Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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El fenómeno Kahlil Gibran: ¿Profeta?
 
Por Joan Acoccella, originalmente publicado como “Prophet Motive: The Kahlil Gibran phenomenon”, The New Yorker, Enero 7 de 2008 (http://www.newyorker.com/arts/critics/books/2008/01/07/
080107crbo_books_acocella?currentPage=all). Traducido por Alberto Loza Nehmad.
 
Kahlil GibranShakespeare, se nos dice, es el poeta más vendido de todos los tiempos. El segundo es Lao-tzu. El tercero es Kahlil Gibran, quien debe su lugar en esa lista a un libro, El profeta, una colección de veintiséis poemas en prosa dirigidos como sermones por un sabio ficcional de un tiempo y un lugar lejanos. Desde su publicación, en 1923, El profeta ha vendido más de nueve millones de copias solo en su edición estadounidense. Hay escuelas públicas con el nombre de Gibran en Brooklyn y Yonkers. El profeta ha sido recitado en incontables bodas y funerales. Es citado en libros y artículos de instrucción para maestros y sobre la determinación de la responsabilidad penal, y en libros para sobrellevar el embarazo ectópico, los desórdenes del sueño y la noticia de que tu hijo es gay. Las palabras del libro aparecen en la publicidad de consejeros matrimoniales, quiroprácticos, especialistas de las dificultades del aprendizaje y en la de cremas para la cara.
 
En contraste con la fama de su libro más conocido, Kahlil Gibran, autor de El Profeta —el Paulo Coelho de nuestros días, según la autora de este artículo— es un personaje desconocido y hasta considerado misterioso. No importa. Su libro continuará siendo leído a pesar de todo: las delusiones de grandeza de su autor; el desdén de los críticos; el fondo de hipocresía que, según uno de sus biógrafos, habría sido la base de su éxito y la de su final perdición.
El profeta comenzó rápido —agotó su primera edición en un mes— y luego se hizo más rápido, hasta que, en los años sesenta, sus ventas alcanzaron a veces los cinco mil ejemplares a la semana. Era la Biblia de esa década. La popularidad de ese libro, sin embargo, no debería estar a la puerta de los hippies. El profeta fue un éxito mucho antes de los sesenta (hizo buena cantidad de dinero incluso durante la Depresión) y sus ventas después de esa década nunca han sido menos que saludables, un récord tanto más impresionante puesto que ha sido logrado casi enteramente de boca en boca. Aparte de un breve esfuerzo durante los años veinte, El profeta nunca ha sido publicitado. Es de suponer que en honor de esta hazaña comercial, la editorial Everyman’s Library ha publicado Kahlil Gibran: Obras escogidas, con una bonita encuadernación roja y una cinta dorada como marcador de páginas. Aunque la mayoría de la gente conoce a Gibran como el autor de El profeta, él escribió diecisiete libros, nueve en
árabe y ocho en inglésel volumen de Everyman’s contiene doce de ellos.

Sin duda los críticos lo saludarán con la misma indiferencia que ellos siempre le han mostrado a Gibran desde su muerte, en 1931. Incluso su editor, Alfred A. Knopf, lo pasaba por alto. Cuando en 1965 se le preguntó a Knopf cuál era la audiencia de El profeta, respondió que no tenía idea. “Debe ser un culto”, dijo; una respuesta ingrata del hombre para quien por más de cuarenta años El profeta había sido su gallina de los huevos de oro. En 1974, un primo del poeta, también llamado Kahlil Gibran, y su esposa, Jean, publicaron una buena biografía, Kahlil Gibran: Vida y mundo. Luego, en 1988, vino el más indagador Profeta: La vida y los tiempos de Kahlil Gibran, de Robin Waterfield, traductor de literatura griega antigua. No obstante, hasta que apareció el primero de estos libros —esto es, por cuarenta años después de la muerte de Gibran— no había ninguna biografía apropiada de este enormemente influyente autor. Tanto Waterfield como los Gibran culpan de esto al esnobismo, un “cinismo de corazón duro”, pero los hechos que ellos excavaron no fueron tales que mejoraran su reputación.

Parte de la razón de que no hubiera biografías verdaderas es que se conocía poco acerca de la vida de Gibran, y la razón para ellos es que el no quería que ésta se conociera. Un punto que parece firme es que él nació en el Líbano, en una aldea llamada Bsharri, en 1883. En aquel tiempo, Líbano era parte de Siria, que a su vez era parte del Imperio Otomano. Gibran, según él mismo, fue un niño pensativo y emotivo. Desde sus primeros años, dijo, dibujaba constantemente —la pintura fue su primer arte y, por largo tiempo, tan importante para él como la escritura— y él vivía en comunión con la naturaleza. Cuando venía una tormenta, se arrancaba las ropas y salía corriendo hacia el torrente, en éxtasis. Su madre, Kamileh, hizo que los demás dejaran en paz a su extraño niño. “A veces —recordaba después Gibran— ella sonreía a alguien que llegaba y... se ponía el dedo sobre los labios y decía, ‘Silencio. Él no está aquí’”.

El padre de Gibran no era un buen padre de familia. Poseía un campo con nogales, pero no le gustaba trabajarlo. Prefería beber y jugar. Finalmente consiguió un trabajo como recolector de impuestos, pero luego fue arrestado por estafa. Pobre antes, la familia se volvió indigente. En 1895, Kamileh lió paquetes e hijos —Bhutros, Kahlil (entonces de doce años), Marianna y Sultana— y se fue en barco a América. Se establecieron en Boston, en el barrio del Extremo Sur, un escuálido gueto lleno de inmigrantes de varios países (hoy es el barrio chino de Boston). Kamileh, como otros inmigrantes, se hizo vendedora ambulante; es decir, iba de puerta en puerta, vendiendo encajes y ropa blanca de una canasta que llevaba a la espalda. En un año, ella había separado suficiente dinero como para instalar a Bhutros en una tienda de telas. Las dos niñas fueron enviadas a trabajar como costureras; ninguna aprendió jamás a leer ni a escribir. Solo Kahlil fue excusado de llevar pan a la mesa. Fue a la escuela, por primera vez.

Él también se matriculó en una clase de arte en una casa de promoción social [de los asentamientos, settlement house], y a través de su maestro fue enviado donde un hombre llamado Fred Holland Day. En el arte europeo, ese era el período de los decadentes. La teosofía, expuesta por Madame Blavatsky, estaba de loca moda. La gente iba a sesiones espiritistas, se interesaba en las drogas y se burlaba de Occidente y su vil corazón, favoreciendo al más espiritual Oriente. Sobre todo, ellos hicieron del arte una religión. Day, de treinta y dos años de edad y financieramente independiente, era un líder de la avanzada de este movimiento en Boston. Llevaba turbante, fumaba en una pipa de agua de la India y leía a la luz de las velas. Hacía un trabajo serio, no obstante. Él y sus amigos fundaron dos revistas de arte y él fue socio en una casa editora que producía libros exquisitos. Hacia la década de 1890, sin embargo, el principal interés de Day era la fotografía. Particularmente le gustaba fotografiar a hermosos muchachos de origen “exótico”, a veces desnudos, a veces con sus trajes nativos, y a menudo los reclutaba en las calles del Extremo Sur. Cuando Gibran con sus trece años apareció a la puerta de Day, en 1896, se hizo uno de sus modelos. Day fue especialmente ganado por Gibran. Lo hizo su pupilo y asistente y lo introdujo en la literatura del siglo XIX, los poetas románticos y sus herederos simbolistas. Robin Waterfield, en su biografía, dice que este sílabo, con su énfasis sobre el sufrimiento, la profecía y la religión del amor, fue la roca sobre la que Gibran construyó su posterior estilo. De acuerdo a Waterfield, Day también le dio a Gibran sus “pretensiones”. Imagínese qué era para un niño del gueto caminar en este mundo de comodidad y belleza, un mundo, además, donde una persona podía hacer del arte una vida. Afortunadamente, Gibran ya se ajustaba al medio de Day de una pequeña manera: era “oriental”. Day hizo un escándalo acerca de los orígenes de Gibran, lo trató, dice Waterfield, como un “principito del Medio Oriente”. Gibran lucía como tal. Era muy apuesto y también reticente. Más adelante, otro mentor lo declaró un místico, “un joven profeta” (esto fue antes de que él hubiese publicado algo profesionalmente). Y así él empezó a verse de esa manera.

Kamileh y Bhutros no habrían dejado de notar que Kahlil estaba pasando todo el tiempo con gente que él no les había presentado. Pueden haberse preocupado también por la exposición de Gibran al protestantismo —ellos eran cristianos de la secta maronita, aliada de la Iglesia de Roma— y, por cierto, a Day, quien supuestamente era homosexual. En cualquier caso, Gibran, a los quince años de edad, fue despachado a una universidad maronita en Beirut. En sus tres años allá, aparentemente decidió que el podría ser un escritor además de pintor. Él y un compañero de clases fundaron una revista literaria estudiantil, y fue elegido “poeta universitario”. En 1902, sin embargo, retornó al Extremo Sur y a los problemas familiares. Dos semanas antes que desembarcara en Boston, Sultana murió de tuberculosis a la edad de catorce años. El año siguiente, Bhuttro murió también de TBC (entonces era prevaleciente en el Extremo Sur), y luego Kamileh, de cáncer. Waterfield dice que no hay evidencia de que Gibran los llorara por mucho tiempo. Es difícil escaparse al pensamiento de que este ambicioso joven no se incomodó por la pérdida de su familia, habitantes de barriada. Quedó solo un miembro, sin embargo: su hermana Marianna. Ella lo adoraba, le cocinaba sus comidas, le hacía su ropa y mantenía a ambos con sus ganancias del taller de costura. Con todo, Gibran no tomó ningún empleo; el arte era su empleo.

Pronto, él tuvo algo que mostrar. En 1904, Day montó en su estudio una exposición con los dibujos de Gibran. Eran productos de su tiempo, o de un tiempo ligeramente anterior, el de los pintores simbolistas europeos: Puvis de Chavannes, Eugène Carrière, Gustave Moreau. A menudo, en el primer plano, uno veía una suerte de apiñada humanidad sin rostro, mientras en el trasfondo estaba suspendido un Poder Mayor: un ángel, quizá, o solo una suerte de miasma lácteo, que sugería misterio y el alma.

Gibran comenzó a publicar también sus escritos: colecciones de cuentos y poemas, parábolas y aforismos. Había estado muy expuesto a los problemas políticos del Líbano: las guerras entre sectas religiosas, los sufrimientos de los pobres a manos de un clero corrupto y de los distantes amos turcos. La rabia contra ello y también la piedad —ya sea por los campesinos libaneses o, muy a menudo, por él mismo— fueron los principales temas de sus primeros escritos. Estos fueron publicados en árabe y le ganaron gran admiración entre la comunidad árabe-estadounidense. No solo estaba defendiendo a su patria; él también “la estaba haciendo” en América; y en el arte, no con las telas.

Él disfrutaba esto pero quería una audiencia más grande, y pronto encontró a la persona que haría posible eso. Mary Haskell, la directora de una escuela para niñas en Boston, era una Nueva Mujer. Creía en las caminatas largas, las duchas frías y en la política progresista. Su escuela desdeñaba el latín y el griego; enseñaba anatomía y acontecimientos actuales en lugar de ellos. Antes de que Gibran se acercara a Haskell, en 1908, él tenía experiencia en hacer amistad con mujeres mayores que podrían serle útiles. Haskell, también, era mayor en nueve años (también era más alta. Gibran medía un metro cincuenta y nueve, una fuente de pesar para él durante toda su vida). Ella no era rica, pero por un cuidadoso ahorro —el cocinero de la escuela, quien también tenía algunos patrones ricos, les sacaba a escondidas de sus cocinas algunas comidas para ella— consiguió separar suficiente dinero para mantener cierta cantidad de causas meritorias: un muchacho inmigrante griego que necesitaba pagar la pensión de su internado, y otro muchacho griego, en Harvard. Entonces conoció a Gibran, quien sería su proyecto más costoso.

Al inicio, la mayor benevolencia de ella hacia él fue simplemente financiera; ella le daba dinero, ella pagaba su alquiler. En 1908 lo envió a París por un año para estudiar pintura. Antes de que él viajara, ellos eran “solo amigos”, pero una vez que estuvieron separados, la conversación de amigos se convirtió en cartas de amor, y cuando Gibran regresó a Boston, se comprometieron. Claramente se acordó, sin embargo, que no se casarían hasta que él sintiera que se había establecido, y en cierto modo este momento nunca llegó. Finalmente, Haskell le ofreció ser su amante. Él no estaba interesado. En un penoso pasaje de su diario, Haskell escribe cómo, una noche, él le dijo que ella lucía delgada. Con el pretexto de mostrarle de que realmente tenía abundantes carnes, ella se quitó la ropa y quedó desnuda, de pie, ante él. Él besó uno de sus pechos y eso fue todo. Ella se vistió nuevamente. Sabía que él había tenido aventuras con otras mujeres, pero él afirmó no estar “sexualmente interesado” y, además, que lo que ella extrañaba de la relación realmente estaba presente. Cuando ellos estaban separados, dijo él, ellos estaban juntos. No necesitaban tener “relaciones sexuales”; toda su amistad era “unas relaciones sexuales continuas”. Más que el sexo o el matrimonio, parece, lo que Haskell quería de Gibran era simplemente ser reconocida como la mujer de su vida. Como ella dijo en su diario, ella quería que la gente “supiera que él me amaba porque era el más grande honor que tuve y quería que me lo reconocieran— quería la fama de su amor por mí”. Pero él no la presentaba a sus amigos. “¡Pobre Mary!”, dice Waterfield. Amén a eso.

Después, Gibran les dijo a los periodistas muchas mentiras acerca de su niñez y, de acuerdo a la biografía de los Gibran, parece que primero él las probó con Haskell. Él era de noble cuna, decía. La familia de su padre tenía un palacio en Bsharri donde tenían tigres como mascotas. La familia de su madre era la más rica del Líbano. Ellos poseían inmensas propiedades, “pueblos enteros”. Él, como un joven aristócrata, había sido educado en casa, por tutores ingleses, franceses y alemanes.

Él estaba seguro de que un gran destino le esperaba. Ella creía en esto incluso más que él y al inicio, la adulación de ella fue probablemente tan importante para él como su dinero. “¡Oh, glorioso Kahlil! —escribió ella en su diario— espíritu eterno, trascendente”. Cuando él le leía uno de sus primeros libros, ella escribió que “lo invisible” se congregaba densamente alrededor de ella, “luces y sonidos venían de tiempos y espacios tan remotos, que del centro a la circunferencia yo temblaba por la excesiva fuerza vital”; una notable respuesta, en vista del hecho de que el libro estaba en árabe, idioma que ella entonces no entendía. Ella registraba las extraordinarias experiencias que él le decía haber tenido. Por ejemplo, él había intuido la teoría de la relatividad antes que Einstein; solo que no la había escrito. Miles de veces, él dijo, había sido absorbido en el aire como rocío, y “elevado hacia las nubes, caía entonces como lluvia... También he sido una roca, pero soy una persona más aérea”.

No sabemos cuánto de esto creía Haskell. Además, a pesar de lo divino que ella le veía, ella era directora de una escuela e intentó educarlo. Con el pretexto de pasar una simpática velada literaria juntos, ella le hacía leerle los clásicos, exactamente como Fred Holland Day lo había hecho, y por la misma razón: para mejorar su inglés. Él se benefició de esto, y por supuesto se resintió, como se resintió por la cantidad de dinero que había tomado de ella —hacia 1913, después de cinco años de relaciones, esta cantidad llegó a $7,440, equivalente a casi ciento cincuenta mil dólares de hoy— pero no le dijo que dejara de extenderle los cheques.

Poco después de que Gibran se “comprometiera” con Haskell, él le dijo que estaba dejando la ciudad. Boston era un lugar atrasado. New York era donde estaba la acción. Claramente, también tenía otro propósito: alejarse de Haskell. También necesitaba deshacerse de Marianna. Si él iba a convertirse en un artista importante, ¿cómo iba a explicar que vivía con esta mujer analfabeta que lo seguía por la casa con un trapeador? Así, en 1911, arrojando a las dos mujeres que lo habían mantenido durante su primer período, Gibran se mudó a New York, y a su período intermedio. Encontró un apartamento de una sola pieza en un complejo habitacional de artistas en la Calle Décima Oeste No. 51. Haskell pagaba el alquiler, por supuesto.

Tras unos pocos años en New York durante los cuales publicó dos libros más en árabe, Gibran tomó una decisión seria: iba a comenzar a escribir en inglés. Para esto, necesitaba la ayuda de Haskell y ella corrió a dársela. Cuando ellos estaban separados, él le enviaba sus manuscritos, y ella enviaba las correcciones de vuelta. Cuando estaban juntos —ella lo visitaba con frecuencia (dormía en otro lugar)— él le dictaba su trabajo. Ella escribió en su diario que si en ese proceso “llegamos a una parte que cuestiono, nos detenemos aquí y allá”. ¿Quién resolvía la cuestión? No lo sabemos. Ella decía que “él siempre daba todas las grandes ideas y a veces yo simplemente encontraba las frases”. Encontrar las frases, sin embargo, es una gran parte del escribir. Para la primera publicación de Gibran en inglés, un poema breve, Haskell le envió siete páginas de correcciones propuestas. Probablemente ella hizo también considerables cambios en sus trabajos ulteriores. Orgullosa de este responsable rol en la vida de él, ella renunció a mayores expectativas. En 1926, sin objeciones de Gibran, se casó con un pariente rico. Por las noches, sin embargo, después de que su esposo se fuera a la cama, ella trabajaba en los manuscritos de Gibran. Hasta que él murió, ella le corrigió todos sus libros en inglés. Con el tercero de ellos, El profeta, él encontró una mina de oro.

¿Qué hizo tan fantásticamente exitoso a El profeta? Al comienzo del libro se nos dice que Almustafá, un santo, ha estado viviendo en el exilio, en una ciudad llamada Orfalese, por doce años (cuando se publicó El profeta, Gibran había estado viviendo en New York, en “exilio” del Líbano, por doce años). Entonces, un barco viene a llevarlo de vuelta a la isla de su nacimiento. Entristecida por su partida, la gente se congrega rodeándolo y le pide sus últimas palabras de sabiduría, sobre el amor, el regocijo y el pesar, y así por el estilo. Él acepta, y sus elucubraciones sobre estos temas ocupan la mayor parte del libro. El consejo de Almustafá no es malo: el amor comprende el sufrimiento; los niños deberían gozar de independencia. ¿Quién en estos días diría otra cosa? Más que la sensatez de su consejo, sin embargo, el mero hecho de que El profeta fuera un libro de consejos o, más precisamente, “literatura inspiradora”, probablemente le aseguró desde el inicio una lectoría considerable. La contraparte actual de Gibran es el sabio brasileño Paulo Coelho, y sus libros han vendido casi cien millones de ejemplares.

Claro, ahí está la placentera ambigüedad de los consejos de Almustafá. A la manera de horóscopos, las declaraciones son tan ampliamente aplicables (“tu creatividad”, “tus problemas familiares”) que casi todos podrían pensar que están dirigidas a ellos. A veces, la vaguedad de Almustafá es tal que uno no se puede figurar qué significa. Si se mira de cerca, sin embargo, se verá que la mayor parte del tiempo él está diciendo algo específico, a saber, que todo es algo más. La libertad es esclavitud; despertarse es soñar; la creencia es duda; el goce es dolor; la muerte es vida. Así, cualquiera sea la cosa que uno haga, uno no necesita preocuparse, pues uno está realmente haciendo lo opuesto. Tales paradojas, que Gibran había usado por años para mantener a Haskell fuera de su cama, se convirtieron entonces en su artefacto literario favorito. Ellas atraen no solo por su aparente corrección de lo comúnmente aceptado sino también por su poder hipnótico, su negación de los procesos racionales.

Además, el libro suena religioso, lo que es, en cierta forma. Gibran estaba familiarizado con los libros sagrados budistas y musulmanes, y por sobre todo con la Biblia, en las traducciones árabe y King James (esas paradojas suyas vienen en parte del Sermón de la Montaña). En El profeta, él las licuó todas consiguiendo una sopa tibia, suave, interconfesional, que era perfecta para los lectores del siglo XX, muchos de los cuales echaban de menos las comodidades de la religión pero sin querer jurar lealtad a ninguna iglesia y mucho menos a cualquier deidad que hubiera dejado algún escrito de cómo quería que la gente se comportara. No sorprende que cuando esas dos tendencias —el antiautoritarismo y la nostalgia por la santidad— se juntaron y produjeron los años sesenta, las ventas de El profeta alcanzaron un clímax. Tampoco el espíritu de los sesenta se ha ido de nuestro mundo. Supervive en el movimiento de la Nueva Era, del que Gibran fue partero, y ese mercado podría ser el que Everyman’s tuvo en mente cuando decidió publicar la nueva colección.

Además, El profeta es reconfortante. Gibran le dijo a Haskell que todo el significado del libro era: “Eres más grande de lo que crees; y Todo está bien”. Para la gente que está en dudas o problemas, esas son buenas noticias. Se informa que el libro es popular en las prisiones. Finalmente, El profeta es breve —noventa y seis páginas en su edición original, con márgenes por los que se podría conducir un camión—, un argumento de ventas que no se debe desechar. Y, dado que el texto tiene pequeñas secciones separables, uno lo puede hacer incluso más corto probando aquí y allá, como alguna gente lo hace con la Biblia. Mi sospecha es que muchísimos de sus hinchas no lo han leído de principio a fin.

Hay un mejor libro de Gibran, Jesús, el Hijo del Hombre, que fue publicado cinco años después de El profeta. Este es su segundo libro más popular, pero muy en segundo lugar. Eso, sin duda, es debido a que carece que esa calidad algo-para-todos de su predecesor. Jesús es acerca de Jesús. Además, no es un libro de consejo o consuelo. Es una suerte de novela, una colección de setenta y nueva declaraciones de gente que recuerda a Cristo. Algunos de quienes hablan nos son conocidos —Poncio Pilatos, María Magdalena—, pero otros son invenciones: un pastor libanés, un boticario griego. Todos ellos hablan como si estuvieran siendo entrevistados.
Aunque Gibran pensaba de sí como un admirador de todas las religiones, tenía una obsesión con Jesús. Le dijo a Haskell que Jesús se le aparecía en sueños. Los dos comían berros juntos, y Jesús le decía cosas especiales, por ejemplo, parábolas que no llegaron a entrar a los evangelios. En ciertas ocasiones, Gibran claramente se veía como Jesús, y fue esto lo que inspiró su nada sabia decisión, en Jesús el Hijo del Hombre, de reescribir largas secciones de la Biblia, por ejemplo, el Padre Nuestro: “Padre nuestro en la tierra y en los cielos, sagrado es Tu nombre. Hágase tu voluntad con nosotros, incluso en el espacio”.

Gran parte del libro trasciende tales disparates, sin embargo. Gibran alguna vez había esperado ser un dramaturgo, y “Jesús” muestra un don para la creación de personajes y para la “voz” —una insistencia, por el momento, en el punto de vista de quien habla— que salva al libro de su habitual vacuidad. También, a pesar de lo mucho que se imaginara como Jesús, solo en este libro deja de lado el tono de oráculo que es tan opresivo en el resto de su trabajo. Cierta cantidad de los declarantes tiene quejas de Jesús. Se le permite a Judas justificar su crimen: “Pensé que Él me había escogido como capitán de Sus carruajes, y como jefe de Sus guerreros”. A la desventurada madre de Judas se le da un digno y conmovedor discurso: “Te ruego que no me preguntes más por mi hijo. Lo amé y lo amaré por siempre. Si el amor estuviera en la carne lo quemaría con hierros candentes y estaría en paz. Pero está en el alma, inalcanzable. Y no hablaré más. Ve y pregunta a otra mujer más respetada que la madre de Judas. Ve donde la madre de Jesús”. Duras palabras.

En contraste con El Profeta, que mereció pocas y tibias reseñas, Jesús el Hijo del Hombre fue elogiado por los críticos, pero estos eran en su mayor parte críticos periodísticos. Aunque al inicio las revistas literarias le prestaron alguna atención a Gibran, finalmente lo abandonaron. No sorprende. Sus principales características —idealismo, vaguedad, sentimentalismo— eran exactamente aquello de lo que escapaban los jóvenes escritores de los años veinte. Consiguientemente, él no fue parte de los círculos de los mejores artistas de Manhattan. Rara vez aparece en las memorias literarias del período. Edmund Wilson, en su diario de los años veinte, dice que “Gibran el persa” estuvo en una cena a la que fue uno de sus amigos. Esa es la única mención que se le hace.

No obstante, si los artistas de ese tiempo estaban arrojando de sí el idealismo y el sentimiento, la gente común y corriente no lo hacía. Ellos querían escuchar acerca de su alma y Sinclair Lewis no les estaba haciendo el favor. De ahí la popularidad de El profeta entre el público general. Después de su publicación, Gibran recibía bolsas con correo de sus admiradores. También fue asediado por visitantes, en su mayoría mujeres. Curiosamente, en vista de su hambre de fama, él no disfrutaba de esas atenciones. Se dedicó a pasar varios meses del año en Boston con Marianna y, aunque entonces ya estaba haciendo dinero, no cambió su modo de vida ni su departamento. Permaneció en su estudio, de una sola habitación, hasta el final de su vida; evidentemente, su simplicidad monástica le complacía. Lo llamaba La Ermita y lo iluminaba con velas.

Su tendencia a la reclusión se incrementó a medida que su producción decrecía. Después de Jesús, el Hijo del Hombre, estaba más o menos agotado. Produjo dos libros más en inglés, pero se trataba de dos cositas cansadas, y los reseñadores así lo dijeron. Cuando Gibran estuvo en París, conoció a Rodin y después afirmaba que el famoso viejo escultor lo había llamado “el William Blake del siglo XX”. Este tributo probablemente fue manufactura de Gibran, no de Rodin, pero le gustó a la gente de la editorial Knopf, de modo que fue proclamada en los volantes publicitarios de Gibran (Rodin no podía protestar; estaba muerto). Después de El profeta, los críticos, ya fastidiados por la popularidad del libro, le devolvieron con desdén la frase a Gibran. “¿Blake?”, preguntaron.

Hacia los cuarenta años de edad, Gibran era un hombre enfermo. Por largo tiempo se había quejado de un mal periódico, que él llamaba gripe. Entonces decidió que la enfermedad no estaba en su cuerpo sino en su alma. Había un gran libro dentro de él, mayor que El Profeta, pero que él no podía sacar fuera. Tenía otra dificultad: el alcoholismo, una situación que pudo haber desarrollado poco después de que El Profeta fuera publicado, o mientras lo escribía. Robin Waterfield piensa que el problema básico de Gibran puede haber sido un sentimiento de hipocresía, puesto que su vida contradecía su pose como hombre santo. En sus últimos años permaneció encerrado en su departamento, recibiendo ocasionalmente a un visitante de nota pero en su mayor parte bebiendo arak, un licor sirio que Marianna le enviaba, supuestamente por galones. Por la primavera de 1931 estaba ya postrado en cama, y una mañana la mujer que le llevaba el desayuno decidió que su condición era peligrosa. Gibran fue llevado al Hospital de San Vicente, donde murió más tarde el mismo día. La causa de la muerte fue registrada como “cirrosis del hígado con tuberculosis incipiente”. Waterfield informa que los admiradores de Gibran han enfatizado grandemente la tuberculosis por sobre la cirrosis. “Nada incipiente mata a la gente”, objeta. Su especulación parece ser que Gibran bebió hasta morir por un sentido de fraudulencia y fracaso.

Siguió una comedia de humor negro. Después de multitudinarios servicios funerales en New York y Boston, Marianna llevó el cuerpo para ser sepultado en el Líbano, como Gibran hubiese querido. En Beirut, se abrió el ataúd y el ministerio de educación puso una medalla sobre el pecho de Gibran. Entonces inició un viaje de ochenta millas hacia Bsharri, con una guardia de honor de trescientos. El camino estaba cubierto de gente del pueblo, Jean y Kahlil Gibran informan en su biografía: “Jóvenes con ropas nativas blandían espadas y mujeres danzantes echaban flores y perfumes sobre el carruaje”.

El testamento de Gibran mandaba que se le diera a Marianna su dinero, a Haskell sus manuscritos y pinturas; y al pueblo de Bsharri todas las regalías estadounidenses de los libros que publicó en su vida. Esta última provisión produjo tantas dificultades que fue citada en un texto educativo estadounidense sobre la ley de derecho de autor. ¿Quién, entre la gente de Bsharri, iba a decidir cómo se distribuiría el dinero? Gibran había dicho que se debería gastar en buenas causas. Para evaluarlas, se estableció un comité administrativo con miembros de cada una de las principales familias del pueblo, pero esto creó más problemas. “Las familias se dividieron en el clamor de ganar un puesto en el comité”, informó Time. “Las antiguas disputas familiares se enfurecieron y resultaron al menos en dos muertes”. Mientras, los fondos iban desapareciendo. La situación se convirtió en tal escándalo que en 1967 Knopf comenzó a retener las regalías, que en ese momento alcanzaban los trescientos mil dólares anuales. Finalmente Marianna enjuició a Bsharri para ganar el control del derecho de autor; la decisión judicial favoreció a los habitantes del pueblo, aunque, en el proceso, su legado fue considerablemente reducido porque los honorarios que el abogado libanés-norteamericano había negociado con ellos eran un asombroso veinticinco por ciento de las regalías futuras. Luego, los bsharrianenses enjuiciaron al abogado, y perdieron.

Al final, el gobierno libanés intervino y, según se sabe, puso en orden las posesiones de Gibran. Su ataúd reposa en un monasterio consagrado —Mar Sarkis, en Bsharri— que él escogió para ese propósito. Robin Waterfield lo ha visitado. Dice que encontró una grieta en el ataúd y que, cuando vio a su interior, pudo ver el otro lado del mismo; en otras palabras, el cuerpo había desaparecido. Esto parece una conclusión adecuada, aunque triste. Como decía la madre de Gibran: “Silencio. Él no está aquí”.