Aunque es verdad que el reclutamiento de yijadistas había comenzado antes de que ella asumiera sus funciones y que la Sra. Bhutto fue insuficientemente fuerte —o competente— para haber tenido control pleno ya sea de los servicios de inteligencia o del ejército pakistaní cuando ella estuvo en el gobierno, es igualmente infantil creer que ella no tuvo ninguna influencia sobre la política externa de su país hacia sus dos vecinos más importantes, India y Afganistán.
Todos saben ahora cuán desastroso resultó ser el gobierno de los talibanes en Afganistán, cuán brutalmente sujetaron a las mujeres y cómo permitieron que Al Qaeda se entrenara en campos al interior de su territorio. No obstante, a menudo se olvida otro legado del gobierno de la Sra. Bhutto, en el largo plazo quizá igualmente peligroso: el haber convertido a Cachemira en un campo de entrenamiento yijadista.
En 1989, cuando se inició la insurgencia en la poción india de la disputada región [de Cachemira], era en gran medida un asunto amateur de jóvenes musulmanes de mente secular de la Cachemira que se levantaron pueblo por pueblo con armas caseras, armas hechas con los manubrios de carritos de tracción humana y cosas por el estilo. Hacia inicios de los 90, sin embargo, Pakistán estaba enviando por sobre la frontera, miles de bien entrenados y armados, ideológicamente endurecidos yijadistas. Algunos eran del mismo tipo de los árabes radicales que al mismo tiempo estaba formando Al Qaeda en Peshawar, en el noroeste de Pakistán.
Hacia 1993, durante el segundo gobierno de la Sra. Bhutto, los yijadistas árabes y afganos (y sus maestros del Inter-Services Intelligence) realmente habían comenzado a tomar el control del levantamiento de los habitantes locales de las villas. Fue en esta etapa cuando el liderazgo secular del Frente de Liberación de Jammu y Cachemira comenzó a ceder terreno ante los grupos islamistas de la línea dura, como Hizbul Muyajidin.
Durante una entrevista de 1994, le pregunté a Benazir Bhutto acerca de su política sobre Cachemira y los peligros potenciales del crecimiento del rol de los extremistas religiosos en el conflicto. “India intenta encubrir su política de represión en Cachemira”, respondió. “India sí tiene el poderío, pero ha sido incapaz de aplastar al pueblo de Cachemira. Nosotros no estamos preparados para mantener el silencio y coludirnos con la represión”.
Hamid Gul, quien fue jefe de la agencia de inteligencia durante el primer gobierno de la Sra. Bhutto, fue aún más explícito. “El pueblo de Cachemira se ha levantado — me dijo — y es el propósito nacional de Pakistán ayudarlos a liberarse”. Continuó diciendo “Si los yijadistas salen y contienen a la India, fijando al ejército de ésta en su propio territorio, por una causa legítima, ¿por qué no deberíamos ayudarlos?”.
La muerte de Benazir Bhutto es, por supuesto, una calamidad, particularmente dado que representaba las esperanzas de tantos pakistaníes. Pero, en contraste con los comentarios que hemos visto la última semana, ella no era comparable a Daw Aung San Suu Kyi de Myanmar. Los gobiernos de la Sra. Bhutto fueron ampliamente criticados por Amnistía Internacional y otros grupos, por su uso de escuadrones de la muerte y por su terrible récord de muertes de detenidos, secuestros y torturas. Y en cuanto respecta a sus créditos democráticos, mientras estuvo en el poder ella no tuvo reparos en prohibir mítines de los partidos de la oposición.
Al interior de su propio partido, se declaró presidenta de por vida y controló todas las decisiones. Rechazó los intentos de su hermano Murtaza de desafiar su liderazgo, y cuando él persistió, murió de un disparo en circunstancias altamente sospechosas durante una emboscada policial alrededor de la casa de la familia Bhutto.
Benazir Bhutto ciertamente fue una mujer valiente y de mente secular. Pero los obituarios que la pintan muriendo para salvar la democracia, distorsionan la historia. Más bien, ella fue una autócrata por naturaleza que hizo poco por los derechos humanos, una política calculadora que fue cómplice en la conversión de Pakistán en el principal pagador de los yijadistas en la región, al tiempo que también potenciaba una insurgencia en Cachemira que ha llevado a dos poderes nucleares al borde de la guerra. |