Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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Las desconocidas maravillas
de las profundidades marinas
 

Por Tim Flannery, originalmente publicado como “Where Wonders Await Us”, The New York Times Review of Books, Vol. 54, No. 20, 20 de Diciembre, 2007 (http://www.nybooks.com/articles/20897). Traducido por Alberto Loza Nehmad


Libros reseñados:
Claire Nouvian, The Deep: The Extraordinary Creatures of the Abyss, University of Chicago Press, 256 pp.
Tony Koslow, The Silent Deep: The Discovery, Ecology and Conservation of the Deep Sea, University of Chicago Press, 270 pp.

 
En junio de 1931, los suscriptores de The National Geographic Magazine leyeron sobre un asombroso viaje. William Beebe, de la Sociedad Zoológica de New York, y su compañero Otis Barton habían descendido un cuarto de milla en el océano (400 m. aprox.) — hacia el “armario de Davy Jones”, como anunciaba el artículo— y
El lecho marino a 5000, 8000 y hasta 11,000 metros de profundidad: organismos unicelulares de más de veinte centímetros, gusanos que no necesitan boca ni entrañas para alimentarse, peces que viven 150 años, almejas de un metro, restos de ballenas que reposan por medio siglo antes de ser completamente asimilados por las varias y desconocidas formas de vida del fondo del mar. El autor de esta reseña, científico, es profesor de la Universidad Macquarie, Australia.

vivieron como para contar la historia. Un vehículo revolucionario, una “batisfera” diseñada y construida por ambos siguiendo un esquema de Theodore Roosevelt, había hecho posible el viaje. Aunque no fue tomado seriamente por la mayoría de científicos de entonces, el descenso inició una era de exploración que en último término nos revelaría unos escondidos nueve décimos de nuestro mundo.

La histórica expedición tuvo lugar a ocho millas de la isla New Nonsuch, Bermuda, el 11 de junio de 1930. Apretujados en una esfera de acero de dos toneladas de peso, con solo una ventana redonda de seis pulgadas de diámetro para ver hacia afuera, Beebe y Barton (quien estaba demasiado ocupado guiando la batisfera como para mirar afuera) se encontraron suspendidos en un mundo azul oscuro que entonces era desconocido como el lado oscuro de la luna. Beebe, quien transmitía sus pensamientos y observaciones a una barca en la superficie vía teléfono, relató:

 

Desde que... los fenicios se atrevieron a navegar por mar abierto, miles de miles de seres humanos pasaron a los niveles inferiores, pero todos estos estaban muertos, ahogados víctimas de la guerra, la tempestad u otros actos de Dios. [*]

Lo que Beebe vio en ese viaje, y de lo que informó con tal vivacidad, era un brillante mundo de criaturas tan asombroso que por décadas muchos dudaron de su veracidad. El claro mar se extendía interminablemente y estaba tan lleno de luminiscencia que brillaba como el cielo de la noche. Desfiles de langostinos negros, anguilas transparentes y extraños peces se acercaban a la esfera que descendía, y cuando Beebe usó su linterna para verlos, grandes sombras y cambiantes zonas de luz flotaron hasta perderse, llevándolo a postular la existencia de gigantes en las profundidades de las Bermudas. ¿Y bajo la batisfera? Ahí, dijo Beebe, yacía un mundo que “parecía como la negra boca del infierno mismo”.

¿Es la geografía de las creencias cristianas la hace que nosotros los simios erectos estemos tan aterrorizados de la profundidad del océano, aunque luchemos tan poderosamente para explorar los fríos cielos y (hasta donde sabemos) sin vida? No todos los seres humanos piensan como pensó Beebe. Los inuits de Groenlandia, por ejemplo, creen que el paraíso yace sobre el fondo del mar, porque de ahí es de donde viene la comida. Son las montañas y el cielo, nubosos, helados, lo que ellos temen y rechazan. Cualquiera sea la causa, los seres humanos saben más acerca de la superficie de esa roca muerta que llamamos luna, que de las vivientes profundidades de los mares de nuestro propio planeta. Aún sabemos muy poco acerca del fondo del mar profundo.

Es justo lo que nos hemos perdido por estar siguiendo nuestro sueños celestiales lo que es revelado en dos nuevos libros: el de Claire Nouvian, The Deep [La profundidad], y el de Tony Koslow, The Silent Deep [La silenciosa profundidad]. Tantos de los conocimientos que ellos contienen son nuevos, que hasta hace muy recientemente no habría sido posible escribir tales libros. Desde los tiempos de Plinio hasta fines del siglo XIX, nos informa Koslow, los humanos creían que no había vida en las profundidades. Se necesitó una expedición en la nave Challenger, entre 1872 y 1876, para demostrar que Plinio estaba equivocado; sus dragados y su pesca de arrastre trajeron cosas vivas de todas las profundidades que pudieron ser alcanzadas. Pese a ello, en el siglo XX los científicos continuaron imaginando que la vida en las grandes profundidades era insubstancial o algo sin importancia. La eterna oscuridad, la casi inconcebible presión y el frío extremo que existen por debajo de los mil metros eran, pensaban ellos, tan hostiles que no podían sino haber extinguido la vida. En realidad lo contrario es verdadero: La criatura vertebrada más común sobre nuestro planeta es un pez conocido como benttooth bristlemouth y es el único que se encuentra en los mares profundos. ¿Y quién ha oído de él?

Solo la parte más superficial de los océanos —los doscientos metros superiores— tiene cierta resemblanza con las aguas iluminadas por el sol que conocemos, y por debajo de esa zona yace el más grande hábitat sobre la Tierra. Noventa por ciento de toda el agua del océano yace por debajo de los doscientos metros, y su volumen es once veces mayor que el de toda la tierra sobre el mar. Este gran reino está dividido en una zona crepuscular (entre doscientos y mil metros de profundidad) y una zona de total oscuridad, que a su vez está subdividida de varios modos. Bajo los seis mil metros yace una región conocida como la zona hadal (un término acuñado recién en 1959 a partir del francés Hadès); en la Trinchera de las Marianas, frente a las Filipinas, hay una profundidad de 11,000 metros. Los barcos que navegan las aguas sobre la Trinchera se deslizan tan lejos por encima de la superficie de la Tierra como un avión que esté cruzando la faz de América.

La zona hadal con su agua helada, alta presión y oscuridad, parece dura, pero algunas de las dificultades imaginadas son ilusorias. El agua helada, por ejemplo, que viene del Mar Antártico, trae el oxígeno necesario para la vida. Si fuera mucho más tibia el contenido de oxígeno sería insuficiente para sostener a los peces y calamares gigantes. Y aunque la presión es extrema (a solo cuatro mil metros de profundidad es equivalente a la del peso de una vaca sostenido sobre la uña del lector), las criaturas de la zona hadal no la sienten porque la presión desde dentro de sus cuerpos iguala a la de afuera. Y aunque no hay luz solar, abunda la luz de las criaturas luminiscentes.

Un pequeño acercamiento a las maravillas a verse en este mundo recién encontrado, es ofrecido al inicio de The Deep. En él, se dedica toda una página a una fotografía que muestra el vehículo sumergible Alvin flotando ante unas chimeneas hidrotermales de sesenta metros de altura en el Océano Atlántico, conocidas como “La ciudad perdida”. Las luces del vehículo iluminan una estupenda escena a través del agua, tan clara que la foto parece como si hubiera sido tomada en el aire. La imagen parece representar el asombro y la maravilla de lo profundo, así como la extensión de nuestra ignorancia acerca de este destacable lugar.

Nuestra especie ha hecho solo una visita al punto más profundo de los océanos. La Trinchera de las Marianas es el pozo más profundo de la tierra: a once kilómetros de profundidad, podría tragarse al Monte Everest y le sobrarían aún tres kilómetros. El 23 de enero de 1960, el científico e ingeniero suizo Jacques Piccard y el alférez de la marina de EEUU Don Walsh, abordaron su nave Trieste (descendiente intelectual directo de la batisfera, aunque incomparablemente más sofisticada y con más capacidades) e iniciaron su inmersión de cinco horas. A medida que la Trieste se abría paso en el cieno a 10,910 metros de profundidad, Piccard pudo avistar a una criatura parecida a un pez, plana, alejándose. Hasta hoy, esa fugaz observación es todo cuanto sabemos de una forma de vida superior en el fondo de la zona hadal.

Desde el histórico descenso de la Trieste, un robot llamado Kaiko ha explorado más en la zona hadal, descubriendo un mundo frágil, flotante, de vida gelatinosa, organismos insubstanciales que son capaces de existir solo porque el agua es tan quieta que las corrientes no llegan a destrozarlos. En el fondo mismo, Kaiko ha avistado pepinos de mar, gusanos y organismos unicelulares gigantes de hasta veinticinco centímetros que se alimentan de la lenta lluvia de materia orgánica que se precipita desde la zona de luz solar once kilómetros arriba. Debido a que las trincheras profundas a menudo se encuentran cerca a tierra, la madera arrastrada por las olas hacia el mar por los tifones y otras tormentas severas, contribuye a esta provisión de alimentos que caen, de modo que en el fondo mismo de nuestro mundo viven gusanos y crustáceos que comen corazones de palmito y otras delicadezas del bosque tropical.

Últimamente, las noticias de tales maravillas del abismo cesaron de llegar a nosotros pues en 2003 Kaiko se perdió en el mar y no ha sido remplazado. A pesar del hecho de que menos de uno por ciento del océano profundo ha sido mapeado, actualmente nuestras exploraciones están restringidas a profundidades de seis mil metros o menos. Sin duda, descubriremos muchas cosas de gran interés en estas profundidades menos que hadales, pero me pregunto sobre lo sensato que es hacer depender nuestros corazones de un retorno desde la luma, o quizá de viajar a Marte, más que de una mayor exploración de las profundidades.

The Deep, el maravilloso libro de Blaire Nouvian, contiene la mejor colección de fotografías de los habitantes de la profundidad de las que conozco y, como relata el Dr. Marsh Youngbluth en un capítulo, las vidas de estas criaturas están configuradas casi enteramente por “encontrar algo que comer y a alguien a quien amar”. Tales necesidades son agudas en el mar profundo, puesto que la comida allí es escasa y las parejas son pocas y difíciles de encontrar. Pero la vida se ha adaptado: los peces que viven a un kilómetro de profundidad o más, requieren solo de un centésimo de la energía de las especies de la superficie. Su metabolismo es tan lento que para nosotros, seres más activos, ellos nos parecen estar casi suspendidos entre la vida y la muerte. Sus cuerpos son insubstanciales: los científicos de la expedición del Challenger fueron los primeros en notar que esos peces poseían un “disminuida cantidad de materia terrestre”. En realidad, 85 por ciento de su cuerpo es agua.

Para comprender el sentido cabal de los constreñimientos que le pone a la vida el abismo, considérese al demonio marino negro. Es un pez en forma de globo, sombrío, del tamaño de una toronja —aparentemente, todo colmillos y boca— con una “caña de pescar” fijada entre sus ojos, y cuya carnada luminiscente se mueve sobre una boca a manera de trampa. Claramente, la comida es una prioridad para esta criatura, pues puede tragarse a una víctima casi tan grande como ella misma. Pero eso es solo la mitad de la historia pues esta descripción corresponde solo a la hembra: el macho es un minúsculo ser del tamaño de un gobio [minnow] contento de alimentarse con trocitos flotantes en el mar, hasta que — así es— encuentra a su pareja sexual.

La primera vez que un demonio marino negro macho encuentra a su mucho más grande pareja, él la muerde y nunca la suelta. Con el tiempo, sus venas y arterias crecen junto con las de ella, uniéndoseles, hasta que él se convierte en un ser dependiente, como un feto, que recibe de la sangre de su pareja toda la comida, el oxígeno y las hormonas que requiere para existir. El costo de esta extrema dependencia es la pérdida de funciones de todos sus órganos excepto los testículos, pero incluso éstos, parece, son estimulados para la acción solamente cuando le place a la hembra que lo engloba. Cuando ella ya ha tenido lo que quería, el demonio marino macho simplemente se desvanece, habiendo sido completamente absorbido por su amante y habiéndose disipado en la carne de ella, dejándola libre para buscar otra pareja. Ni siquiera Dante imaginó tal destino.

Dice mucho de nuestra ignorancia el que los habitantes más grandes del mar profundo nunca hayan sido capturados o vistos vivos. Solo en abril de 2003 una especie conocida como el calamar coloso, fue reconocida como la mayor de todos los invertebrados, al exceder en tamaño incluso al calamar gigante. Solo un ejemplar juvenil y una hembra crecida solo en tres cuartos de su tamaño han sido capturados hasta la fecha: la criatura, sin embargo, no es rara, pues constituye tres cuartas partes de la dieta de los cachalotes. Estudios hechos sobre los picos de los calamares recogidos de los vientres de las ballenas exceden en tamaño al ejemplar más grande capturado por un científico. Esas enormes criaturas que permanecían ocultas más allá del alcance de la linterna de William Beebe permanecen, al parecer, más allá de nuestra capacidad de comprensión.

The Deep nos enseña que nada en el océano es lo que parece. Los pulpos pueden parecer enormes elefantes de dibujo animado o payasos vestidos de rojo descaradamente sacándonos la lengua. Los gusanos pueden parecer flotantes cuartos traseros de chanchos color rosa que de alguna manera se han separado del resto del cerdo, y los calamares pueden parecer cacatúas surreales, excepto que tienen tres metros de largo. Suspendidos en un agua clara como el cristal que se extiende interminablemente en todas direcciones, cambiar su forma es la única defensa para algunos. Cuando es amenazado, el calamar de cristal (cuyos ojos sobresalen desde dos montantes alargados) puede cambiar de forma, de alargado a delgado o esférico, de modo que parece una medusa no comestible. Si esto falla y no amedrenta a un depredador, se retira dentro su propia cabeza y libera tinta dentro de su cuerpo esférico, desapareciendo así en la oscuridad.

En un mundo donde no hay donde esconderse, ser transparente es también una buena estrategia, lo que significa que muchas de estas criaturas del mar abisal son simplemente invisible para nosotros, pese a estar a un metro de distancia y frente a nuestra nariz. Las medusas y otras criaturas similares se especializan en este tipo de defensa; ellas son innumerables en la profundidad del mar y allí dominan la vida.

Algunas medusas, sin embargo, no se refugian en la invisibilidad y más bien son tan hermosas y surreales como los sueños. La medusa linterna de papel roja luce como una exquisita linterna japonesa, mientras una especie no nombrada aún parece una flama color bermellón en una jaula de hielo. Otras parecen chispas de corriente eléctrica, campanas, cerebros atrapados en jaulas gelatinosas, o despliegues de fuegos artificiales. La depredadora tunicata urocordata, una especie de ascidia marina, parece una voraz boca sin cabeza sobre un tronco de vidrio, y es única entre las unicatas al ser un depredador de verdad: su boca se cierra rápidamente sobre los langostinos y otros crustáceos que pasan por ella.

Con seguridad el aspecto más distintivo de las profundidades abismales es la frecuencia con la que crean su propia luz. Este fenómeno es llamado bioluminescencia y cualquiera que haya cruzado el mar tropical de noche sabrá de ella. Aunque rara sobre la tierra (las luciérnagas y los gusanos luminosos están entre las pocas criaturas de tierra que la poseen), es virtualmente ubicua entre las criaturas de las aguas oceánicas intermedias. Por qué tantas criaturas de esas aguas poseen la habilidad de brillar y destellar, simplemente permanece siendo algo misterioso; pero el camuflaje, el enviar señales a una potencial pareja, el engaño o la caza y la distracción son todas actividades realizadas en el océano por criaturas que usan la bioluminescencia. Cualesquiera sean sus usos, esta luz viviente es la única iluminación en el mundo del mar abisal.

En lo que podría llamarse los oasis de la profundidad, la vida toma una muy diferente apariencia. Entre los más interesantes y poco conocidos de tales oasis están los montes marinos. Estos lugares son, como lo dice su nombre, montañas en el mar y debido a que las corrientes se aceleran a medida que pasan por encima y alrededor de ellas, llevando nutrientes cerca de la superficie, ahí también hay una mayor disponibilidad de comida. Cuando se menciona los corales la mayoría de nosotros piensa en los arrecifes tropicales, pero los montes marinos son el hogar de una asombrosa variedad de corales que nunca ven la luz del día. Conocidos como los corales negro, dorado y rojo, los óseos esqueletos de estos organismos son considerados gemas. No obstante, ¿quién que use esas gemas es conciente de que vienen de selvas coralinas que pueden alcanzar sesenta metros de altura y mantener una abundancia de vida que rivaliza con la selva lluviosa tropical?

La vida sostenida por estas selvas de coral va desde lo exquisito hasta lo pesadillesco. Cangrejos rojos y blancos caminan sobre las superficies del coral, así como medusas cabeza de estrella con sus brazos que caen quietos como serpientes en miniatura. Y en el fondo mismo de algunos montes de mar en el Océano Pacífico se puede encontrar al blobfish. Esta criatura, con su carne pálida y fofa, su cómica nariz como la de W.C. Fields, ojos de chancho y una boca curvada hacia abajo y completa con un “cigarro”, parece un personaje de dibujo animado. Su “cigarro” es en realidad un crustáceo parásito conocido como copépodo, pero nadie sabe qué hace el blobfish con su cómica nariz.

Ciertos tipos de peces se congregan por encima de los montes marinos para reproducirse. Uno de los mejor conocidos es la perca de mar profundo. Cuando los pescadores descubrieron esas congregaciones para la reproducción, encontraron que podían recoger hasta el valor de un millón de dólares en un viaje, y los restaurantes del mundo repentinamente estaban ofreciendo sus suculentos filetes. En el proceso, sin embargo, los pescadores destruyeron los bosques de coral con su equipamiento de arrastre pesado. Algunos corales han sido datados con radiocarbono como originados hace dos mil años, sugiriéndose que son los Matusalén del mar, pero su destrucción fue solo el inicio de la tragedia. Unos estudios revelaron que esta perca, aunque de tan solo un pie de largo, puede vivir por un siglo y medio. Parece haber algo terriblemente equivocado en comer un pez de 150 años de edad, y tan pronto como me enteré de esto, dejé de pedirlos en los restaurantes. La perca de profundidad ni siquiera alcanza la madurez sexual antes de los treinta años, y pueden reproducirse exitosamente por solo unas pocas décadas. Arrastrarlas fuera del océano por miles es como la minería; las reservas saqueadas no se recuperarán durante la duración de nuestra vida, si es que alguna vez lo hacen.

Un hábitat incluso más asombroso existe en la mitad misma de las cuencas del océano, donde la corteza oceánica se está quebrando. Aquí, rocas calientes del manto terrestre salen hacia la superficie y se pueden desarrollar respiraderos hidrotermales. Los minerales salen a la superficie hacia un agua marina supercaliente, y pueden ser usados por criaturas que son enteramente independientes de la energía solar. Gusanos de dos metros de largo, grandes cardúmenes de langostinos y almejas de un metro dominan esos ecosistemas, todos los cuales en sus cuerpos albergan bacterias capaces de usar minerales para generar energía. A tal punto dependen de sus bacterias residentes, que muchas de las especies de los respiraderos oceánicos carecen de boca e intestinos.

Los marineros muertos que precedieron a Beebe en el Armario de Davy Jones sin duda ofrecieron un oasis temporal de abundancia a otras formas de vida especializadas que viven en el lecho marino; y ellos no fueron los primeros que tuvieron este final, pues desde el tiempo en que los mamíferos regresaron al mar hace más de 40 millones de años, los cuerpos de las ballenas han estado flotando en el mar hadal, y todo un ecosistema ha evolucionado alrededor de la explotación de estas bonanzas impredecibles. El cadáver de una ballena puede permanecer en el lecho marino por cincuenta años, y en ese tiempo diferentes tipos de criaturas pueden monopolizarlo. Los primeros en llegar son los tiburones y las lampreas del cieno, criaturas negras parecidas a anguilas con bocas radiales, raedoras, que pelan la carne. Luego vienen gusanos, cangrejos y bacterias, que se alimentan hasta que solo quedan los huesos.

Solo entonces extraños gusanos conocidos como Osedax (esto es, que se alimentan de huesos) aprovechan la oportunidad de alimentarse. Estos gusanos no tienen boca ni entrañas. En vez de ellas, les crece en el cuerpo un sistema de raíces que penetra en los huesos, y también albergan un tipo único de bacterias conocidas como oceanospirillum, que se especializan en descomponer compuestos complejos orgánicos. Son estas bacterias quienes alimentan a los gusanos. Estudios genéticos revelan que los gusanos osadex se separaron de sus menos especializados parientes alrededor de 42 millones atrás, cuando evolucionaron las primeras ballenas. Notablemente, dada la naturaleza errática de su fuente de alimentos, estos gusanos parecen incapaces de viajar más de unas pocas millas para encontrar otro cadáver. Debido a que la caza de ballenas ha reducido el número de ballenas a una sexta parte de lo que alguna vez fue, la creciente rareza de los cadáveres de ballenas en las profundidades puede haber llevado a la extinción de algunas de las criaturas especializadas que se alimentan de sus huesos.

Aunque la zona hadal está casi enteramente inexplorada, no se halla intacta, puesto que los humanos han estado bombardeándola con una serie de materiales que van desde toxinas mortales hasta barcos enteros. El número de naves perdidas en el mar durante las guerras es bastante conocido, pero lo que es más sorprendente es el número perdido en tiempo de paz. De acuerdo al registro de Lloyd, en promedio, una nave se perdió en el mar cada dos días entre 1971 y 1990, y una gran cantidad se hunde con su carga y su contaminante petróleo combustible a bordo. Con todo, estas son algunas de las menores amenazas para la zona abisal. Hasta 1972, era una práctica común echar por la borda la munición no deseada, incluyendo armas químicas. Solamente Gran Bretaña ha arrojado al mar 137,000 toneladas de armas químicas no deseadas, y algunas de estas sustancias químicas aún permanecen en forma sólida en el fondo.

Después de 1946, un tipo mucho más ominoso de desperdicios empezó a arrojarse: material radiactivo. Hasta que esta práctica fue prohibida en 1993, toneladas de tales desperdicios han sido arrojados solo en el Atlántico Norte. El secreto hace difícil conocer la magnitud total del problema, pero en 1993, se reveló que los rusos habían arrojado ilícitamente diecisiete reactores nucleares en el Mar Ártico. Algunas criaturas marinas concentran elementos radiactivos en su cuerpo. Glándulas parecidas al hígado de una especie de langostino, por ejemplo, tienen niveles de polonio-210 un millón de veces mayores que las del agua marina, lo que hace que los científicos se preocupen acerca de las consecuencias de este mortal tiradero.

Otros contaminantes incluyen desechos industriales y desagües, compuestos que, además de otros efectos, causan cambios sexuales en los moluscos; así como hidrocarburos clorados (los villanos de [el documental] Silent Spring de Rachel Carson), mercurio (la mayor parte del cual proviene de la quema de carbón en tierra, y es la razón de por qué las mujeres encinta deberían abstenerse de comer pescado), y cadmio, que puede destruir los órganos de los humanos. Como Tony Koslow picantemente nos lo recuerda: “ni la distancia ni la profundidad protege a los mares profundos de la contaminación”. Más bien, nuestros contaminantes llueven desde el cielo y se precipitan desde la superficie del mar en una corriente permanente, y como el cárter de un motor, la profundidad del océano es donde gran parte de la porquería se acumula. Sin embargo, a diferencia de un cárter, los contaminantes de la profundidad no permanecen ahí; en vez de ello, encuentran su camino de vuelta hacia nosotros en el pescado que comemos.

The Deep y The Silent Deep nos enseñan una importante lección. Las profundidades del océano no son ninguna zona infernal y lejana, sino un elemento de nuestro planeta viviente que está conectado de maneras muy íntimas e inmediatas con nosotros mismos. Ellas son también nuestra última frontera, donde innumerables maravillas esperan a la siguiente generación de valientes batinautas que escojan viajar allá. Esperemos que no destruyamos este sorprendente lugar antes de que ellos tengan su oportunidad.

 

Notas

[*] William Beebe, "A Round Trip to Davey Jones's Locker," The National Geographic Magazine, Junio 1931, p. 660.