Michigan. Cinco meses después, en diciembre de 2004, la compañía anunció oficialmente el proyecto “Google Print for Libraries” (después de que este esfuerzo se topara con dificultades y recibiera alguna mala prensa, fue rebautizado como “Google Book Search”). Google entró en sociedad con cinco grandes bibliotecas —de las universidades de Michigan, Stanford, Harvard, la Bodleian de Oxford y la Biblioteca Pública de New York— con el intento de escanear las páginas de 15 millones de volúmenes. Estos libros digitales estarían almacenados e indexados en una base de datos de Google, quien los haría disponibles, gratis, al público.
El alcance ha cambiado en los años que siguieron. Inicialmente, Google planeaba escanear los 15 millones de libros en seis años. La proyección fue elevada a más de 20 millones de libros, y recientemente The New Yorker informó que ahora Google está apuntando a escanear al menos 32 millones de libros, superando el número de títulos de la más grande base de datos bibliográfica, WorldCat. Google espera terminar dentro de diez años. Como un fanático de Google dijo a Jeffrey Toobin del New Yorker, “Pienso en Google Books como en nuestro cohete a la luna”.
Está por verse cuán realista sea esta meta. Google no divulga cuántos libros está escaneando actualmente ni cuántos títulos ya están en su base de datos, que salió en vivo para el público en mayo de 2005 en books.google.com. Para tener un sentido muy grueso de las cosas, la biblioteca de la Universidad de Michigan tiene 7 millones de volúmenes y Google estima que los habrá anexado todos hacia 2013, notándose que está escaneando decenas de miles de libros cada semana. Google no revela cómo escanea los libros. En cuanto al costo, esto también está celosamente guardado por Google. En un negocio similar, Microsoft está gastando US $2.5 millones de dólares para escanear 100,000 libros; si se fueran a mantener tales escalas, Google podría gastar tanto como US $800 millones.
Google también ha expandido su lista de bibliotecas socias, hasta incluir 13 bibliotecas adicionales, que van desde la Biblioteca del Estado de Bavaria hasta la de la Universidad de Virginia. La mayoría de los acuerdos son privados, de modo que no está claro qué es lo que las instituciones participantes obtienen del trato, además de copias digitales de libros que ellas ya poseen. Para Google, la ventaja potencial debe ser enorme: el movimiento de ebooks de hace unos pocos años fracasó, pero el Santo Grial del movimiento de las bibliotecas digitales permanece siendo un masivo archivo de libros, todos sujetos a búsquedas, y que puedan ser accesibles desde cualquier parte del planeta. Ya una compañía llamada OnDemandBooks ha creado una máquina llamada “Expresso”, que puede tomar el texto digital de un libro, imprimirlo y encuadernarlo en rústica en cerca de cuatro minutos. La promesa comercial —y lo francamente bacán— de la tarea de Google aturde la mente, razón por la que muchas versiones recientes acerca del proyecto, desde la de Toobin hasta la de Jason Epstein en The New York Review of Books, pasando por la de Michael Hirschhorn de Atlantic, vibran de ansiedad y sofisticada emoción.
No todo el mundo está emocionado, sin embargo. En tanto clase, los usuarios parecen poco impresionados por el producto mismo, y bromean en sus blogs acerca de los escaneos de las páginas, los títulos incluidos y sobre los extraños resultados que aparecen en respuesta a las búsquedas. El interfaz de la ventana de lectura de Google es poco manejable: es difícil navegar por los libros; lo que puede leerse está lleno de límites pobremente explicados; y los mensajes de “página no disponible” aparecen a menudo en medio de los libros. Algunos libros son presentados sin avisos comerciales. Otros tienen avisos insertos en la ventana de exploración, los que parecen correr en base a un algoritmo de palabras claves similares al servicio Ad Words de Google. La entrada sobre Mark Twain para Life on the Mississippi, por ejemplo, lleva avisos publicitarios de viajes turísticos por el río Mississippi y de un tomo de las obras completas de Twain.
No todos están contentos, tampoco, con la idea de la biblioteca en web de Google. Solo tres días después de que Google anunciara el proyecto, el presidente de la American Library Association (Asociación de Bibliotecas Americanas, ALA), usó las páginas de Los Angeles Times para proclamar el valor superior de las bibliotecas de ladrillo y cemento, y advertir sobre la irracional exhuberancia de Google: “La última versión de la alharaca de Google, sin duda, se unirá a las fracasadas ideas tipo ‘De vuelta al futuro’, como ir en helicópteros personales al trabajo o llevar la Biblioteca del Congreso en microfilm en un cartapacio, por la sencilla razón de que esas fueron soluciones en búsqueda de un problema”.
También han aparecido los competidores. Amazon.com ha escaneado cientos de miles de libros a los que se puede acceder en su website, y el mes pasado introdujo su versión de ebook, llamada “Kindle”. Hasta ahora, ha hecho disponibles 90,000 libros para su compra y descarga. En 2005, Microsoft y la Fundación Alfred P. Sloan formaron Open Content Alliance, en conjunción con instituciones tales como la Biblioteca Pública de Boston y la Universidad Jonhs Hopkins. El principal competidor de Google en el negocio de los motores de búsqueda, Yahoo!, ofrece el servicio de alojamiento web para Open Content Alliance. La casa editora HarperCollins anunció que escanearía 20,000 de sus títulos y ofrecería los textos a todos los motores de búsqueda, gratis.
En una escala mucho más grande, los gobiernos de China e India se unieron con la Biblioteca de Alejandría y ocho universidades de EEUU en un “Proyecto del Millón de Libros”. Ellos se están moviendo agresivamente. China tiene 18 centros de digitalización funcionando, India tiene 22. Parte de este consorcio, la “Universal Library” de Carnegie Mellon, ya tiene cerca de 500,000 libros digitalizados.
En Europa, la reacción ante Google fue sorprendente. Jean-Noël Jeanneney, presidente de la Biblioteca Nacional de Francia, escribió un artículo de opinión que se convirtió en un libro, Google and the Myth of Universal Knowledge [Google y el mito del conocimiento universal]. Este atacaba el proyecto de biblioteca de Google principalmente como una muestra del imperialismo cultural anglosajón. El libro de Jeanneney, que ha sido traducido a varios idiomas y se ha vendido con rapidez, está lleno de clichés irritantemente franceses. El autor se lamenta por el affaire Monica Lewinsky y sacude la cabeza desconcertado por la reelección de George W. Bush. En un momento se preocupa de que “el inglés... si no es contenido, se hará cada vez más dominante” debido a proyectos como Google Book Search. Sin embargo, sí logró impulsar a algunos europeos para que tomaran seriamente a Google. El ministerio francés de cultura ha comprometido a cerca de 30 bibliotecas para su propio proyecto digital. Los gobiernos europeos incluso están contemplando la creación de un motor de búsqueda de propiedad estatal —el proyecto en embrión es llamado “Quaero”— con miras a competir con Google. El modelo que Jeanneney cita para este esfuerzo es Airbus.
Y también están las demandas judiciales. La Biblioteca Google [Google Library] está compuesta de dos vías diferentes, el “Proyecto Socio” [Partner Program] (originalmente llamado el Publisher Program–Programa Editor) y el “Proyecto Biblioteca” [Library Project]. Bajo el Proyecto Socio, los autores y editores pueden ofrecer voluntariamente sus trabajos para su inclusión en la base de datos de Google. En retribución, a ellos se les da una porción de los ingresos que Google genera por los avisos que aparecen en las páginas web que muestren sus libros. Cierto número de autores y de grandes editores se han unido a esto, incluidos Simon & Schuster, Penguin, y McGraw-Hill. Los libros escaneados bajo el Proyecto Socio no darán a los visitantes acceso al texto completo, sino a unas pocas páginas hacia cualquier lado del resultado de la búsqueda.
El problema legal está en el Proyecto Biblioteca. Los derechos de autor tienen sus fundamentos en la ley inglesa y la Ley de Licencias de 1662. Los decrecientes costos de impresión habían creado una rampante piratería de libros en Inglaterra. Preocupado de que tal comportamiento pudiera mellar la creatividad y dañar el negocio de los libros, Carlos II estableció un registro de libros con licencia para proteger a los autores y editores. Cien años después, el derecho de autor [copyright] era el único derecho que los Padres Fundadores [de los Estados Unidos] consideraron lo suficientemente importante como para ser explícitamente reconocido en la Constitución misma. En los años venideros, éste ha evolucionado algo. Actualmente, los trabajos publicados antes de 1923 generalmente pertenecen al dominio público. Hay excepciones y complejidades, pero los trabajos publicados después de 1978 están protegidos por el derecho de autor por 70 años a partir de la muerte del autor. En cuando a los trabajos publicados entre 1923 y 1978, a éstos se les dio una protección original de derecho de autor de 28 años a partir de su primera publicación y de otros 67 años de protección luego de la renovación de los derechos. ¿Lo entendió?
Y aquí está el dilema de Google: los libros que ya no tienen derecho de autor son cerca de un sexto de todos sus títulos. La mayoría de los libros —75 por ciento de ellos— tienen derecho de autor pero ya no se hallan en venta. Solo cerca del 10 por ciento de todos los libros cuentan con derecho de autor y se hallan disponibles en venta. Google ha decidido sortear este problema de la protección del derecho de autor simplemente ignorándolo: siguiendo adelante escaneando los libros sin considerar el estado de su derecho de autor. Si un libro está en el dominio público, su texto completo es desplegado para los usuarios, pero si el libro está protegido, entonces Google muestra a los usuarios solo un “snippet” [fragmento] del texto que rodea al resultado de la búsqueda. Es relevante notar que “snippet” es una palabra de Google e, intencionalmente, no es un término legal; cuánto del texto se despliegue queda enteramente a la discreción de Google.
Preocupados por esta imposición del derecho de autor, los autores y editores empezaron a quejarse ante Google a mediados de 2005. Ese agosto, Google anunció que suspendería por tres meses el escaneo de los trabajos con derecho de autor, para poder permitir a quienes tuvieran el derecho de autor el “excluirse voluntariamente” del programa y mantener sus trabajos fuera de la base de datos. Un mes después, el Gremio de Autores presentó una demanda en el Segundo Circuito Judicial de New York por vulneración del derecho de autor, un mes después, un grupo de editores presentó una demanda separada basada en lo mismo.
Muchos de los editores que son parte de esta demanda estaban también, coincidentemente, trabajando con Google bajo el Programa Socio. Los editores solo están buscando impedir que Google escanee libros sin permiso explícito; el Gremio de Autores busca, además, una compensación por daños. Como Paul Aiken, representante del Gremio, dijo a The New Yorker, “Google está haciendo algo que probablemente sea muy beneficioso para ellos y deberían pagar por ello. No es suficiente decir que eso ayudará a las ventas de algunos libros. Si usted hace una película basándose en un libro, eso puede estimular las ventas, pero eso no significa que no se obtenga la licencia del libro”. Ambos casos siguen lentamente su camino por las cortes.
Google tiene, como ellos dicen, todos los enemigos precisos. Toda vez que la Asociación de Bibliotecas de EEUU (ALA), Microsoft, Francia, un gremio comercial y un grupo de abogados litigantes estén en fila en un lado de la discusión, el otro lado va a lucir extremadamente atractivo. Y hay un seductor atractivo en la idea de Google Book Search, en el sueño de tener millones de libros al alcance de las yemas de los dedos. No obstante, hay aspectos del proyecto que nos deberían hacer reflexionar.
La obsesión de Google con lo secreto, como la de Wal-Mart, no genera confianza ni en sus prácticas ni en sus argumentos. Con todo lo tonta que es la mayor parte de la filípica de Jean-Noël Jeanneney contra Google, es fácil ver por qué un buscador de libros sin transparencia ya sea en su conjunto de datos como en su algoritmo de búsqueda, sería sospechoso y no obviamente objetivo. Page y Brin, admitieron eso en el artículo de investigación que se convirtió en la fundación de Google, “Anatomía de un motor de búsqueda hipertextual en Web de gran escala”. Ellos escribieron:
Las metas del modelo de negocios de publicidad no siempre corresponden con el brindar una búsqueda de calidad a los usuarios... Por este tipo de razón y de experiencia con otros medios, esperamos que los motores de búsqueda financiados con publicidad serán inherentemente sesgados hacia los auspiciadores y contra las necesidades de los consumidores.
La competencia en el libre mercado debería disminuir esta preocupación, por supuesto. Y, como previamente se mencionó, se ha materializado cierto número de competidores de Google. Sin embargo, la principal ventaja de Google es que sus competidores han seguido la letra de la ley de propiedad intelectual y no han escaneado materiales sin el expreso permiso de los dueños. La disposición de Google a despreciar la ley es la fuente actual de su ventaja competitiva.
Para defender esta ventaja, Google ha adaptado una defensa legal dirigida directamente a la ley de derecho de autor. La defensa tiene varias puntas, pero los dos aspectos más sorprendentes se relacionan con el establecimiento de la opción de exclusión voluntaria para los dueños del derecho de autor y con el alegato de Google sobre la naturaleza transformativa de Book Search. De una manera fundamental, cada una de esas puntas desafía la comprensión actual del derecho de autor.
Google mantiene que al dar a los dueños del derecho de autor la oportunidad de excluirse del programa, Google ha tenido y llevado a cabo una debida diligencia con respecto al derecho de autor. Esto pone a la ley tradicional —que estipula que alguien que quiera usar material que está sujeto a derecho de autor, debe buscar y recibir un permiso afirmativo— de cabeza. Con todo, Google ha encontrado un débil precedente en el caso Field contra Google, de 2006.
Blake Field demandó a Google por copiar y almacenar 51 trabajos de su website. La corte decidió en favor de Google, citando en particular la facilidad de la opción de exclusión voluntaria de Google, pero la decisión se basó en parte en argumentos dudosos. La corte dijo que Field había “invitado” a las arañas de Google —robots web que rastrean por Internet catalogando e indexando páginas para un motor de búsqueda— al no incluir un código en su website que las desalentara. En otras palabras, al no decirle a Google que se mantuviera fuera, Field estaba pidiendo que se violara su derecho de autor. Es la versión para la propiedad intelectual de “Ella estaba con un vestido rojo en el bar un sábado por la noche y...”.
En otra parte de la decisión, la corte determinó que los trabajos de Field cabían solo en un dedal ante los millones que Google había copiado y, presumiblemente, Google también había almacenado muchos de ellos sin permiso. El mero volumen de lo copiado le ofrece a Google una protección, puesto que ninguna entrada individual destaca en el mar. La violación de un derecho de autor es un delito, la violación de 20 millones es una estadística. Hay una evidente debilidad en el que Google cite este argumento legal: en el relativamente cerrado sistema de Google Book Search, la mayoría de las entradas probablemente representarán trabajos protegidos usados sin permiso. En la decisión del caso Field, además, la corte se esforzó en subrayar el hecho de que los trabajos fueron copiados por arañas automáticas y que “no había ninguna evidencia de ningún mercado para los trabajos de Field”. Ninguno de los dos casos es cierto en el caso del proyecto de escaneo de libros.
Internet se ha convertido, como la imprenta del siglo XVII, en incapaz de observar el derecho de autor. De la misma manera en que la imprenta alentaba la producción en masa de libros, revistas y periódicos, Internet pide a gritos la distribución de toda información, desde las entradas de blogs hasta libros, pasando por fotos. Y a medida que distribuye toda esta información, ejerce una fuerza niveladora que disminuye el valor de todo lo que toca. No hay razón para que Internet, a diferencia de la imprenta que la precedió, deba estar exenta de las mismas protecciones del valor creativo. No obstante, eso es lo que la defensa de Google lograría.
Si la protección del derecho de autor es cambiada para que deba ser invocada explícitamente —lo que precisamente establece la política de exclusión voluntaria de Google—, esta protección pasará a ser responsabilidad de quienes tienen el derecho de autor. Ellos tendrán que encontrar y pedir a todos quienes usen sus trabajos que cesen y desistan. Jonathan Band, profesor de derecho de la Universidad de Georgetown, desecha esta preocupación en el curso de una defensa medida, fascinante, de Google en la revista Plagiary. Band escribe “Como cuestión práctica... solo un pequeño número de empresas de motores de búsqueda tienen los recursos para acometer programas de digitalización de la escala del Proyecto Biblioteca de Google”. Pero es un argumento extraño: mientras solo sea Google quien infrinja el derecho de autor, entonces debería permitírsele hacerlo, porque excluirse voluntariamente será una responsabilidad [del dueño del derecho de autor] solo si a todos los demás también se les permite infringir el derecho de autor.
El segundo y más grande aspecto de la defensa de Google es que Google Book Search es un “trabajo transformativo”, lo que debería satisfacer el requisito del uso apropiado del material previamente sujeto a derechos de autor. Podría parecer obvio que crear un índice de trabajos protegidos —índice cuyo valor y ventaja primarios están en el número de trabajos presentes en el conjunto— y simplemente permitir a los usuarios buscar en él, no es “transformativo”. Google Book Search es, de manera importante, similar a Lexis-Nexis, la base de datos para búsqueda que cataloga artículos de diarios, agencias de noticias y revistas. LexisNexis paga a los proveedores de contenido por el derecho de incluir sus materiales, pese a que todo lo que hace es agregar ese material y hacer que se pueda buscar en él. La protección de derechos de autor de este material fue lo suficientemente sólida como para que la Corte Suprema decidiera en favor de los escritores free lance que buscaban compensación por este uso electrónico de sus materiales en el caso New York Times contra Tasini, de 2001.
El caso Tasini no se ajusta perfectamente a nuestro punto porque LexisNexis ofrece el texto completo de trabajos escritos a clientes que pagan, mientras Google está proponiendo ofrecer solo fragmentos a sus usuarios. Aquí Google encuentra un reducto en el caso Kelly contra Arriba Soft, de 2003. La fotógrafa Leslie Kelly enjuició a Arriba Soft porque el motor de búsqueda de esta empresa copió fotografías de su website, creó vistas en miniatura de ellas y las puso en su índice de búsqueda. El Noveno Circuito judicial decidió que la copia y el uso de Arriba satisfacía los estándares del criterio de uso apropiado porque sus vistas en miniatura constituían un trabajo transformado (también esgrimieron los argumentos del vestido rojo y el dedal que luego se aplicarían en el caso Field).
Esta decisión parecería ofrecer consuelo a Google porque hay alguna similitud entre las vistas en miniatura del caso Kelly y los fragmentos de los libros con derechos de autor que Google está entregando: ambos son resúmenes de trabajos más extensos y ninguno elimina la necesidad del original. La decisión, sin embargo, asume que la violación del derecho de autor ocurre cuando Google entrega el material al usuario. En realidad, la vulneración ocurre cuando Google sin permiso escanea y archiva un libro entero. Es la presencia de millones de libros enteros con derecho de autor al interior de la base de datos de Google lo que crea oportunidades comerciales, aunque indirectas, para la compañía. Si Google Book Search incluyera solo trabajos que son del dominio público, sería casi indistinguible de sus competidores.
Google ha intentado dejar de lado este problema prometiendo no colocar avisos publicitarios en las páginas que ofrecen fragmentos de los libros con derechos de autor. Pero es la presencia de los trabajos protegidos en la base de datos lo que hace que el espacio para la publicidad en las páginas de los libros de dominio público sea tan valiosa. Y la promesa de Google de acceder a millones de millones de trabajos protegidos es lo que crea la oportunidad comercial para el resto del proyecto. Si las cortes no reconocen este principio, Google habrá cambiado el panorama de la ley de propiedad intelectual.
Así, de aquí ¿a dónde se dirige Google? Las demandas están en el Segundo Circuito judicial. Si la corte falla contra Google, esto podría producir un conflicto con el Noveno Circuito, un conflicto que la Corte Suprema podría decidirse a resolver.[*] También es posible que Google pague por salir del problema y que llegue a un acuerdo con los editores y el Gremio de Autores. Hay incentivos adicionales porque tal acuerdo podría funcionar como una barrera alta de entrada, para evitar que las empresas competidoras comenzaran a usar trabajos protegidos.
Si las cortes fueran a fallar contra Google, sin embargo, Book Search probablemente moriría en la mata. Como nota el profesor Band, de Georgetown, sería extremadamente difícil construir un régimen de licencias para libros según los modelos de ASCAP/BMI para las composiciones musicales. Y si Google fuera a intentar hacerlo legítimo, los costos de transacción para identificar, ubicar y contactar a los dueños de los derechos de autor para buscar permiso, podrían fácilmente alcanzar a las decenas de miles de millones de dólares. Band dice que la mejor estimación estaría cerca de los $25 mil millones.
Con todo, incluso si Google encuentra una manera de hacer realidad sus sueños, no es claro cuán útil exactamente podría llegar a ser Book Search para el usuario promedio. ¿Hay un valor en ver “fragmentos” de este u otro texto? La única manera en que el proyecto podría realmente lograr su meta de diseminar conocimientos a las masas sería ignorando los derechos de autor y poniendo todos los textos en el dominio público; lo que es, por supuesto, lo que la lógica de Internet quiere en última instancia. “La información quiere ser libre”, de acuerdo a uno de los mantras fundadores de la web.
Si Google fuera una compañía diferente, con un conjunto diferente de principios fundadores, bien podría haber construido su proyecto de Biblioteca según la línea de iTunes de Apple; esto es, habría gastado tiempo y dinero no perfeccionando una operación de escaneo en masa diseñada para tragarse tantas páginas como sea posible por hora, sino asegurando los derechos de un gran catálogo de libros que entonces podría vender como descargas. Después de todo, el mecanismo actual de entrega de información de ninguna manera podría llamarse óptimo.
Este concepto, sin embargo, está fuera de su alcance. La filosofía corporativa de Google está basada en el modelo que les trajo el éxito: organizar y entregar los contenidos de los demás, creando espacio para la publicidad en el camino. El enorme éxito que Google encontró con ese modelo en el negocio de los motores de búsqueda, los aguijoneó para intentar imponerlo en todos los campos. En la visión del mundo de Google, los contenidos carecen individualmente de valor. Ninguna página es más importante que la siguiente; el valor está en la “vista de página”. Y la vista de página es una vista de página, aparte de si la página en cuestión tiene la imagen de un gato, un enlace a otro sitio o el texto completo de Freakonomics. Cuando todo lo que se hace es vender espacio publicitario, el valor pasa del contenido a quien lo visiona; y en última instancia el contenido es valorado como nada. Y aquí, finalmente, está el problema mayor que plantean las acciones de Google. Los libros en ningún sentido importante son usuario-céntricos. Que un libro tenga o no tenga lectores, importa poco. Los libros se sostienen solos, a lo largo del tiempo, como ideas y creaciones. En el mundo de los libros, son las ideas y los autores lo que más importa, no los lectores. Esa es la razón de por qué existe el derecho de autor, en primer lugar, para proteger el valor de estos trabajos creados, un valor que Google está poderosamente intentando negar.
Como cualquier otra empresa estadounidense, Google es la representación corporativa de los primeros principios de Internet. Y como sucede con tantas otras cosas en Internet, la promesa de Google Book Search está en algún lugar fuera del horizonte, mientras los peligros que plantea hoy son muy reales. |