Quizá haya solo tres actividades humanas donde las realizaciones milagrosas sean posibles antes de la adultez: La matemática, la música y el ajedrez. Estos son reinos abstractos, casi inventados, sistemas cerrados vinculados por reglas de la costumbre o de principio. En ellos reside —el niño aprende— la manera como los elementos se combinan y transforman; en ellos están las leyes que gobiernan sus interacciones; y en ellos nacen las posibilidades que van emergiendo a medida que uno juega con signos, símbolos, sonidos o piezas. No se necesita conocer o entender nada más, al menos al inicio. Las dotes de un niño en esos reinos pueden parecer de otro mundo; los logros, casualmente mágicos. Con todo, como la muerte de Bobby Fischer del jueves pasado podría recordárnoslo, incluso las dotes abstractas pueden imponer un precio terrible.
En 1956, el Sr. Fischer, a los 13 años de edad, desplegaba poderes que eran no solo prodigiosos sino extraños. Una partida que jugó contra Donald Byrne, uno de los primeros 10 jugadores de Estados Unidos, se hizo conocida como “El juego del siglo”, de tan llena que estuvo de brillantez y atrevimiento (y por el sacrificio de una reina que hizo el Sr. Fischer). “Solamente lo hice bien”, explicó, como ciertamente lo hizo, ganando 8 de los 10 torneos por el Campeonato de Estados Unidos realizados después de 1958 y luego, por supuesto, en 1972, rompiendo el largo control que el ajedrez soviético había tenido sobre el campeonato internacional.
“Lo único que quiero hacer, todo el tiempo —dijo— es jugar ajedrez”. Y muchos pensaron de él como el mejor jugador, de todos los tiempos. Garry Kasparov dijo una vea que él imaginaba al Sr. Fischer como un tipo de centauro, un jugador humano mitológicamente combinado con la esencia pura del ajedrez mismo.
No obstante, acompañando a los triunfos del Sr. Fischer había signos de algo más. Sus agresivas declaraciones y sus pronunciamientos grandiosos alguna vez estuvieron restringidos a su escogido campo de juego (“El ajedrez es una guerra sobre el tablero. El objeto es aplastar la mente del oponente”). Finalmente, crecieron en alcance, evolucionando hacia convicciones más generalizadoras acerca del mundo.
Después de su triunfo sobre Boris Spassky en Reykiavik, Islandia, abandonó el ajedrez casi por completo y pareció reemplazar la idea de un contrincante sentado moviendo piezas sobre un tablero de 64 escaques, por la de una demoníaca conspiración judía mundial que era (como dijo en una emisión de radio desde Filipinas) perpetrada por un “pueblo bastardo, asqueroso, mentiroso” que mata a niños cristianos (“su sangre es usada para ceremonias de magia negra”) al tiempo que explota esa “invención que hace dinero”, el Holocausto.
En esta visión, las circunscritas reglas del ajedrez fueron desplazadas y en su lugar se imaginaba esotéricos complots de grandes maestros malignos. En un ensayo de 2002 en The Atlantic Monthly, Rene Chun hacía la crónica del “patético final de juego” del Sr. Fischer. Se informó que él tenía una maleta con llave conteniendo píldoras y remedios caseros:
“Si los comunistas vienen a envenenarme, no les voy a hacer la cosa fácil”, dijo. Hizo que le removieran las curaciones dentales, preocupado por señales secretas y fuerzas controladoras que podrían canalizarse por sus mandíbulas. Los ataques del 11 de Septiembre, dijo, eran “noticias maravillosas”.
¿Qué era todo esto? “Yo no creo en la sicología”, dijo una vez el Sr. Fischer acerca de las competencias de ajedrez. “Yo creo en las buenas jugadas”. Y sí, sin las buenas jugadas nunca habría inspirado el temor en sus oponentes como lo hizo. ¿Y cómo la fe un las buenas jugadas mutó para convertirse en una sicología tan perversa? ¿Hubo alguno conexión entre sus dotes para el ajedrez y sus delusiones ulteriores?
Podría, por supuesto, especularse que sus percepciones estaban afectadas por nunca haber visto a su padre, un físico llamado Fischer, luego de los dos años de edad. Un revelador perfil publicado por la revista Harper’s en 1962 indicaba que la madre del Sr. Fischer, Regina Wender, también tenía otras preocupaciones. La hermana de Bobby la describía como una “profesional defensora de causas”. Bobby había abandonado la secundaria y era un niño maravilla del ajedrez con una reputación mundial mientras, al tiempo del perfil, su madre pasaba ocho meses caminando hacia Moscú en una protesta “pacifista”.
Hace pocos años, el Philadelphia Inquirer, luego de obtener archivos del FBI por la Ley de Libertad de Información, también encontró convincentes evidencias de que el padre de Bobby Fischer no era el nombre que aparecía en la partida de nacimiento, sino un brillante científico húngaro, Paul F. Nemenyi, con quien su madre había tenido una breve relación. Parece que el Sr. Nemenyi pagó el mantenimiento de Bobby, e incluso existe el registro de una queja que presentó a una trabajadora social acerca de la crianza de Bobby. Si tal identificación es exacta, las paradojas del virulento antisemitismo del Sr. Fischer se hacen aún más profundas, puesto que el Sr. Nemenyi, como la Sra. Wender, era judío.
El ajedrez parece también favorecer un rasgo de locura (“Me gusta verlos retorcerse”, proclamaba el Sr. Fischer). Sin embargo, para paranoia y poses, nada se acerca a los encuentros del campeonato de 1972 en Reykiavik. En los últimos años se ha sostenido que la atención prestada a la confrontación entre el Sr. Fischer y el Sr. Spassky tenía poco que ver con la guerra fría. El Sr. Spassky mismo no era un “camarada de la línea correcta”del partido, y el Sr. Fischer, con todas sus idiosincrasias, estaba lejos de serle cómodo al Departamento de Estado de Estados Unidos; además, hacia 1972, tales confrontaciones ya no tenían el poder simbólico que habían tenido durante la era del Sputnik. Sin embargo, no hay duda de que la competencia atrajo su mundial audiencia en parte debido a que presentaba la confrontación de dos ídolos nacionales.
El Sr. Fischer, con sus exigencias de dinero, sus caprichos con las cámaras, las sillas y el horario, podía parecer un ejemplo extremo del individualista norteamericano, mientras el Sr. Spassky, dándole la espalda al público, con su comportamiento sin emociones y el apoyo estatal para este juego nacional ruso detrás de él, parecía la encarnación de la ideología soviética. Los soviéticos también respondieron a las poses egomaníacas del Sr. Fischer con sus propias versiones de vendedores de conspiraciones, sugiriendo que el desempeño del Sr. Spassky estaba siendo deliberadamente saboteado por la alteración, por los americanos, del medio que rodeaba a los jugadores; se tuvo que someter el aire a pruebas y las sillas pasaron por los rayos X.
Hay algo con la locura del Sr. Fischer, sin embargo, que está cercanamente conectado con la naturaleza esencial del ajedrez. El don de la comprensión temprana del ajedrez, la matemática o la música, a menudo también está acompañado de una creciente obsesión por esas actividades, simplemente debido a las maravillas de la conexión y la invención que se abren en la mente joven. El mundo mismo, con sus más desordenadas interacciones humanas, sus complicadas historias, sus conflictos emocionales, puede ser dejado de lado para enfocarse la atención en un intrincado cosmos vinculado.
Quizá deberíamos estar agradecidos de que tales dones sean tan raros, pues si no lo fueran, ¿cuántos de nosotros no preferiríamos permanecer encapullados en estos juegos de abalorios? Al menos en las matemáticas y en la música, también podemos estar agradecidos de que en última instancia, con la llegada de la madurez, el mundo empieza a ponerle constreñimientos al juego abstracto. La música de gran calidad consigue su poder no solamente mediante la manipulación y la abstracción, sino al crear analogías con la experiencia; la música está afectada por la vida y no desvinculada de ella. Las matemáticas también salen adelante contra las exigencias del mundo, a medida que el campo matemático se abre al entendimiento: la compresión temprana es sometida a prueba ante la escala total de lo que ya se ha hecho y lo que aún queda por hacerse.
El ajedrez, sin embargo, solo en este triunvirato, nunca es sometido a prueba ni transformado. La única manera en que el conocimiento experto es probado es en la victoria o la derrota. Y si un jugador es profundamente poderoso, como el Sr. Fischer, la derrota nunca crea un sentido de los límites. Investigar y descubrir un juego, y derrotar a un oponente: eso define el mundo entero.
De modo que cuando viene el momento de mirar el mundo alrededor, podría parecer una vasta extensión del juego, solo que mucho más aterrorizante porque sus estrategias conspirativas no pueden descubrirse en libros de reglas, y sus confrontaciones no pueden ser controladas por torneos formales. Ese era el mundo que Bobby Fischer veía alrededor suyo, a medida que se metamorfoseaba, de jugador campeón del ajedrez mundial, en chiflado de nivel mundial, sin darse cuenta nunca de que inadvertidamente había desbarrado hacia un jaque mate. |