esquina del departamento, al lado de la cocina. Ahí ella tiene una pared con fotografías de sus músicos favoritos. Señala a Aretha Franklin y confiesa que si el mundo literario no la hubiera agarrado, le habría gustado ser una cantante de blues. La estantería de piso a techo tiene “estantes para libros que he leído y estantes para libros que he traducido, de modo que puedo regalarlos a la gente”. Me da un ejemplar de The Golden Age: Poems of the Spanish Renaissance [El siglo de oro: poemas del Renacimiento español], que ella compiló para Norton. “No te puedo hacer una colección académica”, le dijo al editor. “Esta tiene que ser la elección de poetas que me gustan”. La antología comienza con las Coplas de Jorge Manrique y termina con sor Juana Inés de la Cruz. Cuando le comento sobre el estante que contiene a la escritora cubana Mayra Montero, Grossman dice con gusto [en español en el original], “Ah, mi querida Mayra; es una escritora tan talentosa”. La novela de Montero Son de Almendra [Dancing to “Almendra”], que Grossman tradujo, fue un “libro notable” del New York Times en 2007. Fue un buen año. Grossman también tuvo a Nada, de la escritora española Carmen Laforet en la lista de los “mejores” del Washington Post, mientras The Bad Girl [Travesuras de la niña mala], de Vargas Llosa, fue resaltada por ambas listas.
Pasamos por una espacioso comedor donde tiene a escritores rusos y alemanes en un estante, y a escritores ingleses en otro. En su rústica sala de estar, con sus estantes bajos, la estación de jazz WBGO resuena en el trasfondo. La apaga y culpa a la radioemisora por su incapacidad para trabajar en cualquier sitio que no sea New York City. “Nunca tienes que levantarte para cambiar de CD”, dice. Hablamos de Auster, Saramago, Roth, Coetzee; los descubro en los estantes pero terminamos volviendo a los escritores en lengua española, lo que lleva a la más grande novela de la historia, Don Quijote. Dan Halpern, de Ecco Press, llamó una vez a Grossman para proponerle que ella emprendiera la traducción de la obra maestra de Cervantes. “Le dije ‘Dan, seguro que me quieres a mí?’”. Halpern dijo que sí.
La versión de Picasso de Don Quijote, en gruesos trazos, la reproducción que ella tiene en la pared de su oficina, fue usada para la cubierta de la edición de British Vintage de su traducción. Ecco Press tiene una impactante cubierta rojo profundo con un casco medieval. Ella tiene varias ediciones de Don Quijote desplegadas en su actual oficina, que solía ser el dormitorio de su hijo. Él fue avisado con tiempo: “Voy a dejar las cosas como están por un año; luego, ese cuarto es mío”. Tiene dos profundos closets llenos con más de sus libros, cosas de su hijo y montones de primeros y segundos borradores de manuscritos que algunas bibliotecas están interesadas en comprar. “No soy una coleccionista, en el sentido de las ediciones finas, más bien soy una cachivachera”. Los estantes al lo largo de la pared ejemplifican la seriedad de su trabajo y la meticulosidad que dedica a la investigación de los antecedentes. Hay libros de historia de México y el Perú, trabajos sobre Simón Bolívar que consultó para El general en su laberinto [The General in His Labyrinth], de García Márquez, y la edición once de la Encyclopedia Britannica que usó para elucidar las referencias de Mutis en The Adventures and Misadventures of Maqroll [Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero]. Grossman intentó una vez separarlos por categorías pero finalmente se refrenó. “La organización no es mi fuerte. Llega momento en que digo ‘Al diablo con esto, no lo aguanto’”. Junto a su gran escritorio de madera, tiene un pequeño estante con varios diccionarios internacionales. Cuando trabaja, tiene un diccionario Simon & Schuster Inglés-Español / Español-Inglés de 1973 abierto a su izquierda, y otro Collins (ahora sin lomo) a su derecha. Está traduciendo la novela de Carlos Fuentes, All the Happy Families (un título provisional) [Todas las familias felices]. Grossman también con felicidad relata que recientemente ha aceptado la traducción de un joven escritor, el peruano ganador del Premio Alfaguara Santiago Roncagliolo. Ella espera trabajar con más escritores de ese tipo en el futuro.
Encima de un estante en el corredor al que se abre su dormitorio, hay una alta pila de libros. “Estoy esperando leer esos, aunque en ningún orden de preferencia, pero después de leer uno muy largo todo lo que quiero es uno corto”. Grossman es una lectora militante, feliz de haber conseguido baratos libros en rústica en librerías de barrio como las viejas Shakespeare & Co., Labyrinth Books (ahora Bookculture), y Papyrus (ahora Morningside Bookshop). Lo que cuenta es el contenido, no las cubiertas ni las primeras ediciones. “También me gusta comprar libros en la calle pero ahora tengo mis reservas, por las garrapatas”. Su colección también ha sido alimentada por los lugares por los que ella viajó en su juventud. Sonríe en grande: “mis ropas solían caber en un maletín de mano; pero mis libros ocupaban baúles y más baúles”. |